COMO UN PERDEDOR
Verian estaba ebrio. ¿Cuántas copas de vino había bebido ya? No tenía ni idea, pero iba a seguir. Esa noche no tenía ganas de pensar y estaba seguro de que, con un par de copas más, ya no recordaría nada cuando despertara.
Ni siquiera era solo por Leone. En gran parte sí, pero también era porque odiaba fingir que los Monrae eran una gran familia feliz frente a todos.
Como nadie sabía dónde se había metido Livier, su madre lo había arrastrado con ella y con la abuela por horas, entreteniendo al presidente de Finvelle y a unos duques que solo existían para adular a la archimaga.
Todos los felicitaban por su extraña habilidad superior; Verian solo sonreía como siempre. El hijo de uno de los duques le pidió hacer una demostración, y Verian tuvo que confesar que ya había bebido demasiado. La cara de asco que le dedicó la archimaga no era nueva, pero igual dolía.
¿Por qué todo le dolía? ¿Por qué no podía arrancarse los sentimientos y ya?
—Eres una deshonra para la familia —susurró la archimaga cuando los duques se excusaron—. ¿Dónde está Livier? Él jamás nos avergonzaría así.
Verian quería decirle que ella ni siquiera conocía a Livier.
Esa mujer no conocía al nieto con el que estaba obsesionada y no tenía idea de todas las noches que pasó bebiendo hasta quedar inconsciente para no tener pesadillas.
Prefería quedarse dormido así e inventar que soñó, a no dormir y enfrentarse a los crueles castigos de Elgaria.
Después de algunas rondas obligatorias más con gente que no le interesaba en lo más mínimo, Verian pudo escapar. La música cada vez estaba más alta y la pista de baile se desbordaba de personas.
Un camarero pasó a su lado y Verian estiró su brazo para tomar otra copa de vino de la bandeja.
Le dio un trago y sintió el líquido bajar por su garganta.
La sensación áspera y seca le era tan familiar que le generaba paz.
Ya no se sentía tan mal; de hecho, ya ni siquiera recordaba por qué estaba teniendo una mala noche. ¿Dónde estaban sus amigos?
Los buscó entre la multitud, pero no los vio, así que se dirigió hacia los balcones, tal vez estaban allí.
No los encontró. Se encogió de hombros, le dio otro trago a su copa de vino y entró al balcón más alejado de la pista de baile, que estaba solo.
Caminó hacia la baranda y recargó su brazo libre para apoyarse. La luna era enorme esa noche.
—Oh, una disculpa, pensé que este no estaba ocupado.
Verian puso los ojos en blanco antes de voltear para recibir al intruso con una sonrisa. Se giró y ladeó la cabeza. Era un hombre alto, de tez clara, pelo castaño, y bastante atractivo. No lo conocía, pero se veía mayor que él.
—El balcón es muy grande para mí solo —dijo Verian, sintiendo el alcohol en sus venas.
El hombre rio y caminó hacia la baranda. Se quedó a un lado de Verian.
—Me llamo Gilo. Tú eres el nieto de la archimaga, ¿cierto?
Verian hizo todo lo posible por que la sonrisa no se le cayera de la cara.
—Soy Verian —decidió responder—. ¿Vas a la Academia Valrose?
—Iba. Me gradué hace unos seis años.
—Entonces supongo que eres importante, o no estarías aquí.
—Trabajo en el gobierno de Olsian, pero eso no es tan interesante como tú —dijo Gilo y sonrió con la seguridad de un hombre que sabe lo que quiere.
Verian alzó ambas cejas.
—Ah, ¿sí? —Su propia sonrisa se hizo más grande—. ¿Y qué es lo que me hace interesante?
Normalmente no coqueteaba con nadie. Más que nada porque todos le parecían unos ineptos irrelevantes. Pero, además, no le interesaba estar con nadie que no fuera cierta persona en la que no quería pensar en ese momento.
—Todavía no estoy seguro, pero me gustaría descubrirlo —dijo Gilo y se acercó más a Verian—. ¿Vamos a algún sitio más privado?
Observó a Gilo de pies a cabeza y no sintió nada, ni siquiera una pizca de emoción. Pero por lo menos era atractivo. Y era mejor opción que estar solo en el Baile de las Quinientas Rosas.
—¿Tienes coche? —preguntó Verian.
—Por supuesto.
Gilo le ofreció el brazo. Verian lo tomó con su mano libre y dejó la copa vacía en la baranda.
Empezaron a caminar hacia la salida de la galería, y Verian agradeció que Gilo le sirviera de soporte, ya que todo le daba vueltas.
Ahora sí estaba muy ebrio. El olor a rosas lo iba a hacer vomitar si no se iba ya mismo.
Escaparon de la galería. Verian sentía que estaba siendo casi arrastrado por Gilo hacia la salida, lo cual agradecía. Apenas iban a cruzar la puerta principal cuando una voz lo llamó desde atrás. Una voz que reconocería en cualquier lugar.
—Verian.
La voz sonaba molesta, ¿por qué estaba molesta?
Verian se detuvo en seco y miró por encima de su hombro, lo que ocasionó que Gilo se frenara.
—¿Qué quieres, Leone? —preguntó Verian.
Al escuchar ese nombre, Gilo se giró por completo, y como Verian estaba casi colgado de su brazo, giró con él. Leone lucía especialmente apuesto, con un traje rojo vino que se le pegaba a cada músculo del cuerpo. La camisa que llevaba debajo era negra y estaba abierta hasta la mitad de su pecho.
—¿Leone Eryndor? —exclamó Gilo y extendió la mano que tenía libre—. ¡Es un gusto conocerte!
Leone miró la mano que Gilo le extendía e hizo una mueca de disgusto. No la tomó. A Verian le pareció extraño. Leone siempre era amable con todos.
—¿Iban a algún lado? —preguntó Leone.
Gilo retiró la mano que quedó en el aire y se la pasó por el pelo, con ambas cejas arrugadas.
—Nos vamos a la casa de Gilo en su coche —dijo Verian, aunque en realidad no tenía ni idea de a dónde iban.
—Estás ebrio —dijo Leone con un tono que era capaz de cortar.
Verian se pegó más a Gilo.
—Gracias por señalar lo obvio —contestó.
—No vas a ir a ningún lado en ese estado —dijo Leone. No se había movido de su sitio. Su presencia ocupaba todo el recibidor del museo.
Verian abrió la boca, lleno de indignación:
—¿Disculpa? Yo puedo ir a donde quiera.
—No así.
—Verian es un adulto, puede decidir por sí mismo —dijo Gilo y rodeó a Verian con un brazo. Ya no parecía que le diera gusto conocer a Leone.
—Tú cierra la boca —exclamó Leone y dio un paso potente hacia ellos.
Como por instinto de supervivencia, Gilo retrocedió un poco. Verian se soltó de él y dio un paso para quedar justo frente a Leone, a tan solo unos cuantos centímetros. Tuvo que alzar la cabeza para mirarlo.
—¿Qué quieres, Leone? —volvió a preguntar, porque genuinamente no lo sabía. Pero no esperó por su respuesta—. Regresa al baile, seguro te están esperando.
—No voy a irme a ningún lado sin ti —dijo Leone.
Verian inhaló con incredulidad.
—Qué curioso. Esta noche has estado con todo el mundo y a mí ni siquiera me has volteado a ver —dijo y se cruzó de brazos—. ¿Se puede saber por qué el cambio repentino?
—No voy a permitir que te pongas en peligro —exclamó Leone—. Ni siquiera puedes mantener el equilibrio.
Verian rio sin ganas.
—¡No te pedí que me cuides! Me voy a ir con él —dijo y apuntó a su acompañante.
Gilo lucía sumamente incómodo; al ser el receptor de la mirada enfurecida de Leone, se aclaró la garganta.
—No sé qué es lo que haya entre ustedes, pero prefiero no meterme —dijo mientras retrocedía hacia la puerta—. Un placer. Adiós.
Verian no podía creer que el tipo se hubiera acobardado con tanta facilidad. Suponía que lo atractivo no quitaba lo inepto. Pero ni siquiera le importaba que se hubiera ido, no cuando solo sentía la sangre hervir.
—¡¿Cuál es tu problema?! —gritó Verian.
—No hagas un escándalo.
—¿Yo? ¡Tú fuiste el que llegó a arruinarme la noche!
—Tú solito te la ibas a arruinar —dijo Leone y lo tomó de la muñeca—. Ven, necesitas agua.
En su estado, Verian no tenía la fuerza para resistirse, pero eso no impidió que lo intentara. Leone lo tenía sujetado mientras lo guiaba hacia algún lugar en esa planta del museo. Verian en serio trató de soltarse, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Llegaron a una especie de cocina desocupada.
Leone encendió las luces y soltó la muñeca de Verian para dirigirse hacia un gabinete y tomar un vaso. Luego abrió una llave en la pared para servirle agua. Le entregó el vaso a Verian y se recargó sobre la encimera de la barra, cruzándose de brazos.
Verian iba a tirar el vaso al suelo solo porque quería ser molesto, pero al ver el agua, se percató de lo sediento que estaba.
Decidió darle un sorbo mientras se preguntaba cómo era que Leone sabía que esta cocina se encontraba en el museo.
Suponía que era porque los Eryndor eran los patrocinadores principales del lugar. Seguro venían muy seguido.
—A veces eres insoportable, ¿lo sabías? —dijo Leone después de un rato.
Verian se terminó el agua y la dejó en la barra.
—Y tú siempre eres un bruto —respondió. Estaba furioso con él.
—¿Te das cuenta de que te ibas a ir con un desconocido en completo estado de ebriedad? —exclamó Leone—. ¿Dónde quedó tu instinto de supervivencia?
—Ese tipo no iba a matarme, Leone.
—No, pero iba a propasarse contigo.
—¿Y qué tal si yo quería eso?
—No puedes consentir nada estando así.
Verian apretó los puños.
—Pero ¿y eso a ti qué te importa? —exclamó casi a gritos.
—¡Tú sabes lo mucho que me importas!
No.
—¿Tú puedes acostarte con media academia y a mí no se me permite una sola noche de diversión? —gritó Verian.
Leone soltó una risotada punzante.
—¡No se trata de eso, sino de que te estabas exponiendo!
Verian comenzó a ver rojo. ¿Quién se creía Leone Eryndor? ¿Su cuidador? No necesitaba uno. Mucho menos necesitaba que Leone lo protegiera como si fuera un niño indefenso. Odiaba que lo viera así, cuando Leone era tan solo tres años mayor que él.
—¡Ya te dije que no necesito que me cuides! —exclamó Verian y le dio un golpe en el pecho.
—¡Si te comportas así no me dejas otra opción! —respondió Leone con la misma intensidad.
Verian quería gritar. ¿Por qué Leone no era capaz de verlo como él lo veía? ¿Por qué prefería tocar a cualquier otro ser viviente antes que a él? ¿Por qué lo hacía sentir como si el corazón no le cupiera en el pecho? En ese momento martilleaba tan fuerte que dolía. Le dolía el corazón.
Y estaban tan cerca.
Estaban tan cerca que podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Leone. Estaban tan cerca que su aroma lo asfixiaba de la forma más exquisita. Estaban tan cerca, y Verian tan intoxicado, que su corazón lo traicionó.
Se paró en puntas, tomó el rostro de Leone entre sus manos y lo besó.
Pudo sentir que Leone se tensó, pero no se apartó. No lo apartó. Así que Verian lo besó más. Sus labios contra los de Leone quemaban y era agonizante, era maravilloso, era seguramente lo mejor que le había pasado en la vida.
Entonces Leone lo rodeó de la cintura con las manos enormes y calientes y eso —Verian decidió—, eso sí que era lo mejor que le había pasado en la vida.
Arqueó su cuerpo contra el de Leone y él lo subió a la encimera de la barra y se situó entre sus piernas para besarlo así.
Verian estaba entrando en un estado de delirio puro.
Con las piernas envolvió a Leone para acercarlo aún más.
Estaba besando a Leone Eryndor, el hombre del que había estado enamorado toda la vida, y quería besarlo para siempre. ¿Era posible que un beso durara toda la eternidad?
Leone le mordió el labio inferior y Verian soltó un suspiro que sonó a súplica. Las lenguas de ambos se encontraron y ese fue el momento en el que Verian quiso derretirse. Pasó las manos del rostro de Leone a su pelo y las hundió ahí mientras el beso hacía que todo se sintiera como fuego.
—Leo… —susurró Verian en la boca de Leone.
Fue como si su voz hubiera roto un hechizo.
Leone se apartó y de un salto puso distancia entre Verian y él. Luego retrocedió otros dos pasos. Con prisa. Con fuerza. Como si Verian fuera su mayor error.
Verian se quedó sentado en la encimera de la barra, desconcertado, sin entender qué había pasado y por qué de pronto todo estaba frío. Miró a Leone, que seguía frente a él, pero cada vez más lejos. Leone también lo veía a él, con sus ojos claros abiertos de par en par y con las manos temblorosas.
—¿Qué… qué acaba de pasar? —exclamó Leone.
Jamás había escuchado la voz de Leone flaquear de esa forma. Sonaba horrorizado. Ahora que Verian estaba un poco menos aturdido, podía ver que Leone parecía al borde de un ataque de histeria.
El corazón de Verian se le cayó hasta el suelo.
—¿Tan horrible experiencia fue besarme? —preguntó. Ni siquiera se molestó en sonar como si no le importara. Estaba seguro de que su pregunta había salido estrangulada.
Leone dio otro paso hacia atrás y se pasó ambas manos por el pelo.
—Verian, tú… yo… no. —Las palabras se le atoraban en la garganta—. Esto no debió ocurrir.
Verian apretó los labios y sintió los ojos arder.
Tal vez todavía podía salvar la poca dignidad que le quedaba.
—Tienes razón. Supongo que estoy más ebrio de lo que pensé —contestó sin alma.
—Tengo que irme ya. Lo siento —dijo Leone.
Después abrió la boca para decir algo más, pero negó con la cabeza y salió de la cocina como si necesitara escapar de ahí. Verian se quedó mirando la espalda de Leone hasta que lo perdió de vista y luego se hizo el silencio.
Pero ese silencio no duró mucho, porque los sollozos que no pudo guardarse eran demasiado ruidosos. Intentó limpiarse la primera lágrima, pero fue en vano porque a esa le siguieron más. Eran implacables y hacían que todo su cuerpo temblara entre espasmos.
Se bajó de la barra porque ya no podía estar en el lugar en el que Leone lo había besado.
Sus piernas no quisieron llevarlo lejos, así que se dejó caer al suelo como un perdedor. El mundo que había creado con tanto cuidado para protegerse acababa de despedazarse.