LA PRUEBA DE LOS EMISARIOS #3
—¿Crees que me gusta ver cómo disfrutas de tu vida en la academia que acabó con la mía? —preguntó Aidara, llena de odio—. Pensé que querías vengarme, pensé que yo era tu familia, pero me reemplazaste.
—No, no —dijo Dara. Una lágrima se deslizó por su mejilla—. Nunca vas a ser reemplazada. Es solo que… me sentía muy sola.
Aidara la tomó del cuello con su magia de alma y la alzó. Se sentía como una garra afilada sobre su piel. Las piernas de Dara quedaron suspendidas en el aire y comenzó a toser, pero no estaba oponiendo resistencia. No era capaz, no cuando su propia madre acababa de confirmarle su peor miedo.
—No estabas sola. Yo siempre he velado por ti, ¿y así me pagas? —exclamó Aidara, alterada.
—Lo siento, mamá, ¡por favor, perdóname! —dijo Dara con la voz entrecortada. Le costaba respirar.
—Hubiera preferido que te quedaras en la calle —siseó su madre.
Más y más lágrimas brotaban de los ojos de Dara.
—Lo siento… —repitió.
—Hubiera preferido que te murieras.
Eso hizo que algo reaccionara dentro de Dara.
Esa no era su madre. No podía serlo. Aidara Rennai jamás le habría dicho nada de eso. Aidara Rennai jamás habría preferido verla sola, en la calle o muerta. Su madre le había dejado el relicario para protegerla, para mantenerla segura y viva cuando ella ya no estuviera.
Esa no era su madre.
Dara había buscado su alma en la estatua y no la encontró.
Lo que esa impostora estaba soltando eran solo los miedos más profundos de Dara. Todo este tiempo, la culpa que sentía al disfrutar de su vida en la Academia Valrose la había estado consumiendo y se acababa de materializar de esta forma.
Y eso le había servido para obtener una revelación. No, una certeza.
Su madre estaría feliz de que Dara ya no estuviera sola. De que tuviera un techo. De que hubiera encontrado un grupo de personas a los que podía considerar suyos. Su familia.
«No te dejes engañar».
Las palabras de Livier llegaron a Dara como una salvación y de pronto todo cobró claridad.
Estaba en la Prueba de los Emisarios. Todo esto era lo que el Libro de Nielen había diseñado para ella.
Ni siquiera tuvo tiempo de sentir alivio, porque se estaba quedando sin aire y tenía una prueba por superar.
—Tú no eres mi madre —dijo Dara y proyectó su adnae con fuerza para hacer explotar su escudo.
Las manos invisibles que la asfixiaban la soltaron. Dara cayó al suelo y tosió para forzar la salida del aire y despejar su garganta. Se estaba recuperando de la falta de oxígeno, pero su adnae se sentía brillante y poderoso dentro de ella.
—¡Yo soy tu madre! —exclamó la impostora. Alzó una de las gradas de la catedral y la lanzó hacia Dara.
Ella se hizo a un lado justo antes de que estallara en cientos de pedazos. Dara usó su magia de voluntad para tomarlos y con ellos atacar a la mujer que usurpaba a su madre. La impostora los esquivaba con dificultad mientras gritaba con la voz de una criatura que no podía ser humana.
Algo se encendió en el pecho de Dara. Algo abrasador y fulminante. ¿Cómo se atrevía a usar en su contra la apariencia del ser que más amaba?
Cuando los pedazos de madera afilada se terminaron, Dara lanzó su adnae como proyectil contra uno de los vitrales.
Cientos de trozos de vidrio salieron disparados y Dara los tomó para atacar.
Pero la magia de la mujer también ejercía voluntad, y detuvo los cristales a escasos centímetros de ella para devolverlos hacia Dara, que proyectó su escudo para frenarlos.
Para el horror de Dara, la impostora arrancó una de las columnas colosales que enmarcaban el altar y la lanzó directo hacia ella.
Dara no sabía si su escudo bastaría para protegerla, así que, con su magia de voluntad, la detuvo.
Sintió el peso en cada músculo mientras empujaba.
Durante un instante eterno, la columna quedó suspendida entre las dos, vibrando por la fuerza ejercida de ambos lados.
Dara intentaba racionar su adnae, pero estaba haciendo mucho esfuerzo para sostener la columna.
No era conveniente. La soltó al tiempo que se elevó del suelo para esquivarla.
El estruendo fue ensordecedor. Decenas de gradas quedaron destrozadas y la pared donde la columna se estrelló soltó una nube densa de polvo.
La impostora también saltó. Su rostro, aunque seguía siendo el mismo, ya no se parecía nada al de Aidara Rennai.
Su sonrisa violenta y enloquecida retorcía sus facciones y la hacía lucir más como un monstruo.
Dara se impulsó de la pared, y con el puño vigorizado por su adnae, la golpeó directo en la cara.
Pudo escuchar el crujir de sus huesos. La mujer rio, divertida.
—¿Así tratas a tu propia madre?
—¡Cállate! —rugió Dara.
La batalla continuó varios metros sobre el piso de la catedral.
Ambas se impulsaban entre columnas gigantescas y gradas destruidas.
Los vitrales de rosas seguían estallando y fragmentos de vidrio orbitaban a su alrededor como una amenaza constante.
La mujer lanzó un enorme pedazo hacia Dara, que apenas logró esquivarlo.
El cristal rozó su mejilla y la hizo sangrar, pero la adrenalina le impedía sentir dolor.
Dara aterrizó frente al altar, donde la estatua de Enia observaba todo con benevolencia. Plantó ambos pies en el suelo y soltó un grito al usar su magia de voluntad para arrancarla del suelo. Era demasiado pesada, así que solo logró romperla a la mitad.
La mujer con el rostro de su madre se lanzó hacia ella y la derribó.
El adnae de Dara soltó la estatua, y cuando se estrelló contra el suelo, toda la catedral tembló.
La impostora tenía un enorme trozo de vidrio en su mano ensangrentada y, como si no tuviera desgarrada la piel, lo dirigió directo al pecho de Dara.
Ella alzó las manos para detener la muñeca de su atacante.
—Deberías dejar que te mate yo. Van a descubrir que no eres lo que dices y vendrán por ti —dijo la impostora. Gotas de sangre resbalaban de sus manos.
Los brazos de Dara temblaban por el esfuerzo.
Las palabras de esa cosa tocaron otro de sus miedos, pero no podía dejar que le afectaran, no en ese momento.
No cuando la punta del vidrio bajaba y bajaba hacia ella.
La fuerza aumentó en el empuje de la impostora y logró encajar el vidrio en la piel de Dara.
—¿Últimas palabras, hija? —preguntó la mujer con dulzura fingida.
—¡Voy a arrancarte la cara de mi madre! —gritó Dara.
En ese instante, la mitad de la estatua de Enia se estrelló contra la criatura. Con un golpe seco, la mandó a volar lejos de Dara.
Tan pronto se la quitó de encima, Dara se sentó y arrancó el vidrio incrustado en su pecho, no con sus manos, sino con su magia de voluntad.
Se tocó la herida y respiró profundo cuando se cercioró de que era superficial.
Su ropa estaba bañada de sangre, tanto de ella como de la impostora. Pero no corría peligro de desangrarse.
Se puso de pie y se dirigió adonde la impostora yacía torcida en el piso, justo frente al altar.
—Esto se acabó —dijo Dara.
Los ojos de la mujer brillaron con desafío. Su sonrisa se volvió incluso más brutal que antes. Ya no podía levantarse, pero no parecía estar sufriendo.
—¿También vas a matarme a mí?
Esa pregunta hizo que Dara retrocediera. La reacción de su cuerpo fue inmediata y visceral. El pulso le rugía en los oídos. Durante unos segundos dejó de ver el presente y fue transportada a aquella noche.
No.
No iba a dejar que la Prueba de los Emisarios siguiera atacándola con los terrores de su corazón.
Alzó la mitad de la estatua de Valrose con su magia de voluntad y, sin decir nada más, la dejó caer sobre la impostora de Aidara Rennai. El sonido que hicieron sus huesos al ser aplastados fue espantoso, pero a la vez, fue liberador.
Era como si Dara acabara de matar la culpa. La prueba la había enfrentado al temor de haber decepcionado a su madre y ahora sabía que no era así.
Donde sea que su madre estuviera, estaba feliz de que Dara al fin vivía. No solo sobrevivía.
Por supuesto que Dara iba a vengarse, pero acababa de darse cuenta de que la venganza ya no era lo único que la impulsaba. Su vida ya no era solo resentimiento e ira. Era más. Mucho más.
La catedral se convirtió en polvo y Dara pudo sentirlo. La Prueba de los Emisarios había terminado. La había superado.
Una luz bajó hacia ella y la envolvió. El suelo desapareció bajo sus pies y Dara cayó, de nuevo, al vacío. Estaba lista para volver a la Cámara del Juramento.
Cuando Dara abrió los ojos, no se encontraba en la Academia Valrose.