LAS QUINIENTAS ROSAS #2
—Creo que el rojo es tu color, Rennai —dijo Verian.
—Te ves muy bien, Dara —agregó Ashe.
—Ustedes también —respondió Dara.
Los dos lucían bastante bien. Verian llevaba un traje color azul oscuro, sin corbata y algo holgado. En cambio, el traje de Ashe era beige y entallado. Los dos llevaban una rosa roja en la solapa izquierda de su atuendo.
—¿Nos vamos? —dijo Alessa; tenía la mano entrelazada con la de Catriona.
Alessa había optado por un vestido verde esmeralda que contrastaba con su pelo y tenía una falda entubada. A Dara le parecía extraño verla sin su uniforme de combate, que era lo que usaba casi a diario. Lucía radiante.
Subieron al coche que conducía uno de los choferes de la familia Monrae y partieron en dirección al Museo de Arte y Reliquias de Olsian.
En el camino conversaron trivialidades y Dara estuvo atenta al tiempo que les tomó llegar al destino.
Tendría que considerarlo para su regreso.
De todos modos, todavía era muy temprano y el baile acabaría hasta ya entrada la madrugada.
Fueron dieciocho minutos.
Dara ya había visto el museo por fuera en incontables ocasiones, e incluso había entrado un par de veces. Era el más grande de todo Liyia y el que contaba con la mayor colección de arte. Esa noche se veía distinto.
Las columnas del magnífico edificio habían sido cubiertas por enredaderas de rosas, y el camino adoquinado que daba a la entrada principal tenía sus farolas encendidas para dar la bienvenida a las personas que iban llegando.
Un montón de aprendices con vestidos y trajes de todos los colores se encontraban afuera charlando y otros ya iban entrando.
En el aire había murmullos, risas y el omnipresente olor a rosas.
Cuando Dara entró al museo y subió a la galería principal, sintió como si hubiera entrado a otro mundo.
La gran galería de arte había sido transformada para el baile y parecía un jardín encantado.
Los cuadros seguían cubriendo las paredes con sus marcos ornamentales dorados y, entre ellos, era como si cientos de rosas hubieran florecido solo para la ocasión.
Trepaban hasta el techo abovedado y de ahí colgaban como si flotaran.
Algunos pétalos caían y hacían un efecto de lluvia roja.
Parecía una constelación de rosas.
Al centro se había delimitado una pista de baile enorme que ya comenzaba a recibir a las primeras parejas de la noche.
Un cuarteto de músicos se encontraba en una de las esquinas del salón, tocando una melodía suave que daba la bienvenida a todos los presentes.
Alrededor de la pista había mesas decoradas con elegantes manteles color crema y piezas centrales que parecían esculturas hechas de rosas rojas.
Había camareros ofreciendo bocadillos y bebidas por todo el lugar.
Entre las columnas de las paredes había balcones que permitían que entrara la brisa fresca de la noche y que le daban un toque romántico al ambiente.
Y, por supuesto, al centro de la galería, subiendo las escaleras que daban al segundo nivel, se encontraba el legendario cuadro de La Rosa y Valrose.
Desde ahí arriba, una Valrose Monrae con los ojos cerrados parecía estar con ellos, mientras Enia la arropaba bajo su manto de rosas.
—Una disculpa… —dijo Verian, el único ser humano capaz de mantener una sonrisa mientras hacía cara de asco total—. Mi madre quiere que esté con la familia cuando la archimaga dé las palabras de bienvenida. Ya va a ser hora.
Verian hizo una reverencia exagerada y se dirigió hacia las escaleras. Seguramente, la archimaga hablaría desde arriba, como una tirana contemplando a su pueblo ingenuo.
Pasaron unos cuantos minutos más y las luces se atenuaron un poco. La melodía de los músicos cesó y Agatha Monrae se situó al pie de la escalera. Con ayuda de un sigilo de aumento de volumen, habló con la voz clara y elegante que la caracterizaba:
—Apreciables invitados, magos y aprendices, sean bienvenidos a la gran fiesta del Baile de las Quinientas Rosas.
Les pido que tomen su lugar en la mesa que les corresponde.
—Hizo una pausa mientras los presentes se acomodaban—.
Esta noche marca un hito en la historia de nuestra querida Academia Valrose.
Contamos con la asistencia de los presidentes de Olsian, Finvelle, Irella, Arza y Dimas.
Además, la mismísima archimaga, Elgaria Monrae, quien nos ha honrado con su presencia y que, a continuación, nos regalará unas palabras. Un aplauso para su excelencia.
Todos los presentes aplaudieron de forma educada.
Agatha subió las escaleras y se quedó de pie junto al cuadro de La Rosa y Valrose.
En un extremo del segundo nivel, una puerta se abrió.
De ahí salió la archimaga, seguida por Livier y por Verian.
Ellos se quedaron a un lado, junto a su madre, mientras Elgaria Monrae tomó posición justo frente al cuadro.
Los ojos de Dara se posaron instintivamente en Livier.
Esa noche se había dejado el pelo suelto y lo había peinado hacia atrás, pero unos mechones rebeldes insistían en caer sobre su rostro pálido.
Llevaba un traje negro entallado con una rosa en la solapa izquierda.
Por alguna razón, los tatuajes de su mano derecha resultaban más notorios esa noche, ¿sería por lo refinado del atuendo?
Fuera como fuera, Dara no era capaz de retirar la mirada de él.
—Hoy Livier se ve muy apuesto, ¿no? —le susurró Catriona.
Una inesperada ola de calor subió a las mejillas de Dara.
—Se ve igual que siempre —respondió en voz baja.
Catriona soltó una risita sospechosa.
—Es para mí un gran honor poder presenciar el aniversario número quinientos de la Academia Valrose —dijo Elgaria Monrae—.
Esta institución fue creada por Valrose Monrae con la finalidad de unificarnos como magos.
Gracias a la guía de Enia, hace cinco siglos, la guerra terminó y empezó una nueva era.
Una era en la que los magos usan su magia con responsabilidad y con el objetivo de servir a Liyia.
Somos muy afortunados de ser parte de esto.
La archimaga llevaba su pelo largo en una coleta baja y estirada.
Los mechones blancos y negros enmarcaban su rostro y le daban un toque áspero.
Llevaba puesto un vestido negro de terciopelo que parecía pesado y, como era usual, estaba lleno de encajes.
Siempre lucía como si viniera del pasado.
Su mano derecha descansaba en su bastón, y el anillo de la familia Monrae era el único toque de color en ella, además de sus ojos rojos.
—Como descendientes de Valrose Monrae —continuó la archimaga—, mi familia y yo nos tomamos muy en serio nuestra labor con los habitantes de Liyia.
Continuaremos protegiendo el legado de la Rosa y nos aseguraremos de que nuestra venerable academia siga siendo un refugio para los magos de todo el mundo.
Sin más que decir, disfruten del Baile de las Quinientas Rosas.
Los presentes volvieron a aplaudir y, al fondo, la música comenzó de nuevo. Era una melodía alegre que invitaba a todos a la pista de baile. La mayoría se levantó de su lugar y se trasladó al centro para iniciar con la celebración.
Dara ya se encontraba tomando bocadillos de una bandeja que un camarero acababa de llevar a la mesa.
—Supongo que a los callejeros nunca se les quita el hambre —dijo Jabel Zastal, que iba pasando justo a un lado de la mesa con una aprendiz—. Ven algo de comida y van directo hacia el plato, ¡sin una pizca de modales!
—¿No te cansas de ser un imbécil? —contestó Dara después de poner los ojos en blanco.
—Nunca me voy a cansar de ponerte en tu lugar.
—Bueno, supongo que sientes una fuerte necesidad de compensar, ya que no pudiste hacerlo en la Demostración —dijo Verian, que acababa de volver a la mesa.
El cuello de Jabel enrojeció.
—¡La arena te dio la ventaja, callejera! Jabel tenía ganado ese duelo —exclamó la chica a su lado.
—Exacto —dijo Jabel.
—Jabel, me parece que el que está mostrando una falta de modales eres tú —intervino Ashe con seriedad—. Será mejor que vayas a disfrutar la noche.
Jabel apretó los puños, pero era incapaz de contestarle de forma grosera a cualquiera de los Cuatro Magos, así que solo asintió y se alejó de la mesa junto con su acompañante.
—¡Eso, Ashe! Me encanta cuando pones a la gente ridícula en su lugar —exclamó Verian.
Ashe negó con la cabeza.
—Es absurdo, desde el primer día no deja en paz a Dara.
—Yo solo lo ignoro —señaló Dara.
—Como debe ser —dijo Catriona.
Alessa se acercó a ellos y le extendió la mano a Catriona para sacarla a bailar. Los ojos de Catriona brillaron como nunca y se levantó de la silla con prisa. Dara las observó mientras caminaban hacia la pista de baile. Formaban una pareja muy bonita.
Ashe se excusó porque tenía que revisar unas cosas que había organizado junto al consejo de aprendices, y Dara se quedó en la mesa con los bocadillos. Y con Verian.
—¿Dónde está Leone? No lo he visto desde que llegamos —dijo Dara.
Verian alzó una ceja.
—¿Cómo no lo vas a ver? Es el centro de atención en la pista de baile —contestó y señaló con la mano.
Dara miró en la dirección que Verian apuntaba y lo encontró. Estaba en medio de la pista bailando con un aprendiz rubio. Ambos parecían no poder dejar de tocarse mientras se movían al ritmo de la música. A su alrededor había varios aprendices que parecían esperar por su turno.
—Debo admitir que nunca dejará de impresionarme lo popular que es. ¿Cómo es posible que todo el campus esté tras él? —dijo Dara, más como un pensamiento en voz alta que como una pregunta que necesitara respuesta.
—Él es el que se muestra disponible para todo el mundo. Le encanta ese tipo de atención —respondió Verian y le quitó una copa de vino a un mesero que pasó por ahí. Le dio un trago largo.
—¿Alguna vez ha tenido una pareja estable? —preguntó Dara.
Verian soltó una risotada mordaz.
—¿Leone? Claro que no. Ese hombre no es capaz de estar con una sola persona.
Dara dejó de observar a Leone para posar sus ojos en Verian.
Le sorprendió ver que no sonreía. Era muy raro que alguien pudiera perturbar el estado despreocupado que Verian se empeñaba en mostrar.
Se estaba dando cuenta de que Leone lo lograba sin esfuerzo alguno.
De nuevo recordó la teoría de Catriona y su corazón se estrujó por Verian.
—Tal vez algún día cambie —sugirió Dara.