BUSCA LA SALIDA #3
A Livier no pareció gustarle esa respuesta.
—Ven conmigo —dijo, y sonó casi como una orden.
—Esas cosas se preguntan, hermano —habló Verian y se acomodó las gafas con el dedo índice—. Tal vez Dara no quiere ir contigo.
—No, está bien. Iré —dijo Dara.
Verian se quedó callado.
Livier no dijo nada; se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida del gimnasio. Dara lo siguió. Ese hombre siempre la intrigaba, pero en ese momento había algo distinto en él. Sus ojos lucían más intensos que nunca. Sus hombros estaban tensos y su quijada, rígida.
Salieron del gimnasio; no iban exactamente juntos.
Dara se mantenía, a propósito, unos cuantos pasos atrás.
Caminó, guiada por Livier, hacia el Castillo Mayor.
Estaba desierto, ya que las sesiones se habían suspendido por la Demostración.
Entraron sin detenerse y Livier abrió la puerta de una de las aulas.
Cuando ambos estuvieron dentro, Dara fue quien cerró la puerta.
Livier no aguardó para acercarse a ella y tomar su brazo lastimado con delicadeza. Dara no se apartó. Por unos segundos, tampoco respiró.
—¿Puedes quitarte esto? —preguntó Livier, refiriéndose a la chamarra.
Dara asintió y se la retiró con la mano que no le dolía.
—No puede ser —exclamó horrorizada—. Mi uniforme está arruinado.
Su pobre uniforme de combate había quedado completamente agujereado de la manga donde había recibido el impacto de los cristales. Si quería uno de repuesto, tendría que pagarlo, y aunque tenía algunos ahorros, no quería gastar en uno nuevo. Maldijo a Jabel Zastal.
Livier volvió a tomar su brazo y examinó las heridas con la mirada. Dara lo observó, curiosa, mientras lo hacía. Las manos de Livier se movían con una suavidad inesperada que hacía contraste con sus tatuajes de espinas. Su rostro permanecía impasible.
Ahora que lo pensaba, Livier no era muy expresivo; sin embargo, en su rostro solía verse una tristeza incomprensible, de esas que eran permanentes.
—No son muy profundas —dijo Livier, como veredicto—. ¿Y tu mano?
Dara alzó la mano y movió los dedos varias veces.
—Esta sí me duele un poco más, pero no está rota.
—¿Puedo intentar algo? —preguntó Livier.
—Sí —respondió Dara sin dudarlo, aunque no sabía qué era lo que Livier iba a hacer.
Livier tomó su mano lastimada y entrelazó sus dedos con los de ella.
Dos pensamientos pasaron por la mente de Dara al mismo tiempo.
El primero: Livier tenía las manos grandes.
Podía envolver las de ella con las suyas por completo.
El segundo: ¿Por qué Livier estaba entrelazando su mano con la de ella?
Obtuvo la respuesta después de unos segundos.
Sus labios se separaron ante la sorpresa.
Un cosquilleo cálido que empezaba en sus dedos y terminaba en su hombro se llevó el dolor de forma gradual.
Dara podía sentir que una magia que lo desafiaba todo sanaba sus heridas.
La sensación en los huesos de sus dedos no fue muy placentera, pero en la piel de su brazo se sintió como un bálsamo.
Observó, llena de asombro, cómo las cortadas desaparecían y dejaban tan solo el atisbo de lo que fueron.
Livier había curado sus heridas y ella solo pudo decir una cosa:
—¿También puedes remendar uniformes con tu magia?
Livier no la soltó.
—No lo sé, no lo he intentado.
—Mi chamarra puede ser tu sujeto de experimentación.
Él pareció considerarlo. Dara pensó que estaba observando su manga destrozada, pero pronto se dio cuenta de que más bien miraba las manos de ambos, aún entrelazadas. Después de un par de latidos, la soltó.
—Lo del uniforme no era en serio —aclaró Dara y luego su voz se hizo pequeña—. Gracias por esto.
Alzó la mano y movió sus dedos, ahora sin dolor.
—Fue increíble. —Dara siguió hablando, sin poder detenerse—. Nunca había visto algo así. Es decir, he visto a forzacuerpos con habilidad superior de curación, pero es muy distinto a esto. No lo había pensado, aunque tiene sentido que los rompealmas puedan sanar. ¿Ya lo has hecho contigo mismo?
Livier parpadeó varias veces.
—Sí, lo he hecho —respondió al fin—. No creo ser capaz de sanar heridas más complicadas, por lo menos no sin practicar.
Eso también tenía sentido. Los doctores forzacuerpos y cazaelementos debían estudiar bastante sobre el cuerpo humano para poder curar heridas profundas, huesos rotos e incluso enfermedades. Se trataba de magia, pero no era tan simple.
Dara no pudo aguantarse:
—¿Podrías mostrarme más de tu magia de alma?
—¿Qué quieres que te muestre?
—Todo.
Dara podía escuchar la añoranza en su propia voz.
—Eso es muy ambiguo —dijo Livier.
—Podemos ir poco a poco.
Livier pareció meditarlo por unos instantes y luego asintió.
El pecho de Dara vibró con una anticipación casi infantil.
Era un tipo de emoción que llevaba años sin sentir.
Desde que vio a Livier en acción por primera vez, había querido saber más sobre su magia, sobre ser un rompealmas, sobre él.
Jamás imaginó que llegaría un punto en el que podría pedírselo así, como si nada.
—Deberíamos volver al gimnasio. No puedes llegar tarde a tu duelo —dijo Livier.
Dara asintió.
Se fue a su duelo con el corazón ligero.