LOS CANDIDATOS #2
Livier asintió.
—Está bien, en unos minutos estaré allí.
Elgaria Monrae no respondió. Tampoco se movió de donde estaba. Miraba a Livier con severidad, pero en sus ojos había algo más. Curiosidad, ¿tal vez?
—¿Quién es ella? —preguntó la archimaga.
A Dara se le hizo un nudo en el estómago. En todo su tiempo en la academia, la archimaga jamás le había prestado atención. Incluso en el duelo final de la Demostración, Elgaria Monrae se había fijado en Verian. No en ella.
—Es aprendiz de primer año. Estuvo en el duelo final de la Demostración con Verian —la respuesta de Livier fue cortante.
—Ah.
La voz de la archimaga denotaba un completo desinterés, pero sus ojos se encontraban clavados en Dara. Livier seguía cubriéndola con su cuerpo, así que Elgaria se movió a un lado para apreciarla mejor.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó la archimaga.
Dara sabía que no era lo más prudente que Elgaria Monrae la tuviera identificada, pero no pensaba acobardarse. No ante esa mujer.
—Dara Rennai —respondió. A su lado, Livier se había congelado.
La archimaga afiló la mirada. Parecía que la estaba inspeccionando y Dara odiaba la sensación espantosa que eso le causaba. Era como si miles de insectos treparan por su espalda.
Después de lo que se sintió como una eternidad, Elgaria volvió a hablar.
—Espero que puedas entender que no lo recordara, Dara Rennai —dijo la archimaga, con énfasis en su nombre y apellido—. Son tantos aprendices en primer año que prefiero no encariñarme. Gran parte de ellos ni siquiera logra asegurar su lugar en la academia.
¿Encariñarse? Sí, claro.
—No se preocupe, archimaga —respondió Dara.
—Abuela, ¿vamos a tu estudio? —insistió Livier.
Su tono de voz era tan frío que Dara no lo reconocía.
La archimaga no lo miró, no enseguida. Seguía observando a Dara como si fuera un descubrimiento interesante. Con sus dedos largos acariciaba la empuñadura de su bastón.
—Una disculpa, Dara. Livier y yo tenemos asuntos importantes qué discutir —dijo la archimaga.
—No tiene que disculparse —respondió Dara al instante.
Elgaria Monrae asintió. Ni siquiera volteó a ver a Livier y comenzó a caminar en dirección a la catedral. Livier la siguió con la vista en alto. Desinteresado y distante. Dara no pudo evitar recordar sus primeros días en Valrose, cuando no lo conocía y le parecía un misterio.
Sabía que Livier actuaba así para no despertar el interés de la archimaga en Dara. Entendía que no quería que esa mujer la percibiera siquiera. Mientras lo veía alejarse, podía notar sus hombros tensos y pasos rígidos.
—No te preocupes por mí. Hablamos mañana —dijo Dara con magia de transmisión, solo para Livier.
Él no reaccionó.
Los días siguieron su curso entre clases, reparaciones y una paz que se sentía artificial.
Esa mañana, los aprendices de primer año de la Academia Valrose despertaron con los nervios por los cielos porque la lista de candidatos para pasar a segundo año había sido publicada en el vestíbulo del Castillo Mayor.
Durante el año, todos los profesores habían observado minuciosamente a los aprendices en busca de pupilos potenciales.
Algunos tomaban cinco, otros dos, otros ninguno.
Los elegidos se convertían en candidatos y tenían derecho a presentarse a la Prueba de los Emisarios, la cual definiría si continuaban con sus estudios en la academia.
Si continuaban con el derecho a ser magos.
Los aprendices que no aparecieran en las listas de los profesores tenían que prepararse para abandonar la academia durante la semana.
Antes de irse, debían hacer el juramento de sangre para bloquear su adnae activo de forma permanente, en presencia de la archimaga.
El mismo juramento debía hacerse si no lograban superar la Prueba de los Emisarios.
Dara casi tuvo que arrastrar a Catriona al castillo. Su amiga estaba convencida de que no aparecería en ninguna lista y no quería enfrentarse al fracaso. Se encontraron con Verian en la puerta del vestíbulo; las estaba esperando para entrar los tres juntos.
—¡Vayan ustedes! —chilló Catriona—. Yo no quiero ver.
—Llevas todo el año diciendo que no quieres ser maga. Si no estás en ninguna lista sería algo bueno, ¿no? —dijo Verian con una ceja alzada y su sonrisa de siempre. Leone había vuelto hacía un par de días y eso había mejorado su ánimo.
Catriona apretó los labios. Tenía los ojos llorosos.
—¡Pero no me quiero ir de Valrose! —exclamó ella—. Aquí los encontré a ustedes. Seré sumamente miserable si nos separan.
—No nos van a separar —aseguró Dara y le puso la mano en el hombro—. Entremos, anda.
Catriona asintió y respiró profundo. Luego, con una mano tomó el brazo de Dara y con la otra el de Verian.
Los tres entraron juntos al vestíbulo, donde había una multitud de aprendices amontonados en la pared en la que las listas de candidatos estaban colgadas.
Algunos gritaban de felicidad, pero otros parecían haber recibido la peor noticia de sus vidas. Dos aprendices incluso lloraban.
Fue hasta ese momento que Dara sintió su pulso acelerarse. ¿Y si no aparecía en ninguna lista? Confiaba en que al menos un profesor hubiera visto potencial en ella, pero ahora que estaba por averiguarlo los nervios la invadieron.
Los tres se abrieron paso entre los aprendices y quedaron de frente con las listas.
Dara buscó su nombre con el pulso latiéndole en el oído y no tardó en encontrarlo.
¡Estaba en tres listas! El profesor Tiron, la profesora Nabila y la profesora Maevra la habían elegido como candidata.
Después de la Prueba de los Emisarios, Dara tendría que escoger quién sería su mentor a partir de su segundo año.
Un grito agudo la sacó de su asombro. A su lado, Catriona saltaba con júbilo.
—¡La profesora Inma me puso en su lista!
Dara sonrió y abrazó a su amiga. Ella no conocía bien a la profesora Inma, ya que solo daba clases prácticas a aprendices forzacuerpos, pero tenía fama de ser paciente. Catriona le preguntó a Dara en cuántas listas estaba y, cuando Dara le respondió, ahora fue ella quien se lanzó a abrazarla.
—Estamos un paso más cerca de ser torturados en la Prueba de los Emisarios —dijo Verian.
Catriona observó las listas y soltó un suspiro lleno de admiración.
—¡Por la Rosa! Verian, estás en nueve listas —exclamó Catriona—. Básicamente todos los profesores del Departamento de Danzamentes te quieren de pupilo. ¡Felicidades!
Esa tarde se reunieron en el dormitorio de Leone para celebrar.
No tenían permitido salir del campus, ya que era día de clases y las reglas habían vuelto a su rigor habitual.
Tampoco podían verse en la habitación de Livier, pues la archimaga estaba de vuelta.
Pero el lugar no importaba. No cuando estaban juntos.
Era medianoche y Dara se encontraba detrás del viejo observatorio de la academia.
Le había tocado el turno de cierre de la biblioteca y su sorpresa fue enorme al ver a Cedric en la oficina. El bibliotecario llevaba semanas sin pisar la academia y Dara ya se había acostumbrado a su ausencia. Asumía que estaba muy ocupado con la Brigada de los Sueños.
—Hoy tenemos una reunión importante. Livier sabe dónde es. Velo a la medianoche en la parte de atrás del observatorio —le dijo Cedric con magia de transmisión.
Eso fue lo único que le comunicó. Después la ignoró por completo mientras revisaba todos los pendientes que se habían acumulado durante su ausencia.
Así que Dara esperaba a Livier detrás del viejo observatorio de la academia. Él era sumamente silencioso al caminar, así que no lo escuchó llegar. Lo vio acercarse cuando ya estaba a escasos metros de ella. Dara no sabía si algún día se acostumbraría a que Livier la besara en la boca como saludo.
Esperaba que sí. Esperaba que no.
El beso fue corto, porque tenían cosas qué hacer. Tenían un lugar adónde ir.
—¿Cómo vamos a salir sin que nadie se dé cuenta? —preguntó Dara.
—Con magia de transportación —respondió Livier.
Dara abrió los ojos de par en par.
—¿Los rompealmas pueden transportarse a otros lugares? —exclamó con añoranza en la voz—. Tienes que enseñarme.
—Podemos hacer muchísimas cosas al dominar el adnae de todo. Tan pronto tengas más control sobre eso, te mostraré cómo hacerlo —respondió Livier—. Aunque podría tomarnos tiempo; es un tipo de magia bastante complejo de domar.
Eso desanimó un poco a Dara. A pesar de que se esforzaba por ser más competente con su magia de alma, le era difícil. No podía hacer ni una mínima parte de todo lo que hacía Livier y no sabía si algún día llegaría a un nivel parecido.
—¿Cómo lo haces? —preguntó Dara, más por curiosidad que por intentar aprender.
—Debo haber estado antes en la ubicación exacta a la que quiero ir —dijo Livier—. No uso magia de transportación muy seguido porque toma mucho de mi propio adnae, pero esta noche es necesario.
—¿No es peligroso transportarme a mí también?
—No te preocupes. Ven aquí.
Livier extendió sus brazos y Dara no aguardó para ir hacia ellos. Lo abrazó por la cintura y él la rodeó por la espalda.
—No me sueltes —dijo Livier.
—Nunca —respondió Dara.
Ser transportada de un lugar a otro en cuestión de segundos fue una experiencia extraña para Dara.
Apenas alcanzó a asimilarlo, ya que duró tan solo un parpadeo, pero su cuerpo sí que sintió los efectos.
Cuando aparecieron frente a una estación de trenes, tuvo que respirar profundo y lento para no vomitar. Jamás se había sentido así de mareada.
—¿Estás bien? —preguntó Livier, sin soltarla.
—Sí, dame un momento.
Mientras su sistema nervioso se calmaba, se dedicó a mirar el entorno.
No tardó en reconocer que se encontraban en la antigua estación de trenes de Olsian.
Se había construido hacía medio siglo y, poco a poco, dejaron de utilizarla por su ubicación.
Estaba bastante lejos de la capital y terminó siendo reemplazada por una estación más céntrica y nueva.
Ahí, los rieles oxidados eran difíciles de ver entre tanta maleza.
El gran edificio principal seguía en pie, pero parecía un fantasma de otra época.
Lucía triste y olvidado. La fachada estaba cubierta por enredaderas que trepaban hasta las ventanas rotas.