El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LA DEMOSTRACIÓN #2
50%

LA DEMOSTRACIÓN #2

Encima iba una chamarra corta estructurada, de hombros marcados, cierres metálicos y líneas limpias.

Los aprendices lo llevaban como quisieran: algunos no usaban la chamarra, otros agregaban cinturones, unos cuantos usaban guantes sin dedos.

Era requisito que todos llevaran a la vista su prendedor de categoría.

Dara no le había hecho nada a su uniforme, le gustaba tal cual se lo habían entregado.

Catriona, por su lado, les había agregado lazos negros a las mangas de su chamarra, lo cual le daba un toque delicado y muy de ella. Verian no llevaba la chamarra.

Pasaron unos cuantos minutos más en los que las personas continuaron llegando y acomodándose en sus respectivos lugares.

La archimaga no se veía por ningún lado.

Eso era de esperarse, ya que no solía hacer aparición en la Demostración.

La subdirectora Agatha Monrae había tomado lugar al centro de la tribuna de los profesores; sin embargo, ella no podía elegir ningún pupilo, ya que no había rompealmas en primer año.

Cuando llegó la hora de inicio, la subdirectora se levantó de su asiento de piedra. Los aprendices de primer año se encontraban de pie, divididos en tres filas en la arena.

—Honorables invitados, sean bienvenidos al plantel de los futuros magos de Liyia —los saludó con voz clara—.

Aprendices de primer año, sean bienvenidos a su Demostración, donde deberán enfrentar una serie de duelos mágicos para mostrar su dominio de adnae y exhibir todo lo que han aprendido en la academia.

El lugar se inundó de aplausos educados y mecánicos. Cuando cesaron, la subdirectora continuó.

—El evento tendrá una duración de tres días, en los que solo los más capaces irán avanzando.

Recuerden que sus profesores los observarán con suma atención, así que su desempeño podría definir su futuro en la Academia Valrose.

Les recuerdo que las únicas reglas son no usar sigilos, no causar ningún daño permanente a su oponente y, por supuesto, no matar.

Agatha miró a los aprendices de primero.

—Les deseo todo el éxito del mundo.

Y así, la Demostración comenzó.

El profesor Tiron sería el encargado de sacar los nombres de los aprendices que iban a pelear en cada duelo.

La dinámica era la misma que en las sesiones de duelo: dentro de una copa grande había tablas de madera con los nombres de todos los que cursaban el primer año.

Con magia de voluntad tomaría dos tablas y así se definirían los combates.

La primera tabla que salió de la copa tenía el nombre de Arima Dristos, danzamentes. La segunda era la de Catriona Marvella, forzacuerpos.

No.

Dara sintió una punzada en el pecho al ver el nombre de su amiga en la tabla. La miró y pudo notar que Catriona lucía petrificada. No, no, no. No podía dejar que entrara asustada a su primer duelo. Buscó la mano de Catriona con la suya y, al encontrarla, le dio un apretón.

Catriona la miró y Dara asintió, esperando que su mirada le comunicara que confiaba en ella. Que creía en ella y que podía hacerlo. Su amiga tardó un par de segundos, pero asintió de vuelta y respiró hondo. Luego dio un paso al frente.

Los aprendices de primer año tomaron asiento en sus gradas designadas y vaciaron la arena para que el duelo pudiera realizarse.

—La arena elegida para el primer duelo será… —habló Agatha Monrae desde su lugar.

Del cuenco ancestral en el centro de la estructura de los profesores emergió una luz que parecía danzar en el aire.

Dara pudo escuchar los suspiros de sorpresa de sus compañeros y estaba segura de que también había salido uno de su boca.

Se pudo sentir el adnae suspendido alrededor del cuenco por unos instantes y, cuando la luz se esfumó, un pedazo de papel quedó flotando en su lugar.

La subdirectora lo tomó.

—El jardín de las estatuas. El ganador será el que logre capturar a la criatura mágica —dijo y no ofreció más explicaciones.

En ese momento, la arena que tenían enfrente se transformó.

Lo que antes era un simple escenario, ahora era una especie de jardín encantado, repleto de estatuas de mujeres aladas, hombres con instrumentos de cuerda e híbridos de humano-animal.

Las estatuas eran de distintos tamaños y parecían petrificadas en medio de un grito de horror.

Alrededor de ellas había árboles frondosos y fuentes con agua corriendo.

—Cómo… —susurró Dara.

—Es el Cuenco de la Transformación —explicó Verian—. Solo existe uno en Liyia. Fue saqueado de un sueño hace siglos y solo se usa para la Demostración, ya que consume demasiado adnae. Con su magia, puede transformar cualquier cosa. El jardín que estamos viendo no es una ilusión, es real.

Dara estaba demasiado impactada para responder. No tenía idea de que utilizaran un artefacto mágico antiguo para la Demostración. Y tampoco conocía la existencia del Cuenco de la Transformación.

Catriona y Arima se situaron en extremos opuestos de la arena. Tras la señal del profesor Tiron, el duelo comenzó.

Al inicio, ninguna de las dos oponentes parecía segura de qué hacer. La subdirectora había dicho que el objetivo era atrapar a la criatura mágica, pero no mencionó nada sobre luchar. Dara suponía que cada duelo sería distinto.

No se veía una sola criatura mágica entre las estatuas, así que tendrían que encontrarla primero.

Catriona no esperó y concentró su adnae en su pierna derecha para soltar una patada que destruyó por completo la estatua de un hombre con un arpa, dejando una nube de polvo en su lugar.

No había rastro de la criatura. Catriona pasó a otra estatua y la destruyó con un golpe de adnae proyectado, sin tocarla.

Dara la miraba con asombro. A veces olvidaba que su amiga de cuerpo delicado y cabello de colores era una forzacuerpos.

En sus entrenamientos le había demostrado que, si bien no era la más fuerte, sí que tenía las habilidades mágicas que su categoría le otorgaba.

En el jardín de estatuas se deslizaba con una velocidad llena de gracia y sus golpes eran elegantes.

Su pelo, que llevaba recogido en una cola alta y rosa, la hacía ver aún más mágica.

Su oponente había optado por usar magia de voluntad para elevarse y observar el jardín desde arriba. Sus saltos eran largos y podía aguantar unos cuantos segundos en el aire.

Catriona pateó una estatua de una mujer conejo para destrozarla y, de la nube de polvo, saltó un auralet, una criatura semejante a un simple conejo blanco salvo por sus pequeñas alas, que no le servían para volar, y su cola de león.

¡Ahí estaba!

Catriona se lanzó de forma apresurada y un poco torpe hacia el auralet, presa de la sorpresa. La pequeña criatura saltó para esquivarla y se alejó dando saltos similares en altura a los de Arima, la danzamentes.

Arima vio a la criatura que Catriona había encontrado entre las estatuas y comenzó a perseguirla. Tanto ella como el auralet saltaban alto por todo el jardín y, por más que Arima se esforzara, no conseguía siquiera acercársele.

Dara se preguntaba si la magia de voluntad de Arima era lo suficientemente fuerte como para detener al auralet en pleno vuelo y atraparlo. Pero suponía que no, ya que no lo lograba.

Mientras tanto, Catriona tenía ambas manos en las rodillas, tratando de recuperar el aliento.

Se había esforzado de más al romper las estatuas y era normal que se sintiera drenada de forma tanto física como mágica.

Dara esperaba que hubiera racionado su adnae de manera eficaz. Todavía lo iba a necesitar.

Arima seguía en su misión de atrapar a la criatura en el aire y Catriona no se movía.

Ya no estaba encorvada; se había erguido y observaba al auralet desde abajo, como si quisiera descifrarlo.

Era evidente que el pequeño era escurridizo, ágil y rápido, lo que lo hacía muy difícil de capturar.

La criatura se impulsaba de árboles y estatuas por igual, y parecía divertirse.

—¿Por qué Catriona no se mueve? —preguntó en voz baja una aprendiz que se encontraba cerca de Dara.

Dara se hacía la misma pregunta, pero confiaba en Catriona. Su amiga lucía concentrada, sin perder de vista al auralet; sus ojos oscuros se movían como la criatura y, de pronto, comenzó a correr.

Catriona tomó velocidad para impulsarse y concentró su adnae en las piernas para saltar a los hombros de una estatua y luego pasar a la rama de un árbol. De ahí saltó hacia otra estatua y luego a otra.

A ojos del público, parecía que sus saltos no tenían sentido, sobre todo porque ni siquiera se comparaban en altura con los de Arima o el auralet.

Pero Dara no tardó en comprender lo que Catriona estaba haciendo: seguía el patrón de movimientos de la criatura.

Al observarlo, notó que el pequeño siempre se impulsaba de los mismos puntos, en un mismo orden.

Y ella comenzó a imitarlo, pero en sentido contrario.

El auralet estaba tan ocupado jugando con Arima, que ni siquiera notó a Catriona.

Así que cuando dio un brinco gigantesco desde uno de los árboles y continuó hacia la estatua alada de una mujer, no tuvo tiempo de reaccionar al salto de Catriona, que había predicho su trayectoria y, con ello, su punto exacto de aterrizaje.

La criatura cayó en los brazos de Catriona como si hubiera saltado directo hacia ella.

—¡Sí! —exclamó Dara en voz baja.

—Vaya, buena estrategia —concedió Verian.

—Fin del duelo. La ganadora es Catriona Marvella —dijo el profesor Tiron.

El gimnasio explotó en una ovación emotiva. ¡El duelo había terminado y ya había una primera ganadora! Dara aplaudía sin cesar y en su pecho crecía una sensación aplastante de orgullo puro. Le gustaba cómo se sentía.

Catriona tenía al auralet en un brazo y no dejaba de sonreír, aunque se notaba que su victoria le había costado.

Su frente estaba bañada en sudor y no dejaba de respirar de forma agitada.

Arima se acercó a ella y le extendió la mano; Catriona la estrechó de forma amistosa.

Varios profesores en la tribuna hacían anotaciones sin parar y otros comentaban entre ellos.

Pero ese tan solo fue el primer duelo de la Demostración, que se extendió por horas y horas.

Dara pensó que el día podía volverse tedioso al tener que observar a todos los aprendices de primer año batirse en duelo, pero no fue así.