CATÁSTROFE
El agua caliente bañó el cuerpo de Dara y ella cerró los ojos para disfrutarla.
Cuando ambos terminaron, Livier la llevó al cuarto de baño para que pudieran limpiarse. Decidieron que se darían una ducha juntos y Dara se sentía plena. Dichosa, incluso. No era una emoción a la que estuviera acostumbrada, pero le gustaba.
Livier lavó el pelo de Dara y ella se dejó consentir. Sus manos masajeaban su cráneo con suavidad y ella seguía volando en el cielo al que la había llevado. Cuando Livier acabó con su cabello, ella recargó la cabeza en su pecho.
—¿Puedo lavarte el pelo? —preguntó Dara. Quería hacer lo mismo por él. Además, le encantaba su pelo negro y largo. Le encantaba cuando se lo recogía en una media coleta, o cuando lo llevaba en un moño despeinado. También le gustaba suelto.
Livier besó su hombro.
—Puedes hacer conmigo lo que quieras.
Un escalofrío recorrió a Dara de pies a cabeza.
—Date la vuelta —dijo Dara, con la botella de la loción en la mano.
Livier lo hizo.
Por unos segundos, Dara se quedó paralizada al ver la espalda de Livier.
Ya había sentido las cicatrices, pero verlas era distinto.
Más impactante. Más desgarrador. Sus cicatrices cubrían casi toda la superficie de su piel, viejas marcas superpuestas unas sobre otras, prueba de todos los años que la archimaga había pasado dejando su huella sobre él.
Prueba de todos los castigos crueles e injustos que Livier había soportado.
El corazón de Dara lloraba.
Alzó la mano y, con delicadeza, pasó los dedos sobre una, dos, tres cicatrices.
Livier no se tensó, no se movió, no dijo nada.
Le estaba mostrando a Dara todo de él y eso la hacía sentir como la persona más afortunada en Liyia entera.
Acercó el rostro a la espalda de Livier y lo besó ahí, en una cicatriz larga y torcida.
Livier exhaló y apoyó las manos en la pared de la ducha.
Dara besó otra cicatriz y otra y otra. Lo llenó de besos dulces para contrarrestar la amargura y el dolor.
Para que supiera que ya no tenía que cargar con el peso de esas marcas él solo.
Livier ya no soportó más y se giró hacia ella. La tomó de las mejillas y sus labios volvieron a encontrarse. El agua caliente caía directa sobre ellos y, mientras besaba a Livier, Dara se juró a sí misma que Elgaria Monrae iba a pagar.
—¿Te quedas a dormir? —preguntó Livier cuando ya se encontraban secos.
Le había prestado a Dara una de sus sudaderas. Era enorme y olía a él. Ella no pensaba devolvérsela. Por su parte, él llevaba unos pantalones negros de algodón y había optado por prescindir de una camiseta. Dara estaba agradecida.
—¿No te has cansado de mí? —El tono de Dara fue burlón.
—Jamás —respondió Livier.
Una pequeña sonrisa se asomó en el rostro de Dara. Giró hacia la ventana y notó que no faltaba mucho para el amanecer. Suponía que ya no tenía sentido regresar a su dormitorio. Así que aceptó.
Pero el Creador tenía otros planes.
Apenas estaban recostándose en la cama cuando la tierra rugió.
La tierra no rugía, por supuesto que no, pero era lo único a lo que se podía comparar aquel sonido animal que se sintió desde sus entrañas. Vino desde lo profundo y explotó como un alarido lleno de agonía.
—¿Qué fue eso? —exclamó Dara con los ojos abiertos de par en par.
La respuesta llegó en forma de temblor.
—Maldición —susurró Livier y comenzó a caminar hacia su armario para sacar algo de ropa. De prisa se puso la primera camisa que encontró y su gabardina.
El terremoto tomó fuerza en cuestión de segundos; mientras todos los muebles de la habitación se sacudían, Dara daba saltos para ponerse su falda y sus botas. Tenían que salir de ahí. La tierra soltó otro lamento gutural. Sonaba como una bestia despertando bajo los cimientos de la academia.
Dara y Livier salieron de la habitación y se encontraron con Verian a medio camino. Estaba despeinado; era evidente que el temblor lo había despertado. Ninguno dijo nada, solo se apresuraron a bajar las escaleras mientras todo se sacudía.
Cuando salieron de la catedral, entendieron los rugidos.
La tierra se estaba abriendo. Grietas enormes comenzaban a resquebrajar los caminos adoquinados de la Academia Valrose y, a lo lejos, se podía escuchar la conmoción.
Una punzada atravesó el pecho de Dara al pensar en Catriona y en Penélope, en los edificios de los dormitorios.
Ahí era donde estaban todos los aprendices y de donde venían los gritos.
Aceleraron el paso, pero era difícil mantener el equilibrio con los movimientos bruscos de la tierra.
—¡Livier! —exclamó Verian—. ¡Adelántate!
Livier los miró de reojo por unos segundos y luego asintió.
En un instante corría junto a ellos y al otro había desaparecido.
Dara y Verian saltaron al mismo tiempo para avanzar más rápido con su magia de voluntad.
Con cada elevación, Dara podía ver las grietas abriéndose paso en toda la tierra.
Los adoquines estallaban hacia arriba. Bancas, faroles y estatuas vibraban de forma violenta mientras nuevas fracturas aparecían en todas direcciones. ¿Qué clase de temblor era este?
Cuando llegaron al área de los dormitorios, presenciaron un caos para el que no estaban preparados.
Había profesores gritando órdenes por todas partes; el problema era que no tenían un lugar seguro al cuál dirigir a los aprendices.
Debían salir de los edificios y alejarse, pero afuera todo el suelo parecía un campo minado.
Los aprendices corrían, aterrados, en total descontrol.
Y parecía haber un embotellamiento en la entrada del edificio de primer año.
La gente se empujaba para tratar de salir, pero era demasiado desorden. Demasiada confusión.
Dara corrió hacia allá. Tenía que asegurarse de que Catriona y Penélope ya hubieran salido, pero cayó al suelo cuando, tras un crujido ensordecedor, una grieta se abrió como la boca de un monstruo.
La tierra se desplomó hacia la oscuridad y Dara vio cómo tres aprendices cayeron como si hubieran sido devorados.
Uno de ellos logró sostenerse del borde. Se aferraba a los restos del pavimento y Dara se levantó para correr a ayudar, pero antes de que pudiera llegar al aprendiz una enorme criatura de cuerpo de león, alas colosales y patas con garras como pinza, lo tomó del torso y lo puso a salvo.
¿De dónde había salido ese gryón? Dara no tardó en unir las piezas: era Leone.
La profesora Lovera corrió a auxiliar a los dos aprendices que habían caído en la grieta, y Dara pudo escuchar la voz del profesor Zuno por encima de todos los gritos.
—¡Diríjanse a la explanada principal! ¡Vamos a proyectar un escudo de adnae para cubrirnos a todos!
Los aprendices trataban de correr en dirección a la explanada, pero la tierra los hacía tropezar y solo unos cuantos lograban salir de la aglomeración que se había formado en el área de los dormitorios. Dara apenas podía avanzar, ya que iba en dirección opuesta a todos.
—¡Cuidado! —La voz de una aprendiz salió desgarrada.
Una grieta negra serpenteó entre los adoquines y el suelo volvió a abrirse. Decenas de aprendices trataban de escapar, pero la tierra parecía arrastrarlos hacia su muerte. Dara saltó con magia de voluntad para esquivar el daño y miró con horror la tragedia que estaba por ocurrir.
Pero la grieta dejó de abrirse, como si le hubieran ordenado que se detuviera.
Ahí estaba Verian, con los pies bien plantados sobre el suelo y las manos alzadas. Con su magia de dominio detuvo el despliegue. Su frente estaba bañada en sudor y su cuerpo temblaba por el esfuerzo, pero había salvado a los aprendices que iban a caer.
—¡Aléjense de aquí! —gritó Ashe, que ayudaba a una aprendiz a levantarse.
La grieta estaba contenida del lado de Verian, pero la tierra parecía empeñada en partirse en pedazos. Si Verian soltaba su magia de dominio, el impacto sería abismal. A lo lejos, un árbol se inclinaba peligrosamente.
—¡Ashe! —exclamó Verian.
Con su magia de naturaleza, Ashe hizo que las raíces del árbol se aferraran al suelo, permitiendo que los aprendices pudieran seguir huyendo de ahí. Después corrió hacia donde estaba Verian, se hincó a su lado y puso ambas manos directo en la grieta. La tierra comenzó a unirse.
—¡Dara! ¡Sal de aquí! —soltó Ashe en cuanto la vio.
—¿Han visto a Catriona? —preguntó ella.
—¡Tal vez ya está dentro del escudo! —respondió Ashe.
—¡Tengo que estar segura!
Dara volvió a correr. El edificio de primer año ya se veía menos abarrotado.
Las últimas personas que quedaban dentro corrían para salir de ahí.
Dara chocó con ellos al entrar y ahí vio que Livier sostenúa el enorme candelabro que solía colgar del techo del vestíbulo.
Se había desprendido y habría aplastado a dos aprendices de no ser por la magia del rompealmas.
Todo se sacudía con violencia. ¿Cuánto tiempo más iba a durar el temblor? ¡Jamás se habían enfrentado a uno tan extenso!
—¡Livier! —exclamó Dara cuando llegó a su lado—. ¿Has visto a Catriona y a Penélope?
—Alessa las sacó. Ya no queda nadie, esos dos eran los últimos —respondió Livier y dejó caer el candelabro para tomar la mano de Dara y sacarla de ahí.
El alivio que sintió Dara al saber que ambas estaban seguras fue inmediato.
Se dejó llevar por Livier y ambos corrieron hacia la zona del escudo.
Las grietas cruzaban la academia y seguían desgarrando caminos y jardines.
Había polvo por todas partes. Varios árboles yacían caídos.
Una de las estatuas de Valrose se había partido por el centro.
El terremoto seguía empeorando. ¿Era acaso el Creador enviando una señal desesperada?
Llegaron a la explanada principal, donde los profesores habían proyectado su adnae para formar una barrera de protección para todos.
Dara vio a Catriona con Penélope en brazos y corrió hacia ellas.
Cuando su amiga la vio, soltó un chillido cargado de conmoción.
Ambas se abrazaron con la nebelum en medio.
—¡La torre!
Dara se giró justo a tiempo para ver el reloj de la torre administrativa caer al suelo y romperse en mil pedazos.
Pero eso no fue lo que le heló la sangre, sino el suelo abriéndose paso bajo los cimientos de la estructura entera.
La torre gimió cuando pequeñas grietas empezaron a comerse la piedra.