LA LADRONA
Cuando Dara abrió los ojos esa noche, estaba bañada en sudor.
Su corazón latía con fuerza contra su caja torácica. ¿Qué acababa de pasar? ¿Dónde estaba? Sin levantarse, analizó sus alrededores y se dio cuenta de que se encontraba en su dormitorio en la Academia Valrose. Penélope estaba acurrucada a su lado.
Pero no era posible, segundos antes había estado en otro lugar.
Todo estaba revuelto en su cabeza, pero lo recordaba como una especie de ciudad blanca en el cielo.
Olía a rosas, mas no había rastro de ellas por ningún lado.
A pesar de que parecía ser de día, había estrellas que no eran estrellas.
Dara podía tocarlas y hacerlas explotar entre las manos como polvo brillante.
Una estrella que no era estrella la llevó a la cima del cielo, donde había una nube repleta de rosas rojas.
La nube se expandía por todo el firmamento y cada vez que Dara daba un paso, pétalos de rosa saltaban a su alrededor.
Mientras más caminaba hacia una luz brillante, el aroma a rosas se volvía más intenso.
Incluso más que en la Academia Valrose. Era sobrecogedor, pero ahí, en las nubes, no le parecía intoxicante.
Ven.
Una voz la llamaba desde aquella luz.
Ven acá.
Dara caminaba y caminaba, pero no lograba acercarse lo suficiente.
Entonces se manifestó delante de ella, como una aparición, una mujer en vestido blanco, y comenzó a correr en sentido contrario a la luz.
Dara se quedó paralizada entre las rosas.
Conocía a esa mujer. Veía su pelo largo y castaño revolotear con cada movimiento.
Escuchaba su risa. Esa risa era uno de sus recuerdos más felices.
—¿Mamá?
Fue lo último que dijo antes de aparecer en la cama de su dormitorio de la academia.
En ese momento lo entendió. Se sentó de golpe con el estómago hecho un nudo y la respiración agitada.
Penélope maulló en protesta, pero Dara no la escuchó.
Se llevó ambas manos al pecho y ahogó un grito cuando se percató de que no llevaba su relicario.
Saltó de la cama y empezó a remover todo: sábanas, mantas, almohadas. No estaba.
Livier.
Se lo había quitado en el jardín secreto de Livier y no se lo volvió a poner. ¿Cómo pudo olvidarlo? Estaba comenzando a hiperventilar. Jamás había estado separada de ese relicario. Sin él estaba desprotegida. Sin él…
Podía soñar.
Acababa de soñar.
—¿Dara? —La voz de Catriona sonó adormilada—. ¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes, descansa —contestó de forma apresurada.
—¿Segura?
—Penélope me despertó, creo que tiene hambre. Le daré un poco de pienso.
La nebelum maulló.
—Bueno, no se desvelen mucho —dijo Catriona.
Dara se sentó en la cama y se cubrió la cara con las manos, mientras en su mente todo era un caos.
Tenía que recuperar su relicario, pero no era prudente ir a la catedral esa noche.
Acababa de robar algo importante y tenía que mantener un perfil bajo.
Además, ni siquiera sabía si su relicario se había quedado tirado en el jardín o si Livier lo había resguardado.
Tendría que esperar al amanecer para recuperarlo.
Le sirvió pienso a Penélope de forma mecánica, porque sabía que no la dejaría en paz si no cumplía con lo que acababa de decir. Después de eso, volvió a la cama. Decidió que lo mejor que podía hacer era recostarse, pero ni siquiera intentó dormir.
No quería soñar.
Esa mañana, tan pronto Dara puso un pie fuera del edificio de los dormitorios de primer año, supo que algo no andaba bien. Es decir, ella no estaba bien; no tenía su relicario y acababa de tener un sueño. Pero no era solamente eso, el aire en el campus se sentía distinto.
—¿Por qué todos se ven alterados? —murmuró Catriona.
Los aprendices susurraban entre ellos y se dirigían a un mismo lugar. Dara vio a Ashe unos pasos más adelante; le daba direcciones a un par de chicas. Él lucía pálido y su uniforme no se veía tan prolijo como siempre. Eso sí que era raro.
—Ashe, ¿qué sucede? —preguntó Dara cuando llegó frente a él.
La mandíbula de Ashe se tensó. Dara pudo notar ojeras pronunciadas bajo sus ojos. ¿Él tampoco había podido dormir?
—No se me permite hablar de los detalles, pero anoche hubo un robo —contestó Ashe y luego suspiró—. Me pidieron que dirigiera a todos los aprendices a la explanada del Castillo Mayor.
Dara trató de no reaccionar, mientras que, a su lado, Catriona aspiró con sorpresa.
Sabía que se iba a descubrir el robo, pero no tenía idea de habría de suceder tan pronto.
Ni siquiera era su prioridad en ese momento.
Quería encontrar a Livier para pedirle su relicario, pero ahora eso tendría que esperar.
Se dirigieron a la explanada, donde ya se aglomeraban un montón de aprendices. Miembros del consejo ordenaban a todos en filas y les pedían que guardaran silencio. Dara y Catriona fueron hacia donde estaba Verian y se acomodaron tras él.
Verian lucía más dormido que despierto. No estaba peinado y sus ojos tenían un aire cansado. ¿Qué nadie había descansado la noche anterior?
—¿Sabes qué fue lo que robaron, Verian? —preguntó Catriona.
Él bostezó y luego se encogió de hombros.
—Ni idea, pero debe ser algo importante. La abuela salió muy apurada esta mañana.
—¡Orden! —La voz de la subdirectora Agatha los hizo callar de inmediato.
Los aprendices se irguieron y la miraron. La subdirectora se había situado en la cima de las escaleras que daban a la entrada del castillo. Junto a ella estaba, por supuesto, Gea von Max. Tenía los brazos cruzados y una expresión en el rostro que podría matar.
—Los hemos reunido aquí porque anoche ocurrió un grave delito en las instalaciones de la academia —dijo Agatha Monrae—. Mientras se celebraba el Baile de las Quinientas Rosas, alguien entró a la oficina de Gea von Max y robó unos documentos muy importantes.
Los murmullos entre los aprendices no se hicieron esperar.
—Silencio —exclamó la subdirectora. Sonaba molesta.
Dara nunca la había escuchado hablar en ese tono—.
Sabemos que nuestros aprendices son honrados y jamás cometerían actos tan bajos, pero por protocolo necesitamos entrevistar a todo el campus: aprendices, profesores, trabajadores, cocineros, doctores y demás.
Esto nos servirá para descartar un robo interno antes de destinar nuestros esfuerzos de búsqueda al exterior.
Dara cambió su peso de un pie al otro. Necesitaba sacar esa carpeta negra de su dormitorio lo más pronto posible, sin que nadie la viera.
Una parte de ella seguía pensando en usarla para vengarse en lugar de dársela a Cedric, pero actuar de manera impulsiva nunca le salía tan bien.
Antes quería saber qué pensaba hacer el bibliotecario con la información.
—Durante los siguientes tres días se estarán llevando a cabo las entrevistas individuales en privado.
Les advierto que mentir u omitir información les acarreará consecuencias muy duras.
Los estaremos llamando de uno en uno a mi oficina —anunció Agatha—.
Una última cosa. Nadie puede abandonar campus hasta que termine este proceso.
Eso hizo que todos soltaran diversos sonidos de indignación. Era fin de semana y, normalmente, los aprendices aprovechaban para salir a pasear por Olsian.
La directora y Gea von Max se retiraron hacia el castillo y dejaron a la multitud de aprendices en la explanada. Tan pronto desaparecieron del campo de visión general, el barullo explotó.
—¿Qué habrán robado? —exclamó una aprendiz.
—Es la primera vez que pasa algo así en mis tres años aquí —dijo un chico de tercer grado.
Todos discutían entre sus grupos de amigos y soltaban sus teorías. Algunos lucían emocionados por lo inusual de la situación y otros parecían consternados. ¿Cómo era posible que tuvieran un ladrón entre los muros de la Academia Valrose?
—A mí no me engañan, ¡fuiste tú, callejera! —soltó Jabel Zastal en voz exageradamente alta, para que todos escucharan.
Dara puso los ojos en blanco.
—Qué original, Jabel —contestó.
—Puedes intentar hacerte la desentendida, pero he investigado, sé que vivías de robar en las calles. Bien dicen que los viejos hábitos son difíciles de quitar —dijo Jabel.
¿Ese imbécil nunca iba a dejarla en paz? ¿Ahora hasta la había investigado? Eso no le gustaba a Dara. No le gustaba porque toda su vida era una secuencia de secretos de los que nadie podía enterarse.
—Creo que tu obsesión ha llegado muy lejos. ¿No te da vergüenza? —preguntó Verian con las cejas arrugadas.
Jabel negó con la cabeza y alzó más la voz.
—¡Solo quiero mantener la buena reputación de la Academia Valrose! —gritó y extendió ambos brazos—. Eso no será posible si tenemos ladronas entre nosotros.
El resto de los aprendices se había callado y ahora observaban la escena. Muchos estaban confundidos, pero la mayoría miraba a Dara como si fuera la peste.
Dara sentía el pulso en los oídos. Quería golpear en la horrenda cara a Jabel Zastal. Quería gritarles a todos que el haber nacido en cuna de oro no los hacía mejores personas. ¿O tal vez sí? Después de todo, ella sí había robado la carpeta.
—Basta, Jabel —dijo Catriona.
—No. Estoy harto de que siempre se salga con la suya —exclamó Jabel y apuntó a Dara—. Pero esta vez hay testigos. Mi grupo de amigos y yo te vimos salir del baile muy temprano anoche. A dónde fuiste, ¿eh?
—¿Qué te importa? —respondió Dara.
Los susurros de los aprendices indicaban que esa no había sido la mejor respuesta.
—¡Lo ven! Ni siquiera es capaz de decirnos adónde se fue. Mucho menos nos va a decir qué estuvo haciendo —dijo Jabel en tono triunfal—. ¡Eso prueba que…!
Las palabras de Jabel se atoraron en su garganta, y se llevó las manos al cuello, con los ojos desorbitados. Intentaba hablar, pero algo se lo impedía.
Livier Monrae caminaba a paso lento hacia ellos. Tenía ambas manos en los bolsillos de su gabardina negra y en sus ojos había fuego contenido. Se detuvo hasta que llegó al lado de Dara.
La declaración de Livier fue alta y clara.
—Estuvo conmigo.
Se hizo el silencio.
Las caras de sorpresa absoluta de los aprendices eran el reflejo del rostro de Dara en ese momento.
Miró a Livier sin poder creer lo que acababa de hacer y luego volvió a ver a la multitud.