LA PRUEBA DE LOS EMISARIOS #2
—La reliquia decidirá si eres merecedora de continuar con tus estudios en la Academia Valrose —dijo la archimaga—. Recuerda que no solo tu magia estará a prueba, sino también tu mente, tus sentidos y tu cuerpo.
Los profesores le habían dado las advertencias. La Prueba de los Emisarios, a pesar de suceder en un plano mágico, era real. Cualquier daño emocional o físico que ocurriera allí, ocurría en el mundo real. Así que los aprendices debían tener mucho cuidado.
La prueba sería distinta para cada aprendiz, y para algunos la magia pasaba a segundo plano.
A veces la reliquia jugaba con la mente del candidato hasta enloquecerlo.
En otras ocasiones lo situaba en oscuridad total para privarlo de su visión o en entornos que bloqueaban sus otros sentidos.
También podía ser físicamente violenta. Morir en la prueba era morir en la vida real.
Pero si el aprendiz llegaba a un punto de peligro de muerte, la archimaga intervenía y detenía todo. Según los registros, eso último solo había ocurrido tres veces desde la fundación de la Academia Valrose.
—Aidara Rennai, ¿aceptas tomar el Libro de Nielen, la diosa danzamentes, y enfrentar su prueba?
—Acepto —respondió Dara y extendió los brazos para recibir la reliquia.
—Que así sea —dijo la archimaga—. Y que la Rosa te acompañe.
La archimaga volvió a su trono y el Libro de Nielen se posó en los brazos de Dara. La reliquia ancestral no le dio tiempo de nada antes de rodearla con una luz abrumadora. El suelo desapareció bajo sus pies y Dara cayó al vacío.
Cuando Dara abrió los ojos, se encontraba en la Academia Valrose. ¿Había perdido el conocimiento? No lo recordaba. Intentó moverse y se percató de que estaba encima de una estatua de Enia. La diosa de piedra tenía los brazos extendidos y Dara descansaba allí, como si Enia la estuviera cargando.
—¡Por las estrellas! —exclamó y saltó de la estatua.
¿Cómo había llegado ahí?
Se alejó de la estatua y no tardó en notar algo extraño.
Se encontraba en la Academia Valrose, pero estaba distinta.
Lo primero que le pareció inusual fue la ausencia de sonido.
Le recordó un poco a su primer día en el campus.
En aquella ocasión, hubo un pequeño instante en el que sintió un silencio fabricado. Esto era igual.
Otra cosa rara era que no había neblina. Ni personas. El sol, que no era nada común en la montaña, alumbraba toda la academia y hacía que se formaran sombras extrañas en el adoquín y en los jardines. Dara se alejó de la estatua y caminó hacia la explanada principal.
No tardó en comprobar que el campus se encontraba completamente vacío. No había aprendices, tampoco profesores, nadie. Solo estatuas que parecían observarla. Desde que abrió los ojos no se había podido sacudir el escalofrío de la espalda.
Eran demasiadas estatuas.
—Las callejeras no tienen lugar en la Academia Valrose.
Dara se volteó con brusquedad ante esa voz. Era la de Jabel Zastal, pero él no se encontraba allí.
—¿Quién dijo eso? —exclamó.
Silencio.
No estaba loca, ¡podría jurar que escuchó a Jabel! Corrió hacia donde oyó la voz y se detuvo al toparse de lleno con una estatua que jamás había visto antes. Era él, Jabel Zastal convertido en piedra.
En ese momento entendió que todas las estatuas eran de otros aprendices. ¿Qué había pasado? ¿Por qué se habían vuelto piedra? ¿Eso significaba que estaban muertos? Cientos de preguntas se amontonaban en la mente de Dara. ¿Y si el fin del mundo había llegado y se veía así?
—No —susurró Dara.
Tenía que encontrar a sus amigos.
Comenzó a correr por los caminos del campus, pasando estatuas que se burlaban de ella y le hablaban.
No. Paraban. De. Hablar.
—Pobrecita, ni su papá la quería.
—Me da un poco de lástima.
—Escuché que viene de la calle.
—No pertenece aquí.
—Jamás será una de nosotros.
—Es una farsante.
Las voces de las estatuas eran incesantes y murmuraban entre ellas mientras Dara trataba de alejarse.
No quería escucharlas. No le interesaba lo que el mundo pensara de ella.
Tal vez sus palabras le habrían afectado cuando recién entró a la Academia Valrose, pero no ahora.
No ahora que tenía hacia quién correr. Por eso debía encontrar a sus amigos.
Primero llegó al edificio de los dormitorios de primer año, pero estaban cerrados. No parecía haber ningún candado o sigilo bloqueando la entrada, así que Dara empujó con su magia de voluntad. Las puertas se abrieron con un ruido seco y entró.
—¡No! —gritó con horror al contemplar la escena.
En el vestíbulo, justo al pie de las escaleras, se encontraba Catriona convertida en estatua. Dara corrió hacia su amiga y comenzó a tocarla por todas partes: sus mejillas, sus hombros, sus brazos. Acercó el oído a su pecho en busca de un latido. No había nada.
—¡Cat! ¿Estás ahí? —preguntó, frenética—. Te prometo que lo voy a arreglar.
Podía sentir sus ojos arder y sus brazos temblar, pero no podía quedarse sin hacer nada. No iba a permitir que ese fuera el fin de Catriona. El corazón se le partía de solo imaginar la vida sin ella. No era una posibilidad.
Escuchó un maullido detrás de ella y se giró.
Ahí se encontraba Penélope, observándola con su único ojo.
Cuando sus miradas se cruzaron, la nebelum saltó y salió de los dormitorios.
Dara la siguió. Penélope era rápida y atravesaba el campus rodeado de estatuas parlantes sin detenerse.
Dara corría tras ella mientras se aguantaba las lágrimas.
La nebelum la guio hasta la catedral y se fue volando hacia la cima.
—¡Espera! No sé… —exclamó Dara, pero la voz se le cortó al ver lo que estaba frente a sus ojos.
Era Ashe. Era Leone. Era Verian. Era Livier.
Estaban en las puertas de la catedral, como si fueran sus guardianes de piedra. El grito que salió de la garganta de Dara fue desgarrador. Dio un paso hacia ellos y casi tropezó, pero se mantuvo en pie y llegó hasta las estatuas de los Cuatro Magos.
No se atrevió a tocarlos y un sollozo se le escapó. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué todos eran piedra menos ella? ¿Cómo podía arreglarlo? Ya no era capaz de contener las lágrimas. Se dejó caer de rodillas al suelo y lloró con fuerza.
Tenía que hacer algo y rápido. La idea de perderlos hacía que se le revolviera el estómago.
Ya había perdido a su familia antes y por poco no sobrevive a eso. Estaba segura de que una segunda vez la iba a terminar matando. ¿Y si no era capaz de salvarlos? Si no lo lograba, ella prefería volverse piedra también.
En la soledad de la Academia Valrose, Dara Rennai recordó que siempre había estado en paz con la idea de morir.
Las puertas de la catedral se abrieron y Dara alzó la cabeza. El aroma intoxicante a rosas le llegó como un golpe directo al estómago. La catedral se veía igual que siempre, pero había algo distinto. Una sola cosa, en realidad.
Con las piernas temblorosas, Dara se puso de pie.
Enfocó su vista en lo que se veía al centro del altar para no mirar las estatuas de sus amigos.
Si las volvía a ver, iba a ser consumida por la histeria.
Entró al santuario de Enia y se le fue el aire al ver la estatua que se erguía al final del camino de rosas.
Era su madre.
Dara corrió hacia ella, se arrodilló y la abrazó por las piernas.
—Mamá, ¿qué está pasando? —lloró Dara como si fuera una pequeña—. Mamá, ayúdame. Mamá, no quiero volver a quedarme sola.
Las palabras de Dara eran como una súplica que jamás sería escuchada. Se sentía como una tonta llorándole a una estatua solo porque tenía la forma de su madre. Pero esta no era su madre, porque su madre llevaba tiempo sin habitar la Tierra. Esta era solo una réplica de ella.
Una réplica.
¿Y si las otras estatuas también lo eran?
¿Y si todo esto era alguna especie de ilusión?
No había dejado de temblar, pero logró ponerse de pie.
Las manos de la estatua de su madre estaban entrelazadas sobre su pecho y Dara las tomó.
Sintió el adnae dentro de su cuerpo y envolvió la estatua para ver si podía encontrar su alma con su magia de memoria.
Pero no había hilos de luz, no había nada. La estatua estaba vacía.
Un chillido ahogado salió de la boca de Dara. Si las otras estatuas no tenían alma, no podían ser sus amigos. Se dio la vuelta para probar su magia de memoria en ellas, pero fue detenida por una mano cálida y suave.
—Dara.
Esa voz.
—Dara, mi niña, ¿por qué lloras?
—¿Mamá?
Se atrevió a voltear y casi se rompe ahí mismo. Frente a ella no estaba una estatua, era su madre de carne y hueso. Era Aidara Rennai con sus hermosos ojos color chocolate, con su pelo largo y brillante, con la sonrisa que le iluminaba todo el rostro.
—Ven aquí —dijo su madre.
Dara se lanzó a sus brazos, y cuando su madre la rodeó con fuerza, sintió como si todo el peso del mundo abandonara sus hombros.
Después de tantos años, su mamá la abrazaba como si ella fuera su tesoro más preciado.
Después de tantos años, su mamá le acariciaba la cabeza con ternura, como cuando era una niña.
Después de tantos años, su mamá le tarareaba la melodía que solía cantarle cada noche.
Dara podría quedarse allí para siempre.
—Te he extrañado tanto —susurró Dara.
—Lo sé, cariño —respondió Aidara en el oído de Dara—. Pero, entonces, ¿por qué me has traicionado?
Dara se congeló. La pregunta le heló las venas y le arrancó la capacidad de moverse o formar palabra alguna.
La mano de su madre, que seguía sobre su cabeza y hacía un segundo la acariciaba, la tomó con brusquedad del pelo y le enterró las uñas para alejarla de ella. Con sus ojos oscuros miró directo a los de Dara.
—Estoy muy decepcionada de ti —dijo su madre como respuesta a la pregunta que siempre atormentaba a Dara.
—No —soltó Dara con un hilo de voz.
Aidara la tiró al suelo con una fuerza descomunal. Dara se estrelló contra una de las gradas de madera. Su espalda recibió todo el impacto y tuvo que morderse la lengua para no gritar. La sangre llenó su boca de inmediato. Sabía a metal.
Su madre caminaba hacia ella con lentitud y una expresión horrorosa. Una que jamás había hecho en vida.