El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) QUÉDATE #2
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QUÉDATE #2

Estaba cómoda y le gustaba. Le encantaba besar a Livier.

Además, sus amigos ya sabían que había algo entre ellos y no los cuestionaban cuando salían de Valrose los fines de semana.

La realidad era que, la mayor parte del tiempo, sí la pasaban entrenando.

Dara, poco a poco, iba entendiendo más sobre la magia de alma.

Todavía no dominaba ni una mínima parte, ya que casi todos los días solo usaba magia de voluntad y magia de transmisión, pero se estaba esforzando. Livier era un maestro paciente.

Por parte de la Brigada de los Sueños no había grandes avances, ya que todos los miembros, que aparentemente eran más de cincuenta, se encontraban segregados por Liyia en busca de los pocos rompealmas que quedaban vivos.

Era una especie de carrera en la que debían encontrarlos antes que la Sociedad del Alma y la Rosa.

El tema de la carpeta negra había sido sepultado, pero Dara estaba segura de que no lo habían olvidado.

Por lo menos, no Gea von Max, que caminaba por el campus observando a los aprendices como si fueran unas ratas.

En cuanto a la archimaga, ella no había vuelto a la Academia Valrose desde el gran terremoto de Finvelle.

Fuera lo que fuera que estuviera pasando allá afuera, la tenía ocupada.

Y, así, pasaron dos meses.

Cada día se veía diferente para Dara, pero, al mismo tiempo, no salía de la rutina.

Faltaba solo una semana para que los profesores publicaran su lista de candidatos para pasar a segundo año y el ambiente entre los aprendices era tenso.

Solo unos cuantos nombres estarían en esas listas.

Y los que no, ya no podrían continuar con su educación mágica.

Perderían el derecho a ejercer su magia.

Tendrían que hacer un juramento de sangre para bloquear su adnae activo.

—La Prueba de los Emisarios se acerca —dijo el profesor Soren al final de su clase del día—. Por lo que estas últimas semanas de clases estudiaremos todo sobre las reliquias de los dioses. Deben estar preparados para enfrentarlas.

Una aprendiz alzó la mano.

—¿Sí, Calina?

—Me preguntaba si llevarán a la prueba la Guadaña de Enia —dijo Calina—. Ya que no hay ningún rompealmas en nuestro curso.

Los aprendices empezaron a murmurar entre sí. Para la Prueba de los Emisarios se entregaba a cada aprendiz la reliquia que pertenecía al dios de su categoría. Y, sin duda, la más legendaria era la guadaña de la diosa de la Rosa.

—No se preocupen, la guadaña estará ahí —aseguró el profesor Soren—. Ese día van a estar en presencia de cada una de las reliquias de los Emisarios.

Dara no sabía qué pensar al respecto. Esperaba que el Libro de Nielen reaccionara a su adnae. ¿Por qué no lo haría? Dara dominaba la magia de un danzamentes mejor que muchos de sus compañeros.

Intentaría no pensar en eso. No tenía la cabeza para añadir una preocupación más a su lista.

Esa tarde, todo el grupo se reunió en la catedral, en la habitación de Livier. Desde que la archimaga se fue, los Cuatro Magos comenzaron a invitar a Dara y a Catriona a pasar el rato con ellos. Esa también era parte de la nueva rutina de Dara.

Agatha Monrae casi nunca se encontraba en casa, pero cuando lo estaba y se la topaban, ella solo asentía levemente como saludo. Los chicos estaban acostumbrados, pero Dara y Catriona no. De todos modos, verla no era tan común.

Esa tarde, Verian y Livier comentaron que su madre había tenido que salir de la academia por un par de días, así que se quedaron en la catedral hasta ya muy entrada la noche.

Estaban jugando cartas y Dara se tomaba sus partidas muy en serio, pero podía ver que Ashe y Catriona ya tenían sueño. También Livier parecía cansado. No le importaba, ella no tenía piedad cuando se trataba de ganar en Escape. Solo le quedaba una carta, así que estaba por llevarse la victoria.

—Escape —dijo Livier y mostró sus manos. Ya no le quedaba ninguna carta.

—¿Qué? —exclamó Dara. Se sentía personalmente ofendida—. ¡Hace un momento tenías dos cartas!

Livier se encogió de hombros.

—Pero eran el mismo número, así que pude bajar ambas.

—¿No les parece raro que Livier gane la mayoría de las rondas? —sugirió Leone en tono de conspiración—. Seguro hace trampa con sus artimañas de rompealmas.

Ashe soltó una pequeña risita.

—Solo admitan que son malos perdedores —dijo Verian, arrojando las cuatro cartas que le quedaban al pozo.

—Esto no se puede quedar así, ¡juguemos otra ronda! —exclamó Dara. Escape sacaba su lado competitivo.

Catriona bostezó.

—Ya es tarde, me muero de sueño —dijo y se talló los ojos.

—Mañana podemos volver a jugar —sugirió Ashe. Él también era bueno en el juego.

—Está bien—dijo Dara, no muy convencida.

Todos empezaron a recoger sus cosas para retirarse a sus respectivos dormitorios.

Dara había dejado sus botas en la entrada de la habitación, así que fue por ellas.

Mientras se las ponía, notó que Verian estaba platicando en voz baja con Ashe y Leone los veía, un poco alejado.

O más bien, veía a Verian. Los ojos verdes de Leone estaban clavados en Verian y parecían llenos de algo más pesado que la tristeza.

Aunque la tensión entre esos dos había bajado un poco en los últimos meses, su amistad no se recuperó por completo. Evitaban estar solos a toda costa y, en este tipo de reuniones, trataban de no mirarse. Eran cordiales y actuaban como si todo estuviera bien. Pero era evidente que no lo estaba.

Verian no había vuelto a tocar el tema desde aquella noche en la que le contó a Dara lo que había sucedido entre ellos.

Todos salieron de la habitación y Dara estaba por hacer lo mismo; iba justo detrás de Catriona, pero Livier la detuvo.

—¿Puedes quedarte un momento?

Dara miró a Catriona.

—¿Te alcanzo en el dormitorio?

—Claro, tú tómate tu tiempo —dijo Catriona y le guiñó el ojo.

Dara decidió ignorar ese gesto y se giró hacia Livier. Estaba muy serio.

—¿Qué sucede? —preguntó.

Livier se dirigió al sillón largo que se encontraba cerca de la biblioteca. Ahí se sentó y recargó la cabeza en el respaldo. Dara fue hacia él y se sentó a su lado. Al tenerla allí, Livier la miró.

—Hoy fui contactado por alguien de la brigada —dijo Livier y suspiró—. Estaban cerca de encontrar a un hombre rompealmas en Dimas, pero cuando llegaron a la ubicación, él ya no estaba ahí. Había señales de violencia. Creen que tal vez los otros llegaron primero.

Un nudo se formó en el estómago de Dara.

Era la primera vez que escuchaba noticias sobre otro rompealmas, y no eran buenas. No pudo evitar preguntarse si todo el trabajo de la resistencia sería en vano. ¿Será que nadie era capaz de oponerse a la archimaga?

Dara observó al hombre que tenía al lado y respondió a su propia pregunta.

Había alguien que podía hacerlo y se encontraba allí, junto a ella.

Cuando llegara el momento de la verdad, él estaría de su lado.

Y si el propio heredero de la archimaga se oponía a ella, tenían más oportunidad de que la gente de Liyia se sumara a la causa.

A su causa.

Porque, aunque en un inicio hubiera sido en contra de su voluntad, Dara ya parte de algo más grande.

Ahora que sabía que esos malditos no solo habían asesinado a su madre, sino a todos los rompealmas de Liyia, sentía que su venganza sería por todos ellos.

Se vengaría en nombre de su madre, Aidara Rennai, pero sería por todos los que fueron asesinados.

Antes, se habría conformado con encender una chispa. Ya no. Ahora quería causar un incendio.

Con Livier de su lado, ya no creía que fuera imposible.

—Ya encontrarán a otros —dijo Dara con más seguridad de la que sentía—. Si todos en la brigada son como Cedric, no se van a rendir.

Cedric llevaba ausente una semana. Era fácil que le dieran permiso de faltar si usaba su edad como excusa.

Se veía arrugado y frágil, pero era más fuerte de lo que aparentaba.

Según él mismo, a la administración de la academia no le importaba mucho que no estuviera, mientras dejara la biblioteca atendida. Y para eso estaban sus voluntarios.

—Eso espero —respondió Livier y cerró los ojos—. Si me entero de algo más, te avisaré. Por ahora es el único avance que me han podido reportar.

Dara lo apreciaba. Se sentía mejor si sabía lo que estaba pasando.

Miró a Livier, pálido y con esas ojeras que eran tan parte de él. Desde hacía rato lo había notado cansado.

—¿Tuviste un día pesado? —preguntó Dara.

—Algo así —respondió Livier—. No he dormido bien, llevo varias noches encerrado en el estudio de la archimaga. Tiene bastantes notas encuadernadas y pergaminos cerrados que estoy revisando en busca de… algo. No sé. Tal vez alguna pista de dónde está el Diario.

—¿Y qué has encontrado?

—Nada útil. Es cautelosa, pero también astuta y paranoica —dijo Livier y se pasó una mano por el pelo. Esa noche lo traía recogido en una coleta baja—. Aunque todavía no logro abrir algunos de sus pergaminos. Tal vez ahí haya algo.

Dara se recargó, igual que Livier, en el respaldo.

—Debes tratar de descansar. En la noche estás en eso y en el día te estás preparando para tu Ceremonia de Titulación. Vas a terminar enfermándote.

Livier abrió un ojo para mirarla por el rabillo.

—Mira quién habla, ¿tú sabes descansar?

Dara le dio un codazo.

—No, pero en serio. Las malas lenguas dicen que la prueba final para titularse de la Academia Valrose es dura —dijo Dara.

—¿Quiénes son las malas lenguas?

—Es un decir. No sé quiénes son las malas lenguas —respondió Dara.

Livier negó con la cabeza.

—No creo que sea tan difícil como la Prueba de los Emisarios —dijo—. La Ceremonia de Titulación solo es ardua porque debes pasar una serie de pruebas personalizadas diseñadas por cada líder de categoría. Después, la misma archimaga decide la prueba final de cada aprendiz que logre superarlas.

Sonaba espantoso. Pero ahora que Livier había mencionado la Prueba de los Emisarios, una inquietud volvió a Dara.

—¿Crees que el Libro de Nielen reaccione a mi magia? —preguntó en voz suave para no sonar temerosa.

—Las reliquias de los Emisarios se activan con la magia que les des. Estoy seguro de que no tendrás problema con el Libro de Nielen.

Dara asintió. Que Livier se lo dijera la dejaba más tranquila.