PROHIBIDO NO SOÑAR #2
Gracias a las estrellas, todavía no se veía ni una sola alma en la academia, y si sus cálculos no le fallaban, tenía aproximadamente una hora para lograr su cometido.
Cerca del Castillo Mayor activó el sigilo de invisibilidad que llevaba consigo y no se detuvo para repasar su jugada.
Se había preparado todo el mes y no pensaba fallar.
Ella podía verse a sí misma, pero, si el sigilo había funcionado, debería de ser invisible para los demás.
Cruzó las puertas dobles del edificio sin problema, ya que el lugar no cerraba por las noches, y se dirigió al piso donde se encontraba la oficina de la mano derecha de la archimaga.
Al llegar, no se sorprendió al ver a dos reguladores resguardando la puerta cerrada. Lucían aburridos, pero mantenían la postura erguida y alerta. La placa dorada con la insignia de la Academia Valrose brillaba sobre sus uniformes color vino.
Dara caminó de puntas hacia ellos para que sus pasos no hicieran ruido y se detuvo a tan solo un metro de distancia.
Alzó ambas manos y las agitó. Ellos no reaccionaron.
Un disparo de adrenalina la invadió al confirmarse invisible.
El profanador forzacuerpos que infusionó el sigilo debía ser sumamente talentoso.
Con magia de voluntad alzó los dos papeles que tenían el sigilo somnífero y los lanzó directo a los cuellos de los reguladores. El efecto no fue instantáneo, pero sí veloz.
—Creo que no dormí bien anoche —dijo uno de los reguladores y luego bostezó.
El otro tampoco pudo reprimir su bostezo.
—Hay que aguantar, nos quedan tres horas de turno.
No aguantaron. A los dos minutos, ambos se habían recargado en la pared y, poco a poco, se dejaron caer al suelo, profundamente dormidos. Uno de ellos incluso roncaba.
Dara seguía muy molesta con ella misma, con Livier y con todo, así que no festejó su pequeño triunfo.
Se acercó a la puerta y analizó el candado en busca de sigilos.
Tenía uno de nivel avanzado grabado en la parte trasera, pero Dara llevaba todos esos meses estudiando sigilos para abrir cualquier cerradura, así que venía preparada.
Trazó el sigilo indicado y el candado se abrió sin oponer resistencia.
—¡Bien! —susurró.
Tomó aire y giró la perilla para entrar a la oficina de Gea von Max.
El espacio estaba oscuro y era un tanto lúgubre.
Tenía ventanas abovedadas con cortinas de terciopelo rojo que dejaban pasar la luz de los faroles del exterior y creaban sombras por todos lados.
Las paredes estaban rodeadas de libreros de madera vieja y al centro se encontraba un escritorio enorme con una silla ancha y dos más pequeñas al frente.
No olía a rosas, sino a restos de perfume: una combinación de cítricos bastante fuerte.
Lo que más le llamó la atención fue la chimenea apagada a su izquierda.
No porque fuera ostentosa, sino porque sobre ella había un enorme retrato en blanco y negro de la archimaga.
Corrección, toda la pintura era en blanco y negro, con excepción de sus ojos y su anillo, que brillaban como la sangre. Era inquietante.
Entró y no perdió el tiempo. Fue hacia el escritorio y notó que todo estaba acomodado de forma simétrica y a la perfección. En la superficie no había nada fuera de lugar. No pudo evitar pensar en Ashe. Su madre y él eran iguales. Pero solo en eso.
Dara decidió dejar de lado ese detalle y se agachó para revisar los cajones.
Los dos superiores no tenían cerradura, solo el de abajo.
Lo abrió con un sigilo y examinó todo lo que había dentro.
Eran varios documentos de la academia que leyó sin prestar mucha atención, en busca de algo importante.
Nada. También había un cuaderno que resultó ser una agenda con los compromisos de la archimaga anotados.
El Baile de las Quinientas Rosas
Asamblea con el presidente de Olsian
Llamada con Maxine Rumas
Visita a las Consagradas
Importante: sesión con el Grupo de Investigación de Desastres Naturales
Reunión SAR
¿Reunión SAR? ¿Qué significaban esas siglas? Dara revisó hojas caducas de la agenda y notó que se repetían de forma irregular, pero no había información extra. Se puso como pendiente buscar qué significaba SAR en la biblioteca los próximos días.
Ya no había nada más en el cajón.
Revisó los cajones que no tenían llave y no encontró la carpeta. La urgencia se sentía como una piedra en su estómago. No podía tardar mucho más porque ni siquiera sabía cuánto duraban los sigilos que compró. Además, todos podrían regresar al campus en cualquier momento.
Se levantó y observó sus alrededores. Había cientos de libros en las estanterías, ¿alguno de ellos tal vez era la carpeta? O tal vez tras ellos se encontraba algún compartimento. Empezó a mover los libros con magia de voluntad para ver si hallaba algo sospechoso. Pero nada.
—¿Dónde está? —murmuró.
Sus ojos se toparon con los rojos del retrato de Elgaria Monrae.
No pudo resistirse.
—Espero en lo más profundo de mi ser que algún día pagues por todo —le dijo a la mujer de la pintura como si estuviera recitando una plegaria—. Espero que nunca recibas un mensaje de Enia. Y espero que Livier y Verian puedan liberarse de ti.
El retrato de la archimaga no respondió.
Dara resopló y estuvo a punto de darse la vuelta para seguir en su búsqueda, pero algo la hizo detenerse. ¿El cuadro estaba ligeramente inclinado? Dio pasos largos hacia la chimenea y alzó ambas manos para calar su peso. Era extraño, el marco lucía grande y macizo, pero era bastante ligero.
Lo retiró de la pared e inhaló con fuerza al ver lo que había detrás.
Una pequeña compuerta con una cerradura dorada. No tenía ningún sigilo, era de llave. En la oficina no había ni una sola llave, pero para Dara, que se consideraba una profesional abriendo cualquier candado con sus habilidades aprendidas en las calles, eso no representaba problema alguno.
Se quitó un prendedor del pelo y lo insertó.
Era una de las cerraduras más complicadas a las que se había enfrentado; tenía un mecanismo bastante inusual y Dara tuvo que probar distintas posiciones y cambiar ligeramente el ángulo más de una vez para descifrarlo.
Después de unos minutos, escuchó el sonido de la victoria y abrió la compuerta.
Ahí estaba la carpeta negra.
Con sumo cuidado la tomó y sintió como si hubiera ganado un premio.
Ni siquiera la sopesó; la abrió para ver qué contenía y sus piernas flaquearon cuando leyó el título de la primera página de un encuadernado cosido a mano.
LOCALIZACIÓN Y ESTATUS DE ROMPEALMAS ILEGALES
Dara pasó la página con rapidez y se topó con una especie de introducción que leyó a pedazos porque tenía que seguir avanzando.
Frases como: deben ser rastreados… el equipo de exploración cubre el territorio total de Liyia…
se consideró enviarlos fuera de la barrera de Dimas…
son extremadamente peligrosos… el linaje de Valrose Monrae debe prevalecer como el único…
deben ser exterminados… para mantener el control.
Los nudillos de Dara estaban blancos de tanto apretar la carpeta. Pasó la hoja con la mano temblorosa y fue cuando vio los informes. Cada hoja tenía el nombre, la edad, la localización y la información general de otros rompealmas.
Sobre la mayoría de los informes, un enorme sello rojo los marcaba como EXTERMINADO.
Dara comenzó a pasar las hojas con más rapidez porque sabía con certeza que ahí encontraría a su madre. Pasó la página y otra y otra y otra. ¿Dónde estaba su mamá? ¿Cuántos rompealmas había en Liyia? ¿Cuántos rompealmas habían asesinado?
—¿Qué pasó? —La voz soñolienta de un hombre se escuchó tras la puerta de la oficina.
—Creo que nos quedamos dormidos —respondió otra voz.
Maldición. Los reguladores.
Dara cerró la carpeta y se apresuró a colocar el retrato de Elgaria Monrae en su sitio sobre la chimenea.
Miró a su alrededor para cerciorarse de no haber dejado nada fuera de lugar, aunque su mente no era capaz de mucho en esos momentos.
Abrazó la carpeta como si su vida dependiera de ello, corrió hacia la ventana tras el escritorio, la abrió y se alzó en el borde para saltar con magia de voluntad.
La falda de su vestido revoloteó con el viento mientras bajaba ante la luz de la luna.
Cuando aterrizó, no perdió el tiempo y siguió corriendo. Primero pensó en irse. En irse de la Academia Valrose porque de pronto se sentía como un matadero. Pero no podía, no cuando tenía en sus manos la prueba más contundente de que eran unos asesinos. Esto lo cambiaba todo.
Ella siempre pensó que el asesinato de su madre había sido un caso aislado. Así como siempre pensó que el que su mamá fuera una rompealmas también era un incidente único. Después de todo, solo la descendencia de Valrose Monrae era rompealmas. Su madre era un error, así como Dara.
Pero no lo eran. Había más rompealmas. Y la Academia Valrose los estaba matando.
De no ser por su madre, que inhibió sus sueños, Dara estaría muerta. De no ser por Mirsa, quien la enseñó a ocultar su magia, Dara estaría muerta.
Además de Livier, el único ser viviente que sabía que Dara era una rompealmas era Mirsa. El adnae activo de Dara despertó cuando vivía en Irella, y fue Mirsa quien le dijo que nadie podía enterarse de su naturaleza porque en Liyia solo los Monrae podían ser rompealmas.
Los límites de la magia de alma eran desconocidos y, al tener la habilidad de manipular el adnae en su totalidad, los rompealmas podían hacer casi todo lo que los magos de otras categorías eran capaces de hacer.
No resultaba tan sencillo, requería práctica.
Así que, por un año entero, Mirsa la entrenó para suprimir su verdadero poder y le enseñó magia de voluntad.
Dara entrenó tanto, que se volvió una gran danzamentes.
Mirsa estaba orgullosa y quería que Dara estudiara en Valrose para que no terminara marcada, como ella. Pero siempre le advirtió que debía tener cuidado. Siempre le dijo que nadie podía enterarse de que era una rompealmas.
—No lo soy —le respondía Dara. Porque no lo era, era una danzamentes.
No huyó de la Academia Valrose. Llegó al edificio de los dormitorios y subió hasta el suyo con la carpeta negra entre los brazos.
Con su venganza entre los brazos.