EL SUEÑO DEL ROMPEALMAS
La primera vez que Livier Monrae vio a Dara Rennai, tuvo un sueño.
Si quería soñar, debía buscarla. Bastaba un vistazo de ella para que las pesadillas no llegaran a reclamarlo esa noche.
Así que la buscó. La buscó y la buscó, hasta que dejó de hacerlo para soñar.
La buscaba porque quería verla. Porque necesitaba verla.
Se aprendió la lista de cosas que no le importaban, también la de las que sí.
Y quería aprenderse, una por una, todas las cosas que la hacían reír.
Porque cuando la vio reír aquella noche de tormenta supo que haría lo que fuera por esa sonrisa.
Esa noche la había besado.
Besó a Dara Rennai, al fin, y nunca se había sentido así de vivo. Todo su cuerpo se encendió y su corazón se regocijó porque recordó que estaba vivo.
Ahora Livier se encontraba en su jardín, sentado bajo las hojas largas del sauce. Dara se había marchado con su vestido hecho de fuego y sus palabras llenas de sal. Y él se había quedado con un hueco en el pecho y tierra atorada en la garganta.
Posó su mano llena de marcas en la hierba frente a él y dejó salir su magia de alma para ver nacer una flor: era roja como ella. Era salvaje y sus pétalos puntiagudos y su aroma exquisito. Era Dara, Dara, Dara.
Ya no había marcha atrás, no para él.
No permitiría que la archimaga se acercara a ella. Todavía no la descubría, de eso estaba seguro. Pero si Dara seguía merodeando por las noches y buscando en donde no debía, era cuestión de tiempo para que Elgaria Monrae se fijara en ella.
¿Valdría la pena contarle todo a Dara si eso significaba ponerla en peligro?
Ella lo había llamado cobarde.
Pero Livier no temía por él mismo. No cuando ya había estado muerto una vez. Él temía por todos los demás. Por la humanidad entera, que no tenía idea de lo que la archimaga era capaz.