MARCAS DE MUERTE
Dara y Livier habían vuelto a la Academia Valrose.
Hasta ese momento, ella no tenía idea de que Livier manejara una motocicleta.
Dara jamás se había subido a una motocicleta, ya que era un vehículo bastante nuevo en el mercado.
Livier le había dado un casco y él también se colocó uno antes de subir.
El vestido rojo de Dara no se la puso fácil, pero había logrado acomodarlo y rodeó la cintura de Livier para sostenerse durante el camino.
Así cruzaron las calles de Olsian con el aire rozándoles la piel y las estrellas como testigo.
Cuando llegaron al campus, Dara todavía no tenía idea de qué era lo que Livier quería mostrarle. Él le ofreció la mano y ella la tomó. De esta manera cruzaron el umbral de la academia, que seguía completamente desierta.
Dara miró el reloj de la torre de la administración. Aún no daba la medianoche. Tenía tal vez un par de horas para estar con Livier antes de excusarse. Esa noche iba a cumplir con la misión de Cedric sí o sí. Era su mejor oportunidad.
—¿A dónde vamos? —preguntó al fin.
—Pronto lo sabrás.
Caminaron por el campus que siempre había sido el hogar de Livier y que, si Dara lo pensaba, también era lo más cercano que ella había tenido a un hogar desde que era una niña.
En todos sus meses allí, ya conocía cada edificio, cada esquina, cada estatua.
Por eso le intrigaba más de lo que le gustaría admitir qué era lo que Livier iba a mostrarle.
Llegaron a la catedral que, como siempre, lucía imponente y sagrada, pero no entraron. Livier guio a Dara a la parte trasera, donde se encontraba una puerta de madera con un sigilo que la mantenía cerrada. La puerta se abrió para dejar pasar a Livier.
Dara entró tras él y se percató de que se encontraban en un jardín privado en el que había una estatua de Valrose envuelta en una enredadera de rosas.
Avanzaron hasta que llegaron a otra puerta con rendijas de hierro, tras las cuales se alcanzaban a apreciar unas escaleras.
Livier abrió la puerta y comenzó a subir. Dara contó los escalones.
Mientras subían, Dara no pudo evitar recordar su primer encuentro frente a frente con Livier.
Fue justo en la catedral y él le había dicho que los niveles superiores estaban restringidos.
Ahora era el mismo Livier quien la llevaba arriba.
A un lugar que, en definitiva, estaba restringido para el resto de los aprendices.
Cómo habían cambiado las cosas. A Dara le parecía difícil de creer.
Cuatrocientos veinticuatro escalones después llegaron a la azotea de la catedral de la Academia Valrose, que se extendía como un firmamento de piedra.
Filas de agujas se alzaban hacia el cielo y entre ellas corrían estrechos senderos de mármol desgastado por siglos de lluvia y viento.
Desde abajo, aquel lugar no parecía más que el tejado de una construcción antigua.
Dara lo contempló mientras recuperaba la respiración, pero eso no era lo que Livier quería mostrarle.
Volvió a tomarla de la mano y la condujo hacia el centro de la azotea, donde había una estructura de piedra con contrafuertes adosados para el soporte del enorme chapitel que sobresalía.
Esa parte era la única que se podía ver desde abajo.
Livier no dijo nada, solo colocó la mano en la que llevaba su anillo entre dos contrafuertes y avanzó con Dara.
Fue ahí que todo se transformó.
Dara ahogó un suspiro cargado de asombro ante lo que sus ojos contemplaban.
Acababan de cruzar un muro de piedra y ahora se encontraban en una especie de jardín que no tenía manera de existir allí.
Había lianas colgando por las paredes de piedra y flores asomándose por el techo, por cada grieta, por toda la estructura.
Eran blancas y amarillas y violetas y de todos los colores que existían.
Predominaba el verde porque el jardín estaba vivo. Bajo ellos había tierra y pasto y más flores. Las columnas que se alzaban estaban rodeadas de enredaderas y al centro del jardín se erguía un gran árbol tan antiguo que parecía haber estado ahí antes que la propia academia.
Sus largas ramas descendían hasta rozar la hierba y formaban una cortina de hojas verdes que se mecían suavemente. Ahí dentro soplaba una brisa que no parecía venir de ningún lado. Era agradable y suave.
Dara inhaló cuando la brisa tocó sus mejillas y un delicado aroma a flores la envolvió. Entonces se percató de que en el jardín no había una sola rosa.
—¿Qué es esto? —preguntó Dara.
—Mi jardín —dijo Livier.
Era un pedazo de primavera atrapado en el cielo.
—Aquí es adonde suelo venir cuando no puedo dormir —continuó Livier. Soltó la mano de Dara y caminó hacia el gran árbol—. Es mi lugar secreto. Solo yo sé de su existencia.
Dara resintió un poco la ausencia de la mano de Livier sobre la suya, pero no dijo nada. Decidió ir hacia él, bajo las hojas caídas del árbol.
—Y yo —dijo Dara.
—Y tú —concedió Livier.
—¿Por qué?
Livier desvió la mirada y, después de unos segundos, se sentó en la hierba cubierta de flores bajo el árbol, flexionando las rodillas.
Con la mano le indicó a Dara que se sentara.
Ella así lo hizo. Tuvo que acomodar la falda de su vestido para que no le incomodara, y quedó extendida a su alrededor como un halo rojo.
Estaba a tan solo unos centímetros de distancia de Livier.
—Quiero contarte algo sobre mí. Y no se me ocurría otro lugar para hacerlo —dijo Livier, mirando hacia el frente. Hacia una cama de flores blancas.
Dara decidió mirar hacia la misma dirección y lo dejó hablar.
—Cuando Verian y yo éramos niños, la archimaga nos llevó a un viaje de trabajo a la costa de Dimas.
Una noche, ambos salimos a jugar al muelle.
La marea estaba fuerte y una ola se llevó a Verian.
Lo arrastró al mar. —La voz de Livier era queda, pero había dolor impregnado en su tono—.
Él solo tenía seis años, no sabía nadar.
Yo salté y lo busqué, pero estaba oscuro y la marea me alejaba. Tardé demasiado.
La respiración de Dara se detuvo por unos segundos. Desde la Demostración imaginó que a Verian le había ocurrido algo espantoso en el agua, mas nunca estuvo segura. Ahora lo entendía todo.
—Pero lo salvaste —se apresuró a decir—. Verian está bien. Espero que no te sientas culpable.
—Sí, logré encontrarlo y llevarlo a la superficie. Lo subí a una roca, pero cuando yo traté de subir, una ola me empujó. Me golpeé la cabeza con la roca y perdí el conocimiento.
Dara volteó a ver a Livier y notó que sus manos apretaban sus rodillas tan fuerte que las venas se le saltaban.
—¿Y a ti quién te salvó? —preguntó.
Livier suspiró y cerró los ojos.
—La archimaga me sacó de las profundidades del mar, pero ya era muy tarde. Ya estaba muerto.
Los ojos de Dara se abrieron de par en par y por un momento pensó que no había escuchado bien. ¿Cómo que muerto? ¿Livier había muerto? No tenía sentido. Livier estaba allí, en el jardín. Allí, vivo. Allí, con ella.
—¿Qué estás diciendo?
—Estuve muerto por dos horas. La archimaga me trajo de vuelta.
Dara negó con la cabeza. No era capaz de creerlo y tampoco quería creerlo. Livier no podía haber muerto. Eso era imposible. Además, ningún mago era capaz de traer a los muertos a la vida. Ni siquiera los rompealmas. ¿O sí? No. No había un solo registro de que pudieran hacerlo.
Simplemente no era posible.
Pero sabía que Livier no le estaba mintiendo. Se notaba en el peso de sus palabras y en la gravedad de su mirada. Se notaba en el peso encima de sus hombros y de todo él. Era una verdad que lo aplastaba sin ninguna clase de piedad.
—¿Cómo? —Fue lo único que pudo salir de la boca de Dara.
—Viajó al mundo onírico por mí. Así como antes los magos saqueaban los sueños… ella me trajo de allí.
Dara no entendía nada. La doctrina de la Rosa decía que las personas, al morir, volvían al mundo onírico junto a los Emisarios y al Creador, pero, entonces, ¿todos los muertos vivían en los sueños? Su madre…
—¿En los sueños puedes visitar a las personas que ya no están? —preguntó Dara con un hilo de voz.
—No. Puedes verlos como recuerdos más vívidos, pero no hay contacto real con ellos. Sí están allí, pero es otro plano. Uno inalcanzable —dijo Livier y, ahora sí, sus ojos se posaron en Dara—. La archimaga logró cruzar. Trajo mi alma de vuelta.
Dara se cubrió la boca con una mano, apenas entendiendo la gravedad de lo que Livier le contaba.
Muerto.
Había muerto y vuelto a la vida. La mismísima Elgaria Monrae, que condenaba los saqueos que llevaron a Liyia a la perdición, había roto la ley para traer a su heredero de regreso.
Era designio divino que la humanidad no fuera capaz de soñar. Y la ley más importante era la que prohibía a los rompealmas saquear los sueños, al ser los únicos que podían entrar al mundo onírico.
Miró a Livier. Lo miró bien porque no podía creer que estuvo muerto y ahora estaba ahí. Un sentimiento desconocido la llenó por completo. Era abrasador y era irrevocable. Sin poder evitarlo, Dara se hincó y alzó la mano hacia el pecho de Livier.
Él asintió de forma casi imperceptible. Fue suficiente para ella.
Dara posó la mano sobre el corazón de Livier y no supo por qué, pero cuando sintió sus latidos firmes y rítmicos, la invadieron las ganas de llorar. No quería dejar de sentirlo, así que no retiró la mano de ahí.
—Nunca se lo voy a perdonar —dijo Livier, cabizbajo—. Yo no debería estar aquí y las pesadillas me lo vienen a recordar todas las noches. Cada noche, desde que empecé a soñar, tengo pesadillas que terminan en muerte. Es mi condena por estar aquí.
—Tú no tomaste esa decisión, eras solo un niño.
—Sin embargo, fui yo el que burló a la muerte —contestó Livier. Alzó la mano derecha, la del anillo, y la posó sobre la mano de Dara, en su corazón—. El que está marcado por la muerte soy yo.
Dara observó las espinas que cubrían la mano de Livier, y por primera vez notó que no eran tatuajes. Eran marcas en la piel. Un rastro de que estuvo muerto.
—Este jardín… —continuó Livier—, cuando lo descubrí, solo era una cueva de piedra. Lo construí porque necesitaba demostrarme a mí mismo que, a pesar de todo, soy capaz de traer vida. Cada flor que respira aquí me recuerda que la muerte no tiene que definirme.