LOS CANDIDATOS #3
El reloj sobre la puerta central llevaba años detenido en la misma hora. Cinco minutos para la medianoche.
Cuando Dara estuvo segura de que no vomitaría, se lo hizo saber a Livier. Él la tomó de la mano y la guio hacia uno de los andenes, donde había un viejo vagón de carga. Estaba en tan mal estado que le sorprendía que no se hubiera desmoronado ya.
Livier usó su magia para levantar una de las placas metálicas del piso. Lo primero que Dara creyó ver fue un hoyo negro, ya que no había mucha luz alrededor, pero cuando afiló su visión, logró divisar una escalera de hierro que era consumida por la oscuridad.
—Tú primero. Es seguro —dijo Livier.
Dara miró hacia abajo y no alcanzó a distinguir nada.
Pero confiaba en Livier, así que comenzó a bajar la escalera, barra por barra.
Él la siguió de inmediato. El descenso no fue largo, pero todo era negrura allí abajo.
Tan pronto Livier llegó con ella, encendió una antorcha que descansaba en la pared.
A lo lejos, Dara escuchaba voces.
No estaba segura, pero esos parecían ser los túneles que se usaban como pasajes de mantenimiento para inspeccionar los cimientos de las vías y transportar suministros sin interrumpir el tránsito de los trenes. Los techos eran bajos y estaban atravesados por tuberías podridas.
—Estos túneles llevaban décadas sellados, pero la brigada ahora los utiliza como cuartel principal —explicó Livier, lo que confirmaba la suposición de Dara.
Caminaron hasta llegar a una especie de cámara enorme excavada bajo la antigua estación. En otro tiempo debió servir como almacén ferroviario, ya que todavía quedaban rieles incrustados en el suelo y, aunque el paso de los años era evidente, el lugar estaba lejos de lucir abandonado.
Varias mesas de distintos colores, tamaños y materiales ocupaban los rincones.
Mapas de Liyia cubrían las paredes, algunos llenos de anotaciones, marcas y alfileres con cuerdas que unían diferentes ubicaciones.
Había unas cuantas lámparas descansando en el suelo, que, si bien no iluminaban demasiado, eran suficiente.
Lo que más sorprendió a Dara fue la cantidad de gente que iba y venía por la sala cargando documentos y cajas. Eran tal vez unas quince personas. Nadie permanecía quieto por demasiado tiempo.
—¡Dara, Livier! —exclamó Cedric con una sonrisa. Junto a él estaba Navali—. Qué bueno que llegaron. Estamos próximos a iniciar con la reunión.
—¿Sucedió algo importante? —preguntó Dara.
Navali alzó su dedo índice hacia su barbilla y fingió pensar.
—No lo sé, ¿tal vez un terremoto antinatural que casi destruye la Academia Valrose? —dijo con sarcasmo.
Dara frunció el ceño.
—Bien. Pregunta tonta. Lo acepto —concedió.
—¡No existen las preguntas tontas, mi querida discípula! —exclamó Cedric. Sus ojos se posaron en Livier y su expresión se volvió más solemne—. Vi el comunicado de la archimaga.
—Todo Liyia lo vio —respondió Livier.
Cedric suspiró.
—Entiendo que la gente elija creerle para sentirse a salvo, pero quisiera saber qué está pasando por la cabeza de Elgaria Monrae —se preguntó el bibliotecario—.
Puede engañar a todo Liyia, pero no a sí misma.
Ella sabe que el Creador va a morir si no hay sueños.
¿Planea permitir que se desencadene el fin del mundo?
—Ella cree que no llegaremos a eso —respondió Livier con pesar—.
Está convencida de que Enia solo se comunica con la humanidad cuando más la necesitamos.
Antes fue por la guerra. En la actualidad son los desastres naturales.
Quiere que lleguemos a un punto crítico porque es cuando Enia se manifestará a través de los sueños.
—Querrás decir, a través de tus sueños —habló Dara. Sentía la sangre hirviendo.
—Sí, cree que se manifestará en mis sueños —aceptó Livier con resignación.
—¿Y cómo va eso? —preguntó Navali con los brazos cruzados.
Livier negó con la cabeza.
—La archimaga insiste en que soy yo quien va a recibir el mensaje de Enia, pero nunca la he visto en el mundo onírico —dijo Livier—. Según el Diario de Valrose, hay que seguir el aroma a rosas, pero en mis sueños no hay rosas.
Dara arrugó ambas cejas al escuchar eso último. Era cierto, un fragmento autorizado muy popular del Diario de Valrose Monrae decía que encontró a la diosa cuando siguió el fuerte aroma a rosas.
Cuando Dara perdió su relicario y soñó por error, el aroma a rosas estaba en todas partes. Recordaba vagamente una nube llena de rosas rojas.
No. No podía ser.
Unos pasos pesados se escucharon a lo lejos y no tardó en aparecer en el cuarto una figura encapuchada.
—Ah, llegó nuestro líder. Ya podemos empezar con la reunión —dijo Cedric.
—¿Qué no eras tú el líder? —preguntó Dara con confusión.
Cedric rio.
—¿Yo? Yo soy un viejo decrépito. Soy capaz de liderar una biblioteca, ¡no una resistencia!
La figura encapuchada caminaba hacia ellos a paso seguro.
Era alguien alto y corpulento. Dara no pudo evitar tensarse y se acercó un poco más a Livier.
El recién llegado se detuvo justo frente a los cuatro y se retiró la capucha, dejando ver el rostro de un hombre de tez morena, magullado por los años.
Tenía varias cicatrices en la cara y en el cuello.
Su pelo era oscuro y su cara estaba enmarcada por una barba bastante poblada.
—Mi querida Aidara —dijo el hombre con una sonrisa triste. Su voz era áspera—. No sabes cuánto te he extrañado.
El mundo de Dara se detuvo.
No.
El aire abandonó sus pulmones de golpe y a su corazón se le olvidó cómo seguir latiendo. Dio un paso atrás y quiso correr, pero sus piernas temblaban tanto que dudaba que pudieran sostenerla. ¿La habitación se estaba haciendo más estrecha? ¿Cómo era posible? ¿Y cómo era posible que él estuviera ahí?
No lo había reconocido, no de vista.
Pero esa voz… esa voz era su tormento personal. Era la voz de sus peores momentos y de sus peores recuerdos.
Era él.
Después de todos esos años, frente a ella estaba su padre.
—¿Se conocen? —La pregunta de Navali se sintió como una patada en el estómago.
—Es mi hija —respondió Camus Rennai.
Ahora sí, Dara iba a vomitar.
—¡No sabía que tenías una hija! —exclamó Navali.
—Livier —la voz de Dara salió como si estuviera enterrada cien metros bajo tierra—, vámonos de aquí.
—Aidara, no seas así. Tengo muchas cosas que decirte —dijo Camus y dio un paso hacia ella con la mano extendida.
El brazo de Livier se interpuso entre Camus y Dara.
—No la toques —espetó Livier con veneno en la voz.
Camus se detuvo en seco y pasó sus ojos de Dara a Livier. Bajó la mano y la empuñó, pero no hizo nada más. Alrededor, todo era silencio. Las personas que habían estado en movimiento desde que llegaron, ahora observaban la escena, paralizadas.
Dara tomó a Livier del brazo como si su vida dependiera de ello y tiró de él. Livier la rodeó por la espalda y la acercó a él para llevársela de ahí. Ella apenas podía sostenerse, pero Livier era todo el soporte que necesitaba.
Mientras se alejaban, Dara sentía que dejaba un rastro de sangre que escurría desde donde la habían abierto en dos para desgarrarle las entrañas. Jamás imaginó que volvería a ver a ese hombre.
Hubiera preferido que estuviera muerto.