El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) PROHIBIDO NO SOÑAR
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PROHIBIDO NO SOÑAR

No.

No, no, no.

Era como si le hubieran quitado el suelo que la sostenía y ahora cayera al vacío.

—No. Te equivocas —dijo Dara con la voz temblorosa.

Toda ella temblaba.

Su instinto de supervivencia la hizo alejarse de Livier, todavía sentada entre las hierbas y las flores.

Pero la distancia no la hizo sentir más tranquila.

Nada lo haría. Su garganta se estaba cerrando y no podía respirar.

Intentó tomar aire, pero no podía y sus pulmones comenzaron a gritar.

¿Ella comenzó a gritar? ¿Por qué todo estaba borroso?

—¡Dara!

Por un momento, fue como si Dara cesara. Como si dejara de existir. Se sentía ajena a su cuerpo y a todo a su alrededor. Cuando reaccionó, Livier estaba hincado a su lado, con las cejas arrugadas y los ojos llenos de algo salvaje.

—Respira —ordenó Livier.

Dara tomó aire y, esta vez, sus pulmones se llenaron. Cerró los ojos para regular sus respiraciones y no los abrió, no tan rápido. Tal vez si se quedaba así, no tendría que desenterrar huesos que llevaban años pudriéndose bajo la tierra.

Vivir una mentira por tantos años la había hecho creérsela, pero eso no la hacía real. Había cargado con ese secreto por tanto, tanto tiempo, que no se había percatado de cuánto le pesaba hasta ahora que había sido exhumado.

Abrió los ojos, al fin, y miró a Livier, que tenía ambas manos alzadas a medio camino, como si quisiera tocarla. Pero no iba a hacerlo, porque sabía que, en ese instante, ella no quería que la tocara. Sin embargo…

«¿Confías en mí, Dara?».

Sí.

Confiaba en Livier Monrae y esperaba que no fuera su perdición.

—¿Cómo…? —No completó la pregunta; no era capaz. Tampoco creía que fuera necesario.

—Lo intuí desde que te vi y soñé —dijo Livier en un tono suave, como si no quisiera espantarla—. Mis sospechas se volvieron más fuertes cuando tu magia se descontroló en el Espejo de las Memorias. La reconocí como reconozco mi propia magia, solo que la tuya estaba llena de vida.

Dara no dijo nada.

—Obtuve mi confirmación la noche que estuvimos juntos en la cima de la montaña. ¿Recuerdas el relámpago blanco que cayó del cielo?

—Sí.

—Solo son visibles para los rompealmas, porque son pedazos del mundo onírico.

Un nudo se formó en el estómago de Dara, grueso y apretado. ¿Pedazos del mundo onírico? ¿Por qué estaban cayendo del cielo? Pero no era el momento de hablar del fin del mundo con Livier, así que guardó ese tema en otro compartimento de su mente, para después. Tenía cosas más urgentes por tratar.

—Nadie puede saberlo —susurró Dara.

—Te dije que estabas a salvo conmigo.

Dara lo sabía. Por más expuesta y vulnerable que se sintiera en ese momento, también la arropaba una sensación de seguridad porque era Livier quien la había descubierto.

Pero no pasó por alto las palabras que usó.

Dijo que Dara estaría a salvo. ¿A salvo de qué?

¿De quién? ¿Él conocía el peligro que corría al ser una rompealmas?

Apretó la falda de su vestido con ambas manos y decidió que era hora de dar un salto de fe. No de fe a los dioses —por ellos jamás saltaría a ningún lado—, sino a Livier. Era arriesgado, pero él ya la había descubierto, ¿no?

Estaba a punto de entregarle a Livier un pedazo de sus entrañas.

—Mi madre era rompealmas.

Livier asintió despacio, asimilando la declaración.

—Mientras ella estuvo viva, nunca lo supe.

Ella jamás me lo dijo. Y cuando tenía siete años, fue asesinada.

—La voz de Dara era bajita y temerosa. No podía creer lo que estaba saliendo de su boca—.

Por mucho tiempo no entendí por qué, hasta que mi adnae activo se manifestó, justo a los dieciocho años, y resulté ser una rompealmas.

Estoy segura de que no me lo dijo para protegerme, y de que murió con el miedo de que yo lo heredara.

Le horrorizó que, al decir lo último, su voz se hubiera quebrado; no quería ponerse a llorar, pero jamás había contado eso en voz alta y su cuerpo no parecía capaz de soportar el dolor.

No le pasó desapercibido que el semblante de Livier se había ensombrecido.

Dara tuvo que tomar aire para continuar.

—Cuando mi adnae activo se manifestó, algo me pareció muy extraño. Jamás soñé. Nunca en mi vida he soñado. ¿No se supone que los rompealmas empiezan a soñar desde pequeños?

Dara posó los dedos en su pecho y envolvió su relicario con fuerza. Después pasó ambas manos hacia atrás de su cuello para desabrochar la cadena. Quería mostrárselo a Livier. Abrió la pequeña joya y extendió su mano para que pudiera verlo.

Dentro del relicario había una fotografía de sus padres con ella, abrazándola.

La Dara de la foto tenía unos tres años y sonreía.

Llevaba años sin ver esa imagen porque siempre le llenaba el vientre de fuego.

Ahí estaba su padre, Camus Rennai, un hombre de tez morena y ojos serios, cuando la quería y la cuidaba.

También estaba su mamá, con su mismo nombre, Aidara Rennai. Su mamá, con su pelo largo y sedoso, con su hermosa sonrisa que siempre le llegaba hasta los ojos, idénticos a los de Dara, del mismo tono pardo.

Y del otro lado del relicario, grabado en el metal, había un sigilo.

—Siempre me han gustado los sigilos y llevaba años buscando el significado de este —dijo Dara—.

Pensé que era de un solo uso y ya no funcionaba, pero quería saber para qué era.

Nunca lo encontré en ningún libro. Hasta que conocí la magia de alma, pude sentirlo.

Este es un sigilo permanente creado por una rompealmas, por mi madre. Su función es inhibir los sueños.

Su madre se había asegurado de protegerla, incluso después de la muerte.

Los ojos de Livier se abrieron un poco más ante esa revelación.

—Seguro te habría sido útil algo así, ¿no? —preguntó Dara. No podía evitar recordar las pesadillas que acechaban a Livier desde la niñez.

—Tengo prohibido no soñar —dijo él.

Dara arrugó las cejas. Por la poca información que tenía sobre la familia Monrae, gracias a comentarios que soltaban Verian y Leone de vez en cuando, sabía que no eran la familia ejemplar.

Sabía que la archimaga era una mujer estricta y que no era una buena abuela. También sabía que ocultaba cosas, que no tenía escrúpulos y que había desafiado las leyes de la vida. El mismo Livier le acababa de decir que nunca iba a perdonar a Elgaria Monrae.

—Livier, ¿te puedo hacer una pregunta?

—Lo que sea.

—¿Cómo es tu relación con la archimaga?

Dara sentía sus palpitaciones en la garganta. Hasta que la pregunta salió de sus labios, se dio cuenta de lo mucho que le importaba la respuesta. Confiaba en Livier, pero si él era leal a la archimaga, la confianza de Dara requeriría límites.

La expresión en el rostro de Livier se transformó en una que jamás le había visto. Sus ojos adquirieron un filo peligroso y oscuro, casi letal. Un escalofrío recorrió a Dara de pies a cabeza. ¿Cómo era posible que fueran los mismos ojos que la habían mirado con añoranza pura hacía tan poco?

—La aborrezco —dijo él.

Dara contuvo la respiración.

—La aborrezco con cada fibra de mi ser —repitió Livier con los puños apretados.

Esa declaración fuerte y clara fue como una luz para Dara. Eran, tal vez, las palabras más espantosas que podían salir del pecho de alguien, pero para ella eran algo a lo que podía aferrarse. Si Livier aborrecía a la archimaga, había esperanza.

—No tienes que vivir bajo su sombra, ni bajo su control —a Dara le salieron las palabras antes de pensarlas—. Todo Liyia tiene que someterse, pero tú no solo eres un rompealmas, ¡eres el heredero de Valrose! Si alguien puede oponerse a ella, eres tú.

—Es más complicado que eso —respondió Livier.

Dara resopló con incredulidad y se puso de pie.

—No tiene por qué serlo.

Livier también se levantó y la encaró.

—La archimaga es muy peligrosa —Sus palabras tenían un deje de desesperación—. No la conoces como yo. No sabes de lo que es capaz. No sabes el alcance de su magia. Si Liyia lo supiera, le tendrían terror.

—¡Pues tal vez Liyia debería saberlo! —exclamó Dara.

Algo se retorcía dentro de ella. Esa noche había experimentado más sentimientos de los que su alma era capaz de soportar, todos brutales e incontenibles.

La sangre le zumbaba en los oídos y todo se volvía rojo.

Quería gritar y tomar a Livier de los brazos para encajarle las uñas y sacudirlo.

Sentía que la esperanza se le escapaba de las manos.

Si Livier aborrecía a la archimaga, pero no se atrevía a enfrentarla, ese odio no servía para nada.

—No. No tienes idea de lo que estás diciendo —respondió Livier.

Dara se desbordó.

—Nadie puede enfrentarse a la archimaga como podrías hacerlo tú, ¿y no lo haces? —gritó con la garganta hecha llamas—. ¡Eres un cobarde!

—Dara… —Livier dio un paso hacia ella.

—No —dijo ella, tajante.

Él se detuvo.

—Por favor, no me sigas.

Tomó la falda de su vestido para alzarla y poder salir a paso rápido del jardín.

Todo su color había perdido brillo y el aroma a flores se volvió demasiado abrumador.

Tenía los ojos nublados por tantos sentimientos arremolinados en su pecho y sabía que las lágrimas no tardarían en salir como una explosión inevitable.

El jardín de Livier no tenía una puerta; no era necesaria porque solo se podía acceder o salir con la magia de un rompealmas.

Dara cruzó el umbral inasible sin problema.

Era una estúpida.

No le había contado a Livier sobre su venganza precisamente por sus lazos con la Academia Valrose y la archimaga, pero cuando lo escuchó decir que la aborrecía con tanta vehemencia, una parte de ella se ilusionó.

Una estúpida parte de ella pensó: ¿Y si Livier se oponía a la archimaga?

¿Y si Livier exponía a la Academia Valrose?

Dara no debió olvidar que las personas como ella no tenían derecho a sentir esperanza.

Una lágrima rebelde resbaló por su mejilla mientras caminaba, a paso veloz, por el campus.

No tenía ni idea de qué hora era y necesitaba robar la carpeta de Gea von Max.

Esperaba que su escapada con Livier no le costara su misión de la noche.

Y si lo hacía, era culpa de ella misma, por no tener sus prioridades en regla.

A la Dara de antes no le habría pasado nada de esto.

Se secó la lágrima con el dorso de la mano y se quitó los zapatos de tacón para ir más rápido.