LA MAGIA MÁS CRUDA
El primer entrenamiento de Dara fue difícil. Llevaba tanto tiempo suprimiendo su magia de alma que no lograba llegar a ella si no era para usarla en los tipos de magia específica en los que ya tenía práctica: de voluntad y de transmisión.
Pero no pensaba rendirse, no cuando había tardado tanto en convencer a Livier.
—No —le contestó la mañana que se lo pidió.
—Eres el único que puede enseñarme.
—No voy a exponerte de esa forma. Ya sabes que asesinan a los rompealmas, Dara. La Sociedad del Alma y la Rosa los busca activamente para exterminarlos.
—Voy a ser cuidadosa. No voy a dejar que me descubran —le prometió. Ese era su plan, entrenar en secreto hasta tener un dominio decente de la magia de alma. Así estaría preparada para cuando llegara el momento de exponer la verdad.
Pero Livier ya estaba negando con la cabeza.
—Es muy peligroso.
—Lo sé, pero…
—No te importa. No me sorprende —exclamó Livier, exasperado—. Pero a mí sí. A mí sí me importas.
Esa mañana no pudo convencerlo. Habían vuelto a la academia y Livier la estuvo evitando el resto del día.
Así que al día siguiente lo volvió a intentar, y al día siguiente, y al siguiente después de ese.
Él estaba absolutamente negado a ponerla en riesgo, pero ella era terca y no se cansaba de insistir.
Cuando se dio cuenta de que Livier no iba a flaquear, tuvo que jugar más sucio.
—Si no me vas a enseñar, voy a practicar yo sola —dijo Dara de brazos cruzados.
Livier suspiró, cansado del mismo tema.
—Eso no va a salir bien.
—¿Qué otra opción tengo? No hay nadie que me pueda enseñar.
—Dara…
Dara había preparado sus siguientes palabras con cuidado. Muchas veces era impulsiva, pero no en ese momento. Lo tenía todo calculado.
—Por siglos, tu familia ha decidido quién sí y quién no puede ser rompealmas.
Eso tiene que acabar —dijo Dara con los pies bien plantados sobre la tierra y los ojos ardiendo—.
Sé que estás preocupado, pero tú no puedes decidir por mí, Livier.
Y también sé que tú no eres como ellos, así que ponte en mi lugar.
Soy una rompealmas y no tengo manera de aprender a usar mi magia de alma por culpa de una familia que decidió que solo ellos pueden poseerla. Tu familia.
A juzgar por la expresión en el rostro de Livier, una bofetada le habría dolido menos.
—Eso no es justo —dijo Livier.
—Lo que no es justo es que hayan asesinado a mi madre y que los Monrae hayan reclamado la magia de alma como si les perteneciera.
Si quieres hablar de injusticias, hablemos de cómo la Academia Valrose comete crímenes atroces en nombre de la paz —respondió Dara con firmeza—.
Solo te lo voy a pedir una vez más, Livier. Enséñame a ser rompealmas.
Y Livier accedió.
Así, llegó el día de su primer entrenamiento, que fue un desastre.
Era de noche y se encontraban lejos de la academia, justo entre las bodegas del viejo muelle.
Esa había sido una de las principales condiciones de Livier: nada de entrenamientos dentro de la Academia Valrose.
Últimamente, la archimaga casi no salía del campus y no podían permitir que descubriera a Dara.
—Esto es muy estúpido —dijo Dara después de unos minutos de intentar encender una vela. ¡Era una vela diminuta y solo necesitaba que una llamita comenzara a chispear en el pabilo!
Ella estaba en cuclillas y la vela en el piso. Livier la observaba desde arriba, con los brazos cruzados.
—Fue de las primeras cosas que aprendí. La magia de alma puede conjurar cualquier cosa al tomar el adnae del mundo —dijo con paciencia—. Solo debes concentrarte en tu objetivo. Piensa en cómo se siente el fuego y llévalo a la vela. Con la práctica lo harás como si fuera natural.
—¿Y cómo llevo el fuego a la vela? —exclamó Dara con ganas de arrancarse el pelo. ¡No era cazaelementos!
—Ya te lo dije, con el adnae. Dara, tu propio adnae te permite tomarlo de todas partes, puede manipularlo y convertirlo en lo que sea —explicó Livier.
Dara volvió a mirar la vela. No era cazaelementos, era rompealmas y tenía que pensar como tal.
Pero por más que miraba la vela e intentaba conjurar fuego, no pasaba nada. No salía ni una mísera chispa. Gruñó y se levantó.
—Quiero intentar otra cosa —dijo Dara.
—¿Cómo qué?
Pasó su vista por todo el muelle. Estaban algo escondidos, entre varias bodegas bastante altas. Livier hubiera podido ocultarlos de la vista de todos con su magia, pero a esa hora y en ese lugar no había nadie. Así que no era necesario.
Los ojos de Dara se detuvieron en un enorme bloque de cemento. Recordó la noche, hacía muchos meses ya, en la que Penélope casi fue aplastada por un altar. Livier había destruido el techo de piedra. No solo eso, lo había transformado por completo en arcilla. Dara apuntó el bloque.
—Quiero destruirlo. —También quería cambiar su composición, pero suponía que eso estaba fuera de su alcance. Por ahora.
Livier ladeó la cabeza.
—Entonces, destrúyelo. Usa tu adnae para tomar el adnae del cemento y romperlo. Tiene que empezar desde tu interior.
Dara asintió. Su adnae era parte fundamental de ella y ya estaba tan acostumbrada a tenerlo que, cuando lo usaba, no se daba el tiempo de sentirlo. Esa noche era distinto; le estaba prestando atención y lo sentía reaccionar. Zumbaba dentro de todo su cuerpo.
Levantó el bloque del piso, tan solo unos centímetros. Era extremadamente pesado y no quería gastar su adnae en mantenerlo arriba, pero tenerlo bajo su control la ayudaba a enfocar su mente.
Vigorizó su adnae para dar un golpe certero justo al centro del bloque de cemento y lo agrietó. Dara lo sintió como una pequeña victoria, pero Livier no lo consideró así.
—Estás pensando como danzamentes —señaló Livier—.
Si un profesor de la academia te pidiera destruir el bloque, tu manera sería bastante eficiente, considerando las limitaciones de la magia de mente.
Pero yo necesito que pienses como rompealmas.
No tienes que golpear el bloque; solo necesitas tomarlo y destruirlo.
Dara lo intentó. En serio lo intentó. Durante varios minutos se mantuvo concentrada en el bloque frente a ella. La noche ni siquiera era calurosa, pero ya estaba sudando por el esfuerzo. Su propio adnae parecía incendiarla de adentro hacia afuera.
—Es indestructible —sentenció Dara cuando se le acabó la paciencia.
Livier alzó una ceja.
El bloque de cemento explotó en partículas diminutas y en su lugar solo quedó polvo.
—Presumido —susurró Dara. ¡Livier ni siquiera había mirado el maldito bloque!— Esto es ridículo, ¿por qué soy tan incompetente con la magia de alma?
—No lo eres. Es tu primer entrenamiento y hasta ahora solo la habías usado para hacerte pasar por danzamentes. Yo tardé mucho en emular la magia de voluntad, no es sencillo. Eso demuestra tu potencial —le aseguró Livier—. Estás teniendo problemas con esto porque no estás pensando como rompealmas.
Dara frunció el ceño.
—Me repites mucho eso, pero no sé cómo hacerlo.
Livier se llevó una mano a la barbilla y afiló los ojos. Los tenía clavados en Dara, pero en su mente estaba ocurriendo algo.
—Quiero probar una cosa —dijo Livier.
Ese «probar una cosa» tuvo que esperar una semana, ya que solo podían entrenar los fines de semana porque tenían que hacerlo lejos del campus. Además, la vida en la academia se puso ruda.
Mientras más se acercaba el fin de cursos, los profesores se ponían más estrictos. Las clases prácticas eran más exigentes, en las teóricas habían comenzado a poner pruebas, ¿y los deberes? Más pesados que nunca. No ayudaba que Dara le estaba haciendo los deberes a una buena cantidad de aprendices.
—¿Qué opinas de este sigilo de velocidad? —preguntó Catriona alzando su plana para mostrársela a Dara.
Dara entrecerró los ojos.
—Ya no parece un bicho de seis patas, entonces lo veo como un avance.
—¡Me sirve! —exclamó Catriona y volvió a sus demás sigilos.
—Ya me aburrí —dijo Verian y estiró los brazos hacia arriba—. Saca las cartas, Rennai.
Dara, Catriona y Verian pasaban casi todas las tardes en la biblioteca, trabajando en sus pendientes y estudiando para las pruebas teóricas.
A veces se distraían y se ponían a jugar cartas en voz baja.
Era un juego que Dara había aprendido en las calles de Irella y que les enseñó a jugar a todos en el grupo.
Se llamaba Escape y el objetivo era ser el primer jugador en quedarse sin cartas, para «escapar» de ellas.
Cuando podían, comían juntos en la cafetería, pero había días en los que los horarios de todos diferían.
Así que cuando lograban estar todos en grupo, Dara en serio lo apreciaba.
Todavía le preocupaba que Verian y Leone casi no se miraran y procuraran sentarse lo más alejados el uno del otro. Antes no era así.
Dara estaba segura de que algo había ocurrido y, aunque Verian no le había querido contar, tal vez iba a tener que insistir. Esos dos en verdad le importaban.
Cuando la noche en la que se encontraría con Livier para entrenar llegó, Dara sentía que ya no podía esperar. Quedaron de verse en la entrada del campus. Livier ya aguardaba allí, recargado en su motocicleta, y Dara corrió hacia él. Ambos se pusieron los cascos y dejaron la Academia Valrose atrás.
Esa noche, Livier no la llevó al viejo muelle, sino a la Biblioteca Pública de Olsian.
A esa hora ya estaba cerrada, pero él conocía una entrada por la parte trasera.
A Dara le pareció curioso que no usara su magia para abrir la puerta principal.
Suponía que Livier no tenía la mala costumbre de entrar a lugares en los que no debía estar.
Dara ya estaba muy familiarizada con esa biblioteca.
Antes de huir a Irella, amaba visitarla y pasar sus tardes solitarias entre las páginas de los libros.
Llevaba muchísimos años de no estar ahí, así que volver a pisarla le quitó el aliento momentáneamente.
Durante la noche dejaban solo una luz de techo encendida, así que el lugar no estaba demasiado iluminado, pero era suficiente.
Filas y filas de estanterías altas y oscuras abarrotaban el espacio. Eran tantas que parecía un laberinto de madera y papel. A Dara le encantaba.
—¿Por qué me trajiste aquí? —preguntó cuando pudo quitar la vista de las estanterías.