El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LA MAGIA MÁS CRUDA #3
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LA MAGIA MÁS CRUDA #3

—¿Cómo te sientes? —preguntó Livier después de un rato.

Dara alzó la cabeza al cielo.

—Bastante bien. Creo que necesitaba soltar… eso.

No le gustaba que la vieran llorar, pero por alguna razón con Livier no le importó.

—Usar magia de memoria puede ser pesado emocionalmente —dijo Livier, caminaba a paso lento, justo al lado de Dara—. Es una de las formas más crudas de la magia de alma.

Era una de las formas más crudas de cualquier magia que existía.

Dara se sentía privilegiada de ser capaz de acceder a ella.

De poder tomarla con su adnae, con su ser, y hacerla suya.

Se preguntaba de qué tanta magia se había perdido al suprimir su naturaleza de rompealmas.

En teoría lo sabía, había visto todo lo que Livier era capaz de hacer, solo que ahora era diferente.

Ahora la tenía al alcance de sus manos, pero solo podía rozarla.

—La vi, ¿sabes? —dijo Dara—. A mi mamá.

—Lo supuse.

—No tengo palabras para describir lo que sentí, Livier —continuó ella, sin poder parar—.

Pensé que nunca volvería a verla y no sabía lo mucho que necesitaba escucharla de nuevo.

Todos estos años he vivido con su recuerdo lejano y es lo único que me ha mantenido a flote.

Sin ese recuerdo, yo ya no estaría aquí.

Solo había sobrevivido por eso: su recuerdo y su venganza.

—Ya no tiene que ser solo un recuerdo lejano —dijo Livier.

Una pequeña sonrisa se posó en los labios de Dara.

—Lo sé —contestó. Podía sentir el alma de su relicario descansando sobre su pecho. Siempre había estado ahí, pero ahora pesaba de forma distinta.

—Y agradezco que sigas aquí —dijo Livier.

Dara se detuvo. Livier se detuvo. Ambos se miraron y, por un momento suspendido en el tiempo, se quedaron así.

El corazón de Dara dio un respingo y todo su cuerpo le rogó acercarse al de él.

Llevaba tiempo sintiendo esa necesidad imperiosa de estar con Livier, cerca de Livier, tocando a Livier.

Y no quería asociarlo con ningún tipo de sentimiento, pero cada vez le era más difícil.

¿Qué era lo que sentía por Livier Monrae?

Ella jamás había estado enamorada, así que no sabía cómo debería de sentirse.

Con Livier, a veces se sentía intenso y arrollador.

A veces su pobre corazón enloquecía dentro de su pecho.

Pero la mayoría de las veces era suave. Era fácil estar con él.

Con él se sentía segura. Sabía que, si caía, él estaría ahí para atraparla.

Nunca imaginó que tendría esa certeza porque toda su vida había consistido en huir. Dara estaba acostumbrada a huir. Era lo que mejor sabía hacer. Pero no quería huir de Livier, ni de lo que sentía por él, aunque no pudiera nombrarlo.

Miró los labios de Livier y el deseo de volver a sentirlos sobre los suyos se apoderó de ella.

¿Por qué había dejado pasar tanto tiempo desde la noche en la que se besaron?

Su parte racional le decía que habían sucedido cosas más importantes, pero su corazón no quería escuchar nada de eso.

Ni su cuerpo. Su cuerpo quería remediarlo ya mismo.

Iba a hacer algo al respecto cuando un sonido atronador la hizo dar un salto.

Se giró de inmediato y vio que el estruendo venía de una chispa que se elevó al cielo y estalló en cientos de luces de colores. A esa le siguieron más. Una lluvia de destellos violetas y zafiro explotó en el manto de la noche y se fusionó con las estrellas.

—Fuegos artificiales —susurró Dara. No podía dejar de mirarlos. No tenía idea de qué celebraban en el festival, pero el espectáculo era una maravilla.

—¿Y si buscamos una mejor vista? —preguntó Livier y miró de reojo el edificio de al lado, que tenía unos cinco pisos de altura y una azotea.

Dara lo entendió al instante y asintió. No sabía por qué, pero la idea la llenó de adrenalina.

Ambos corrieron a la parte de atrás del edificio y se impulsaron.

Dara usó su magia de voluntad para saltar alto.

No era suficiente para llegar hasta la azotea, pero Livier la tomó de la mano y la subió con él.

Se sintió como si el viento los empujara hacia arriba.

Cuando llegaron a la azotea, que estaba completamente vacía, se dirigieron hasta el pretil. Vaya que era una mejor vista.

Ahí, los fuegos artificiales se veían más grandes, más majestuosos, más espectaculares. Uno tras otro estallaba en una celebración iridiscente y teñía todo a su alrededor. Pero el corazón de Dara no estaba conforme y se lo hizo saber.

Ese corazón suyo tenía algo pendiente.

Dara miró a Livier; pensó que su atención estaría puesta en el espectáculo frente a ellos, en los fuegos artificiales, pero, en cambio, la estaba contemplando a ella.

Ni el rugido de la siguiente explosión de colores fue más fuerte que los latidos que no dejaban de martillear en su pecho y en sus oídos y en toda ella.

Tomó a Livier de la solapa de su gabardina y lo atrajo hacia ella para besarlo.

—Al fin —dijo Livier antes de que sus labios se unieran con los de Dara.

La adrenalina que ya sentía se disparó como una corriente de llamas ardientes.

Él la tomó de las mejillas y hundió los dedos en su pelo.

¿Era absurdo que a Dara le fascinara que las manos de Livier fueran tan grandes que envolvían toda su cara?

Tal vez. Pero le encantaba. Suspiró en los labios de Livier y casi se derritió cuando sintió su lengua en su interior.

Dara se aferró más a él y Livier bajó las manos hacia su cintura, donde apretó para que no quedara nada de distancia entre sus cuerpos. En ese instante se prometió a sí misma que no volvería a pasar tanto tiempo sin besar a Livier.

Hacía calor, todo su cuerpo quemaba. Estaba a punto del delirio y los fuegos artificiales iluminaban la noche solo para ellos.

Y en ese estado, mientras se besaban y besaban y besaban sin ser capaces de parar, a Dara le llegó un pensamiento. Era difuso, porque cada beso hacía todo más borroso. Pero ahí estaba y su corazón lo entendió antes que ella: la forma en la que Livier la besaba también era magia.

Era una de las formas más crudas de cualquier magia que existía.