DOMINIO
Verian estaba de mal humor. Eso no era bueno, considerando que en unos minutos comenzaría el duelo final de la Demostración. Su duelo contra Dara Rennai.
Había dos razones por las que su humor se había ido por la borda.
La primera era que Rennai se fue con Livier.
No soportaba la idea de que ella prefiriera a su hermano mayor sobre él.
No lo entendía, tampoco. Verian y Dara habían sido prácticamente inseparables desde el inicio del curso.
Sí, tal vez al principio él se metió a la fuerza en su rutina.
Y sí, tal vez solo lo hizo para ganársela a Livier, pero ahora era distinto, ¿no? Había agrado mutuo.
Verian era un ser racional, sabía que el hecho de que Dara se hubiera ido con Livier no significaba que lo prefiriera, pero le molestaba de todas formas.
La segunda razón era que la archimaga, su queridísima abuela, acababa de llegar al gimnasio para ser testigo del duelo final, para sorpresa de todos. Elgaria Monrae jamás asistía a la Demostración, ¿por qué se había dignado a hacer acto de presencia en esta ocasión?
—Es obvio, vino a ver a su nieto —decían los aprendices entre murmullos.
Verian no era idiota, sabía perfectamente que a su abuela no le importaba nada que tuviera que ver con él, así que no tenía ni idea de qué hacía allí. Ahora tendría que esforzarse de más para impresionarla y eso no le gustaba.
—¿Listo para darlo todo, Verian?
La voz de Leone tras él lo hizo girar. Ahí estaba él, con su estúpida sonrisa y sus estúpidas perforaciones y su estúpida camisa a medio abotonar. Normalmente no le causaría tanto problema ver a Leone, pero como ya estaba de mal humor…
—¿Qué no sabes abotonarte la camisa? —le preguntó.
Leone no dejó de sonreír y alzó una ceja.
—Vaya, alguien está alterado.
—No lo estoy —dijo Verian, aunque era evidente que lo estaba.
—Leo, déjalo en paz —intervino Ashe.
—¡Solo vine a desearle suerte! —explicó Leone y luego volvió a dirigirse a Verian—. Además, quería saber cómo estabas.
—Bien, ¿por qué estaría de otra forma? —respondió Verian al instante.
—Tu cara cambió por completo cuando llegó la archimaga —señaló Leone.
Eso no era cierto. Verian no había dejado de sonreír en ningún momento.
—De hecho, me sorprendió mucho verla llegar —dijo Ashe; tenía las cejas arrugadas.
—No sé a qué vino. Tal vez está aburrida o algo —sentenció Verian y se encogió de hombros—. Como sea, no me importa.
Ni Leone ni Ashe parecían convencidos, pero decidieron no insistir.
Verian entendía que no le creyeran; no solo él estaba afectado, el ambiente en el gimnasio cambió de manera drástica cuando Elgaria Monrae llegó.
Antes, todo era expectativa y emoción por el duelo final, pero ahora la gente hablaba en murmullos y había más silencio.
La archimaga se había sentado en el lugar de Agatha Monrae y miraba hacia la arena con desinterés, sin soltar su bastón.
Al faltar cinco minutos para el comienzo del duelo, Dara y Livier volvieron al gimnasio.
Verian notó que el semblante de Livier se ensombreció al ver a la archimaga; Rennai todavía no se percataba de su presencia. En la entrada, Dara buscó a Verian con la mirada y, al encontrarlo, corrió hacia él. Livier no la siguió.
—Pensé que ibas a perderte el duelo —dijo Verian a modo de saludo. Claro que nunca pensó que Dara fuera a perderse el duelo—. Estaba listo para ganar sin tener que hacer nada.
Ella bufó con incredulidad.
—Dije que iba a aplastarte. No me lo perdería por nada.
—Así me gusta.
Llegó la hora del duelo y Ashe les deseó suerte antes de indicarles que debían situarse a extremos opuestos dentro de la arena.
Agatha Monrae se puso de pie a un lado de la archimaga y esperó a que hubiera silencio total para hablar.
Los presentes no tardaron ni dos segundos en callarse. Había chispas en el aire.
—Ha llegado el momento del duelo final de la Demostración —dijo Agatha a la audiencia—.
Los contrincantes serán Verian Monrae, danzamentes, y Aidara Rennai, danzamentes.
Llevábamos muchos años sin tener a dos aprendices de la misma categoría en la final.
Este duelo promete ser interesante. Será el Cuenco de la Transformación el que decidirá la arena.
Un suspiro audible salió de la boca de los presentes cuando Elgaria Monrae se puso de pie y se acercó al cuenco. No lo tocó, ni siquiera lo miró, lo único que hizo fue azotar su bastón contra el piso. Eso lo activó.
Del Cuenco de la Transformación emergió la luz brillante que había decidido el destino de todos los duelos del evento. Verian lo observaba desde su lugar, más impaciente de lo que le habría gustado admitir. ¿Era su imaginación o el artilugio se estaba demorando más en lanzar el papel?
Cuando el dichoso papel salió del cuenco, Elgaria lo tomó.
—El anfiteatro sumergido —dijo la archimaga.
La arena comenzó a transformarse frente a los ojos de todos. Bajo sus piernas, Verian sintió un ligero temblor, seguido de otro. El suelo crujía como si engranajes gigantes estuvieran despertando por debajo. Entonces, la arena descendió, lenta y pesada.
Verian y Dara se hundieron varios metros mientras los crujidos resonaban por todo el lugar.
El suelo que los sostenía bajó hasta que las gradas del público quedaron elevadas alrededor de ellos, transformando el gimnasio en, justamente, un anfiteatro.
Los dos finalistas quedaron dentro de un gigantesco pozo oval en el que emergieron varios pedestales de distintas alturas.
Los ojos de Verian se cruzaron con los de Dara. Ella tenía ambas piernas separadas para mantenerse estable y alerta. Él observaba sus nuevos alrededores. Ninguno hizo algún movimiento para empezar, ya que no les habían informado el objetivo del duelo.
Una esfera negra se materializó sobre ellos y descendió hasta quedar al centro de la arena.
Desde arriba, la archimaga se acercó al borde del pozo.
—El ganador será quien obtenga el núcleo y lo coloque sobre el pedestal más alto.
Ese fue el momento en el que llegó el agua.
Torrentes oscuros se precipitaron desde las paredes del pozo y se estrellaron contra el fondo de la arena con violencia. La esfera quedó sepultada por el agua negra al instante, como si se la hubiera tragado.
Verian apenas estaba asimilando lo que ocurría. Agua. Agua por todos lados, subiendo de nivel con rapidez. Dejó de respirar por un segundo. Un frío despiadado le mordió la piel tan pronto el agua alcanzó sus tobillos. Era incapaz de moverse.
El agua lo transportó a la oscuridad absoluta, a sus pulmones ardiendo, a la desesperación abismal, a sus pequeños brazos tratando de alcanzar la superficie en vano, al colapso.
—¡Verian!
La voz de Dara lo hizo volver a la realidad.
Ahora el agua le llegaba a las rodillas, y su adnae reaccionó primero que él. Dio un salto con magia de voluntad hacia uno de los pedestales y cayó de rodillas en la base. Su respiración era agitada y estaba seguro de que un ataque de pánico venía en camino.
Alzó el rostro para dejar de ver el agua negra y notó que Livier se encontraba al borde del pozo; estaba discutiendo algo con la archimaga y lucía un tanto frenético. Pero Verian no podía escuchar. La corriente era estruendosa. Consumía todos sus sentidos.
Quiso ponerse de pie, pero sus piernas temblaban de manera incontrolable y no era capaz de detenerlas.
Estaba perdiendo el control frente a toda la Academia Valrose y eso era lo peor que le podía pasar.
Esos intrusos no podían verlo así. No tenían derecho.
La archimaga no podía verlo así. No quería darle el gusto.
Sin embargo, su cuerpo no respondía. Temblaba y temblaba y no le permitía hacer nada más.
El agua seguía subiendo hacia él, cada vez más rápida y amenazante, y de repente ya no le importó si lo veían así. Lo peor que le podía pasar era volver a quedar sepultado bajo el agua.
—¡Verian! —volvió a gritar Dara.
Ella había saltado con magia de voluntad a un pedestal cercano. Estaba completamente empapada. La visión le causó un escalofrío a Verian.
—¿Estás bien? —dijo Dara, esta vez sin gritar. Para que solo él escuchara.
—¿No deberías estar buscando el núcleo? —contestó Verian. La voz que salió de su garganta fue la de un desconocido. Así jamás sonaba él: aterrado, débil, incierto.
Dara se cruzó de brazos, como si la pregunta la ofendiera.
—Eso pienso hacer, pero no va a ser un reto si te quedas ahí y no haces nada.
Verian soltó una risotada mordaz.
—Te recuerdo que no sé nadar.
—¿Y qué? Tienes magia. Hay otras maneras de intentarlo —contestó Dara y, sin decir nada más, de un clavado se lanzó al agua, que ya tenía una profundidad inquietante.
Verian casi sufre un infarto al ver a Dara desaparecer en el agua oscura. Tuvo que cerrar los ojos y repetirse una y otra vez que ella sabía nadar. Que no iba a ahogarse. Que no iba a quedar hundida ahí abajo. Como él.
Abrió los ojos y vio que Dara sacó la cabeza del agua para tomar aire y volvió a sumergirse. Verian jamás se atrevería. No podía. No podía nadar. No podía enfrentarse al agua.
Se concentró en las palabras de Dara. Verian tenía magia.
No solo la tenía, era bueno usándola. No le costaba admitir que era de los mejores danzamentes de la academia, y la Demostración serviría para que los demás también lo supieran.
Todos debían enterarse, no solo esos invasores a los que llamaba compañeros de curso: Verian era tan buen mago como Livier.
Tal vez no era un rompealmas, pero no era un aprendiz mediocre.
El agua llegó a su pedestal y eso lo hizo ponerse de pie. Saltó hacia un pedestal más alto y, esta vez, aterrizó de pie. Sus piernas seguían temblorosas, pero ya no con la intensidad de antes. Respiró hondo y, en silencio, le agradeció a Dara por sacarlo de su estupor.
Proyectó su magia de voluntad hacia el agua y empujó. El agua se partió en dos y pudo ver el fondo de la arena por unos segundos. El núcleo no se encontraba ahí. Repitió el ataque hacia otra zona del pozo y esta vez la apertura del agua fue más extensa. El núcleo tampoco estaba ahí.