El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) ESTADO NEGATIVO #2
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ESTADO NEGATIVO #2

—La vi. Se fue hacia la derecha —respondió el chico.

Dara se cubrió la boca con ambas manos. Los hombres corrieron hacia el camino equivocado y el chico se quedó allí parado.

Era Livier.

Esa noche Livier la había ayudado. Fue gracias a su pequeño acto de bondad que Dara logró escapar.

Su pecho se llenó de una calidez incontenible. Livier había visto por ella desde que llegó a la Academia Valrose. Y ahora sabía que la había protegido, como siempre lo hacía, incluso desde antes de que se conocieran.

Tenía que salir de ahí para volver con él.

Ese pensamiento la hizo regresar al salón oscuro con los dos hombres.

Con sus persecutores. Los únicos testigos de lo que Dara había hecho.

Abrió los ojos y todo estaba borroso. Lo primero que sintió fue un dolor agudo en el cráneo.

Habían estrellado su cabeza contra el espejo y todavía la sostenían del cabello con brusquedad.

Podía sentir sangre escurriendo de su sien a su cuello.

Cuando su visión comenzó a aclararse, le pareció que estaba viendo mal.

Quien la alzaba en el aire no era una persona. Era la cosa más horrorosa que había visto jamás.

Un antinae.

Era gigantesco, su brazo era largo y torcido. No tenía rostro, sino una cavidad hundida con pedazos cosidos de otras criaturas mágicas. Su olor espantoso a pudredumbre impregnaba todo el espacio. Sus garras se incrustaban en el cráneo de Dara y parecían querer perforarlo.

Dara gritó y proyectó su adnae para soltarse del agarre del antinae.

Cayó al suelo de rodillas y todo le dio vueltas. Podía sentir a los dos antinae alimentándose de su adnae. Si no lograba escapar de ellos, iba a morir.

Uno de los antinae se abalanzó sobre ella con un rugido que no salió de su garganta, sino de las partes abiertas de su piel grisácea. La madera del salón vibró y cayó polvo de las vigas del techo cuando el monstruo hundió su garra colosal en el suelo, arrancando tablones enteros.

El aire se llenó de astillas y Dara usó su escudo de adnae para protegerse. Un error. El escudo fue succionado por las costuras del rostro hundido del antinae. La otra criatura saltó hacia Dara. Sus extremidades chocaban contra las paredes al moverse, dejando marcas en la madera podrida.

Dara corrió hacia la puerta del salón, pero no podía abrirla. Estaba sellada. Vigorizó su adnae en su pierna y pateó, pero la puerta no cedió.

—¡Maldición! —susurró y se movió justo antes de que uno de los antinae la golpeara por la espalda.

Usó su magia de voluntad para levantar un sofá y lanzarlo al monstruo frente a ella, pero no sirvió de nada. Con sus garras lo partió a la mitad antes de que siquiera lo tocara. Dara jamás había sentido su adnae dejar su cuerpo con tanta rapidez.

Si hubiera sido competente con su magia de alma, habría logrado paralizar a los antinae.

Tal vez incluso hubiera podido convertirlos en piedra, como las estatuas de su prueba.

Pero no sabía cómo hacerlo. Con sus lecciones apenas podía hacer cosas muy básicas como encender una vela o cambiar el sabor de una bebida.

Los dos antinae la rodearon y Dara volvió a alzar su escudo, pero desapareció en segundos. La garra de una de las criaturas se extendió hacia ella y la tomó del torso para azotarla contra la pared. A Dara se le escapó el aire con el impacto.

Trató de soltarse, pero el monstruo la tenía clavada contra el muro.

Sin darle tiempo de nada, el otro antinae le atravesó el hombro izquierdo con su uña como si fuera una espada.

El grito que salió de la garganta de Dara fue brutal.

La criatura retorció su garra dentro de ella, desgarrando piel y músculo.

Dara se retorcía de dolor, mas no era solo eso.

Podía sentir su adnae siendo consumido a una velocidad preocupante.

¿Pero qué opción tenía si no era pelear?

Proyectó su magia como una ráfaga y logró que los antinae retrocedieran lo suficiente para dejar un hueco entre la pared y ella.

Dara rodó por el suelo y se alejó gateando lo más que pudo.

Sintió un hilo húmedo bajarle por la barbilla y se limpió con el antebrazo. Una punzada de terror la invadió cuando se dio cuenta de que tenía sangre en la boca y no le sabía a nada. Había perdido el sentido del gusto. Estaba entrando en estado negativo.

—No —susurró.

Dara se deslizó bajo una mesa justo cuando la garra de uno de los antinae atravesó el suelo donde había estado un segundo antes.

La madera explotó en cientos de astillas.

Dara respiraba demasiado rápido y pensaba demasiado lento.

Cada vez que usaba su magia sentía cómo las criaturas se hacían más fuertes.

No podía seguir así.

La bestia lanzó la mesa bajo la cual Dara se ocultaba y abrió la mandíbula hasta un punto imposible. En el interior no había lengua ni dientes, solo oscuridad. Una oscuridad que tiraba de ella.

El adnae de Dara abandonaba su cuerpo a la fuerza y de pronto dejó de oler la putrefacción que emanaba de los antinae.

Respiró hondo y se dio cuenta de que ya no podía oler nada.

Otro sentido perdido. Se estaba apagando.

Un dolor helado le recorrió los brazos mientras la criatura bebía de ella.

Iba a morir. Estaba segura de que iba a morir.

¿No se suponía que la archimaga detendría la prueba si el aprendiz corría peligro de muerte?

Algo le decía que eso no iba a suceder.

Dara estaba segura de que esta no era la Prueba de los Emisarios. Esta era otra cosa. Un intento de asesinato. Algo o alguien había interferido en su prueba y ahora estaba atrapada en un plano mágico que tenía el poder de matarla de verdad.

Eso la hizo darse cuenta de algo.

No quería morir.

Dara Rennai, que siempre había estado en paz con la idea de morir, no quería morir.

Apenas se había dado cuenta de que su vida ya no solo era la promesa de una venganza. Apenas había decidido dejar de sobrevivir para aprender a vivir. Una lágrima rodó por su mejilla. Seguida de otra y otra y otra.

«Dime, Dara, ¿no tienes a alguien por quien

valga la pena luchar?».

Con cada latido de su agonizante corazón, los veía. Penélope y su apetito voraz. Catriona y sus abrazos infinitos. Ashe y su bondad aplastante. Leone y su pasión como el sol. Verian y todas sus sonrisas. Livier y su forma de quererla. Livier y su forma de llamarla vida. Livier y Livier y Livier.

No quería morir porque los tenía a ellos y ellos la tenían a ella.

—Quiero vivir —dijo Dara.

Esa declaración le dio un último golpe de fuerza. Alzó el rostro y vio a los antinae peleando entre ellos por absorber el adnae que le quedaba. Ella aprovechó la distracción. No proyectó su magia hacia ellos, sino hacia el techo.

Las vigas cayeron de golpe y aplastaron a los antinae.

El impacto no sirvió para matarlos, pero sí para darle a Dara tiempo de escapar.

De buscar otra salida. Con dificultad se puso de pie y se dirigió hacia los otros cuartos de la casa.

Se tambaleaba y estaba por perder la visión. Manchas negras le nublaban el camino.

Al final del pasillo eterno, alcanzó a ver una ventana abierta.

Ni siquiera pudo acercarse.

El techo comenzó a caer sobre ella.