BUSCA LA SALIDA #2
Cayó al piso frío del laberinto y cerró los ojos para tratar de escapar de ese recuerdo que mantenía bloqueado.
Podía sentir lo que la Dara del espejo sentía: las marcas en su cuello palpitando, el terror desmedido, el fantasma de los golpes en su cara. El peso de lo que hizo.
—Basta —susurró.
Como si el espejo obedeciera sus comandos, el reflejo de su pasado desapareció y con él se llevó todas las sensaciones que llevaban años enterradas. Abrió los ojos y se pudo ver a sí misma. A la Dara de la Academia Valrose. A la que estaba en plena Demostración.
—Tengo que salir de aquí —dijo y se levantó.
—¡Te encontré!
Dara apenas alcanzó a ver a Jabel antes de que el espejo frente a ella explotara en mil pedazos.
Decenas de cristales afilados salieron disparados hacia ella y eso la hizo percatarse de que había perdido su escudo de adnae.
Lo proyectó con rapidez, pero no la suficiente.
Varios pedazos de vidrio se clavaron en su antebrazo.
Un grito ahogado salió de la garganta de Dara mientras la sangre escurría hasta sus dedos.
—Así que así se ve la sangre sucia —canturreó Jabel.
—¿Qué mierda estás haciendo? —exclamó Dara—. ¡El objetivo es encontrar la salida!
—Y la encontraré, pero eres escurridiza, así que considero necesario incapacitarte.
Dara se arrancó los pedazos de vidrio de la piel y agradeció por el uniforme de combate, ya que había impedido que las heridas fueran profundas. Jabel caminó hacia ella entre cristales rotos, claramente disfrutando la situación.
—¿Sabes qué me enfurece? —espetó Jabel con magia de transmisión, sin esperar respuesta—. Que te crees muy única y especial por tener engatusados a los Cuatro Magos con tus trucos baratos de magia salvaje.
Dara se puso de pie. Gotas de sangre salpicaron el suelo.
—Pero eso no te va a durar. No vas a graduarte —continuó Jabel—. La gente como tú jamás obtiene su licencia de magia.
Otro espejo explotó, pero esta vez Dara estaba lista y su escudo de adnae bloqueó el impacto de los cristales. Usó su magia de voluntad para empujar a Jabel con fuerza, estrellándolo de lado contra un espejo. El cristal se rompió y le hizo un corte en la mejilla. Jabel maldijo en voz alta.
Entonces se abalanzó hacia ella con toda la ira de su magia de voluntad, y de un golpe certero rompió su escudo.
Dara se agachó para esquivar un puñetazo y lo logró, pero Jabel aprovechó el movimiento para tomarla del pelo y jalarla directo al piso.
El cráneo de Dara impactó contra el cristal y por un momento vio rojo.
—Te lo advertí. Te dije que te haría trizas —dijo Jabel.
La bota de Jabel conectó con la mano izquierda de Dara y la hizo crujir. Dara se tragó un grito y usó el impacto de su magia de voluntad para quitárselo de encima. Jabel cayó hacia atrás y ella se incorporó, tomando su mano lastimada con la otra para asegurarse de que no estuviera rota.
Dara estaba comenzando a pensar que, si fuera legal, este sujeto sería capaz de matarla.
¿Pero por qué? ¿Solo porque venía de las calles?
¿Porque le gustaba sentirse poderoso? Estos no eran los actos de un simple bravucón.
Los hombres como Jabel Zastal le recordaban que la crueldad era innata en el ser humano.
No tenía que aprenderse. A veces, las personas eran crueles porque podían serlo.
Jabel se puso de pie y volvió a caminar hacia ella de forma teatral, usando como efecto dramático los espejos a su alrededor. Cada que pasaba uno, lo hacía explotar con su magia de voluntad. Dara lo observaba con atención.
Gracias a eso, se percató de algo importante.
—¿Ya vas a pelear en serio? —exclamó Jabel, frente a ella—. Te tengo acorralada. No voy a dejar que avances.
Dara ignoró la provocación.
—Tengo una pregunta para ti —dijo Dara.
—Supongo que puedo responderte antes de aplastarte, ¿qué quieres saber? —exclamó Jabel. Su sonrisa estaba ensangrentada.
Dara ladeó la cabeza.
—¿Por qué estás tan obsesionado conmigo?
Jabel abrió la boca con indignación y su cara se puso roja al instante, pero antes de dejarlo reaccionar, Dara tomó con su magia los pedazos más grandes de cristal roto y los lanzó hacia él. Jabel, creyendo que lo iba a apuñalar, proyectó su escudo de adnae para defenderse.
Pero Dara no iba a lastimarlo, por lo menos no en un evento con público. Lo que hizo fue insertar con fuerza los trozos de espejo en el piso para formar una prisión de cristal alrededor de Jabel. Sabía que eso no lo detendría por mucho tiempo, pero tenía un arma secreta.
Justo frente a él dejó un enorme pedazo de espejo negro, que no tardó en reflejar a un Jabel un poco más joven, temblando y llorando bajo la sombra de un hombre grande.
—¿Qué rayos…? —exclamó Jabel, palideciendo.
Jabel había estado tan concentrado en buscar a Dara, que ni siquiera se percató de que los espejos negros mostraban los miedos más profundos. Por eso ahora estaba pasmado, sin poder apartar la vista de lo que le mostraba el reflejo.
—Debiste centrarte en el objetivo —dijo Dara.
Y es que, cuando Jabel rompió todos los espejos a su alrededor, Dara notó que solo uno quedó intacto.
Caminó hacia el espejo y alzó la mano con lentitud, con temor, con sumo cuidado. Cuando la posó sobre el cristal, corroboró lo que ya sabía. Ese espejo era tan solo una ilusión.
La salida.
Agotada, suspiró y dio un paso hacia el cristal.
Su siguiente paso lo dio directo al gimnasio. La luz artificial le pareció cegadora en contraste con la iluminación tenue del laberinto, así que se cubrió los ojos con el antebrazo lastimado. La sangre ya se había secado en su piel.
—Tenemos una ganadora. —La voz de la subdirectora Agatha Monrae resonó en el recinto—. Aidara Rennai.
En un inicio, no hubo aplausos, pero Dara creyó escuchar una exclamación animada de alguien que sonaba como Leone y eso rompió el silencio. El gimnasio estalló en gritos y en ovaciones para ella. Todavía no terminaba de asimilar que en verdad había ganado.
—¡Rennai!
Verian venía corriendo hacia ella.
—¡Le diste su merecido a ese idiota! Estoy orgulloso —le dijo con magia de transmisión.
Atrás de ellos, la arena volvió a la normalidad y dejó al centro a un Jabel arrodillado, con las manos cubriendo sus ojos. Dara esperaba que, después de esto, la dejara en paz. Pero algo le decía que no iba a ser así.
Dara pudo ver que varios profesores la observaban fijamente, con interés.
Algunos hacían anotaciones, pero otros solo la miraban.
Tener tantos ojos sobre ella le desconcertaba, pero había un par en específico que le hacían querer ser invisible.
La profesora Maevra parecía consumirla con su mirada gris.
Dara se preguntaba desde qué ojos había visto el duelo.
No les dieron tiempo de nada más; la subdirectora anunció que el siguiente duelo comenzaría de forma inmediata y que todos debían volver a sus lugares y guardar silencio.
El duelo de Verian Monrae contra Mirna Yves no duró mucho. La arena se transformó en un circuito boscoso repleto de obstáculos. Fue una carrera de varias vueltas, en las que la arena volvía a cambiar por completo. El duelo fue fascinante de presenciar.
Verian lo ganó.
—¡El gran duelo final será entre Aidara Rennai y Verian Monrae! —anunció la subdirectora Agatha—. Se efectuará dentro de una hora, así que pueden aprovechar este tiempo para lo que les sea conveniente.
Los presentes comenzaron a dispersarse. Algunos iban a salir del gimnasio para comer algo, otros simplemente querían cambiar de aires y unos más permanecieron allí, aguardando por el duelo.
—Esto va a ser divertido —dijo Verian, a un lado de Dara.
Alzó el puño derecho y se lo ofreció a Dara. Ella quiso chocar su puño izquierdo con el de Verian, pero la acción le causó dolor y recordó que tenía la mano lastimada. Levantó el puño contrario para responderle a Verian.
—Dara.
Esa voz diciendo su nombre.
Livier Monrae había aparecido frente a ellos y veía a Dara con enojo contenido. Nunca la había mirado así. Ni siquiera en sus primeros encuentros.
—¿Qué pasa? —respondió ella, genuinamente confundida.
—Ese imbécil te lastimó —dijo Livier.
Dara se encogió de hombros.
—No fue nada grave. Estaré bien.