El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LAS QUINIENTAS ROSAS #3
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LAS QUINIENTAS ROSAS #3

—No lo creo —dijo Verian y se terminó su copa de vino—. Voy a buscar más alcohol.

Se levantó de la silla y no esperó respuesta de Dara.

Ella lo miró alejarse y luego contempló sus opciones.

Todavía era muy temprano para volver a la academia, pero no iba a ir a la pista de baile, mucho menos porque todos bailaban en pareja.

Tampoco pensaba beber alcohol esa noche.

Le dio un mordisco a una brocheta de frutas y decidió que tomaría un poco de aire fresco.

Pensó en ir a los balcones, pero todos estaban ocupados por otros aprendices, así que salió de la galería de arte y bajó hacia los jardines del museo, que siempre le habían gustado.

Un par de reguladores custodiaban la entrada del edificio esa noche, pero era solo por protocolo, ya que todos podían entrar y salir con libertad.

Dara los pasó de largo y se quitó los tacones para poder caminar por el pasto con facilidad.

Los jardines se encontraban desiertos, pero aun así se sentían como parte de la celebración.

Todo el aire olía a rosas y la suave melodía de los instrumentos musicales se colaba por los balcones.

La brisa nocturna no era tan fría como la de la montaña. Era una noche bastante agradable.

Se sentó en el borde de una fuente rodeada por columnas llenas de rosas. Era como un pequeño jardín dentro del mismo jardín. Desde ahí apenas podía ver a los aprendices riendo en los balcones del museo, algunos incluso bailaban y bebían. Parecía que no tenían una sola preocupación en el mundo.

Dara no pudo evitar preguntarse qué hacía ella ahí.

Bajó el rostro y miró su vestido. Su hermoso vestido rojo.

Le parecía muy extraño que no se sintiera como otra persona usándolo.

Y le era muy difícil aceptar que cada vez se sentía menos como la Dara que llegó a la Academia Valrose hacía tantos meses.

Esa Dara Rennai era una persona herida, enojada y solitaria.

No le importaba otra cosa que no fuera su venganza.

¿Y la de ahora?

Unos meses atrás, todavía se habría negado a describirla. Pero ahora…

Las heridas seguían ahí, pero ya no dolían tanto.

Ya no estaba tan llena de ira. Ya no estaba sola.

¿Y su venganza? Se abrazó a sí misma. Su venganza seguía siendo lo más importante.

Tenía que completarla porque solo así sabía existir.

Iba a hacerlo por su madre, pero también por ella misma.

Por esa niña que durante toda su vida solo había sobrevivido para eso.

Alzó la mano hacia su relicario y lo envolvió entre sus dedos.

—Mamá, ¿estás decepcionada de mí? —susurró la pregunta que siempre repetía en su mente.

El sonido de pisadas sobre el pasto la hizo soltar su relicario. Alzó el rostro y frente a ella vio a Livier Monrae. La luz de la luna le daba un brillo especial a su piel pálida. Dara no pudo apartar la vista.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó.

—Te estaba buscando —respondió Livier.

El corazón de Dara reaccionó ante esas palabras. Esa declaración. Livier no salió a tomar aire, no se la encontró ahí por casualidad. La estaba buscando y eso hizo que su cuerpo vibrara con una anticipación inusual.

—Oh, pues aquí estoy. —Las palabras le salieron quedito—. ¿Necesitas algo?

Livier no respondió. Por lo menos no al instante. Caminó hacia ella y se detuvo cerca. Luego extendió la mano derecha, en la que llevaba su anillo, hacia ella.

Dara observó la mano de Livier y luego su rostro. Las líneas de sus pómulos y su mandíbula, que normalmente se veían severas, y que ella sin darse cuenta había memorizado, aquella noche parecían más gentiles.

—Necesito que me digas que sí —dijo Livier con la mano extendida.

Un latido, dos, tres.

—¿Me concedes este baile?

—Yo no bailo —respondió Dara, casi como reflejo.

—Eso no fue lo que pregunté.

Dara miró a su alrededor, no había nadie. La música seguía escuchándose a lo lejos.

—¿Aquí afuera?

—Podemos entrar si así lo prefieres.

—No.

—¿Entonces? ¿Sí o no?

La mano de Dara se alzó en dirección a la de Livier.

—Sí —dijo en un suspiro.

Posó su mano sobre la que la esperaba y se levantó.

La realidad era que Dara no sabía bailar con alguien, no así.

Pero no tuvo siquiera qué preguntarse cómo empezar, porque Livier no soltó su mano hasta que la condujo hacia su hombro.

Después él posó sus dedos sobre la espalda baja de Dara y con su mano libre tomó la otra de ella.

Sus cuerpos se juntaron como si no pudieran evitarlo.

Dara escuchaba su propio pulso.

La melodía lenta los envolvió. Dara pensó que sus pasos serían torpes, pero se encontraron con los de Livier casi sin querer, como si sus pies supieran algo que ella todavía no sabía.

Alzó la cabeza y se topó de lleno con esos ojos escarlata de él, que la miraban y la miraban y la miraban.

Desde que se conocieron era así. ¿Qué no se cansaba de mirarla?

Giraron con suavidad al ritmo de la música.

Dara sentía la mano de Livier sobre su espalda como si quemara, pero era un ardor placentero y difícil de explicar.

El calor de los dedos de Livier atravesaba la tela de su vestido y le hacía cosquillas.

Su mano sobre ella pesaba más de lo que debería pesar una mano.

A su alrededor, el jardín encantado estaba quieto, ajeno a todo, y ellos bailaban. Livier la hizo girar y el vestido rojo de Dara se abrió como una llama. Volvió a los brazos de él como si perteneciera allí, y tuvo que contener el aliento por un instante.

Le sorprendía lo fácil que era bailar con Livier. Estar con Livier.

El tiempo corrió como si no pasara y a Dara no le importó. ¿Cuántas canciones habían bailado ya? ¿Dos o tres o cuatro? No quería contarlas para que no le parecieran demasiadas.

Cuando una melodía más cesó, la mirada de Livier descendió hacia los labios de Dara.

Y ella se preguntó cómo se sentiría besar a Livier.

Ese pensamiento la desconcertó un poco. Bajó el rostro, pero no despegó su cuerpo de él. Le gustaba sentirlo ahí y no estaba lista para separarse.

¿Qué le estaba sucediendo? En el pasado, si quería besar a alguien, lo besaba y ya. Porque era sin ataduras. Porque ella no era de piedra y a veces necesitaba ese tipo de contacto físico. Encuentros rápidos y pasajeros. Sin intimidad. Sin sentimientos involucrados.

Ahí estaba el problema, ¿no?

—Dara.

La voz de Livier diciendo su nombre la devolvió al jardín lleno de rosas y estrellas y una melodía que no quería terminar. Pero ellos ya no bailaban. Dara se había detenido sin darse cuenta.

—¿Estás bien? —preguntó Livier.

—Sí, es solo que ya bailamos mucho, ¿no?

Livier no respondió. Tampoco la soltó. Le hizo otra pregunta:

—¿Quieres volver al museo?

—No —respondió Dara.

—Yo tampoco —dijo él.

La brisa de la noche sopló hacia ellos como si deseara arroparlos y Dara cerró los ojos para recibirla.

Respiró hondo y se dio cuenta de que, aunque el aroma que predominaba era el de las rosas, también olía a Livier.

Era un aroma que ella describiría como el de un bosque en el que acababa de llover.

—¿Vienes conmigo? —preguntó Livier.

—¿A dónde?

—Quiero mostrarte algo.