MARCAS DE MUERTE #2
—Por eso me trajiste —susurró Dara y miró el jardín.
Todo ese bello jardín que el mismo Livier había llevado a la vida. Le pareció incluso más hermoso que antes.
—Quería que lo supieras, pero temía que, cada vez que me vieras, solo pudieras pensar en muerte —dijo Livier y apretó la mano de Dara, que seguía tocando su corazón.
La mente de Dara estaba hecha un caos. Las revelaciones de Livier removieron todo dentro de ella y todavía no las terminaba de digerir. Una parte de ella sentía aberración, pero no hacia Livier, sino hacia la archimaga.
¿Y qué sentía por Livier? Volvió sus ojos hacia los de él y quiso estallar de asombro y fascinación por el hombre que tenía en frente.
Por el que la había cuidado, a su modo, desde que ella llegó a la academia. Por el que tenía una lista de cosas que a ella no le importaban. Por el que había construido un jardín para dar vida.
Por él, que estaba vivo.
—Livier… —dijo Dara porque era lo único que podía decir.
Él aspiró con fuerza.
—Es la primera vez que me llamas por mi nombre.
—No lo creo.
—Estoy seguro.
Dara arrugó las cejas.
—Livier —volvió a decir en voz alta, para probar. Era cierto, sus labios no acostumbraban a formar su nombre, pero no le parecía extraño, porque en su cabeza todo el tiempo lo repetía.
Livier sonrió.
Dara se quedó sin aire. Livier no era una persona risueña. Lo había visto bromear de vez en cuando con sus amigos. Incluso lo había visto reír con ellos. Pero era la primera vez que le veía esa sonrisa y el corazón le enloqueció dentro del pecho.
—Gracias por confiarme esto —se apresuró a decir para no quedar como una tonta.
—Gracias por quedarte —dijo él.
—¿Pensabas que iba a huir?
—Antes parecías empeñada en huir de mí.
—Las cosas han cambiado.
Ella había cambiado. Y, en definitiva, Livier había cambiado para ella. Ya no era solo el heredero de la archimaga. Ya no era solo un rompealmas.
Y ya no sonreía.
Sus ojos estaban clavados en los de Dara y esa mirada le hacía cosquillas en todas partes. La mano de Livier pasó a la muñeca de Dara y le acarició la piel con suavidad. El corazón de Livier se aceleró bajo su mano y latía tan rápido como el de ella.
—Dara… —susurró Livier con reverencia.
Ella no era capaz de hablar.
—Quiero besarte —dijo Livier.
—Entonces, hazlo.
Y Livier lo hizo.
La atrajo hacia él y soltó su muñeca para tomar su rostro. Los labios de Livier alcanzaron los suyos y Dara se abalanzó para rodearlo por el cuello. Livier suspiró en la boca de Dara y bajó las manos a su cintura para acercarla más. Todo lo demás dejó de importar.
Era un beso impaciente, como si ambos llevaran toda la vida esperándolo. Un beso que hacía que todo diera vueltas. Que les hacía arder el cuerpo y las entrañas.
Dara nunca había sido besada así.
Necesitaban estar más cerca, más juntos, más todo.
Dara abrió la boca para dejarlo entrar y sus lenguas no tardaron en reunirse entre suspiros y pulsos acelerados.
Dara solo tenía instantes de lucidez y luego todo volvía a desaparecer.
Su espalda ahora estaba contra las flores del jardín, y Livier se encontraba sobre ella, besándola más y más y más.
—Cuando te vi con ese vestido, casi pierdo la cabeza —susurró Livier entre besos.
Dara no tenía palabras, solo flores bajo la espalda, piel caliente y un corazón que amenazaba con desbordarse. Lo atrajo nuevamente hacia ella porque no quería dejar de besarlo y ese era un descubrimiento que le aterraba y emocionaba por igual.
—Desde la primera vez que te vi, no te he podido sacar de mi mente —dijo Livier como si estuviera delirando.
—Eso tiene que ser una mentira —contestó Dara con la voz entrecortada.
Livier la tomó de las mejillas con gentileza y luego pegó su frente a la de ella.
—Debo confesarte algo.
La espalda de Dara se tensó. Esperaba que Livier no estuviera a punto de hacer una gran declaración, porque ella no estaba lista para recibirla. ¿Por qué tuvo qué hablar? ¿Por qué mejor no seguían besándose un rato más?
—Puedes decírmelo después —sugirió Dara.
Pero Livier se sentó sobre la hierba y le ofreció la mano para que ella también lo hiciera. Dara la tomó, y muy a su pesar, se levantó y se abrazó las rodillas. Su vestido estaba lleno de ramitas y pétalos. Livier lucía igual de descolocado que ella y tomó varias respiraciones para recuperarse.
Después de unos segundos, los ojos de Livier se posaron sobre los suyos.
Dara se preguntó cómo era que en algún momento se le hicieron intimidantes.
Esos ojos estaban llenos de palabras sin decir, pesadez que calaba hasta los huesos y una tristeza que se arrastraba desde hace mucho tiempo. Pero en ellos también había añoranza.
—La primera vez que te vi, tuve un sueño —dijo Livier.
Dara se abrazó con más fuerza.
—Toda la vida han sido pesadillas para mí. Una tras otra. Cada vez que dormía —Livier continuó. Se notaba que esto era importante para él—. Pero la primera vez que te vi, tuve un sueño.
Dara se quedó quieta, asimilando las palabras de Livier.
Ya sabía que siempre tenía pesadillas, pero la revelación que acababa de hacerle la dejó en blanco. Su cabeza daba vueltas y vueltas para tratar de comprender.
—Y no solo la primera vez. Sucedió cuando te volví a ver y todas las veces que le siguieron. Cada vez que te veía, esa noche las pesadillas no llegaban. —Livier la miraba como si fuera un ser divino—. No te mentí; desde que te vi, no sales de mi mente.
Dara negó con la cabeza y al fin recuperó la voz.
—Pero… ¿estás seguro? ¿Por qué yo? ¿Quizá es otra cosa la que evita que tengas pesadillas? —Sus preguntas salieron como disparos, una tras otra.
—Así como puedo sentir el adnae de todo —dijo Livier—, pude sentirlo cuando te vi. Eres tú. Por un tiempo me obsesioné con entenderlo, pero después dejé de pensar en eso… y ahora solo quiero verte.
Dara intentó recapitular sus primeros encuentros con Livier.
A veces le parecía que eran demasiada coincidencia, pero ahora comprendía que nunca lo fueron.
Livier la buscaba para poder soñar. ¿Debería sentirse usada?
No. No se sentía así. Ella habría hecho lo mismo si sus situaciones fueran al revés.
Además… le creía.
Le creía porque al inicio él la intrigaba, pero con el tiempo eso se transformó y empezó a gustarle su compañía. Empezó a buscarlo con la mirada solo porque, sin saberlo, quería verlo.
Pero había cosas más importantes qué aclarar.
—No entiendo por qué yo. ¿Qué tengo que frena las pesadillas? —Esa y cientos de preguntas más la carcomían por dentro. No podía ser aleatorio, ¿o sí?
—¿En serio no lo entiendes? —preguntó Livier.
Dara frunció el ceño.
—No, ¿tú sí?
Livier meditó su respuesta; tardó un poco en contestar.
—No, no del todo, pero hay algo que creo que es clave.
—¿Qué es? —preguntó Dara. Dejó de abrazar sus rodillas e inclinó el cuerpo hacia Livier.
De nuevo, Livier se quedó callado por unos segundos. Dentro de él parecía haber una tormenta. Cuando volvió a hablar, fue para hacer una pregunta completamente inesperada:
—¿Confías en mí, Dara?
—Sí —respondió sin pensarlo. Sin dudarlo.
Contra todo pronóstico, confiaba en Livier Monrae.
—Entonces necesito que sepas que estás a salvo conmigo.
—Lo sé —dijo Dara, porque era cierto. Pero no entendía a dónde iba Livier con esto.
Él bajó la mirada por unos instantes. Cuando volvió a poner los ojos en Dara, ella supo que venía algo trascendental.
De haber sabido lo que Livier iba a decir, se habría ido. Habría huido porque no era capaz de enfrentar esa verdad. Las palabras salieron de los labios de Livier y ella supo que el curso de su vida cambiaría para siempre.
—Dara, sé que eres una rompealmas.