El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) VIDA
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VIDA

Dara se quedó dormida con Livier. Ni siquiera se percató de cómo sucedió.

Después de su episodio de llanto habían terminado recostados uno al lado del otro, en la cama.

Dara se acurrucó en su pecho y él la rodeó con ambos brazos.

Al estar en contacto con las mantas, las almohadas y los brazos de Livier, ella se dejó vencer.

Cuando abrió los ojos, no reconoció la cama.

No era como la de su dormitorio. Esta era enorme, con telas pesadas y un montón de cojines.

Tenía una gran cabecera de madera, y justo a un lado, una ventana que daba a un balcón y que dejaba ver la noche estrellada.

Estaba abierta. No tardó en recordar que se había quedado dormida en la habitación de Livier.

Livier, que seguía dormido y no había dejado de abrazarla. Que la había consolado a pesar de que no era ella quien debía ser reconfortada. Que olía a bosque bañado por la lluvia. Dara aspiró el aroma y, en ese momento, decidió que era su favorito.

¿Qué hora era? A juzgar por el cielo, todavía faltaba tiempo para el amanecer.

Debía volver a su dormitorio. Se removió entre los brazos de Livier con cuidado de no despertarlo, pero el abrazo en el que la tenía se afianzó más.

—No tienes que irte —susurró Livier y le dio un beso suave en la cabeza.

—Mañana hay clases —respondió Dara, tratando de ignorar lo querida que ese beso la hizo sentir.

—¿Y qué? Estás en el campus.

—Pero ya se me quitó el sueño y quiero dejarte dormir —dijo Dara.

Livier recargó el codo sobre el colchón y la barbilla en la mano. Con el otro brazo seguía abrazándola. La coleta que llevaba se había desecho y su pelo negro caía en mechones despeinados sobre su frente.

Así de cerca, Dara no se pudo resistir y alzó una mano para aplacar las ondas con delicadeza.

—Podría no volver a dormir si eso me da más tiempo contigo —dijo Livier.

—No seas ridículo —contestó Dara, aunque estaba segura de que sus mejillas se habían teñido de rosa. Seguía acariciando el pelo de Livier.

Livier cerró los ojos ante el contacto.

—¿Estás mejor? —preguntó él.

—Sí —respondió Dara. Era verdad—. Es solo que quedé muy conmocionada con lo que vi. Y de nuevo te quiero pedir perdón por haber usado magia de memoria en tu anillo; no estuvo bien.

Livier la miró. La luz que se colaba por la ventana le daba un brillo especial al rojo de sus ojos. Se veían preciosos.

—Ya no te disculpes. Si no hubiera querido que lo vieras, habría bloqueado tu magia —dijo—. Pero, para mí, era importante que supieras. Son cosas que no sé cómo contar, pero quiero que conozcas todo de mí. Con lo bueno, lo malo y lo espantoso.

Dara bajó la mano y la dejó en la mejilla de Livier.

—Yo también quiero que conozcas todo de mí.

Esas eran, tal vez, las palabras más aterradoras que Dara había dicho en la vida.

Ella jamás había sentido eso. Nunca había querido que nadie la viera tal como era.

Pero su corazón anhelaba ser visto por Livier.

Le pedía a gritos que bajara la espada que llevaba en posición de ataque desde que era una niña. Que lo dejara acercarse a toda ella.

Dara se preguntaba si era capaz.

Ahí, bajo la mirada de Livier, le pareció que sí. Porque nadie la veía de esa forma, como si fuera lo más preciado que existiera. Solo él.

Dara acortó la poca distancia que quedaba entre ellos para besarlo. No se consideraba la más elocuente, pero cuando las palabras le faltaban, las acciones decían mucho más. Esperaba que Livier pudiera entender con ese beso todo lo que ella quería decirle.

Un sonido profundo salió de la garganta de Livier, y ella sintió pequeños choques cálidos por todo el cuerpo. Los labios de Livier bajaron al mentón de Dara, dejando besos como mariposas en su piel morena; cuando esas mariposas tocaron su cuello, un suspiro de placer se le escapó.

Dara arqueó el cuello para darle más acceso y cerró los ojos.

Sentía que podría derretirse ahí mismo. Livier volvió a su boca y Dara lo recibió como si llevara una eternidad sin besarlo, lo cual era absurdo, pero le costaba ser racional cuando Livier la tocaba así.

Sus lenguas se unieron en un vaivén rítmico del que jamás se iba a cansar y el calor empezó a asfixiarla.

De un movimiento rápido, Dara se quitó el cárdigan que llevaba puesto y rodeó a Livier del cuello para dejarse caer sobre las almohadas con su cuerpo encima.

Él acomodó su rodilla entre las piernas de Dara para no dejar caer todo su peso, pero ella estaba enloqueciendo.

Quería las manos de Livier en todo su cuerpo. Y quería sentirlo por completo.

—Livier —susurró Dara entre besos—. Necesito más. Necesito…

Livier rompió el beso para mirarla. Sus ojos se habían oscurecido y su respiración estaba entrecortada.

—¿Qué necesitas? —le preguntó con voz grave.

—A ti —respondió Dara.

—Ya me tienes.

Livier volvió a besarla, esta vez con más propósito, con más vehemencia. Dara se arqueó hacia él por completo cuando sintió las manos de Livier por debajo de su suéter. El contacto piel con piel fue como una explosión que le aceleró el pulso y sabía que eso no sería suficiente.

Dara tomó el suéter de Livier con el puño y empezó a subirlo. Él entendió lo que quería al instante y se hincó sobre ella para quitárselo de un movimiento. A Dara se le secó la boca.

La piel del torso de Livier era imposiblemente pálida, sus hombros eran anchos y su abdomen firme.

El deseo se arremolinó en el vientre de Dara y de pronto no sabía qué hacer con sus manos.

Estaba recostada sobre las almohadas de la cama con todo el pelo extendido en la seda y arriba estaba él. Era una visión celestial.

La mano de Livier se paseó por el muslo de Dara, haciéndola estremecer, y se detuvo justo en el dobladillo de su suéter.

—¿Puedo? —preguntó Livier.

Dara quería que se lo arrancara, pero decidió ser civilizada y asintió.

La reverencia con la que Livier le fue retirando la ropa debería ser estudiada por los practicantes más devotos de la religión de la Rosa, porque estaba segura de que nadie sabía adorar así.

La brisa se coló por la ventana abierta y acarició la piel desnuda del torso de Dara, que ahora solo estaba adornada por su relicario.

Livier la miraba como si estuviera deslumbrado y, lento, bajó para depositar un beso en su clavícula izquierda, luego en la derecha.

Dara cerró los ojos y sintió los labios de Livier bajar a sus pechos, luego a su abdomen.

—Eres divina —dijo Livier antes de volver a besarla en la boca.

Dara lo rodeó para que no quedara distancia entre sus cuerpos y se dejó ir. A pesar de que ya solo estaban a medio vestir, el calor solo iba en aumento. Podía sentir la dureza de Livier entre sus muslos.

Las manos de Livier recorrían el cuerpo de Dara como si fuera un mapa que querían memorizar.

Ella también quería tocarlo todo, así que pasó las yemas de los dedos por su pecho, por su abdomen, por su espalda.

Ahí pudo sentir las cicatrices en la piel de Livier y eso encendió otra clase de fuego en ella.

Pero no era el momento para eso. Ahora mismo solo existían ellos dos.

Livier apenas rozó a Dara entre los muslos y eso hizo que sus manos se aferraran a las sábanas con fuerza.

—Por favor, Livier —susurró Dara, casi incoherente.

Él, que esa noche parecía estar hecho para servirla, se alzó y posó la mano sobre la pretina de la falda de Dara.

Sus ojos ardían por ella. Sin dejar de mirarla, se deshizo primero de la falda y luego, con suma delicadeza, de la ropa interior.

Un sonido diferente a cualquier otro que le haya escuchado salió de la boca de Livier.

—Me vuelves loco —dijo Livier como una confesión.

No aguardó más; bajó hacia el punto entre los muslos de Dara y, cuando ella sintió la calidez de su lengua en su interior, dejó salir un grito cargado de delirio. Su cuerpo se arqueó ante la sensación y ya no había un solo pensamiento sensato en su mente.

Livier la devoraba sin piedad y Dara estaba llegando alto.

Era demasiado. Era todo. La lengua de Livier la hacía sentir maravillas y ella no dejaba de soltar suspiros que estaba segura de que sonaban obscenos.

No le importaba. Nada importaba en ese momento.

El calor subía y empezaba a quemarla de la forma más exquisita y, cuando Livier la llevó al límite, Dara enterró las uñas en sus hombros para sostenerse, porque sentía que caía. Fue como una liberación.

Dara apenas se dio tiempo de recuperar la respiración, porque quería más. No pensaba parar. No cuando la excitación de Livier era visible y ella, ahora más que nunca, necesitaba sentirlo dentro. Lo necesitaba hasta el alma.

Livier se hincó entre las piernas de Dara y la miraba como si fuera una diosa. Su pecho subía y bajaba con rapidez, y su boca estaba entreabierta.

Ella se incorporó para quedar de rodillas frente a él y besarlo. Primero le dio un beso suave en la barbilla, luego cerca de la oreja, luego sobre las pestañas. Livier se estremeció. Los labios de Dara bajaron a sus hombros y después a su pecho y ahí dejó un camino de besos.

Livier posó la mano bajo la barbilla de Dara para atraerla a sus labios y ella, gustosa, lo aceptó.

Sus lenguas volvieron a unirse y eso hizo que Dara se olvidara de la dulzura.

Bajó hacia los pantalones de Livier, y justo en su firmeza, apretó.

Livier siseó con fuerza y dejó caer la cabeza sobre el hombro de Dara.

—Ya no puedo esperar —susurró ella en el oído de Livier.

Livier se levantó de la cama, y con destreza, se quitó toda la ropa que llevaba puesta y la dejó caer al suelo. Los ojos de Dara se abrieron de par en par cuando lo vio. Apenas en ese momento comprendió lo mucho que Livier la deseaba.

Dara se acercó a él de forma inevitable. Livier la tomó de los muslos para alzarla y besarla como si ella fuera la vida misma. Las piernas de Dara rodearon a Livier por la cintura y sus brazos por el cuello, aferrándose a él para no separarse jamás.

Sin dejar de besarla, Livier apoyó una rodilla sobre el colchón de la cama para recostar a Dara y quedar encima de ella. Estar así, desnudos los dos, cuerpo a cuerpo, estaba llevando a Dara a lugares inexplorados.

Ella no era nueva en el sexo. Había tenido sus aventuras de una noche antes, pero jamás se sintieron así. Claro, había placer, pero nada más. Dara nunca imaginó que estar con alguien pudiera sentirse así de íntimo. Porque con Livier no solo era algo físico. Era mucho, mucho más.

La urgencia de sentirlo dentro volvió como una súplica y Dara agradeció que llevara años tomando la píldora de escudo.

—Ya estoy protegida —le dijo a Livier, porque ya no iba a aguantar más.

Livier apoyó su frente en la de Dara.

—Vas a ser mi perdición… —susurró él con la voz cargada de deseo.

Posó las manos sobre las caderas de Dara y luego acarició sus muslos.

Ella dejó caer la cabeza hacia atrás y sintió los labios de Livier en su entrepierna.

Su pelo negro rozaba la piel sensible de Dara y le hacía cosquillas que se mezclaban de forma deliciosa con el placer que sentía.

Livier se estaba tomando su tiempo y ella era un desastre a punto de desbordarse.

—¿Por qué me torturas así? —protestó Dara entre suspiros.

Livier se levantó y se acercó a su oído. Su respiración estaba caliente.

—No quiero apresurarme —le contestó en voz baja, profunda—. No sabes cuánto tiempo te he deseado. No quiero que se acabe.

El corazón de Dara saltó dentro de su pecho.

—No tiene que acabarse.

Sus palabras causaron un efecto inmediato en Livier. Era como si Dara acabara de decir exactamente lo que él necesitaba escuchar. Tal vez, hasta ese momento, Livier siempre había pensado que Dara terminaría por escapársele. Por huir. Pero no lo haría. Ahora estaba segura de eso.

—Ven aquí, vida —dijo Livier.

Vida.

Con ternura posó la mano en la mejilla de Dara y atrajo sus labios a los de él.

Fue el beso más bonito del mundo. Y cuando terminó, gracias a las estrellas, ya no la hizo esperar más.

Se posicionó entre sus piernas, y como si fuera lo más sagrado para él, se unió a ella en un movimiento lento que los dejó a ambos sin aire.

Livier comenzó a moverse dentro de ella y eso la hizo echar la cabeza contra la almohada. Estaba viendo chispas y cada embestida la llevaba más lejos, a un lugar del que estaba segura de que no podría regresar. Su corazón latía con descontrol. Dara podía sentirlo entregándose a Livier sin reservas.

Ya no había marcha atrás, no para ella.

Antes, lo habría considerado una catástrofe, pero ya no. Tal vez debía decirle a Livier que agregara eso a la lista: Dara Rennai le había entregado su corazón y no le importaba. Llevaba meses negándose a nombrar lo que sentía por él y ya no pensaba hacerlo.

Estaba enamorada de Livier Monrae.

Su corazón brincó ante la declaración y Dara lo permitió. Podía escuchar a Livier llamando su nombre como una plegaria, y eso solo hacía que su estado de delirio puro aumentara. Envolvió las piernas en las caderas de Livier para sentirlo más y más y más profundo.

La presión quemaba en el vientre de Dara y era lo más exquisito que había experimentado jamás. Con cada movimiento esa presión crecía y Dara sabía que estaba por llegar a la cima. No iba a soportar mucho más. Ya no había cordura en ella. Todo era Livier.

—Livier, Livier, Livier…

Y él, como si solo existiera para complacerla, la llevó hasta las estrellas.