QUÉDATE #3
Aunque eso la hizo recordar otra cosa. Era bien sabido que había réplicas casi perfectas de las reliquias de los Cuatro Emisarios del Creador y que solo las familias más poderosas de Liyia tenían algunas en su posesión.
Pero la mayoría de esas copias se encontraban bajo la custodia de la Academia Valrose.
La archimaga premiaba con una a los aprendices que creía dignos.
—Livier…
—¿Sí?
—¿La archimaga te dio una réplica de la Guadaña de Enia cuando pasaste a tercer año?
Livier ladeó el rostro para mirarla. Tenía una ceja levantada.
—¿De dónde salió esa pregunta?
—Mi mente da muchas vueltas. ¿Me vas a responder? —Dara lo observó por debajo de sus pestañas.
—Sí, siempre te voy a responder —aseguró Livier—. Y sí. Me dio una réplica, pero jamás me he visto en la necesidad de usarla.
Eso tenía sentido. Esas réplicas servían para ampliar el poder del mago que las poseyera. Incluso, el mago que las usara no necesitaba racionar su adnae, ya que, como cualquier cosa saqueada de los sueños, las reliquias usaban el adnae del mundo para funcionar.
Eran armas que se usaron en la guerra. En la actualidad no eran necesarias. Los magos que poseían alguna la tenían en exhibición o como parte de una colección.
—¿Dónde la tienes? —preguntó Dara.
—La enterré en mi jardín.
Dara frunció el ceño. Claro que Livier no la tenía en exhibición.
Él volvió a cerrar los ojos y Dara decidió que era momento de dejarlo dormir.
—Descansa, ¿sí? —le dijo y se puso de pie—. Yo ya me voy.
Livier la tomó de la mano.
—¿Podrías quedarte? Solo un rato más.
Dara iba a negarse, pero la forma en la que la miraba no la dejó oponerse. Esos ojos iban a ser su perdición. Suspiró con dramatismo y se dejó caer, de nuevo, en el sillón.
Livier la tomó del rostro con dulzura y la atrajo a sus labios para besarla. El corazón de Dara se disparó hasta su garganta y cerró los ojos para fundirse en el beso. Le gustaba que esa fuera su normalidad. Parte de su nueva rutina.
Cuando se separaron, Livier le dio un beso suave en la frente y Dara se recostó en su hombro. Livier había ganado. Ya no iba a irse de allí. Así que se quedó.
A los pocos minutos, Dara pudo sentir que la respiración de Livier se volvió más lenta y profunda.
Se había quedado dormido. Se despegó un poco de él para poder contemplarlo.
A pesar del tiempo que pasaban juntos, jamás lo había visto dormir y, por alguna razón que desconocía, era de vital importancia que eso cambiara.
Livier dormido lucía en paz.
Su corazón dio un vuelco al recordar que era por ella. Si Livier podía dormir y soñar, era por Dara. Eso le afectaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
El pelo negro de Livier le caía en ondas por la frente y sus pestañas negras descansaban sobre sus pómulos. Parecía un ser de otro mundo. A Dara se le hacía curioso que, cuando recién lo había conocido, jamás pensó que fuera apuesto. Más bien le parecía misterioso e intrigante. Pero ahora…
Se cubrió el rostro con ambas manos. ¿En qué se había convertido? ¡Ella no era así!
Dara dejó caer las manos y volvió a mirarlo. Pasó sus dedos por sus mejillas con delicadeza, luego por su brazo, hasta llegar a su mano. Esa mano con sus marcas de muerte y el anillo de la familia Monrae. Acarició los nudillos de Livier y, cuando sus dedos rozaron el anillo, su magia reaccionó.
Su magia de alma.
Antes de racionalizar lo que estaba haciendo, envolvió el anillo con su adnae y lo sintió ahí, a su alcance. Cientos de hilos de luz aparecieron, invitándola, atrayéndola.
Por un segundo dudó, pero algo más fuerte que ella la hizo tocarlos.
Y de pronto ya no estaba ahí, en la habitación de Livier. Se encontraba en otro lugar.
No tardó en ver a la archimaga. Lucía igual que siempre, con su pelo como la pimienta y su semblante digno.
En ese momento, sus ojos brillaban con algo gélido.
Algo cruel. Un escalofrío recorrió la espalda de Dara.
Miró a su alrededor y entendió que estaba en una especie de estudio. Era la oficina de Elgaria Monrae.
El llanto de un niño la regresó a la escena que tenía en frente. Tuvo que moverse un poco para poder ver.
Se arrepintió al instante.
La archimaga estaba de pie, con su bastón ensangrentado y, frente a ella, arrodillado, se encontraba un niño de unos once o doce años.
Su suéter negro estaba deshecho y en su espalda tenía llagas ensangrentadas.
El niño lloraba y gritaba, trataba de alejarse de ella, pero del suelo salían garras negras que lo mantenían ahí.
El niño era Livier.
—No —susurró Dara y trató de acercarse, pero no podía. Porque no estaba allí.
—No intentes revelarte, Livier —dijo la archimaga. Su voz sonaba áspera y vil—. No quiero castigarte, pero no me dejas otra opción.
—Es que… las pesadillas… —sollozó el niño.
La archimaga se movió tan rápido, que Dara tardó en asimilar el golpe. Le había pegado a Livier en la mejilla con su bastón. El niño cayó al suelo por el impacto y una línea de sangre se formó en la piel pálida de su rostro.
Las manos negras comenzaron a envolverlo como carroñeros. Livier gritó. Eran gritos desgarradores y que no tenían por qué estar saliendo de la garganta de un niño.
—¿Qué dijiste? —preguntó la archimaga.
—¡Nada! ¡Lo siento, abuela! —gritó Livier bajo las garras que lo atacaban—. ¡Te prometo que voy a dormir! ¡Voy a buscar a Enia!
Elgaria Monrae azotó su bastón contra el piso y las manos negras se hundieron al instante, dejando a Livier hecho un ovillo, temblando sin parar. La archimaga se agachó y extendió la mano para sobar la mejilla que acababa de golpear.
—¿Ves? Es muy fácil mantenerme contenta —susurró la archimaga—. Hago esto por tu bien, estoy segura de que Enia te eligió. Solo tienes que traernos su mensaje.
Los dedos de la archimaga se tiñeron de la sangre de Livier.
Dara se llevó una mano a la boca y un sollozo estrangulado salió desde lo más profundo de su pecho. Ya no pudo más. Dio un paso hacia atrás. Luego otro. La primera lágrima cayó. Soltó el anillo con su magia de alma.
Tan pronto volvió a la habitación de Livier, algo se rompió dentro de ella.
Alejó su mano del anillo, como si quemara, y se puso de pie de un salto. El llanto no llegó de forma silenciosa; sus lágrimas se desbordaron y los sollozos le arrancaron el aire de los pulmones. Se dobló de dolor sin poder evitarlo.
—¡Dara!
Alzó el rostro al escuchar la voz de Livier y, aunque sus lágrimas le nublaban la vista, pudo ver que se había levantado y ahora estaba frente a ella. En sus ojos había una preocupación palpable. Con las manos temblorosas, Dara lo tomó de los brazos y pegó la frente a su pecho.
—Lo siento, lo siento, lo siento —dijo Dara entre lágrimas—. Livier, ¡lo siento tanto!
No sabía si se estaba disculpando por haber usado magia de memoria en su anillo o por el abuso de la archimaga. Pero no podía dejar de repetir las mismas palabras una y otra vez.
—Oye, está bien. No pasa nada —susurró Livier y posó la mano sobre la cabeza de Dara.
—No, no está bien. Yo… —Dara había comenzado a hipar y le costaba hablar—. Toqué tu anillo sin tu permiso. Lo siento, lo siento…
Livier la tomó de las mejillas con suavidad e hizo que lo mirara.
—Lo sé. Lo sentí tan pronto lo hiciste. Yo permití que vieras ese recuerdo. —Su voz era bajita, gentil—. Ya no me afecta. No como antes.
Dara no podía dejar de llorar.
—¡Esa mujer es un monstruo! —exclamó—. Livier, ¿toda la vida ha sido así?
Para el horror de Dara, Livier asintió.
Ella sentía que se hundía.
—Cuando era niño le tenía terror —dijo Livier—.
Después, mi adnae se manifestó y traté de enfrentarla, pero no estaba a su nivel.
No lo estoy. La archimaga lleva toda una vida perfeccionando su magia de alma, la ha llevado a lugares muy oscuros.
—Tuvo que hacer una pausa. Cerró los ojos durante unos segundos.
Cuando los abrió, estaban cristalinos—. A ella no le gustó que comenzara a desafiarla, así que fue por Verian.
Solo lo tocó una vez y con ello se aseguró de que yo jamás volviera a responder a sus castigos.
Dara alzó la mano y le tocó la mejilla.
—Esa vez… hace poco tenías una herida en la mejilla.
La noche en la que le habían revelado la existencia de la Brigada de los Sueños, Livier había aparecido en la bodega con una herida fresca en la mejilla izquierda. A Dara se le revolvió el estómago al imaginar a la archimaga golpeándolo con su bastón.
—Quiere que le traiga un mensaje de Enia. Ya está llegando a los límites de su paciencia.
—¡Está enferma! —gritó Dara, la garganta le quemaba—. Livier, tenemos que detenerla, tenemos que…
—Por favor, ya no llores —susurró Livier.
Livier secó las lágrimas de Dara con los pulgares. Pero no sirvió de nada, porque los ojos de Dara parecían una fuente inagotable de agua. Y no podía parar de temblar.
Despacio, Livier la encaminó a la cama y se sentó al borde del colchón, con Dara sobre sus piernas.
Ahí, ella lo abrazó por el cuello y enterró el rostro en su pecho.
Los brazos de Livier la rodearon por la espalda y la apretaron con ternura.
Dara podía escuchar el corazón de Livier y eso, poco a poco, la ayudó a acompasar su respiración.
Después de un rato, se quedó sin lágrimas para llorar.