El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LOS ÚLTIMOS SECRETOS #3
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LOS ÚLTIMOS SECRETOS #3

—Entremos, ahí podemos buscar papel.

Dara siguió a Livier a la puerta principal y él ni siquiera tocó; solo la abrió y pasó como si fuera su casa. De alguna forma lo era.

—Buenas noches, joven Livier —dijo una señora mayor de sonrisa amable. Estaba vestida de negro y muy formal—. ¿Busca al señor o solo vino a dormir?

—Hola, Edda —saludó Livier y alzó una ceja—. ¿Leone está en casa?

—Así es, se encuentra en la sala del segundo piso.

—¿Está solo?

—Sí, lleva horas solo —contestó Edda y luego miró a Dara—. Si se le ofrece ropa de noche o cualquier cosa, no dude en avisarme, señorita.

Dara asintió y Edda se retiró hacia uno de los corredores de la casa. Livier comenzó a caminar en dirección a las escaleras del segundo piso y Dara lo siguió. Era sorprendente pensar que algunas áreas del lugar ya le parecían familiares. El fin de semana del huracán lo pasaron entero allí.

Desde antes de llegar a la sala, se escuchaba la música triste en la radio.

Era una canción de desamor que llegó a ser muy popular hacía unos cuantos años.

Entraron a la sala y los recibió la visión de Leone recostado, sin camisa, en uno de los sillones.

Estaba despierto, mirando al techo con una mano en la frente.

—¿Solo, en fin de semana? —preguntó Livier a modo de saludo.

Leone lo miró de reojo, luego vio a Dara y suspiró de forma sonora.

—Creo que ya no sirvo para la coquetería. Hoy invité a Rex y no hicimos nada —se quejó Leone—. Se aburrió y se fue. Si sigo así, van a correr los rumores de que he perdido el toque.

—Si te sirve de algo, no creo que eso baje tu popularidad —dijo Dara.

Leone le dedicó una mirada conmovida a Dara y se sentó. Luego tomó la botella de vino que estaba en el suelo y le dio un trago largo.

—Esta no ha sido mi semana —dijo Leone.

—La mía tampoco —respondieron Dara y Livier al unísono.

Leone los miró con los ojos afilados. Primero a uno y luego al otro.

—¿Estaban juntos?

—Sí, dimos un paseo en la motocicleta, pero no quisimos regresar a la academia —dijo Livier como si nada—. Vamos a dormir aquí.

—Mi casa es su casa —contestó Leone con los brazos extendidos.

Livier le indicó a Dara dónde podía dormir, que era básicamente en cualquier habitación del piso de arriba. Leone le dijo que podía ducharse, hacer lo que necesitara y no tenía que preguntar.

—Escribe la nota para Catriona, yo subiré en un momento para infusionarla —dijo Livier.

Dara asintió y salió de la sala. La sola idea de recostarse en una cama la hacía caminar más rápido.

Seguía agotada y solo quería dormir. Iba a escribir la nota para que Catriona no se preocupara; luego se ducharía rápido y se despediría de sus pensamientos por esa noche.

Antes de subir las escaleras, volvió a escuchar la voz de Livier.

—No estás bien, Leone. Dime qué sucede.

Apresuró el paso y no escuchó la respuesta de Leone. Iba a respetar la privacidad de la conversación. A ella no le parecía extraño ver a Leone ebrio y dramático, pero Livier lo conocía bien, así que Dara suponía que algo le pasaba. Esperaba que no fuera grave.

Se quedó dormida antes de que Livier subiera. Ni siquiera lo sintió cuando entró a crear el sigilo para enviar la nota a Catriona. A la mañana siguiente, cuando Dara despertó, el papel ya no estaba.

Volvió a sentir esa comezón mental.

Y en la mañana, con la cabeza más clara, entendió a qué se debía. Era inquietud, era curiosidad, era una idea peligrosa. Ella también podría crear ese tipo de sigilos si aceptaba su magia de alma. Podría hacer tantas cosas si tan solo la asumía.

Esa magia que había suprimido por años para protegerse, pero que era parte de ella. Sin su magia de alma, ni siquiera sería capaz de hacerse pasar por danzamentes. Pero no sabía usarla si no era así.

—Una rompealmas… —susurró para sí misma y apretó su relicario con una mano.

Ella misma era la prueba viviente de que había más rompealmas en Liyia. La resistencia necesitaba a todos los que pudiera para enfrentar a la archimaga. A las mentiras de la Academia Valrose. Habían asesinado a la mayoría, y se llevaron a su madre. Se la arrebataron.

Muertos o escondidos. ¿Los rompealmas estaban destinados a vivir así?

¿Por qué? Si ellos también tenían dominio total del adnae. Sí, la archimaga era más poderosa. Pero ¿y si se unían todos contra ella?

Dara apretó su relicario con más fuerza y sintió su cuerpo vibrar de anticipación.

Como si llevara años esperando ese momento.

El momento en el que asumiera que era una rompealmas.

El único impedimento era que no sabía cómo serlo.

La magia de alma estaba en su interior, solo tenía que aceptarla en su totalidad. Más importante, tenía que aprenderla.

Y Dara era una gran aprendiz.

Saltó de la cama y corrió hacia la puerta de la habitación. La abrió de golpe, pero ni siquiera pudo avanzar, porque se estrelló directo contra el pecho de Livier. Él la sostuvo de los hombros y ella alzó la cabeza. Sus ojos cafés estaban bien abiertos, brillantes y frenéticos.

—Livier —dijo Dara como un suspiro.

—¿Qué pasa? —preguntó él.

—Quiero que me enseñes a ser rompealmas.