El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) TRATO CERRADO #3
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TRATO CERRADO #3

La sala a la que se movieron después tenía tres largos sillones de piel frente a una acogedora chimenea, perfecta para la noche lluviosa, que se apreciaba a través del enorme ventanal que iba del piso al techo.

—Leo, ¿tienes algo que le podamos dar de comer a Pen? —preguntó Catriona.

Penélope maulló al escuchar su palabra favorita.

—Creo que en la despensa de la cocina hay varios tipos de pienso —contestó Leone, con una mano en la barbilla.

—Yo voy —ofreció Dara, que no quería que Catriona hiciera esfuerzo alguno en plena recuperación—. No tardo.

—Ah, pero no sabes dónde está —dijo Leone y luego miró a Livier—. ¿La acompañas?

Dara apenas iba a objetar algo, porque no era necesario, pero Livier ya se había puesto de pie.

—Vamos —dijo él.

Caminaron por el largo pasillo que daba a la cocina y Dara no podía dejar de ver hacia afuera a través de los ventanales.

La tormenta estaba incluso más fuerte que antes.

Las gotas chocaban, inclementes, contra el vidrio una tras otra.

Se podían oír los lamentos del viento que parecía tener como misión arrancar los árboles de la tierra.

—No había tenido la oportunidad de agradecerte por lo que hiciste por Verian en el duelo final —dijo Livier, sin mirarla—. Esa arena fue especialmente difícil para él.

Dara negó con la cabeza.

—No hay nada que agradecer. Él ya me había dicho que no sabía nadar, así que desde el inicio estuve al pendiente.

—Cualquier otra persona habría priorizado ganar el duelo —dijo Livier.

Dara se encogió de hombros. No quería el agradecimiento de Livier. Tampoco el de Verian. No quería que se dieran cuenta de la angustia que sintió cuando vio el agua descender hacia la arena hundida. Cuando Verian cayó a las profundidades, Dara se olvidó por completo del núcleo.

En su cabeza solo estaba Verian.

—De todos modos, era el núcleo quien decidía al ganador —respondió Dara en tono ligero—. Tal vez yo nunca fui digna.

Livier se detuvo en seco y la miró. Dara hizo lo mismo.

—Claro que lo eres. Vi todos tus duelos y…

Parecía que Livier se había quedado sin palabras al contemplarla en ese momento, con la lluvia cayendo tras ella.

Los ojos de Livier tenían un brillo distinto esa noche. La miraba con una suavidad que no era muy característica en él. Por primera vez, ese rojo intenso no le pareció inquietante a Dara. Por primera vez, ella sintió que, si se dejaba llevar, tal vez se perdería en esa mirada.

—Eres magnífica —dijo Livier al fin.

El corazón de Dara se le atoró en la garganta.

—Creo que bebiste demasiado vino. —Fue lo único que atinó a responder.

Era cierto, todos habían estado bebiendo, incluso Ashe.

—Eso no le quita veracidad a lo que acabo de decir —dijo Livier sin dejar de mirarla.

Dara no sabía cómo responder a eso, y tampoco era capaz de mantener el contacto visual, así que decidió continuar con su camino hacia la cocina. Pero ¿por qué su corazón latía como si quisiera ser escuchado sobre las gotas de lluvia?

En la cocina, Livier se dirigió a la despensa y sacó una pesada bolsa de pienso, luego le indicó a Dara dónde se encontraban los platos hondos. Una vez que le sirvió una buena porción a Penélope, regresaron a la sala con los demás.

Dara puso el plato de Penélope en el piso y vio a la nebelum lanzarse hacia él como si no hubiera sido alimentada en semanas.

Cuando desvió la atención de la criatura, se percató de que Leone había encendido la radio y todos se encontraban a su alrededor, escuchando lo que parecían ser las noticias sobre el estado del clima.

—Así que, ciudadanos de Olsian, quédense en casa esta noche, porque se avecina un huracán —exclamó la voz de la radio.

¿Un huracán?

Eso hizo que Dara se quedara pasmada en su sitio por unos instantes. ¿Cómo era posible?

—¡No puede ser! —chilló Catriona—. ¿Qué le está pasando a Liyia?

—Debemos mantener la calma —dijo Ashe, aunque él también estaba bastante pálido—. Recordemos que ya hay un gran equipo de magos investigando las causas de los desastres naturales. Pronto encontrarán una solución.

Dara se mordió el labio y no pudo evitar recordar todas las revelaciones y teorías de Cedric. Él le había dicho que no tenían mucho tiempo, que los desastres eran gritos de ayuda del Creador. Cada vez vendrían más y más. Cada vez desaparecería más tierra, más gente…

¿La archimaga en serio pensaba ocultarlo hasta que fuera demasiado tarde?

Le aterraba que existiera una mujer tan poderosa que prefiriera el fin del mundo antes que devolverles a las personas la capacidad de soñar.

Si es que eso era posible.

—Pueden quedarse aquí todo el fin de semana —dijo Leone mientras miraba la tormenta—. En la residencia principal tenemos cuartos de huéspedes de sobra.

—Pues vamos para allá de una vez, porque esto solo va a empeorar —contestó Verian.

Dara tomó a Penélope en sus brazos para llevarla con ellos. Bajaron a la entrada de la casa de juegos y, desde la puerta, contemplaron la lluvia torrencial. Las gotas caían del cielo con agresividad, acompañadas por una ventisca que cada minuto se volvía más violenta.

—Mierda, el chofer se llevó el coche —masculló Leone—. Y no tenemos paraguas aquí.

—No creo que un paraguas ayude mucho con este viento —respondió Dara. Su pelo revoloteaba por todos lados.

—Quisiera ofrecer los servicios de mi habilidad superior, pero estoy algo ebrio —dijo Verian y después se encogió de hombros—. Ni modo, toca correr.

—Tú también bebiste, Liv, ¿verdad? —preguntó Leone.

—Me temo que sí.

Dara no tenía alguna habilidad para protegerlos a todos de la lluvia, pero de igual modo intentó sentir su magia y falló estrepitosamente. Vaya, en serio que un poco de alcohol volvía inútiles a los magos. Era una de las principales razones por las que odiaba beber.

—Bueno, no pasa nada, solo es agua —dijo Dara.

—Pero la residencia principal está como a diez minutos a pie —farfulló Ashe. No lucía nada feliz ante la posibilidad de empaparse.

—Cinco si corremos —dijo Leone.

—¡Pues corramos ya! ¡Hace frío! —exclamó Catriona.

Todos comenzaron a correr.

Dara se aseguraría de que Catriona se diera una ducha caliente tan pronto llegaran a la mansión principal.

Leone encabezaba la carrera. Sus habilidades de forzacuerpos también estaban afectadas por el alcohol, pero aun así corría más rápido que los demás.

Dara llevaba a Penélope en brazos y trataba de cubrirla del agua, aunque sabía que era en vano.

Las gotas de lluvia golpeaban su piel con potencia y podía sentir los charcos de lodo manchar sus botas.

Corrían y corrían y no llegaban al destino. ¿Cómo era posible que una residencia estuviera tan lejos de la otra dentro de una misma propiedad? Eran cosas de ricos que Dara jamás entendería.

En algún punto de la carrera casi resbaló, pero logró mantener el equilibrio y siguió corriendo. Cuando al fin vio las luces de la casa principal, la adrenalina subió por sus venas y logró acelerar el paso. Se le acababa el aire y sus piernas se quejaban, pero ya estaba por llegar.

Subieron las escaleras que daban a la entrada y Leone abrió la puerta para dejarlos pasar. Se adentraron, uno tras otro, completamente empapados, a la casa.

Penélope saltó de los brazos de Dara para sacudirse, y ella aprovechó que tenía los brazos libres para apoyar las manos sobre sus rodillas y recuperarse. Su ropa estaba llena de lodo, el frío le calaba hasta los huesos y toda ella escurría.

Alzó el rostro y miró a los demás.

La media coleta de Livier se había desecho y tenía todo el pelo pegado en la cara.

Leone se estaba sacudiendo como si fuera una criatura mágica con mucho pelaje.

Verian había optado por tirarse al suelo en forma de estrella.

Ashe se quitó uno de sus mocasines para vaciar el agua que se había acumulado.

Catriona estaba recargada en la pared y miraba con asco el estado enlodado de su ropa.

Todos lucían miserables, pero había algo más en el aire.

—Que desastre —dijo Ashe.

—Pudo ser peor. Al menos nadie murió —contestó Verian.

—Todavía queda mucha noche —soltó Livier sin expresión alguna.

—¡Así se habla! —exclamó Leone—. Mis amigos, siempre los más optimistas.

Verian soltó un resoplido que sonó como una risa atragantada y eso los rompió.

Empezó con una risa contenida de Leone que rápidamente se volvió una carcajada que contagió a los demás.

Estaban mojados, sucios y exhaustos, pero sin duda, había algo más en el aire.

Algo que no tenía definición, pero que era cálido y solo podía existir cuando había complicidad y confianza de este tipo.

Dara intentó contenerse, en serio lo intentó. Pero la risa escapó de sus labios sin que pudiera detenerla. Primero salió atropellada por el desuso, pero pronto se transformó en una carcajada que le llenó los pulmones.

Llevaba años sin escuchar el sonido de su risa.

Rio y rio y rio hasta que le dolió el estómago. Y siguió riendo porque nadie parecía ser capaz de parar. Era una situación absurda y tal vez por eso era tan graciosa.

El mundo podría acabarse, pero en ese momento solo ellos importaban.

Sea esto establecido desde el principio y hasta el fin de los tiempos: se reconoce al Creador como el dios que lo soñó todo. Su supremacía no admite duda. Su divinidad no se cuestiona. Por el milagro de la creación, le será ofrendada gratitud mientras exista quien pueda pronunciar su nombre.

La diosa Enia no rige sobre Él, mas que quede claro también esto: la diosa Enia no se inclina ante Él. La diosa vela el sueño del Creador, y vela, sobre todas las cosas, por nosotros.

Porque cuando el Creador, en su ira, nos entregó al castigo, fue la diosa Enia quien nos salvó. Vio el potencial dormido en nuestras almas rotas. Y donde debía haber juicio, ella entregó misericordia. Liyia está en deuda eterna con la diosa.

Por tanto, sea proclamado que es a la diosa de la Rosa a quien Liyia adora, pero se reconoce al Creador como el origen de todo cuanto existe.

EL FUNDAMENTO, TEXTO PRINCIPIOS,

ESCRITO Y SELLADO POR LA ARCHIMAGA ISIS MONRAE.