El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LOS ÚLTIMOS SECRETOS #2
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LOS ÚLTIMOS SECRETOS #2

—Volvamos a lo importante —dijo Dara—. La archimaga tiene la idea de que, cuando te gradúes, vas a unirte a la Sociedad del Alma y la Rosa, pero en realidad estás cometiendo traición. —Alzó las manos—. No puedo creer que no me lo dijeras. En lugar de eso, me dejaste pensar lo peor de ti.

La sonrisa de Livier desapareció y, en cuestión de segundos, su semblante se apagó. Todo él se ensombreció.

—Prefería eso a meterte en todo esto —dijo Livier—. Mis advertencias siguen en pie; esto es más peligroso de lo que imaginas. La archimaga es despiadada y su magia no conoce límites.

—Lo sé, pero no me importa.

—La lista sigue creciendo.

—Pero es cierto, Livier. No me importa que sea peligroso —dijo Dara con fervor—. No me importa que la archimaga sea la rompealmas más poderosa sobre la faz de la tierra. Quiero que pague. Tenemos que detenerla.

Livier cerró los ojos y aspiró profundo.

—No puedo creer que estemos hablando de esto —dijo con un hilo de voz—.

Que sepas de la brigada y de la sociedad.

Que quieras exactamente lo mismo que yo.

La noche del baile pensé que te movías sola, pero luego robaste la carpeta y lo supe al instante.

Cedric llevaba tiempo queriéndola. Casi lo mato por exponerte así.

—No estarás hablando en serio.

Livier se quedó callado.

—Quita esa cara —dijo Dara—. En todo esto hay un lado positivo. Ya no tiene que haber más secretos entre nosotros.

Así había sido su dinámica desde que se conocieron: secretos tras secretos que no se atrevían a decir en voz alta.

Que no eran capaces de confesar. Al principio, Dara lo prefería así.

Livier hablaba entre advertencias y misterios, pero no la cuestionaba.

La dejaba ser. Era justo lo que ella necesitaba. Pero eso era antes.

De un momento a otro, o tal vez poco a poco, su relación cambió. Los secretos se volvieron insostenibles y les explotaron en la cara. Todo había salido a la luz. Dara llevaba cargando el peso muerto de sus secretos y mentiras tanto tiempo que había olvidado que podía sentirse así de ligera.

—No más secretos —repitió Livier al aire—. Me gusta cómo suena.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Dara.

—A mí también.

Las olas los siguieron acompañando en un vaivén que se mezclaba con la brisa en una melodía arrulladora.

Dara cerró los ojos y, sin pensarlo mucho, recostó la cabeza en el brazo de Livier.

Su cuerpo se relajó de inmediato y se dio cuenta de que lo había echado de menos.

No había pasado mucho tiempo entre el baile y esta noche, y ella, muy ridícula, lo había extrañado.

Livier posó la mano sobre la de Dara y empezó a trazar líneas suaves sobre su piel. Sus dedos eran largos y su tacto, una caricia.

—¿Tienes alguna idea de dónde está el Diario de Valrose? —preguntó Dara después de un rato. Su mente había regresado a todo lo que acababa de vivir.

—No —respondió Livier—. Ni siquiera los miembros de la sociedad lo saben.

Eso tenía sentido. La archimaga no podía arriesgarse con algo así. Ese libro tenía el poder de condenar al linaje Monrae y a la propia Academia Valrose.

—Cuando la archimaga te lo mostró, ¿pudiste ver si había entradas sobre cómo recuperar la capacidad de soñar?

—Me mostró páginas muy específicas. Las que ella necesitaba que viera —dijo Livier—. No sé si en el Diario esté la respuesta que la brigada está buscando, pero es nuestra mejor apuesta.

Dara se cubrió la boca para bostezar. Se estaba quedando dormida.

—Todo sería más fácil si Enia no hubiera cortado comunicación cuando Valrose murió —susurró Dara.

La diosa de la Rosa era tan adorada por la humanidad que Dara estaba sorprendida de que no se dignara a darles los mensajes que tanto esperaban. Todos le rezaban día y noche y ¿para qué? Les había dado la espalda. Pero los humanos eran tercos y su fe era ciega.

Livier recostó la cabeza sobre la de Dara.

—Créeme, lo sé mejor que nadie.

Eso último no lo escuchó bien, porque el agotamiento la estaba consumiendo. Los párpados le pesaban demasiado. Además, el sonido de las olas parecía mecerla y ahí, recargada en Livier, sentía que podía dormir y estaría segura.

—Dara —Livier la llamó bajito.

Ella contestó con un quejido.

—Necesitas descansar —insistió Livier.

—No creo ser capaz de levantarme —dijo en tono adormilado. Estaba exagerando; sí que podía levantarse, pero no quería hacerlo.

Livier se movió a su lado para ponerse de rodillas, y antes de que Dara pudiera reaccionar, pasó un brazo por su espalda y el otro por sus piernas y, como si pesara lo mismo que una pluma, se puso de pie con ella en brazos. Dara soltó un chillido de sorpresa y rodeó a Livier del cuello.

Pronto, Livier ya caminaba en dirección opuesta al mar y ella sentía que volaba. Él la cargaba como si fuera lo más natural del mundo. Y tal vez lo era. El primer instinto de Dara fue protestar, pero no tenía ganas. Estaba exhausta y la noche había sido emocionalmente agotadora.

Así que recargó la cabeza sobre el pecho de Livier y se dejó llevar.

El camino no duró mucho, para desgracia de Dara, ya que pronto llegaron adonde Livier había estacionado su motocicleta. La montaron después de ponerse sus respectivos cascos y Dara se abrazó de él. El motor cobró vida, y acompañados de un rugido, salieron del viejo muelle de Olsian.

La motocicleta avanzaba rápido por las calles y Dara no tenía ni idea de qué hora era. Tampoco sabía a dónde iban. ¿A la academia? En teoría, podían volver a la hora que fuera, pero no tardó en darse cuenta de que no iban en dirección a la Montaña de la Rosa, sino al Sector Capital.

La propiedad de los Eryndor iluminaba todo lo que la rodeaba. Las rejas de la entrada principal se abrieron para dejarlos pasar y Livier condujo la motocicleta hasta la mansión. Ahí la estacionó y ambos bajaron.

—No sabía si querías volver a la academia —dijo Livier.

—No lo había pensado, pero esto me servirá para despejarme de ver reguladores en cada esquina —respondió Dara—. Solo debo avisarle a Catriona, ¿los Eryndor tienen sobres infusionados con magia de transportación?

Livier se encogió de hombros.

—Yo puedo infusionar tu nota.

—Ah, claro, cosas de rompealmas —dijo Dara con ligereza, aunque en su mente sintió comezón.