ESTADO NEGATIVO
Dara estaba en un lugar oscuro y frío. Era el salón de una casa de madera llena de muebles viejos y percudidos. Parecía estar abandonado. Se escuchaba el goteo de una llave de agua y el viento que se colaba por las ventanas rotas. No reconoció el espacio, por lo menos no al principio.
¿Por qué no estaba en la Academia Valrose?
La prueba había terminado. ¿Qué significaba esto?
Tal vez aún tenía que encontrar la salida.
Aquello sería muy difícil, considerando lo exhausta que estaba.
La adrenalina había salido de su cuerpo, y los golpes y heridas que había sufrido en la batalla con la impostora empezaban a doler.
Además, su mente y su corazón también estaban agotados.
La prueba la había dejado sin nada que ofrecer.
Incluso su adnae necesitaba recuperarse.
Pero no iba a rendirse, no cuando ya había superado lo más difícil.
Caminó por el salón para encontrar una pista de cómo salir de ahí. El lugar le parecía vagamente familiar, pero no de una buena manera. Le causaba escalofríos. Era como si su cuerpo ya supiera dónde estaba, pero su cerebro bloqueara el recuerdo.
Cuando se encontró con su reflejo en un espejo roto, entendió por qué.
—No.
Dara tenía sangre en las manos. No era suya. Tampoco de la impostora.
El castaño de su cabello había desaparecido; todo era sangre seca, cada uno de sus mechones estaba tieso y enredado.
Tenía un golpe en la mejilla izquierda, otro en el labio.
Había salpicaduras de sangre en su frente, en su nariz, en su boca y en su ropa.
Y su cuello… tenía marcas repugnantes de dedos impregnadas en la piel.
—¡No! —repitió Dara con el corazón atorado en la garganta—. ¡Ya superé la prueba! ¡Sáquenme de aquí!
Corrió hacia la puerta del lugar, que estaba atorada con una tabla de madera. Con manos temblorosas tomó la tabla, pero en ese preciso instante la puerta se abrió de golpe y Dara cayó hacia atrás. Dos hombres altos y corpulentos se asomaron por la entrada.
—Vaya, vaya. Miren a quién tenemos aquí —dijo un hombre.
—¿Pensaste que podías escapar? Eres escurridiza, pero no lo suficiente —exclamó el otro.
Dara intentó gritar, pero nada salió de su garganta.
Esto no podía estar pasando. Los rostros de esos dos sujetos ya no existían en su memoria; sin embargo, al tenerlos enfrente todo volvió de golpe. Ellos eran la razón por la que había huido de Olsian y vivió en Irella por tanto tiempo.
Algo estaba horriblemente mal. La prueba ya debía haberla expulsado del plano mágico. ¿Por qué la tenía atrapada? ¿Por qué la había transportado a aquella noche?
Uno de los hombres caminó hacia ella y la tomó del pelo para levantarla del piso. Pegó su rostro al de ella y rio. Su aliento apestaba a alcohol.
—Vas a pagar por lo que hiciste —dijo él.
Y estrelló la cabeza de Dara contra el espejo.
Por unos instantes, todo se volvió negro. Dara intentaba permanecer consciente, pero no lo estaba consiguiendo. Tal vez era que su cerebro prefería apagarse a enfrentar lo que esos dos hombres representaban. El recuerdo de esa noche se mostró ante ella como si lo estuviera reviviendo.
Todo había empezado porque tenía hambre.
A los catorce años, Dara no tenía nada. No tenía a nadie.
Vivía sola en las calles de Olsian y se defendía del frío, del hambre y de las personas cómo podía.
Era difícil que le dieran trabajo por su edad, pero a veces hacía de mensajera para comercios independientes o limpieza en áreas residenciales.
Todo de forma extraoficial, ya que era ilegal emplear a una persona menor de dieciocho años.
La gente que le daba trabajo ni siquiera le preguntaba su nombre; solo le daba órdenes y le pagaba con comida o unas cuantas monedas.
Esa noche estaba trabajando en una fiesta. Era en uno de los sectores más acaudalados de Olsian y ella era la encargada de lavar los trastes en la cocina. Cuando el evento acabó, el cocinero la envió al jardín trasero de la mansión con un contenedor de madera para que recogiera la basura.
Llevaba un rato cumpliendo su tarea cuando llegó a la mesa de la comida.
Primero separó los cubiertos para llevarlos de regreso a la cocina.
En cuanto a desechos, en su mayoría quedaban migajas, restos de fruta y algunas sobras mordisqueadas de carne.
Dara tiró todo al contenedor mientras su estómago rugía en protesta.
Llevaba tres días sin comer. Arrugó una servilleta para arrojarla con el resto de la basura y sus ojos se iluminaron cuando vio lo que había debajo: una hogaza de pan. Estaba intacta.
Dara ni siquiera lo pensó; extendió la mano para tomar el pan y darle una mordida. Aunque ya estaba frío y duro, le supo a gloria. Iba a darle una segunda mordida cuando alguien la tomó de la muñeca para detenerla.
—¡Una ladrona! —exclamó un hombre en evidente estado de ebriedad. En su rostro estaba plasmada una sonrisa burlona.
—¡Suéltame! —dijo Dara e intentó forcejear.
El hombre se acercó a su oreja y apretó aún más su muñeca.
—¿Y si mejor vienes conmigo adentro? Te puedo ofrecer algo mejor que un pedazo de pan…
Dara sintió el asco subirle por la garganta y, sin pensarlo, le dio una patada en la espinilla. El hombre soltó un aullido de dolor, pero su agarre no flaqueó.
Por un pedazo de pan. Porque tenía hambre. Por eso se ganó el primer golpe en la cara, justo en la mejilla izquierda. Dara salió disparada hacia la mesa de comida y la hogaza de pan rodó varios metros lejos de ella, olvidada.
—¿Te atreves a meterte con el mejor forzacuerpos de primer año de Valrose? —exclamó el hombre.
La tomó del cuello del suéter y la levantó del suelo sin dificultad alguna.
¿Un forzacuerpos? El pánico la invadió. Dara comenzó a arañar con las manos extendidas y logró rasguñarlo en un ojo.
Se percató de que el hombre sangraba cuando lo oyó gritar.
Después la embistió. Ambos quedaron tumbados en el pasto, él encima de ella.
Dara intentó patear, intentó golpear, pero su atacante pesaba el doble que ella y tenía sus muñecas sujetadas contra el pasto. Una carcajada salió de la boca del hombre.
—¿Y si te tomo aquí mismo? Me gustan aguerridas —dijo él con una sonrisa amenazante.
Dara le escupió en la cara.
—¡Maldita perra! —gritó el hombre y comenzó a estrangularla.
Sus enormes manos apretaron el cuello de Dara sin piedad. Ella estaba segura de que si no estuviera alcoholizado, ya la habría matado con su fuerza. Dara seguía pataleando, pero cada vez le costaba más moverse. Su corazón se azotaba contra su caja torácica como si gritara por ayuda.
Ese hombre iba a aplastarle la tráquea. Cada bocanada de aire que Dara trataba de dar le resultaba más difícil y su visión se tornaba borrosa. Le quedaba poco tiempo de lucidez. En su periferia, vio un objeto brillante.
Un cuchillo de carne.
Cuando su atacante la había arrojado contra la mesa, los cubiertos salieron volando. Dara comenzó a palpar el pasto con torpeza hasta que sus dedos hicieron contacto con el mango del cuchillo.
Tal vez fue instinto de supervivencia. Tal vez solo quería defenderse. O tal vez quiso hacerlo.
Dara alzó el cuchillo y lo incrustó directo en el cuello del hombre.
El sonido húmedo que hizo su atacante quedaría grabado en la memoria de Dara para siempre. Pero eso no la detuvo; la adrenalina la ayudó a empujar y clavar todo lo que pudo. Después sacó el filoso instrumento con brusquedad. Sangre brotó al instante, salpicando el rostro y la ropa de Dara.
La sorpresa del impacto paralizó momentáneamente al forzacuerpos.
Sus ojos negros estaban abiertos de par en par y, después de unos instantes, sus manos abandonaron a Dara para posarse sobre su propio cuello.
La herida era grande y la sangre no dejaba de salir como una cascada escarlata.
Espasmos se apoderaron del cuerpo del hombre y Dara aprovechó para quitárselo de encima.
Pero no pudo ponerse de pie, no tan rápido. Apenas estaba asimilando lo que acababa de hacer y no podía dejar de ver al hombre tirado en el pasto, desangrándose. Su cuerpo seguía haciendo movimientos breves e involuntarios; los gorgoteos que salían de su boca eran espantosos.
—¡¿Qué está pasando aquí?! —La voz de otro hombre la sacó del estado extraño en el que se encontraba.
Dara se puso de pie, soltó el cuchillo ensangrentado y se echó a correr.
Por un pedazo de pan. Porque tenía hambre. Por eso se había convertido en una asesina.
Esa noche había corrido por las calles de Olsian para escapar de los compañeros del hombre que había asesinado.
Tenía sangre en las manos, en las uñas, en la ropa, en el pelo, en toda ella.
No dejaba de temblar y le costaba respirar.
Sentía las marcas de los dedos del forzacuerpos en su cuello como quemadura. Todo era caos y oscuridad.
Y lloró y lloró y lloró.
Se dice que la mente humana bloquea los recuerdos que dejan traumas. Dara lo había hecho bien. Nunca lo olvidó, pero logró construir una vida alrededor de aquel suceso. Lo dejó atrás, porque no iba a dejar que eso la marcara. No sería justo. No cuando ese hombre se lo merecía.
La aflicción de Dara no se debía a que había matado a alguien, sino a que no se arrepentía de haberlo hecho.
Y se negaba a permitir que eso la definiera.
Por eso no entendía por qué, después de tantos años, sus persecutores habían vuelto por ella en la Prueba de los Emisarios. ¿Qué estaba tratando de decirle la reliquia? En el pasado, ellos no lograron atraparla. Ni siquiera la encontraron. Dara había huido de Olsian tan pronto como pudo.
El plano mágico le mostró la escena de la persecución. Cuando Dara llegó al final de una calle y se estrelló contra alguien. Contra un chico que lucía unos cuantos años mayor que ella. En el pasado las lágrimas no le permitieron mirar su rostro con claridad, pero ahora podía verlo.
Unos ojos rojos que reconocería hasta en el fin del mundo.
La Dara de aquella noche se alejó de él sin mirar atrás y corrió hacia la calle de la izquierda.
—¡Oye, muchacho! ¿Viste hacia dónde se fue corriendo una chica escuálida y ensangrentada? —exclamó uno de sus persecutores.
—Su mano está manchada, ¡claro que la vio! Dinos por dónde se fue —exigió el otro.