El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) DOMINIO #3
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DOMINIO #3

Caminó hacia la tribuna, donde todos los profesores lo esperaban de pie. La abuela se encontraba al centro y en su mano huesuda sostenía una medalla de oro con rosas grabadas. Verian se detuvo justo frente a ella. Elgaria se acercó a él, como si quisiera darle un beso en la mejilla.

—Ya estás muy grande para seguir con tu ridículo miedo al agua —dijo la archimaga en voz baja, solo para oídos de Verian—. Pensé que la arena te obligaría a superarlo, pero ahora veo que no. Por lo menos tu habilidad superior no es una vergüenza para la familia.

Verian apretó los labios y sintió picazón en los ojos.

—En nombre de la Academia Valrose, me complace entregarle a Verian Monrae esta medalla que conmemora su victoria —exclamó la archimaga, ahora sí, para que todos escucharan.

Los aplausos resonaron nuevamente en el gimnasio mientras Elgaria Monrae le entregaba la medalla a Verian. Él la tomó por protocolo, pero quería lanzarla y hacerla pedazos.

No podía comprobarlo, pero ahora estaba seguro de que la arena sumergida no había sido aleatoria, como todas las demás.

De alguna forma, Elgaria Monrae intervino y se aseguró de que el duelo final sirviera como una tortura para Verian.

Ella lo sabía. Sabía que Verian casi murió ahogado cuando era niño.

¿Cómo podría olvidarlo? Ese accidente les había costado demasiado.

Se convirtió en la tragedia más grande para la familia.

¿Esta era su forma retorcida de vengarse?

«¡Era un niño! ¡No quería que eso pasara! ¡No fue mi culpa! Fue mi culpa. Fue mi culpa. Fue mi culpa».

Apretó los labios y se dio la vuelta. Le bastaron solo cinco segundos para componerse, en los que mantuvo la cabeza gacha, y luego la alzó.

Con la barbilla en alto, una sonrisa resplandeciente y ambas manos hacia el cielo, mostró su medalla al público.

Nuevamente, los aplausos llenaron el lugar.

La gente lo ovacionaba como si hubiera ganado una guerra.

Verian iba a hacer como si se creyera que merecía los aplausos.

Ya en su habitación, Verian acababa de ponerse sus anteojos de repuesto cuando abrieron la puerta sin tocar. Estaba de espaldas, pero no tuvo que voltear para saber quiénes acababan de entrar. Reconocía sus pisadas. Reconocía hasta la forma de respirar de esos tres.

—¡Verian! —La voz de Leone sonó como un rugido.

Verian se giró para recibir a sus amigos, pero cualquier pensamiento se esfumó de su cabeza cuando sintió los brazos de Leone rodearlo con fuerza. La mejilla de Verian quedó pegada a su pecho y podía escuchar su corazón latiendo, vivo y con fuerza.

Se dejó llevar por unos instantes y se preguntó cuánto tiempo sería prudente quedarse así.

La ridícula idea de cerrar los ojos y no separarse jamás le cruzó la mente, pero la desechó tan pronto la consideró.

Puso ambas manos en el pecho de Leone para alejarlo de él.

Se arrepintió en ese mismo momento, pero no haría nada al respecto.

—¿Estás bien? ¡No puedo creer lo que hizo esa mujer! —exclamó Leone con rabia contenida—. Esa arena no fue obra del cuenco. Fue ella. Estoy seguro.

—Leo, cuidado con tus acusaciones. Te pueden escuchar —dijo Ashe. No lo estaba reprendiendo, parecía mortificado.

—¡No me importa! ¡Que me escuchen! —respondió Leone y se pasó ambas manos por el pelo—. Esa señora no conoce los límites. ¿Pensaba dejar que te ahogaras?

—¿Sabes? Creo que le habría gustado que eso pasara —contestó Verian como si nada.

—¡Verian! —exclamó Ashe, tenía el rostro pálido—. No digas eso.

Verian se encogió de hombros.

—Es la verdad, Ashe. Tú no la conoces como nosotros. La abuela es inhumana y cruel. No quiere a nadie. Solo le importa Enia y está obsesionada con Livier.

Miró a su hermano mayor. Livier se encontraba en la entrada de la habitación, recargado en la pared. Su rostro estaba ensombrecido, su cuerpo rígido y en sus ojos había algo peligroso. Era muy raro ver a Livier así de furioso.

—Estoy bien —dijo Verian para tranquilizarlo.

—Esta vez se excedió. Ha ido demasiado lejos y no pienso olvidarlo —dijo Livier no como amenaza, sino como declaración—. Si algo te hubiera pasado…

—Pero no me pasó nada —lo cortó Verian.

Livier negó con la cabeza y salió de la habitación sin cerrar la puerta. Verian chasqueó la lengua y caminó hacia su sofá para dejarse caer de forma poco ceremoniosa.

—No seas así con él —dijo Leone desde donde estaba—. Ese también fue el peor día de su vida.

—¿Crees que no lo sé? —exclamó Verian, alzando la voz. Ni siquiera recordó sonreír para aparentar—. ¡Ese día marcó el resto de nuestras miserables existencias y sé que fue mi culpa! Pero estoy harto de que Livier quiera protegerme siempre, ¡ya no soy un niño!

—No fue tu culpa —dijo Leone con vehemencia, sin dejar espacio a discusión—. Los dos eran unos niños. Fue un accidente.

Pero Verian jamás iba a creérselo. Si él no hubiera caído en el mar, si hubiera sabido nadar, si Livier no lo hubiera salvado…

Jamás olvidaría las olas inclementes de aquella noche. La corriente despiadada arrastró a Verian hasta las profundidades y todo era frío y oscuridad y terror allá abajo. Claro que luchó.

Pero un niño no tenía oportunidad. No contra el mar.

Su garganta se llenó de agua y recordaba con claridad el dolor asfixiante, lo cual era curioso, pues muchas cosas sobre aquella noche estaban borrosas, pero no las sensaciones. No el dolor. ¿La gente sabía que ahogarse era agonizante?

Antes de perder el conocimiento, lo último que creyó ver fue a Livier.

A su hermano mayor, de tan solo nueve años, que se lanzó al mar violento y oscuro para salvarlo.

Livier nadó y nadó y bajó hasta las profundidades y tomó la mano de Verian para llevarlo a la superficie.

Verian no recordaba eso, pero de alguna forma, Livier logró ponerlo a salvo sobre una enorme roca llena de algas.

Pero un niño no tenía oportunidad. No contra el mar.

Esa fue la noche en la que Livier Monrae murió.