LA SOCIEDAD DEL ALMA Y LA ROSA
La semana siguiente al robo fue de las más extrañas en la Academia Valrose.
Gea von Max se había asegurado de que cada aprendiz, profesor y empleado de la academia acudiera al interrogatorio para encontrar al culpable o, por lo menos, a un sospechoso.
Pero no obtuvo nada. Aun así, la seguridad no se fue.
Había reguladores transitando los jardines, corredores y edificios del campus. Eso volvía pesado el ambiente.
Nadie estaba acostumbrado a sentirse vigilado.
Por lo menos ya no estaban confinados. Ese fin de semana todos podrían salir del campus, como era usual.
Dara sentía picazón en todo el cuerpo. Cedric la había citado esa noche en un sector bastante alejado de la academia. Estaba a las afueras de la ciudad y tenía entendido que era una bodega abandonada. Ella conocía esos rumbos, así que esperaba no perderse.
Lo que la tenía con el estómago hecho trizas era la carpeta negra.
Tendría que transportarla hasta allá sin que nadie la viera.
Por eso acababa de volver al mercado clandestino para conseguir otro sigilo de invisibilidad.
Ahora sabía que no duraba demasiado, pero con sacar la carpeta del campus sin que nadie la viera sería suficiente.
—Hace tiempo que no te veía por aquí, niña —dijo un viejo que solía comprar las tarjetas infusionadas con sigilos que Dara hacía—. Te ves muy repuesta, ¿la vida te trata mejor?
—Un poco, sí —respondió Dara.
El viejo le sonrió. Le faltaban dos dientes.
—Me alegro.
Esa tarde, Dara volvió a la academia y trató de fingir que era un día normal.
En teoría lo era, aunque para ella no. En la noche cenó en la cafetería con Catriona, Alessa, Verian y Ashe.
Charlaron sobre el huracán que acababa de azotar Finvelle, se quejaron de la intensidad de la consagrada Lavia, y luego Catriona les habló de un nuevo restaurante al que quería ir.
Le gustaba estar con ellos para no pensar en todo lo demás.
—Por cierto, ¿dónde están Livier y Leone? —preguntó Alessa.
—Livier ha estado un poco ocupado esta semana —dijo Ashe.
—La abuela se está reuniendo con él más seguido que de costumbre. Me compadezco de mi hermano —comentó Verian—. Y no sé dónde esté metido Leone.
Dara trató de que su pregunta sonara ligera, sin importancia.
—¿Y sabes por qué se están reuniendo Livier y la archimaga?
Verian se encogió de hombros.
—Ha de ser lo de siempre. Cosas de rompealmas y Enia.
—Supongo que son cuestiones que solo ellos son capaces de entender —dijo Catriona y luego resopló—. Espero que Leo y Livier quieran acompañarnos al restaurante la próxima semana; siento que han estado algo distantes del grupo, ¿no?
Era cierto. Estaban sentados en el lugar de los Cuatro Magos y solo había dos de ellos.
Desde el Baile de las Quinientas Rosas, algo había cambiado.
Dara y Livier atravesaban una situación extraña.
Se habían besado, se vulneraron el uno frente al otro y después la realidad les cayó encima.
No era que estuvieran peleados, pero tampoco se hablaban.
Y no sabía qué había pasado entre Verian y Leone, pero era claro que se evitaban. Dara le quiso preguntar a Verian, pero él cambió el tema tan rápido que ella ya no insistió.
No le gustaba que el grupo se sintiera así… distanciado. Tal como Catriona había dicho.
Estas personas eran su grupo. Eran suyos y Dara era de ellos —y hacía muchísimo tiempo que no se sentía de nadie—.
Por años, estuvo sola y se hizo creer a sí misma que así estaba bien, porque no conocía otra cosa.
Ahora que los tenía a ellos, ya no podía imaginarse sin su compañía.
Era raro saber que podía contar con alguien. Con todos ellos.
—Siempre podemos obligarlos a ir —sugirió Dara.
—Me gusta cómo piensas —respondió Catriona y rio.
—Yo estoy seguro de que aceptarán ir sin necesidad de amenazas —dijo Ashe, que también reía.
Se quedaron en la cafetería un buen rato más. Dara se había servido una porción extra de puré de papa con salsa y, por lo menos mientras duró ese momento, no pensó en la misión que la esperaba.
Cuando la noche llegó, no había luna. Las nubes la ocultaban y eso hacía que todo se sintiera más oscuro y solitario. Dara recordaba que, cuando era una adolescente, fingía que la luna era su acompañante nocturna.
Se dirigía a la salida de la Academia Valrose cerca de la medianoche.
Catriona ya se había dormido y no se dio cuenta de que Dara se había marchado.
La única que la vio salir fue Penélope. Dara llevaba puesta su gabardina café y se había recogido el pelo en una trenza alta.
Dentro de la gabardina traía colgada su bolsa de tela con la carpeta negra, a la que le había puesto el sigilo de invisibilidad que compró.
Llegó a la entrada principal del campus, que era custodiada por dos reguladores. Dara caminó entre ellos con la cabeza en alto, como si no tuviera nada que ocultar. No debía haber problema alguno con su salida, ya que era fin de semana.
—Un momento, señorita —exclamó uno de los reguladores.
Dara se detuvo.
—¿Qué sucede?
—La subdirectora nos pidió que revisáramos los bolsos y maletines de cualquier persona que entre o salga de la academia —dijo el otro regulador.
Dara extendió las manos para mostrar que no llevaba bolso. Esperaba que no se notara que llevaba algo bajo la prenda.
—No llevo nada —les dijo en tono tranquilo.
—Es usted muy lista. La zona no es segura en estos momentos —contestó el regulador que la había detenido.
—Lo sé, hay que ser precavidos —concedió Dara.
—Váyase con cuidado.
Dara asintió y se dio la vuelta para continuar con su camino. Iba a paso lento y despreocupado, pero en el fondo, lo que más quería era correr. Necesitaba llevar esa carpeta al punto de encuentro.
La ubicación que Cedric le señaló estaba retirada, así que tomó un coche de alquiler y le pidió al conductor que la acercara al destino.
Esa noche, la ciudad vibraba. Los bares estaban llenos, había gente bailando en las calles, y música diferente en cada sector.
El conductor intentó charlar con Dara, pero ella solo le contestó con monosílabos hasta que se rindió.
Casi dos horas después, Dara bajó del coche y pagó la cuota. Se encontraba a las afueras de Olsian y la única luz provenía de farolas bastante distanciadas entre sí. Todavía le faltaba caminar veinte calles hasta el viejo muelle, y ahí debía buscar la bodega.
El olor a agua salada invadió sus fosas nasales. Llevaba tiempo sin estar cerca del mar y aspiró hondo para disfrutarlo. Jamás imaginó que llegaría a extrañar ese olor, pero cuando llevaba meses solo oliendo rosas por todos lados, cualquier otro aroma era bienvenido.
Emprendió su caminata y, mientras más avanzaba, menos personas veía.
La zona donde Cedric la citó estaba muy abandonada.
Desde que el nuevo puerto abrió, al otro lado de la ciudad, este fue decayendo.
El nuevo tenía mejor infraestructura y tecnología, así que los negocios y marineros poco a poco se mudaron hacia allá.
Cuando Dara regresó a Olsian para presentarse en la Academia Valrose, había desembarcado en el nuevo puerto.
Llevaba tiempo sin pisar los rumbos del viejo puerto, pero los conocía bien. Varios establecimientos de la zona fueron su techo en noches frías o de lluvia.
Mientras más se acercaba al mar, mejor escuchaba el sonido de las olas; pero no iba al muelle, iba al área de bodegas. Giró a la derecha y no tardó en ver todos los edificios con vidrios rotos, puertas de madera podridas y arte callejero en las paredes.
Pasó por una calle en la que las farolas parpadeaban y apresuró el paso. No le gustaba la sensación. Cuando dobló a la izquierda, se detuvo al ver una enorme frase pintada en un muro de ladrillo. Le llamó la atención porque, a su alrededor, había dibujos de rosas marchitas. El texto decía:
«No solo nos quitaron la habilidad de tener sueños,
también se llevaron nuestra capacidad de soñar».
En un inicio, Dara no entendió la diferencia, pero cuando lo hizo, el pecho le ardió.
Ella nunca había tenido sueños o ilusiones, solo venganza.
Así que no tenía idea de qué se sentía no poder cumplir un sueño.
Pero era cierto, ¿cuántas personas no tenían el derecho de ser lo que quisieran en la vida porque era la Academia Valrose quien decidía? ¿Cuántos sueños había arrebatado?
Apretó los puños y siguió con su camino. Faltaba poco para llegar al lugar.
Era la bodega número siete. No tenía una sola ventana y la puerta estaba cubierta por tablas de madera. Cedric le dijo que estaría abierta, así que Dara tomó una de las tablas y jaló. Se movió sin problema.
Entró al edificio y no tuvo una primera impresión, ya que estaba en completa oscuridad. No quiso avanzar.
—Llegaste —la voz de Cedric resonó en el lugar.
En ese momento, una decena de velas se encendió.
Algunas estaban en el piso y otras sobre una mesa de metal.
No iluminaban demasiado, pero sí lo suficiente para que Dara pudiera ver que, al fondo, se encontraba el bibliotecario, mas no estaba solo.
A su izquierda había una chica alta, bastante fornida, de cabellera rubia y larga, con una cicatriz en la barbilla.
A la derecha estaba un hombre que parecía estar en sus cincuenta; su pelo era del color de la pimienta y su tez morena.
—Dara, te presento a Navali y a Yaffa. Ellos, al igual que yo, pertenecen a la Brigada de los Sueños.
Dara alzó una ceja.
—¿Brigada de…? —hizo una pausa—. Es lo más cursi que he escuchado.
—Yo se los dije… —habló Navali, la chica rubia.
—¡Pero es lo que somos! —contestó Cedric.
Yaffa suspiró.
—Eso no es importante en este momento —dijo y miró a Dara. Sus ojos eran fríos mientras la analizaban de pies a cabeza—. Es un gusto al fin conocerte, Dara. Hemos oído mucho sobre ti. Cedric nos informó que tú robaste la carpeta de Gea von Max.
Dara asintió y caminó hacia ellos, sin quitarles los ojos de encima. Se preguntaba de qué parte de Liyia eran. Hablaban bien la lengua común, pero tenían un acento bastante marcado. ¿Tal vez de Arza?
—Sí, aquí la tengo —respondió.
—Créeme, si no la tuvieras, no estarías aquí —dijo Navali.
Cedric chasqueó la lengua.