LA LADRONA #2
Ahora los observaban a ambos en total estado de incredulidad, con los ojos bien abiertos y las bocas formando vocales silenciosas.
Jabel seguía intentando hablar. No, parecía que intentaba respirar. Se estaba poniendo morado. Livier se percató de ello y lo liberó de su magia. Jabel cayó al suelo de rodillas y comenzó a toser con fuerza.
—¿Nos vamos? —le preguntó Livier a Dara.
—Sí, sácame de aquí —respondió.
Livier le ofreció la mano y Dara, sin pensarlo, la tomó.
Los aprendices se hicieron a un lado, abriéndoles paso, y Dara no bajó la cabeza mientras continuaba recibiendo las miradas de todos. La mano de Livier se sentía como una armadura alrededor de la suya y se aferró a eso.
No salieron del campus; había decenas de reguladores estacionados en la entrada y no era momento de causar una escena.
Livier la guio, nuevamente, hacia la parte trasera de la catedral.
Subieron los cuatrocientos veinticuatro escalones y llegaron a la azotea.
Dara tardó un poco en recuperar el aire y Livier no se movió de su lado.
Él no lucía agitado, parecía acostumbrado a subir esa cantidad de escalones. Tal vez los subía a diario.
—Tenía que darte esto —dijo Livier.
Soltó a Dara para meter la mano al bolsillo de su gabardina. De ahí sacó el relicario que había perdido la noche anterior.
El alivio invadió el cuerpo de Dara. Tomó la joya entre sus manos y, al sentir su peso liviano, dejó salir un suspiro cargado de palabras sin decir. Acercó el relicario a su pecho y lo dejó ahí un par de segundos.
—Gracias —dijo Dara en voz baja.
Se abrochó la cadena del relicario y lo escondió bajo el suéter que llevaba ese día. De inmediato volvió a sentirse como ella misma.
—Pensé en dártelo desde que te fuiste, pero sabía que no querías verme —explicó Livier.
Dara asintió.
—Estaba muy molesta —dijo y luego se corrigió—. Sigo molesta. Un poco.
—No esperaba menos.
Dara alzó la vista al cielo y cerró los ojos. En la azotea se sentía como si no estuvieran en la Academia Valrose. El viento soplaba como nube que pasea sobre las montañas. Le llenaba los pulmones.
—Anoche tuve un sueño —susurró Dara.
Livier asintió con cautela.
—Es la primera vez que sueñas, ¿verdad?
—Sí. Fue extraño. Cuando desperté, no tenía idea de qué había pasado —dijo Dara y, después de una pausa, abrió los ojos—. Cuando entendí que tuve un sueño, entré en pánico.
—¿Fue un mal sueño? —preguntó Livier.
—No. Había una ciudad llena de estrellas. —La voz de Dara se apagó al recordar ese paisaje del mundo onírico—. Y escuchaba una voz.
Livier arrugó las cejas.
—¿Reconociste la voz?
—No —dijo Dara—. Pero al final la vi. A mi mamá. O por lo menos, eso creo.
—Es normal ver en los sueños a las personas que queremos. Vivos o muertos —dijo Livier—. Estoy seguro de que la verías seguido en tus sueños.
Dara se preguntó si eso la haría feliz o la hundiría más en la tristeza de extrañarla cada día de su vida. Recordó a su padre. Él agradecía ser incapaz de soñar porque sabía que, si lo hacía, la vería cada noche y no podría soportarlo.
—Sea como sea, no quiero soñar.
—Es tu elección. Tienes la ventaja de que puedes decidir —dijo Livier.
Era cierto. En un mundo donde los seres humanos no tenían la capacidad de soñar, ella sí la tenía. Y, gracias a su madre, podía elegir no hacerlo. Ahora más que nunca entendía que le había regalado el poder más grande de todos: la libertad de decidir.
Y ya lo había hecho. No iba a soñar.
Miró a Livier; no quería permanecer molesta con él, pero tampoco podía ignorar los hechos. Mucho menos ahora que sabía lo que la academia hacía a espaldas de todo Liyia. Esa madrugada, en su dormitorio, había hojeado la carpeta negra hasta encontrar el informe con la fotografía de su madre.
Aidara Langley: EXTERMINADA
Leyó esa palabra una y otra y otra vez hasta que la visión se le nubló de tanta impotencia. La fotografía era de su madre cuando era muy joven y usaba su nombre de soltera. Cuando se casó, tomó el apellido de Camus Rennai, pero la información no estaba actualizada.
En todos los meses que llevaba en la Academia Valrose, era la primera vez que sentía que había hecho un descubrimiento que podría cambiarlo todo. Había más rompealmas en Liyia. Los Monrae no eran los únicos. Mataban para serlo.
¿Livier sabía de esto?
—¿No me vas a preguntar qué estuve haciendo anoche? —Dara cuestionó.
—Estuvimos juntos en mi jardín —dijo Livier.
—Pero me fui.
Livier soltó un suspiro pesado y se pasó una mano por el pelo, que ese día llevaba amarrado en su usual medio recogido.
—Si te lo pregunto, ¿me dirás la verdad?
—No lo sé —respondió Dara con honestidad—. Quisiera, pero eres el nieto de la archimaga. Dices que sabes de lo que es capaz y no haces nada al respecto.
Livier le dio la espalda y se alejó unos cuantos pasos. Parecía exasperado.
—Dara, todo esto es más peligroso de lo que crees. —Su voz sonaba estrangulada—. Te lo ruego, no te metas en los asuntos de la archimaga, no va a terminar bien.
—Ya es tarde para eso —contestó Dara.
Livier se giró y Dara pudo ver que había perdido esa calma inquebrantable que siempre lo acompañaba. Sus hombros estaban caídos y sus facciones llenas de aflicción. La miraba como si quisiera alcanzarla, pero no era capaz.
—Nos vemos después, Livier.
Ahora fue ella quien le dio la espalda. Caminó hacia las escaleras para bajar de la azotea. Estaba harta de hablarle entre secretos y medias tintas, pero no podía abrirse por completo con él. No si él tampoco lo hacía. Dara era experta en ocultar cosas, pero Livier estaba a otro nivel.
Algo le decía que Livier sabía sobre los exterminios de los rompealmas. Y le dolía que, por no atreverse a enfrentar a la archimaga, no hiciera nada al respecto.
Ese no se parecía al hombre por el que había empezado a sentir algo.
Sin embargo, lo era.