El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) PRÍNCIPE DE CORAZONES
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PRÍNCIPE DE CORAZONES

Leone Eryndor sabía que no era el mejor momento para estar encerrado en el campus.

A decir verdad, nunca era un buen momento para estar encerrado en la Academia Valrose; por eso aprovechaba cada día libre para salir.

Y ahora su fin de semana estaba arruinado por un robo que, francamente, le tenía sin cuidado.

Ashe le había dicho que no sabía lo que contenían los documentos que se llevaron de la oficina de su madre, pero que la situación la tenía nerviosa y de mal humor.

Él también estaba de mal humor.

—¿Leo?

La voz de Danica lo devolvió a la realidad.

Se encontraba recostado en la cama de su dormitorio con Danica sobre él. Era una aprendiz de tercer año con la que tenía sexo casual cuando ambos estaban aburridos. Nada serio. Su rostro era precioso, con labios gruesos y pestañas largas. Su pelo era suave y caía como cascada por su espalda.

—¿Qué pasa? —preguntó Leone.

Danica alzó una ceja y lo tomó de las mejillas.

—Estás raro. Llevamos besándonos un buen rato y no has intentado nada más. Además, siento que yo estoy haciendo todo el trabajo —dijo en tono ligero—. Tú no eres así.

Era cierto. Él no era así. Cuando llevaba a alguien a la cama, se aseguraba de ser atento, asertivo y apasionado. Su prioridad siempre era satisfacer a la otra persona y, solo después de eso, buscaba su propia satisfacción.

¿Por qué esa noche se sentía tan fuera de sí?

Tenía a una hermosa chica en la cama y necesitaba salir del estado extraño y malhumorado en el que estaba.

Tomó a Danica de la nuca con delicadeza y la atrajo para volver a unir sus labios con los de ella.

Esta vez se aseguró de poner de su parte y ella suspiró con placer.

Danica le acarició el pecho desnudo y lo besó con más intensidad.

Era un buen beso.

Pero ¿por qué no le causaba ninguna sensación en el cuerpo? Sentía que debía continuarlo por obligación, no porque lo estuviera disfrutando o quisiera más. Leone cerró los ojos para intentar perderse en el beso, pero ese fue un grave error.

El recuerdo de los labios de Verian apareció en su cabeza.

Leone se sentó de golpe, con Danica todavía sobre él. Ella lucía confundida, pero pronto su expresión pasó a una de fastidio. Se levantó de la cama y comenzó a abotonarse su blusa.

—No sé qué te pasa, pero lo de hoy no está funcionando —dijo Danica sin voltear a verlo. Caminó hacia la puerta del dormitorio—. Nos vemos luego, Leo.

Danica salió del dormitorio y cerró la puerta tras de sí.

Leone dejó caer la cabeza hacia atrás y se pasó ambas manos por el rostro mientras soltaba un suspiro cargado de frustración.

¿Qué mierda le estaba pasando? Nunca en la vida había tenido problemas para disfrutar de un beso o de una persona hermosa.

Y ahora estaba atrapado en el campus, malhumorado y solo.

—Maldición, Verian —susurró.

¿Por qué Verian lo había besado? Leone había tratado de olvidar lo que pasó, pero le era imposible. Atribuía el impulso de Verian a todo el vino que había bebido, pero él no tenía justificación. ¿Por qué le había correspondido de esa forma?

Lo que más lo asustaba era que no podía deshacerse de la sensación de los labios de Verian, de las manos de Verian, del cuerpo de Verian.

De Verian. Ese beso había sido, simultáneamente, el mejor y el peor de toda su existencia.

La cantidad de cosas que había despertado en su interior era preocupante.

Jamás había experimentado que su corazón reaccionara a alguien como si fuera todo lo que siempre había querido.

Era la primera vez que un beso provocaba que el pulso le vibrara en los oídos, en el pecho, en las manos. Todo su cuerpo reaccionó a Verian.

Y eso no podía ser.

Verian era el hermano menor de Livier. Era uno de sus mejores amigos. Una de las personas que más amaba en el mundo. Siempre lo había visto como un amigo.

Hasta ese beso.

—No, imposible.

Pero no era imposible, porque lo que más quería era continuar con lo que se quedó inconcluso esa noche. Quería volver a sentir los labios de Verian contra los suyos y dejarse llevar por esa ola de sensaciones que no conocía.

No. Podía. Ser.

Leone no sabía siquiera si Verian lo habría besado de haber estado sobrio, pero independientemente de eso, él no podía tratar a Verian como a cualquier otra persona. Verian jamás podría ser un encuentro casual para él, y esa era la única forma en la que Leone sabía relacionarse.

No estaba hecho para una relación, ni para comprometerse con alguien. Le gustaba probar nuevas experiencias con distintas personas. Jamás había sentido la necesidad de estar solamente con una. No creía ser capaz de sentirla.

Así que, por el bien de todos, iba a sacarse a Verian de la cabeza.

El día siguiente amaneció de peor humor. Odiaba sentirse así porque era nuevo para él. Su naturaleza era relajada, le gustaba reírse de nada y de todo. Y cuando llegaba a enojarse, porque aceptaba que podía ser explosivo, lo dejaba ir rápido.

¿Por qué no era capaz de dejar ir ese horrendo humor que se cargaba desde la noche del baile?

Sabía la respuesta, pero no pensaba enfrentarla.

Se dirigió a los casilleros del recibidor del edificio de dormitorios de tercer año para revisar si tenía correspondencia. Solo los aprendices de segundo y tercer año tenían derecho a enviar y recibir cartas, a menos que fuera una emergencia.

Llevaba tiempo esperando respuesta de su madre, no porque hubiera alguna urgencia, sino porque la última vez que la vio había sido hacía seis meses.

No tenía idea de dónde estaba y le había enviado cartas a todas sus residencias alrededor de Liyia.

Como no le gustaba la sensación de vacío que experimentaba cada vez que abría su casillero y no había nada, solo revisaba su correspondencia una vez cada dos semanas.

Pero esa mañana, había una carta. Leone la tomó, abrió el sobre y leyó:

Hijo:

Disculpa que no te haya escrito. No me di cuenta de cuánto tiempo había pasado, pero estoy bien. En este momento me encuentro en Finvelle en la casa de la playa, aunque tal vez deba irme pronto, porque los cazaelementos pronostican que se avecina un huracán.

¿Tú cómo estás? No puedo creer que ya casi te gradúas.

Estoy muy orgullosa de ti. Estoy segura de que, pese a que no te lo diga, tu padre también lo está.

Ya sabes que el muy inútil es de pocas palabras.

En fin, ¿lo has visto últimamente? Si es así, no le digas que pregunté por él. Su ego no lo necesita.

No sé cuándo voy a volver, pero no te preocupes por mí.

Adiós.

R.

Leone suspiró y arrugó el papel entre sus manos. Por lo menos se había dignado a contestarle. Cuando estuviera de mejor humor le escribiría de vuelta. Sabía que no había prisa. No con sus padres. Llevaba seis meses sin ver a su mamá, pero no sabía nada de su padre desde hace casi diez.

Y no lo extrañaba. A ella tampoco, en realidad.

Los Eryndor fingían ser un matrimonio feliz, pero la verdad era que se casaron por conveniencia y nunca se quisieron.

Su padre era adicto al trabajo y a las mujeres, tenía un montón de amantes y prefería quedarse en su departamento en el centro de Olsian.

Por otro lado, su madre había sido obligada a casarse muy joven, por lo que ahora se la pasaba viajando.

La propiedad de los Eryndor en el Sector Capital siempre estaba sola. Parecía más la residencia de los empleados que de la propia familia. Solo Leone la usaba los fines de semana.

Tiró la carta en el basurero del recibidor y salió del edificio. Tenía ganas de ver a sus amigos, así que se dirigió a la catedral.

Cuando llegó, fue directo a la habitación de Livier, pero al abrir la puerta no lo vio. En su lugar estaban Verian y Ashe, sentados en la pequeña sala a un lado del librero. Era normal que estuvieran ahí. Solía ser su punto de reunión habitual.

—Buenos días, Leo —saludó Ashe, con una sonrisa cansada.

—¿Dónde está Livier? —preguntó mientras caminaba hacia ellos.

—No lo sé. Verian dijo que no lo vio llegar anoche —contestó Ashe y luego miró a Verian—, ¿no es así?

Verian fingía estar concentrado en quitarse una pelusa del suéter color crema que llevaba puesto.

—No me fijé bien, pero no lo he visto —contestó sin alzar el rostro.

Leone tomó asiento a un lado de Ashe.

—Supongo que no pudo dormir —asumió Leone.

—Sí, lo normal —contestó Verian y, al fin, levantó la cara.

El efecto que tuvo en Leone fue inesperado.

Por unos segundos se le fue el aire y tuvo que sacudirse internamente para recuperarlo.

Verian lucía agotado; su pelo casi blanco estaba en completo desorden, como si se hubiera levantado de la cama sin peinarse.

¿Por qué eso le parecía atractivo? Unas extrañas ganas de pasar ambas manos por el pelo de Verian se apoderaron de Leone.

Bajó la mirada por unos instantes y luego se dirigió a Ashe:

—¿Y tú cómo estás? Ayer te veías muy estresado.

Ashe dejó caer la cabeza hacia el respaldo del sillón y suspiró.

—Creo que ese será mi estado hasta que mi mamá recupere lo que le robaron —dijo—. Está muy mal. Y creo que la archimaga está furiosa con ella. Sigue sin decirme qué documentos se llevaron, pero jamás la había visto así de consternada.

—No vayas a dejar que se desquite contigo —contestó Leone—. Tu madre puede ser un poco… intensa.

Verian soltó una risotada sardónica.

—Esa palabra se queda corta.

—Ella es así porque siempre aspira a la excelencia. No se desquita conmigo, solo busca que yo también sea sobresaliente —dijo Ashe. Parecía que se quería convencer a sí mismo tanto como a ellos—. Quisiera poder hacer algo para recuperar la carpeta…

Leone chasqueó la lengua.

—No es tu responsabilidad. No te preocupes tanto, seguro la encontrarán.

—Y si no la encuentran, espero que a la abuela le dé un aneurisma —dijo Verian.

—No digas esas cosas —exclamó Ashe con las cejas arrugadas.

Verian se encogió de hombros.

—Sea quien sea que haya robado esos documentos, tiene todo mi respeto —dijo con un brillo distinto en los ojos—. Nadie se atreve a meterse con la archimaga, así que esto es refrescante. Lo único que me fastidia es que nos tengan aquí como prisioneros.

—Pienso lo mismo —comentó Leone.

Verian lo ignoró y se dirigió solo a Ashe.

—Oye, ¿no tenías que reportarte con el resto del consejo para mantener en orden las entrevistas de hoy? Te acompaño.

Ashe volvió a suspirar. Claramente no quería hacerlo, pero se puso de pie.

—Sí, es mejor si me presento temprano —dijo y, con ambas manos, se alisó la ropa que llevaba puesta—. Sé que probablemente sea lo que menos tengas ganas de hacer, pero también puedes acompañarnos, Leo.

Ashe, siempre cortés.

—De hecho, Leone va a esperar a Livier —contestó Verian.

Leone frunció el ceño.

—De hecho, quiero hablar contigo, Verian —dijo sin pensarlo. Se levantó y le dedicó una sonrisa a Ashe—. Te buscamos en un rato, Ashe.

Ashe los miró sin decir nada. Primero a Leone y luego a Verian. Después, simplemente asintió y se despidió de ambos. Apenas estaba saliendo de la habitación, cuando Verian también comenzó a caminar hacia la puerta.

Leone se puso de pie y de largas zancadas se plantó frente a la salida.

—¿Puedes quitarte? Me estorbas —dijo Verian.

—¿Y tú puedes decirme qué te pasa? —exclamó Leone.

No le gustaba la actitud de Verian y no quería que lo que sucedió la noche del baile afectara su amistad.

Pero Verian negó con la cabeza, exasperado, y le dedicó una de sus sonrisas más crueles.

—No lo sé, Leone. No tengo ganas de verte y ya.

Eso pegó más fuerte de lo esperado. Leone sabía que Verian estaba actuando así para protegerse a sí mismo de una posible humillación.

Lo conocía bien. Pero él jamás le haría eso.

Y haber escuchado a Verian decir de forma tan tajante que no quería verlo le hizo sentir una urgencia palpable por arreglarlo todo.

—Si es por lo que pasó en el baile…

—No vamos a hablar de eso —lo cortó Verian.

—¡Debemos de hablarlo! —exclamó Leone—. Hay que hablarlo como los adultos que somos y después de eso nos podemos olvidar de que ocurrió.

Verian dio un paso brusco hacia atrás, como animal lastimado. La sonrisa desapareció de su rostro pálido. Por un momento, Leone creyó ver algo romperse en esos ojos rojos, pero Verian se recuperó rápido y fue como si se hiciera de piedra.

—No te preocupes por eso. Estaba muy ebrio y casi no recuerdo nada, así que voy un paso adelante —contestó. Se había cruzado de brazos, pero parecía que se estaba abrazando a sí mismo, sosteniéndose para no caer.

Leone quería acercarse, pero se quedó en donde estaba.

—De todos modos, quiero disculparme. Jamás me aprovecharía de ti y esa noche me dejé llevar. No sé qué me pasó.

—Sí, me queda claro que estás muy arrepentido. —El tono de Verian era filoso.

Era extraño estar del lado puntiagudo de las palabras de Verian. No le gustaba.

—Verian…

—Hazte a un lado y déjame salir, Leone —dijo Verian como una orden, como una súplica.

—Solo quiero que estemos bien. Lo que pasó no tiene que cambiar nada.

Verian alzó el rostro hacia el techo y respiró hondo. Cuando volvió la vista hacia Leone, sus ojos lucían vacíos. Sin emoción alguna.

—Está bien. Nada va a cambiar —dijo Verian. Se quitó las gafas, las limpió con su suéter y luego se las puso—. Ahora sí, tengo que irme.

Leone ya no opuso resistencia. Se hizo a un lado para dejarlo pasar. Verian se fue sin volverlo a mirar. Lo dejó solo en la habitación.

¿Qué acababa de pasar?

Desde que eran niños, Leone se jactaba de conocer a los hermanos Monrae como a la palma de su mano.

Esos dos eran su todo y lo sabía todo sobre ellos.

Sabía el color favorito de Verian: azul.

Su postre favorito: el pudín de chocolate.

Su criatura mágica favorita: el tigryo. Sabía a lo que le tenía miedo, sus inquietudes, sus secretos.

Incluso sabía cuáles eran todas sus sonrisas.

Pero ahora se daba cuenta de que no lo sabía todo.

Era evidente que lo había lastimado y no sabía por qué. Tampoco tenía idea de por qué él también se sentía lastimado. Era como si le hubieran abierto el pecho para dejar su corazón expuesto. Palpitaba al aire una y otra vez. Cada latido quemaba.

—Maldición, Verian.