LA PRUEBA DE LOS EMISARIOS
Dara no lloró. Ni siquiera la azotaron las ganas de llorar.
No tenía más lágrimas para derramar por ese hombre.
Él la había abandonado cuando era una niña que acababa de perder a su madre.
La dejó sin hogar, sin protección, sin familia, sin nada.
La dejó completamente sola y, por mucho tiempo, ella sintió que era su culpa por parecerse a su madre.
Por mucho tiempo, se torturó a sí misma pensando en que no había hecho lo suficiente para convencerlo de quedarse.
Por mucho tiempo, sintió que no era digna de amor, ya que no pudo conservar el de su propio padre.
Era evidente que Livier estaba preocupado por ella, pero Dara no era capaz de hablar de Camus Rennai sin que su pecho se le llenara de telarañas y oscuridad.
Hacía muchos años había guardado con cadenas el recuerdo de ese hombre en un lugar lejano y se le daba bien no visitarlo.
¿Por qué tuvo que aparecer frente a ella?
—Estoy bien.
Era lo único que decía cuando Livier trataba de darle consuelo. No quería consuelo, quería que las cosas volvieran a ser como antes, cuando él no estaba. Cuando para Dara era tan solo un eco del pasado.
Cedric trató de hablar con ella. La había llamado a su oficina unos cuantos días después del encuentro.
—¿Desde cuándo lo sabía? —preguntó Dara, con los puños a los costados.
—¿Que eras su hija?
Dara apretó los dientes ante esa última palabra.
—No soy nada de ese hombre.
—Ah, lo entiendo. Lo respeto, incluso —respondió Cedric y luego colocó la mano en la barbilla—. Lo supe desde que vi tu solicitud para trabajar en la biblioteca en el programa de becas. Casi nadie conoce el apellido de Camus, solo yo. Tardé un poco en decírselo. ¿Quisieras saber cómo reaccionó?
—No.
La respuesta de Dara fue inmediata.
—Si prefieres no verlo, no te llamaremos cuando esté presente.
No hablaron de la resistencia, ni de lo que seguía, ni de planes secretos. Cedric le dijo que le avisaría, por medio de Livier, cuando la necesitaran. Todo fue muy críptico, ya que se encontraban en la Academia Valrose.
Dara agradecía que la Prueba de los Emisarios estuviera tan cerca, ya que los profesores enfocaron las últimas clases del año en alistarlos para lo que se avecinaba.
Tanto clases teóricas como prácticas fueron centradas en eso y a Dara le sirvió para no pensar en otra cosa.
Volcó su concentración y sus esfuerzos en prepararse.
Esa prueba decidiría si continuaba con sus estudios mágicos en Valrose. Y le sorprendía lo mucho que quería quedarse.
Su venganza estaba en puerta, cada vez más cercana. Sabía que, incluso si no pasaba la prueba, con ayuda de la Brigada de los Sueños podría completar su misión. No iba a hacer ningún juramento de sangre. Prefería escapar y vivir como profanadora buscada por la ley. Tenía dónde esconderse.
Pero no quería.
Quería pasar la Prueba de los Emisarios y seguir siendo aprendiz en la academia. Y eso hacía que la culpa la aplastara. En Valrose no solo había aprendido mucho sobre el manejo de su adnae y sobre la magia. Ahí había podido vivir dignamente. Ahí había encontrado una familia.
Pensaba en Catriona, en Verian, en Ashe, en Leone, en Penélope.
En Livier.
No sabía qué deparaba el futuro para la Academia Valrose.
Si los planes de la resistencia continuaban su curso, no faltaba mucho para que fuera expuesta.
No faltaba mucho para que la gente de Liyia se enterara de lo que su intachable institución de la magia era capaz de hacer.
Cuando lo supieran, ¿les importaría? ¿Harían algo al respecto?
¿La academia prevalecería o caería? No lo sabía.
Pero, hasta que ese momento llegara, ella quería continuar allí.
—Mamá, ¿estás decepcionada de mí?
La pregunta la acechaba cada noche.
La mañana de la Prueba de los Emisarios llegó.
Desde las primeras luces del alba, la Academia Valrose despertó envuelta en un silencio reverencial, nacido no de la ausencia de voces, sino del peso de las expectativas.
La misma Montaña de la Rosa, que siempre había sido un testigo firme de la prueba, parecía contener el aliento.
Incluso el viento recorría los jardines con cautela, como si estuviera respetando una tradición ancestral.
Para los aprendices de primer año, ese día definiría quiénes serían el resto de sus vidas.
Era tan simple como eso: serás mago o no lo serás.
La prueba era el juicio que los separaba de la grandeza.
Los aprendices que no fueron seleccionados como candidatos habían recogido sus pertenencias y ya no se encontraban allí.
Esas personas ya no podrían ejercer su magia y estaban destinados a una vida con su adnae bloqueado.
Quedaban tan solo un poco más de la mitad de los que habían sido caras familiares para Dara durante todo un año.
El evento se llevaría a cabo en la Cámara del Juramento, que se encontraba en una torre que permanecía cerrada bajo candados con sigilos creados por la archimaga.
Esa torre solo se abría para la Prueba de los Emisarios y para la Ceremonia de Titulación.
En su sótano estaban las bóvedas de la Academia Valrose, donde las reliquias de los Emisarios eran resguardadas.
La Cámara del Juramento estaba en la parte más alta de la torre.
Las escaleras que conducían a la sala ascendían en una amplia espiral de piedra desgastada por incontables generaciones de aprendices; cada peldaño conservaba un fantasma de quienes habían subido antes.
En la cima se encontraba un vestíbulo con dos enormes puertas de madera reforzadas con hierro que se abrían hacia una escalera amplia cubierta en una alfombra roja de terciopelo.
La escalera estaba flanqueada por reguladores en su uniforme de gala, con cetros cuya empuñadura tenía forma de rosa.
La sala era majestuosa y perfectamente circular.
Su cúpula se elevaba a una altura casi imposible y altos vitrales con rosas rojas rodeaban la parte superior de la rotonda, dejando pasar luces ámbar que pintaban el suelo de colores.
El perímetro del círculo estaba custodiado por las estatuas de los Cuatro Emisarios del Creador.
Cada uno de los dioses sostenía una reliquia en su puño de piedra.
Alaric y su espada.
Nielen y su libro.
Ophyr y su cetro.
Enia y su guadaña.
A la cabeza había tres sillas que más bien parecían tronos dorados con rosas talladas en sus respaldos. La más imponente era para la archimaga, que ya aguardaba allí sentada. A su lado derecho estaba Agatha Monrae, la subdirectora. A su lado izquierdo se encontraba Livier Monrae, el heredero.
Al centro de la cámara estaba el Círculo del Juramento. Allí se llevaría a cabo la prueba para cada aprendiz. Era un inmenso círculo grabado en el suelo, delimitado por líneas talladas en forma de enredadera y cuya superficie estaba tan pulida que reflejaba la luz de los vitrales como si fuera agua.
Durante siglos, cada aprendiz había presentado la prueba que definiría su destino en ese punto exacto. El aire que se respiraba se sentía sagrado con un toque a rosas. Era un lugar reservado para la historia.
Todos los aprendices de primer año debían aguardar en el vestíbulo mientras sus compañeros se enfrentaban a la Prueba de los Emisarios, uno a uno. Los únicos testigos, además de la familia Monrae, serían los profesores que seleccionaron al aprendiz en turno como candidato.
El orden en el que los aprendices presentarían la prueba fue seleccionado al azar.
Dara iba a ser la número siete, mientras que Catriona sería la número once y Verian iría hasta el final.
El ambiente en el vestíbulo era solemne.
Los aprendices estaban tan nerviosos que ni siquiera tenían ganas de hablar entre ellos.
Justo antes de que Dara entrara a la Cámara del Juramento, Catriona le dio un abrazo y Verian, un apretón en el hombro.
—¡Tú puedes! —le dijo su amiga.
—Te veremos del otro lado —agregó Verian.
Y ahí estaba Dara, al centro del círculo delimitado por enredaderas, observada no solo por las estatuas de los Cuatro Emisarios, sino también por la profesora Nabila, el profesor Tiron y la profesora Maevra.
Dara se preguntaba a través de qué ojos esta última observaría la prueba.
A la cabeza del círculo, los ojos rojos de la archimaga, la subdirectora y Livier la contemplaban.
Dara intentaba no mirar a Livier, pero una parte de ella agradecía que estuviera allí. La noche anterior le dio un último consejo. Se habían escabullido a su jardín para pasar un rato sin que nadie supiera de ellos, recargados en el tronco del sauce, donde pasaron horas y horas juntos.
—Recuerda que, cuando la archimaga te entregue la reliquia, nosotros no podremos ver lo que tú estás viendo.
Solo te veremos a ti, usando tu magia. Podremos escucharte y observar tus movimientos, pero nada más.
Lo que te muestre la reliquia es solo para ti —dijo Livier mientras acariciaba el brazo de Dara—.
Te va a retar con tus deseos, tus anhelos o tus miedos.
Va a ser tan real que al inicio no recordarás que estás en la prueba. No te dejes engañar.
—¿Qué fue lo que la reliquia de Enia te mostró a ti? —preguntó Dara.
—Una pesadilla —respondió Livier.
Dara se preguntaba qué era lo que el ancestral Libro de Nielen tenía preparado para ella.
No diría que estaba tranquila, pero tampoco se sentía especialmente nerviosa.
Su corazón latía a un ritmo estable y sus respiraciones eran acompasadas.
Confiaba en que podía superar cualquier prueba. Ya había llegado hasta ahí.
La archimaga se levantó de su trono. Sus ojos se clavaron en Dara.
—Aidara Rennai, aprendiz de primer año de la categoría danzamentes —anuncio Elgaria Monrae.
—Me presento ante la archimaga y los Emisarios para mi prueba —respondió Dara, tal como indicaba el protocolo.
La archimaga golpeó el suelo con su bastón.
El Libro de Nielen resplandeció y se alzó de la estatua de la diosa.
El poder de la reliquia era palpable en la Cámara del Juramento; emanaba una energía luminosa y aplastante.
Dara nunca había sentido un adnae tan fuerte y tan puro.
El libro voló con lentitud hacia ella y sus piernas comenzaron a temblar ante la presencia.
¿Cómo era posible que un objeto pudiera sentirse así de vivo?
Era como si, después de tantos siglos, la esencia de la diosa danzamentes siguiera viva en su reliquia.