LOS ÚLTIMOS SECRETOS
Dara apenas podía asimilar lo que sus ojos tenían en frente.
Su mente pensó que era una ilusión antes de siquiera considerar la posibilidad de que fuera real. Con la boca seca y los ojos abiertos de par en par, trataba de encontrarle una explicación al hecho de que Livier se encontrara ahí.
—Llegas justo a tiempo, Livier —dijo Cedric.
Navali miró su reloj de mano.
—No es cierto, debió estar aquí desde hace cinco minutos.
—La archimaga me retuvo hasta tarde —ofreció Livier como explicación.
Ahora que estaba más cerca, Dara podía ver el cansancio en su rostro. Sus ojos estaban hundidos, sus ojeras pronunciadas y su pelo, aunque recogido, caía desordenado sobre su rostro. Pero había algo más, tenía una herida fresca en la mejilla izquierda. No se había molestado en sanarla con su magia.
—¿Qué te sucedió en la cara? —Fue lo primero que preguntó Dara, como si se tratara del asunto más urgente. Quiso alzar la mano para ponerla en la mejilla de Livier, pero no lo hizo.
—No es nada —respondió Livier.
A Dara no le convenció esa respuesta, pero no iba a insistir.
—¿Qué haces aquí? —preguntó entonces.
—Vine porque tú estás aquí.
Yaffa soltó un silbido prolongado.
—Vaya, pareciera que no hay nadie más que ustedes en el lugar —dijo y luego esbozó una sonrisa curiosa.
Dara negó con la cabeza y los miró a todos. Estaba genuinamente confundida y necesitaba explicaciones.
—¿Alguien podría decirme por qué está él aquí? —exclamó Dara y apuntó a Livier.
—Ya te lo dijo él mismo, vino por ti —contestó Cedric como si fuera lo más normal—. Livier no suele asistir a las reuniones, solo lo llamamos cuando es de suma importancia. Pero se enteró de que ibas a venir y aquí está.
¿Que no solía venir a las reuniones?
—¿Livier es parte de la brigada? —preguntó Dara con el corazón en la garganta.
—Es nuestro espía —dijo Cedric.
Dara se quedó callada mientras las palabras de Cedric se asentaban en su mente.
Cuando lo hicieron, abrió la boca para hablar, pero nada salió, así que la cerró y apretó los labios.
Sus pensamientos la atacaban más rápido de lo que podía digerirlos y estaba comenzando a agitarse.
Cerró los ojos y respiró hondo para tratar de tranquilizarse.
No lo logró del todo, pero por lo menos ya tenía sus palabras. Abrió los ojos.
—Voy a necesitar un poco más de claridad —dijo mientras miraba fijamente a todos los presentes, orgullosa de que su tono había sonado calmado. No reflejaba para nada su tormenta interna.
—Livier —exclamó Cedric con la mano extendida—, ¿podrías darle claridad a Dara?
Livier suspiró.
—Supongo que ya te explicaron sobre la Sociedad del Alma y la Rosa.
—Sí —respondió Dara.
Él asintió y tardó un poco en volver a hablar.
—Cuando pasé a tercer año, la archimaga me reveló su existencia.
Dijo que, cuando me graduara de la Academia Valrose, pasaría a formar parte de ella —explicó con los ojos afilados—.
Esa misma noche me reveló que Enia no solo había bendecido a nuestra familia con su magia. Que había más rompealmas en Liyia.
—¡Y le mostró el Diario de Valrose! —exclamó Navali.
—No interrumpas —la reprendió Cedric.
Pero Livier no se molestó.
—Esa ha sido la única vez que he visto el Diario.
La archimaga lo sacó de su escondite para mostrarme algunas páginas en las que Valrose narraba las preocupaciones de Enia.
Como seguro ya te explicaron, cuando se prohibió soñar la diosa pensaba que los sueños de Valrose y su descendencia bastarían para alimentar al Creador, pero no tardó en descubrir que no serían suficiente.
A Enia le parecía muy riesgoso devolverle la capacidad de soñar a la humanidad entera, así que su solución fue esa: más rompealmas.
—Supongo que a tu familia no le gustó esa solución —soltó Dara con veneno impregnado en la voz. No pudo evitarlo.
—Evidentemente —respondió Livier y suspiró otra vez—.
La archimaga me mostró algunas entradas del Diario donde Valrose decía temer que hubiera más rompealmas, que eso podía ser muy peligroso.
Después de que Valrose murió, su hija Isis fundó la Sociedad del Alma y la Rosa para cazar rompealmas. Lo han hecho durante siglos.
—Gracias a Livier, hemos avanzado más en estos meses que en todos los años que llevamos activos con la brigada —dijo Cedric—.
¿Recuerdas los informes de personas desaparecidas, Dara?
Solo la archimaga tiene acceso a ellos. Livier los ha duplicado para traerlos a nosotros.
También es quien nos avisa cada vez que otro pedazo de tierra desaparece.
Fue por él que nos enteramos de la existencia de la carpeta negra.
Livier le lanzó una mirada gélida a Cedric.
—Les dije que esperaran. Iba a duplicarla tan pronto tuviera oportunidad.
—También dijiste que tenías que esperar a que Gea von Max la dejara en la oficina de tu abuela —exclamó Navali—. Quién sabe cuándo iba a pasar. Si es que pasaba.
—¿Y por eso enviaron a Dara a robarla? —espetó Livier con mil cuchillas en su tono.
—Hizo un excelente trabajo, ¿no lo crees? —dijo Cedric con una sonrisa.
Livier apretó los dientes.
—No puedo creer que la arrastraras a esto. Es muy peligroso.
—Si yo no quisiera estar aquí, ten por seguro que no lo estaría —intervino Dara y se cruzó de brazos—.
Ahora entiendo tus advertencias ambiguas y también entiendo que no pudieras decirme nada.
Sé que quieres protegerme, pero esto es más importante para mí, Livier.
Quiero vengar la muerte de mi madre y, ahora más que nunca, quiero que la archimaga pague.
Si con ello impedimos el fin del mundo, que así sea.
Saber que Livier estaba del lado correcto la aliviaba de una forma inexplicable. Esa barrera que ella misma había puesto entre ambos desapareció y ahora podía hablarle con toda su verdad. Con todo lo que era.
—¡Ese es el espíritu! —exclamó Cedric.
—Me agrada esta chica —dijo Yaffa—. ¿Podemos incluirla en más reuniones?
—Me encantaría, pero recordemos que nuestra querida Dara sigue siendo aprendiz en la academia. Es riesgoso que salga a todos los encuentros —contestó el bibliotecario y luego miró a Dara—. Te llamaremos cuando sea necesario, ¿está bien?
Dara asintió, pero todavía tenía demasiadas preguntas. Algunas claras, otras no tanto. Optó por formular la que le parecía imposible de ignorar:
—Ya tienen la carpeta, ¿cuál es el siguiente movimiento?
—Empezaremos a buscar a los rompealmas que no hayan sido exterminados —dijo Navali—. Nos va a tomar tiempo, pero con estos informes ya tenemos una buena guía. Así que gracias, Dara.
—Deben jurarme que, si sucede algo importante, me lo van a decir. —Los ojos de Dara volvieron a pasearse por todos.
—Claro, claro —dijo Cedric.
Si Dara no hubiera conocido al bibliotecario, habría pensado que no la tomaba en serio, pero ya sabía que él era así. Decidió que confiaría en Cedric. Solo por esta ocasión.
—Dara —habló Livier. Ya no sonaba molesto, pero en su mirada había pesadez—. Necesito hablar contigo a solas.
—Son libres de irse; nosotros solo discutiremos unos asuntos de logística muy poco interesantes —dijo Cedric.
—Está bien —contestó Dara. Tanto a Livier como a Cedric.
Se dirigió a la salida de la bodega sin esperar a Livier, porque sabía que la seguiría. Los miembros de la brigada comenzaron a hablar entre ellos, y Dara los escuchó hasta que puso un pie en el exterior y Livier cerró la puerta tras ellos.
—¿Vamos al muelle? —sugirió Livier.
Dara asintió y se dirigieron al lugar en silencio.
Ya estaba entrada la madrugada y el aire se sentía frío cerca del mar, pero la gabardina que llevaba la cubría bien.
De todos modos, en ese momento el frío era irrelevante.
En su cabeza no dejaba de repetirse todo lo que acababa de acontecer.
Una parte de ella sentía que todavía no lo asimilaba por completo.
Suponía que por eso estaba tan tranquila.
Caminaron lado a lado durante algunos minutos, guiados por el sonido de las olas, hasta que llegaron al viejo muelle. La pasarela de madera se extendía hacia el mar profundo como una invitación. Llegaron al borde y se sentaron con las piernas colgando.
Una brisa húmeda con olor a sal rozó las mejillas de Dara.
—¿Tú no le temes al mar? —preguntó ella en voz baja.
—No. Cuando recuerdo esa noche sobresale el temor de perder a Verian —respondió Livier. Su voz se mezclaba con el sonido de las olas—. Eso es a lo que realmente le temo.
Dara cerró los ojos, pero los abrió al instante porque lo primero que vio fue a los dos hermanos Monrae, pequeños e indefensos, luchando contra la marea.
—No te preocupes por Verian, es resistente. Yo intenté matarlo varias veces cuando recién lo conocí. Como podrás ver, fallé —bromeó Dara.
Livier soltó una risa atragantada. Dara lo miró de reojo y notó que estaba combatiendo una sonrisa. Se sintió victoriosa.
—Sé que quieres hablar conmigo, pero antes tengo que preguntarte algo —dijo Dara y alzó la cabeza al cielo.
—Dime.
—¿Desde cuándo sabes que estoy trabajando con Cedric?
—Siempre he sabido que buscabas algo, pero me negaba a pensar en la posibilidad de que tuviera que ver con todo este desastre.
—El pelo oscuro de Livier se movía en ondas suaves por el aire—.
Con el tiempo empecé a sospechar, y la noche del baile me brindaste las piezas para confirmar que, de una forma u otra, estabas metida en esto.
—¿Y por qué permitiste que te llamara cobarde? —Una acusación, una pregunta y una queja al mismo tiempo—. Me dejaste pensar que no estabas haciendo nada para detener a la archimaga, cuando en realidad estás espiando para la resistencia.
Livier alzó una ceja.
—¿La resistencia?
—Prefiero llamarlos así, el otro nombre es demasiado idealista para mi gusto —contestó Dara.
—¿La Brigada de los Sueños? A mí me agrada —dijo Livier.
Dara frunció el ceño.
—Por las estrellas, eres un cursi.
Eso le sacó una sonrisa a Livier, y Dara tuvo que toser un par de veces para recuperarse.