LOS CANDIDATOS
Las reparaciones en la Academia Valrose no se hicieron esperar. Un día después del terremoto, la archimaga volvió y con ella llegó todo un equipo de magos especializados en ingeniería y construcción.
A los aprendices se les dio el día libre mientras se realizaba una inspección general de los edificios del campus.
Se anunció que la reconstrucción de la torre administrativa comenzaría esa misma semana y no interferiría con el itinerario de fin de cursos.
Faltaba ya muy poco tiempo para que el año escolar llegara a su fin y no podían permitirse retrasos.
En palabras de la misma Elgaria Monrae, había sido un milagro de la diosa de la Rosa que ningún aprendiz hubiera perdido la vida en el terremoto, lo que demostraba que Enia velaba por la Academia Valrose.
Todos lograron ser rescatados de los escombros y estaban recibiendo atención médica.
La cantidad de lesionados fue elevada, pero solo hubo tres heridos de gravedad. Uno de ellos fue Leone.
Dara y Catriona usaron su día libre para visitarlo en el hospital.
Livier, Verian y Ashe estaban ahí y no se habían movido desde que llegaron.
La doctora en turno les había dicho que Leone estaba fuera de peligro, que solo era cuestión de tiempo para que despertara.
Después de todo, era un forzacuerpos; su cuerpo y sus huesos eran mucho más resistentes que los de una persona promedio.
Aun así, había sufrido de una contusión craneal y tenía dos costillas rotas que no tardarían en sanar. Un médico forzacuerpos las había fijado y Leone solo iba a tener que guardar reposo por un par de días.
Dara esperaba que abriera los ojos pronto. Que hiciera bromas. Que en serio estuviera bien.
Verian lucía miserable, tenía los ojos hinchados y todavía no recuperaba ni un poco de color en la piel.
Ashe no dejaba de mover las manos con nerviosismo y su ropa, normalmente impecable, estaba sucia y arrugada.
Livier se mostraba serio, todo su semblante era sombrío y en sus ojos había una angustia que se notaba a leguas. Dara se sentía impotente.
Solo era cuestión de esperar a que Leone despertara.
Al día siguiente, las clases continuaron por órdenes de la subdirectora Agatha Monrae.
Tan pronto los ingenieros confirmaron que las estructuras de los dormitorios, la cafetería y el Castillo Mayor eran estables y no había peligro, todo retomó su curso.
Había equipos destinados a reparar las grietas, los caminos de adoquín, los jardines y el interior de los edificios.
En el área de la torre administrativa se había colocado un vallado de madera para proteger la obra de construcción que se realizaría.
A Dara le sorprendía la rapidez con la que el mundo se movía cuando la gente con poder lo requería.
Tres días después del temblor, Ashe llegó a la cafetería con buenas noticias.
—Leone despertó —dijo con una sonrisa radiante, pero cansada.
—¡Gracias a la Rosa! —exclamó Catriona y se levantó para abrazar a Ashe, quien la recibió con gusto.
Dara suspiró con alivio. Llevaba días con un agujero en el pecho.
—¿Cómo está? —preguntó Alessa.
—Mejor de lo que todos esperábamos —contestó Ashe y rio bajito antes de continuar—. Su papá llegó a visitarlo para quedar como padre ejemplar frente a los medios de comunicación, y Leo fingió que perdió la memoria.
Alessa y Catriona rieron en alto. Dara no pudo detener la sonrisa que se posó en sus labios.
—Solo debe quedarse un par de días más en el hospital. Los doctores quieren asegurarse de que no haya ninguna complicación —dijo Ashe—. Pero Leo se siente bien. Le comenté que habían ido a visitarlo todos los días y dijo que no contaba porque no estaba despierto.
—Tiene razón —concedió Catriona.
Así que ese día, Dara, Catriona y Ashe fueron juntos a visitar a Leone. Dadas las circunstancias, a los aprendices se les permitía salir en las tardes si tenían que acudir al hospital, siempre y cuando las clases del día ya hubieran terminado.
Cuando entraron a la habitación de Leone, él las recibió con una cara de confusión exagerada.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Leone.
Dara ni siquiera parpadeó.
—Somos del Departamento de Cirugías. Venimos a amputar su pierna —dijo ella con seriedad.
Leone soltó una carcajada que terminó en dolor en sus costillas. Verian, que seguía en la silla a un lado de la cama del hospital, le dedicó una mirada de reclamo a Leone, que sonreía a pesar de todo.
—La doctora ya te dijo que debes evitar movimientos bruscos —lo regañó Verian.
—No puedo controlarme si algo me causa gracia —respondió Leone.
—El problema es que todo te causa gracia.
Dara miró el intercambio con curiosidad.
Ya no se sentía la palpable tensión entre esos dos.
Leone lucía muy recuperado y sus ojos brillaban al posarse en Verian.
Ella no creía que ya hubieran tenido tiempo de hablar a solas, pero tal vez lo que sucedió los hizo darse cuenta de que la distancia entre ellos era una estupidez.
—Luces muy bien, Leo —dijo Catriona. En sus brazos llevaba un enorme ramo de flores que había comprado antes de llegar al hospital. Caminó hacia la mesita que estaba frente al sillón para poner las flores allí.
—Y me veré mejor cuando me quiten esta venda de la cabeza —respondió Leone.
Dara y Catriona pasaron toda la tarde allí, con ellos.
Bromearon y charlaron de todo, menos del temblor.
El ambiente en la habitación era relajado y estaban empeñados en mantenerlo así, ya que afuera todo era incertidumbre.
Apenas anocheció, Leone les pidió que fueran a descansar, especialmente a Verian y a Livier, que no se habían separado de él.
No se veían muy convenidos de irse del hospital, pero Leone les dijo que necesitaba dormir y que, si ellos se quedaban con él, iba a preferir hacerles compañía. Así que Livier y Verian aceptaron irse, con la promesa de que volverían a primera hora al día siguiente.
Dara se ofreció a hacerle compañía a Livier para que no tuviera que regresar al campus él solo en su motocicleta.
Catriona la miró con una sonrisa traviesa y ambas cejas levantadas, porque sabía perfectamente que esa era una excusa para pasar tiempo con él.
Nadie puso objeción. Catriona, Verian y Ashe subieron a un coche de alquiler para volver a la Academia Valrose.
Antes de subir a la motocicleta, Livier tomó a Dara de las mejillas y la besó. Ella se derritió en sus labios y lo rodeó por la cintura. Fue un beso dulce y sin prisa. Un beso que despertó a las mariposas que dormían en el estómago de Dara.
—Te eché de menos, vida —dijo Livier con su frente apoyada en la de Dara.
El corazón de Dara se saltó un latido. Otra vez la había llamado así.
—Nos hemos visto todos los días —le respondió, aunque entendía lo que Livier quería decir.
Sí que se habían visto todos los días en el hospital, pero no habían estado juntos.
Livier se mostró fuerte para Verian, pero la realidad era que él también había estado aterrado por Leone.
En sus visitas, Dara se sentaba a su lado y lo tomaba de la mano, pero era el único contacto físico que habían tenido durante esos tres días.
—No lo suficiente —dijo Livier. Tomó un mechón de pelo de Dara y lo colocó detrás de su oreja.
—¿Siempre has sido así de romántico?
—No. Pero nunca había sentido por nadie lo que siento por ti.
—Basta.
Dara recargó la cabeza en el pecho de Livier para ocultar sus mejillas sonrojadas.
—¿Quieres que pare? —preguntó Livier.
—No.
La respuesta de Dara fue inmediata. No quería que Livier parara nunca.
Era solo que no estaba acostumbrada a nada de esto.
A las miradas cargadas, a las palabras llenas de cariño, a los besos que escondían un sinfín de promesas.
Al tipo de intimidad al que había llegado con Livier.
Y no se refería al sexo. Era el fin de la huida.
Era arrancarse el alma y dejarla expuesta.
—Bien, porque no quería hacerlo —dijo Livier.
Dara alzó el rostro y le dio un beso en la comisura de los labios.
—También te eché de menos.
Regresaron al campus en la motocicleta de Livier acompañados de las estrellas.
A Dara le sorprendía que las calles de Olsian estuvieran intactas, considerando todos los daños que la Academia Valrose había sufrido.
Los inspectores ya habían habilitado el acceso a todos los edificios, pero las reparaciones a las áreas que habían sufrido daños tomarían semanas.
Llegaron a la academia y caminaron juntos hacia los edificios de los dormitorios.
Los adoquines de los senderos seguían destruidos, pero la escena ya no era tan desastrosa como hacía tres días.
Pasaron por la estatua de Enia que Dara había visto en su primer día en el campus.
Había perdido la cabeza. No sabía por qué, pero le parecía inquietante que estuviera partida y solo quedara su cuerpo con los brazos extendidos.
—¿Dónde estará su cabeza? —se preguntó Dara.
—Seguro se llevaron los pedazos para reconstruirla —respondió Livier.
Dara suspiró.
—No puedo creer que todo siga su curso normal, ¿sabes? —dijo Dara, sin poder dejar de mirar la estatua—. La academia fue azotada por un temblor que pudo haber terminado en tragedia y la preocupación más grande de todos es que la próxima semana se publica la lista de candidatos.
Le era difícil pensar en eso cuando había cosas más grandes ocurriendo en Liyia. Claro que había revuelo en Olsian, pero no lo suficiente. La realidad era que la gente confiaba en la archimaga. La gente confiaba en que la diosa de la Rosa los protegería.
Dara estaba comenzando a creer que Enia había abandonado al pueblo que tanto la adoraba. El Creador estaba muriendo y ella lo permitía. El mundo iba a acabarse y ella llevaba siglos desaparecida.
—Livier.
El sonido de un bastón contra el pavimento alertó los sentidos de Dara.
Se giró en dirección a la voz y, como si hubiera salido de las sombras, apareció Elgaria Monrae.
Su pelo de pimienta estaba suelto y se mecía con el viento.
Toda ella lucía en blanco y negro, con excepción de su anillo. Y sus ojos rojos.
Livier se situó frente a Dara como escudo humano. Como si así pudiera ocultarla de la archimaga.
—Abuela, ¿me buscabas? —preguntó él. Su tono era neutro, carente de emoción alguna.
—Así es. Te necesito en mi estudio ahora mismo —respondió Elgaria.