BUSCA LA SALIDA
Era el último día de la Demostración y Dara Rennai había llegado a la semifinal.
Esa mañana, despertó en su dormitorio sin Catriona, ya que todavía no la daban de alta, y eso la hizo darse cuenta de que llevaba tiempo sin sentirse sola.
La compañía de su amiga se había hecho una constante en sus días y era extraño no tenerla.
¿Cómo era que los humanos se acostumbraban tan rápido a las cosas bonitas de la vida?
Desde la niñez había vagado sola por las calles y esa era su normalidad. A eso era a lo que estaba habituada. No podía creer que solo llevara unos cuantos meses en la Academia Valrose y ya se hubiera acostumbrado a no estar sola.
Y es que no solo estaba Catriona.
Pensó en Verian y en los Cuatro Magos, que parecían empeñados en adoptarla.
Se miró al espejo una última vez antes de salir del dormitorio. Llevaba el uniforme de combate con su prendedor de categoría reluciendo en la chamarra. Había optado por hacerse una coleta alta para que su pelo no le estorbara. Se llevó la mano al pecho para sentir el relicario de su madre y suspiró.
—¿Puedes creer hasta dónde he llegado? —preguntó a la nada.
«¿Estás decepcionada de mí?».
Penélope saltó sobre su hombro y se acercó a su rostro para chocar su cabecita contra su mejilla, con dulzura. Cuando quería, la nebelum podía ser muy cariñosa. Dara alzó la mano para acariciarla y después salió del dormitorio.
Antes de irse al gimnasio pasó por la enfermería para visitar a Catriona, pero su amiga estaba dormida y la enfermera no le permitió entrar a verla. Al parecer, ya tenía compañía. Dara supuso que se trataba de Alessa. Esperaba que Catriona se recuperara pronto.
En el gimnasio, el ambiente se sentía más caótico que los días anteriores. Estaba más lleno que nunca. Las gradas se encontraban repletas y no paraba de llegar gente. En el aire se respiraba tensión, pero también expectativa. ¿Quién ganaría la Demostración de ese año?
—¿Lista, Rennai? —le preguntó Verian.
—Eso creo.
Verian alzó una ceja.
—¿Con esa inseguridad piensas vencerme?
—Voy a aplastarte.
Ashe los guio hacia donde los otros dos semifinalistas se encontraban y les explicó que, como apertura para el tercer día, iban a nombrarlos de uno a uno para desfilar por la arena.
A Dara no le gustaba esa idea, pero no podía hacer nada al respecto, así que tendría que intentar no verse muy incómoda.
El evento comenzó cuando la subdirectora Agatha Monrae se puso de pie y llamó la atención de todos los presentes.
—Sean bienvenidos a la gran final de la Demostración de este año.
No es un año cualquiera. Estamos celebrando el aniversario número quinientos de la fundación de nuestra honorable Academia Valrose.
Los duelos que hemos presenciado han demostrado que nuestros aprendices tienen todo el potencial para convertirse en los magos que nacieron para ser.
En la academia nos enorgullecemos de formarlos para que usen su magia para el bien de la sociedad.
Todos la escuchaban, hipnotizados. La subdirectora no solo tenía el don de la palabra, sino que también inspiraba respeto.
—Hoy se efectuarán tres duelos —explicó la subdirectora—. Los dos aprendices que resulten victoriosos en su primer duelo se enfrentarán en el gran duelo final. A continuación, presentaré a nuestros semifinalistas. En la categoría de cazaelementos, con vinculación al fuego, tenemos a Mirna Yves.
El público aplaudió mientras Mirna caminaba por la arena, saludando con una sonrisa. Era una chica bastante alta, de piel oscura y pelo corto. Se notaba que le apenaba un poco la pasarela, pero, aun así, la cruzó como si la disfrutara.
—En la categoría de danzamentes, Jabel Zastal.
Jabel había nacido para el espectáculo. Al escuchar su nombre salió corriendo a la arena con ambas manos alzadas para saludar.
Su sonrisa era radiante y pronto empezó a dar saltos largos con magia de voluntad para animar a la audiencia, que ya aplaudía enloquecida.
Tal vez se debía a que era el hijo del presidente, pero Jabel gozaba de bastante popularidad entre sus compañeros.
—En la categoría de danzamentes, Verian Monrae.
—Que desagradable —susurró él antes de adentrarse a la arena.
También sonreía, como siempre. Llevaba puesta su máscara habitual y toda la gente se la creía. Ni siquiera alzó las manos para saludar y, aun así, los aplausos fueron incluso más fuertes que los de Jabel. ¿Se debía a que formaba parte de los Cuatro Magos? ¿O a que era un Monrae?
—Y, por último, en la categoría de danzamentes, Aidara Rennai.
Dara tomó aire y entró en la arena. Su objetivo era terminar la pasarela sin mirar a nadie y eso estaba haciendo.
Podía escuchar algunos aplausos educados, que en definitiva eran muchísimo menos ruidosos que los que recibieron sus compañeros.
No sabía si la mueca que estaba haciendo se asemejaba a una sonrisa, pero esperaba no parecer enojada.
Creyó escuchar un abucheo desde las gradas de los aprendices y no pudo evitar mirar de reojo. Sus compañeros de primer año no aplaudían, los que lo hacían eran el resto del público. Los que no estaban en el bando de Jabel Zastal. Por lo menos, no hubo más abucheos y pudo terminar la pasarela.
—Debe ser horrible no agradarle al resto de tus compañeros —dijo Jabel con una enorme sonrisa—. Pero tú te lo buscaste; en la academia no nos gustan los callejeros corrientes. Humillaciones como esta deberían servirte para que te des cuenta de que no eres como nosotros.
Dara apretó los puños.
—¿Y quién dijo que quiero ser como ustedes?
—Por algo estás aquí, ¿no? —contestó Jabel, de brazos cruzados.
—¿Por qué estás tan obsesionado con Rennai? —preguntó Verian con el ceño fruncido de forma exagerada.
—¿Qué? ¡Yo no…! ¡No estoy…! —balbuceó Jabel.
—Oigan, la subdirectora está hablando —dijo Mirna.
Todos giraron el rostro hacia la tribuna de maestros, donde, efectivamente, Agatha Monrae se encontraba dando unas palabras finales para poder dar comienzo con los duelos.
—Este es el primer año en mucho tiempo en el que hay tres danzamentes en la gran final. Quiero felicitar a los profesores de la categoría por este gran logro. Y espero que en los próximos años veamos más forzacuerpos y cazaelementos —dijo Agatha Monrae—. ¡Demos comienzo a los duelos!
Una nueva ronda de aplausos inundó el gimnasio, y el profesor Tiron se acercó a la copa que contenía las tablas con los nombres de los aprendices. No tenía que hacerlo, ya que las extraería con magia de voluntad, pero era parte del protocolo. Sacó una primera tabla y, enseguida, una segunda.
—El primer duelo será entre Aidara Rennai y Jabel Zastal —informó.
Una erupción de gritos, murmullos y aplausos estalló en el lugar. Al parecer, había muchos interesados en presenciar el duelo, tal vez por las apuestas, o tal vez porque querían ver a Dara perder.
Dara y Jabel entraron en la arena y se situaron en extremos opuestos.
—La arena elegida para el duelo será… —habló Agatha Monrae desde la tribuna. El cuenco ancestral brilló ante el llamado y expulsó un pedazo de papel. La subdirectora lo tomó con una mano—. El laberinto de los espejos. El ganador será el primero que logre salir.
La arena rugió cuando paredes de cristal emergieron desde sus entrañas.
Subieron lentamente, deslizándose unas entre otras hasta formar una serie de caminos imposibles de espejos negros y plateados que reflejaban todo a su alrededor.
La estructura lucía filosa, peligrosa y etérea.
Era un paisaje que no debería existir en el mundo terrenal.
Los murmullos en las gradas se apagaron poco a poco. ¿O era que los oídos de Dara estaban zumbando?
No quería poner un pie ahí adentro. Esos espejos, al ser obra del Cuenco de la Transformación, provenían del mundo de los sueños.
Al igual que el Espejo de las Memorias. ¿Tendrían algún efecto mágico similar?
De solo pensarlo, el corazón se le aceleró.
Pero no podía rendirse sin siquiera intentarlo.
Iba a tragarse todos sus miedos y ganaría el duelo.
Entró al laberinto y fue recibida por su reflejo multiplicado cientos de veces a su alrededor. Hasta el piso era de cristal. El efecto era abrumador y la mareó al instante. Eran demasiadas versiones de sí misma. Demasiados ojos llenos de ira y dolor. Ojos que no dejaban de juzgar.
Dio un par de pasos con las manos extendidas para darse una idea de la profundidad del espacio. No quería chocar con ningún espejo. No quería siquiera tocarlos. De pronto, una idea llegó a su mente como un regalo: su escudo.
Dejó salir su adnae para proyectarlo como escudo y comenzó a caminar con un poco más de seguridad.
Cuando el escudo rozaba con un espejo, era el indicador de que debía cambiar de dirección.
Los espejos plateados mostraban su reflejo tal cual era, pero los negros contenían un humo denso y traicionero.
La Dara que se reflejaba ahí no se parecía del todo a ella.
A su derecha, su reflejo a través de un espejo negro caminaba con un segundo de diferencia. Dara se detuvo y su reflejo también. La Dara del espejo le sonrió con malicia.
Dara quería salir corriendo de allí, pero debía ir con cautela.
Siguió avanzando por unos minutos, pero después de doblar en una esquina se dio cuenta de que no estaba llegando a ningún lado. Todos los corredores parecían iguales, con espejos infinitos, reflejos que se sentían ajenos y ecos de pasos que venían de ninguna parte.
—Por aquí…
Una voz familiar la desconcertó. Giró el rostro hacia uno de los espejos negros y se vio a sí misma. A una Dara Rennai de unos diez años. Estaba sucia, con los zapatos rotos, y completamente empapada. Lucía miserable y triste.
Dara apartó la vista enseguida y siguió.
Llegó a un callejón sin salida y quiso darse la vuelta, pero la visión que le ofreció el espejo negro frente a ella la paralizó.
Se encontraba arrodillada en el suelo, llorando de forma agonizante, con marcas en el cuello y las manos llenas de sangre. No solo tenía sangre en las manos, estaba en sus uñas, en su ropa, en su cabello y en toda ella. Su cuerpo no dejaba de temblar y le costaba respirar.
El reflejo la transportó a aquella noche y sus piernas flaquearon.