El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LAS QUINIENTAS ROSAS
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LAS QUINIENTAS ROSAS

Transcurrió un mes y medio desde la noche del huracán y la vida continuó su curso, sin embargo, se notaba que los liyianos ya no estaban tan tranquilos.

Las estaciones de radio y los periódicos insistían en que todo se encontraba bajo control, pero era difícil creerlo cuando los desastres naturales iban en aumento y no había progreso alguno por parte del equipo de investigación.

La archimaga había dado una entrevista hacía dos semanas en la que pedía paciencia y muchas oraciones a Enia.

Elgaria Monrae era elocuente y siempre hablaba con tanta seguridad que la gente no podía evitar confiar en ella.

Además, era la representante máxima de la voluntad de la diosa de la Rosa.

No solo eso, era descendiente directa de Valrose Monrae.

Era la personificación de todo lo que estaba bien en Liyia.

La Academia Valrose le brindaba seguridad a las personas. Si la archimaga decía que todo estaba bajo control, entonces confiarían. Pero ya no estaban tan tranquilos. ¿Cuánto les duraría la paciencia?

Dara podía notar el aire de incertidumbre entre los mismos aprendices en la academia, pero todos preferían continuar como si nada estuviera pasando.

Ella hubiera querido poder hacer lo mismo, solo que ahora tenía la misión secundaria que Cedric le había asignado.

Era importante porque algo le decía que el anciano sí podía conseguir la información sobre el asesino de su madre.

Así que, durante semanas, Dara se dedicó a observar la oficina de la mano derecha de la archimaga y a obtener toda la información posible sobre ella.

Su nombre era Gea von Max y era una danzamentes con la habilidad superior de ver los recuerdos de las personas.

Estaba casada con Sonavan von Max, un cazaelementos con vinculación al fuego y con la habilidad superior de crear y manipular lava.

Su único hijo era Ashe von Max. Venían de una familia de aristócratas muy distinguida.

Dara se sentía un poco mal por espiar a los padres de Ashe, así que, para frenar la culpa cuando amenazaba con asaltarla, recordaba cómo había visto a Gea tratar a su hijo.

Para averiguar los horarios en los que Gea dejaba su oficina, tuvo que ser cuidadosa.

Durante todo el mes, cuando tenía clases en el Castillo Mayor, aprovechaba para subir al tercer piso, en donde se encontraban las oficinas de algunos profesores y del personal de la academia.

La de Gea von Max era la más grande y la que tenía más seguridad.

En todo momento había dos reguladores resguardando la puerta.

Gea pasaba mucho tiempo allí, a veces desde la mañana hasta ya muy entrada la noche.

Su horario era irregular y cuando salía era por algún llamado directo de la archimaga.

A veces, su esposo se encerraba con ella en la oficina.

Él no trabajaba directamente en la Academia Valrose, pero tenía un puesto importante en el gobierno de Olsian.

Era el puente principal entre el presidente y la archimaga.

En las noches, cuando Gea dejaba su oficina, dos reguladores llegaban para cubrir el turno nocturno. El lugar nunca se quedaba solo.

Eso hacía que la misión se complicara un poco.

Dara no pensaba arriesgarse a ser descubierta.

Así que, poco a poco, fue reuniendo lo necesario para cumplir su objetivo.

Los fines de semana salía del campus sin avisar a nadie para ir al mercado clandestino a comprar tarjetas infusionadas con sigilos a los profanadores.

Tenía las ganancias suficientes para comprar algunos costosos y efectivos, así que se llevó varios sigilos medicinales con efecto de somnífero, fabricados por cazaelementos con vinculación a la sanación.

También aprovechó para comprar uno de invisibilidad temporal, que le costó una pequeña fortuna.

Ese mes, en las noches, memorizó más sigilos para abrir distintos tipos de cerradura. Cuando llegara la noche del robo, estaría preparada.

Si el plan salía como lo ideó, sería algo rápido y sencillo.

Solo tenía que usar el sigilo de invisibilidad para no ser vista y así entrar al castillo.

Luego utilizaría su magia de voluntad para llevar los sigilos somníferos hacia los reguladores; para surtir efecto, solo debían hacer contacto con su piel.

De ahí sería cuestión de abrir puertas y cajones para encontrar la carpeta negra.

Dara decidió que llevaría a cabo su plan en la noche del Baile de las Quinientas Rosas.

Era la ocasión perfecta. Aprendices, profesores, empleados y directivos dejarían el campus de la Academia Valrose para dirigirse al Museo de Arte y Reliquias de Olsian, donde se efectuaría el baile. Incluso la archimaga estaría ahí. Era claro que Gea von Max y su esposo también.

Dara cumpliría con su obligación como aprendiz e iría al baile, pero en algún punto de la noche desaparecería para completar la misión de robar esa carpeta.

Ese mes no solo lo pasó preparándose para su gran robo, también dividió su tiempo en sus lecciones teóricas, clases prácticas y los deberes que hacía por encargo.

Además, en su tiempo libre buscaba estar con Catriona y con los Cuatro Magos.

Estar con ellos se había vuelto parte de su rutina y se sentía natural.

También estaba pasando más tiempo con Livier. Dara le había pedido que le mostrara más de su magia de alma y él se lo había tomado muy en serio. A veces se reunían en las noches en el observatorio o en algún rincón solitario del campus, y Livier le enseñaba, poco a poco, lo que podía hacer.

En teoría, todo Liyia sabía que los rompealmas tenían el poder de manipular el adnae a su antojo, pero verlo de primera mano jamás dejaría de asombrarla. Livier ni siquiera intentaba sorprenderla; le mostraba su magia en cosas cotidianas y pequeñas. Eso le gustaba a Dara.

Una noche, Livier la llevó a la cafetería, que en la madrugada solo ofrecía pan y té de menta.

Sirvió dos tazas y le preguntó a Dara cuál era su sabor favorito; ella le dijo que el de canela y un té pasó de ser de menta a canela.

En otra ocasión se encontraban en el observatorio y Dara le reveló que extrañaba el aroma de los naranjos, el árbol típico de Irella, y de pronto el espacio comenzó a oler a naranja.

En una de sus conversaciones, Livier se enteró de que Dara seguía muy afligida por su chamarra de combate rasgada, así que le pidió que la trajera a la noche siguiente.

Cuando Dara se la entregó, Livier pasó sus dedos por los daños y la dejó como nueva.

—Me dijiste que nunca habías remendado nada con tu magia —dijo Dara con fascinación. Tenía la chamarra en las manos.

—Estuve practicando toda la noche —respondió Livier.

Dara fingió que eso no le había afectado. Su corazón protestó.

Eran cosas así, que en teoría no tenían demasiada importancia. Pero para ella, eran extraordinarias y significativas por igual.

De forma inevitable, como todo lo que es controlado por el tiempo, llegó la noche del gran Baile de las Quinientas Rosas.

Ese día se cancelaron las clases y se respiraba la emoción en el campus.

Los aprendices corrían de un lado a otro y los profesores trataban de mantener el orden, pero era evidente que ellos también llevaban tiempo esperando por el gran evento.

Los aprendices eran libres de irse en coche particular al museo, pero la academia había ofrecido sus propios autobuses para llevar a los que no tuvieran cómo transportarse.

Dara y Catriona se alistaban en su dormitorio. Faltaban solo un par de horas para que el baile iniciara y habían quedado de verse con Verian, Ashe y Alessa en la entrada del campus para irse juntos.

Catriona estaba colocando los toques finales en su maquillaje y Dara no podía evitar observarla. Su amiga era el ser humano más bello que había visto jamás y esa noche lucía especialmente radiante.

Había recogido su pelo en una coleta alta y lo llevaba de un color lavanda que combinaba precioso con el vestido rosa claro que había comprado para la ocasión.

La tela de su corsé era arrugada y en la espalda formaba un lazo que caía hasta el suelo.

La falda era lisa y de corte circular, con una cola larga que le daba un efecto dramático para contrarrestar la suavidad del color.

En sus brazos llevaba guantes de seda y toda su joyería era de perlas.

—¿Cómo me veo? —preguntó Catriona cuando terminó de ponerse labial.

—Preciosa —dijo Dara, esperando que se notara la sinceridad aplastante en su voz—. En serio, Cat, vas a ser la más bonita del baile.

—¡Esa serás tú! —exclamó Catriona y se colocó tras ella, frente al espejo—. Sabía que ese era el vestido para ti, luces sublime.

Catriona había llevado a Dara de compras para elegir su vestido.

Ella intentó pagarlo con sus ahorros, pero era demasiado costoso, así que su amiga insistió en regalárselo.

Era la prenda más hermosa que Dara había usado en la vida y, cuando se vio en el espejo, tuvo que contener el aliento.

Nunca imaginó que llegaría a usar un vestido así.

Era color rojo oscuro, con un escote que brillaba como si estuviera hecho de estrellas y dejaba al descubierto sus hombros.

El corsé tenía los mismos destellos y se ajustaba a su cuerpo con cintas en la espalda.

La tela de la falda amplia caía de forma irregular en líneas largas y fluidas; era ligera y con transparencias que le daban un toque etéreo.

La parte favorita de Dara era la capa, que descansaba sobre sus hombros como alas translúcidas.

¿Y si nunca se lo quitara?

Catriona insistió en que usara tacones. Aunque no estaba acostumbrada, decidió hacerle caso.

Esa noche, Dara dejó su pelo suelto y solo se recogió unos cuantos mechones hacia atrás y los ató con un lazo rojo.

El único problema de su atuendo para el baile era que no tenía dónde esconder su relicario, y como no estaba dispuesta a dejarlo atrás, decidió usarlo como collar y tenerlo a la vista. Era dorado y lucía como una joya más.

—¿Estás lista? —preguntó Catriona.

Dara asintió.

Cuando llegaron a la entrada del campus, Alessa quedó boquiabierta al ver a Catriona.

Dara pudo notar el cambio en su expresión, cómo pasó de charlar de forma amena a quedarse sin habla al ver llegar a su novia.

Corrió hacia ella y la tomó de la mano para hacerla girar y no dejó de decirle lo hermosa que lucía. Catriona reía y reía sin parar.