LA MAGIA MÁS CRUDA #2
—Porque creo que es el lugar perfecto para que empieces a entender cómo usar tu magia pensando como rompealmas —dijo Livier y caminó hacia uno de los libreros.
Dara lo siguió.
—Soy toda oídos.
Livier tomó un libro rojo con una portada llena de ornamentos plateados en forma de flor. Estaba algo desgastado por el tiempo.
—¿Conoces la teoría del alma de las cosas?
Los ojos de Dara se abrieron de par en par ante las palabras de Livier. ¿El alma de las cosas? Eso solo lo había escuchado de una sola persona.
—Mi madre… —Su voz salió diminuta. Tuvo que aclararse la garganta—. Mi madre decía que todas las cosas tienen alma.
—Y es cierto —aseguró Livier mientras pasaba sus dedos sobre la portada del libro—.
Todos los objetos adquieren un valor inmaterial a través del tiempo.
Tienen una historia. Hay experiencias, deseos y recuerdos detrás de cada uno.
El adnae está en todo lo que existe. Nosotros estamos hechos de adnae y, al mismo tiempo, el adnae es nuestra alma.
Si las cosas también están hechas de adnae, ¿por qué no tendrían alma?
Dara no podía quitarle la vista de encima a Livier. No quería ni parpadear porque sus ojos se estaban humedeciendo.
—Pero el alma de las cosas es distinta a la nuestra. Esta surge de la memoria humana y de la huella que dejan sus creadores o dueños —dijo Livier y miró a Dara—. Y te voy a enseñar a verla.
La respiración de Dara se detuvo por unos segundos.
—¿Cómo?
Livier le entregó el libro. Dara, con las manos temblorosas, lo tomó. No podía controlar las reacciones de su cuerpo. Era inevitable porque todo lo que estaba sucediendo le recordaba a su mamá.
—Con magia de memoria —respondió Livier—. Al tocar un objeto puedes recibir información sobre su alma. Puedes saber quién lo creó o quién lo sostuvo por última vez, los lugares por los que ha pasado, las emociones que lleva consigo…
Magia de memoria.
Que concepto tan fascinante.
—Nunca había escuchado sobre la magia de memoria —dijo Dara.
—Es porque solo los rompealmas podemos ver el alma de las cosas —contestó Livier—.
Por eso te traje. Sé lo que los libros significan para ti, así que eso ya te da apertura emocional.
Y quiero que pruebes la magia de memoria porque no hay nada que se le parezca.
No puedes pensar como cazaelementos, ni como forzacuerpos, ni como danzamentes. Tienes que usar tu magia de alma.
Dara apretó el libro entre sus manos.
—Dime cómo hacerlo.
—Pon la palma de tu mano sobre el libro. Sí, justo así. Cierra los ojos y visualízalo en tu cabeza —explicó Livier con voz suave—. Ahora toma tu adnae y envuélvelo en el libro, que tu magia te muestre lo que guarda. Dime, ¿qué ves?
—Nada —contestó Dara.
—No es así. Mira bien —dijo Livier.
Así que Dara miró bien. El libro se sentía áspero y muerto entre sus manos, pero en la oscuridad de su interior parecía palpitar.
Dara tomó su adnae y lo acercó al objeto.
Empujó para envolverlo y, de pronto, del libro brotaron decenas de hilos luminosos.
Tocó uno de ellos y una oleada de emociones que no le pertenecían atravesó su pecho.
Frente a ella ya no estaba el libro, sino un niño pequeño, de unos diez años, que reía porque su abuelo acababa de entregarle un regalo: el libro rojo con flores plateadas en la portada. El color no estaba desgastado, era vibrante y nuevo.
Dara separó la mano del libro y abrió los ojos.
—¡Lo logré! —exclamó sin poder creerlo—. ¡Vi a un niño y a su abuelo! El niño fue su primer dueño y sentí su felicidad absoluta por unos segundos. La sonrisa del niño era la más grande del mundo.
Pero la sonrisa que Livier le regaló era la más bonita del mundo.
—Sabía que lo conseguirías —contestó Livier—. Y mientras más practiques, lo harás más rápido. Se volverá tan natural como tu magia de voluntad.
Dara seguía impactada por lo que acababa de lograr. Miró el libro entre sus manos como si fuera lo más valioso que existía y sabía que ahora ella también pasaría a ser parte de su historia, de su alma.
Su mamá siempre tuvo la razón.
—También quería enseñarte magia de memoria porque es una forma de visitar los recuerdos que guardan nuestras cosas —dijo Livier—.
Sé que lo único que te queda de tu madre es el relicario que siempre llevas contigo.
Si no te sientes lista, no tienes que hacerlo pronto.
Pero quería que supieras que tienes la opción.
De inmediato, Dara posó la mano sobre su suéter, justo a la altura en la que descansaba el relicario. Incluso con la tela como barrera, podía sentirlo de una forma en la que jamás lo había hecho.
—¿Crees que pueda verla? —preguntó Dara en voz baja. Como si ese fuera un anhelo prohibido.
—No sé qué es lo que guarde el alma de tu relicario, pero puedes averiguarlo cuando quieras —dijo Livier.
Dara tomó la cadena del relicario para sacarlo de abajo de su suéter y lo dejó caer sobre la tela. De nuevo le temblaban las manos.
—Quiero intentarlo —susurró ella.
—¿Quieres que te dé espacio?
—No —dijo Dara y lo tomó de la manga de su gabardina—. Quédate conmigo.
Livier asintió.
Dara lo soltó. Con ambas manos, envolvió su relicario como si lo quisiera abrazar.
Cerró los ojos y no tardó en verlo ahí. Parecía que la esperaba.
Esta vez, su magia de alma no tardó en reaccionar y se lanzó al relicario como si quisiera consumirlo.
Los hilos de luz aparecieron alrededor de la joya. Dara los tocó.
Y fue transportada a una casa.
No era muy grande, pero sí acogedora; la luz del sol se colaba por las ventanas y le brindaba una calidez como la de ningún otro lugar.
Tenía cortinas color arena y pisos de madera.
Los toques de color lo daban las macetas con flores que decoraban toda la cocina.
No era cualquier casa, era la única que Dara había tenido. Su hogar.
Una voz suave y alegre tarareaba una melodía que lo inundaba todo. Dara reconocería esa voz donde fuera. Y llevaba tanto, tanto tiempo sin escucharla que un sollozo se atoró en su garganta.
—Mamá, ¿ya me vas a dar mi regalo? —preguntó una pequeña Dara dando saltitos alrededor de la mesa.
Aidara Rennai, su madre, le sonrió. Su sonrisa fue más luminosa que el sol.
Dara, viendo la escena, dio un paso hacia su madre, pero se detuvo.
—¿No quieres que esperemos a papá? —preguntó Aidara.
—¡No! —exclamó la niña.
Aidara rio y salió de la cocina para ir por el regalo.
Cuando volvió, traía una pequeña caja entre las manos.
Se acercó a su hija y se agachó para quedar a su altura.
Ahí la miró con unos ojos llenos de amor y le pasó una mano por el pelo.
La pequeña Dara estaba tan emocionada que no se percató de que los ojos de su madre estaban cristalinos, como si quisiera llorar.
Pero Dara, que la veía desde otro lugar, lo notó.
Su madre extendió la caja hacia la pequeña Dara. Ella la tomó y no aguardó ni un segundo para abrirla. Con una mano tomó la cadena del relicario y lo sacó. La joya quedó colgando frente a ella mientras en sus ojos había estrellas. Un suspiro de asombro salió de la boca de la niña.
—Es un relicario —explicó Aidara. Tomó la joya entre sus manos y la abrió para que su hija viera lo que había dentro—. Le puse una fotografía que me gusta mucho.
La pequeña Dara acercó su rostro para ver la foto en la que su papá, su mamá y ella se abrazaban. La sonrisa le llegó hasta el cielo.
—¿Me lo pones, mamá? —pidió y se giró—. Así siempre vamos a estar juntos.
Tan pronto su hija le dio la espalda, la sonrisa de Aidara Rennai tembló. La mantuvo en su rostro, pero estaba cargada de dolor y pesar. Había lágrimas en las comisuras de sus ojos. ¿Su madre sabía que le quedaba poco tiempo?
Le abrochó la cadena a la niña y la tomó de los hombros para girarla con gentileza hacia ella. Pegó su frente con la de su hija y cerró los ojos.
—Claro que sí, mi Dara, siempre estaremos juntos —dijo en voz bajita—. Debes prometerme que nunca te lo vas a quitar, ¿sí? Ni siquiera para dormir.
—¡Lo prometo!
Una lágrima resbaló por la mejilla de Dara.
Seguida de otra y otra más. Soltó el relicario, no con sus manos, sino con su magia de alma, y la escena desapareció.
Ya no había sol, ya no estaba en su hogar, ya no estaba con su madre.
Había vuelto a la biblioteca y ahora las lágrimas caían sin que pudiera detenerlas.
Dara alzó la cabeza y vio a Livier, que la observaba con los ojos llenos de preocupación.
Dara no dijo nada; se abalanzó hacia él y lo rodeó con los brazos.
Livier no se lo esperaba, pero no tardó en reaccionar y la abrazó también.
Dara hundió la cabeza en el pecho de Livier y ahí se permitió romperse, con sollozos audibles y espasmos en el cuerpo.
—Gracias —susurró entre lágrimas—. Gracias por darme esto.
Llevaba catorce años sin escuchar la voz de su madre.
Pensó que jamás volvería a escucharla y se aferraba al eco de su memoria para no olvidarla.
Llevaba catorce años sin ver la cara de su madre.
Pensó que jamás volvería a verla y siempre que su recuerdo comenzaba a empañarse, abría su relicario para contemplar la única imagen que tenía de ella.
Pero los recuerdos eran frágiles, a veces incluso engañosos.
La magia de memoria era lo que los niños pensaban que significaba la magia cuando les hablaban sobre ella por primera vez.
Dara no podía explicarlo; lo que acababa de vivir no había sido solo un recuerdo, había sido como si ella hubiera estado ahí. Podía percibir la calidez del sol y el olor del perfume de fresas de su madre.
Livier no dijo nada, solo se quedó abrazándola hasta que dejó de llorar.
Cuando salieron de la biblioteca, Dara le dijo a Livier que todavía no quería volver al campus. La noche estaba agradable y ella se sentía ligera. Era como si, con todas las lágrimas que acababa de soltar, hubiera sacado el dolor de años que tenía atorado en el corazón.
Dejaron la motocicleta de Livier estacionada detrás del edificio y se dispusieron a caminar por los alrededores.
La zona era muy bonita y tenía bastantes puestos comerciales.
Esa noche parecía haber una especie de festival, había luces de colores por todos lados y muchos puestos ambulantes de comida.
La gente paseaba y charlaba, disfrutando del fin de semana.