El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LA DEMOSTRACIÓN
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LA DEMOSTRACIÓN

La Demostración llegaría al final del mes.

El último terremoto había pasado sin importancia; el cuerpo estudiantil confiaba en las promesas de la archimaga de que todo estaba resolviéndose.

De que todo estaba bajo control. El ambiente en las clases prácticas se sentía más pesado que nunca y, la semana antes de la Demostración, los aprendices se quedaron horas extra entrenando.

Estaban nerviosos, querían sobresalir y llamar la atención de los profesores.

Dara se dedicó a entrenar junto a Catriona.

Su amiga no era la forzacuerpos más poderosa, pero no era una incompetente, como ella decía.

Sus golpes y patadas eran mucho más fuertes que los de Dara, aunque eso era de esperarse.

Y su velocidad no estaba mal. Dara le lanzaba ráfagas de adnae proyectado y ella las esquivaba sin dificultad.

El mayor problema de Catriona era que se cansaba rápido.

Una parte de Dara quería forzarla a dar más y más, pero su mente no dejaba de pensar en el día en el que Catriona estuvo en cama, débil y enferma. Y sabía que era algo recurrente, así que no quería llevarla al límite.

—Dijiste que tenías huesos débiles, ¿no? —preguntó Dara con magia de transmisión en una de sus sesiones—. Entonces tenemos que fortalecer tu escudo para que nadie pueda tocarte.

Y eso hicieron.

En los entrenamientos, Dara aprovechaba para practicar su propia magia de voluntad y de transmisión, ya que ella también tenía que prepararse. Sus días ocupados fueron como una bendición, ya que casi no tenía tiempo de pensar en todo lo que le pesaba.

Cedric actuaba como si nada hubiera sucedido, y Dara le seguía la corriente, aunque faltaba poco tiempo para su reunión en los túneles.

No sabía si estaba lista para regresar. No solo era que jamás quería volver a experimentar la habilidad superior del bibliotecario, sino que tampoco le gustaba sentir el peso del conocimiento sobre sus hombros.

Estaba harta de no poder dejar de pensar en eso. Era conocimiento que ella no pidió. Conocimiento que amenazaba con alterar todos sus planes. Ella solo quería una venganza personal. Cedric la había arrastrado a algo mucho más grande.

¿Y si no asistía a los túneles cuando se cumpliera la fecha acordada?

Lo consideraría seriamente.

La mañana de la Demostración, el ambiente en la Academia Valrose era distinto.

Era como si hasta el aire supiera que era un día que marcaría el destino de los aprendices de primer año.

El olor a rosas, siempre presente en el campus, se sentía asfixiante.

La neblina de la noche no se había ido por completo.

Las voces de todos, que normalmente se mezclaban en sus conversaciones entre los pasillos y los jardines, estaban apagadas.

Las clases serían suspendidas durante los tres días en los que se llevaría a cabo la Demostración. Incluso los aprendices de segundo y tercer año tendrían ese tiempo libre para que pudieran asistir a los duelos si así lo deseaban.

A primera hora, los aprendices acudieron de forma mecánica al gimnasio, donde se realizaría el evento. Al llegar, los miembros del consejo de aprendices los ordenaban por filas según la categoría de magia de cada aprendiz.

—Les recuerdo que los duelos no estarán divididos por categoría y cada enfrentamiento se decidirá de forma aleatoria —dijo Ashe. Llevaba un collar con un sigilo de aumento de volumen para ser escuchado por todos—. Este acomodo es solo para mantener un orden.

Catriona encontró a Alessa en las gradas del público y alzó la mano para saludarla. Su novia le devolvió el gesto y le mandó un beso, haciendo que Catriona sonriera por primera vez esa mañana. Había amanecido con un nudo en el estómago por los nervios y no había podido comer nada.

—Recuerda, no permitas que te toquen y usa tu agilidad a tu favor —le dijo Dara.

—Lo haré —respondió Catriona—. De no ser por ti, creo que ni siquiera me habría atrevido a presentarme a la Demostración. Estaba lista para fingir que me enfermé y que me descalificaran.

Dara negó con la cabeza.

—Nada de eso. Recordemos que no se trata solo de ganar, cada profesor está buscando algo distinto en sus futuros pupilos. Estoy segura de que llamarás la atención de alguien —dijo Dara.

—Y yo estoy segura de que podrías ganar la Demostración —dijo Catriona con una sinceridad arrolladora.

Dara no lo creía. Y al parecer, los otros aprendices tampoco.

—No le mientas a la callejera, Catriona —dijo una voz fuerte y burlona. Era la de Jabel Zastal—. Su técnica es demasiado salvaje.

—Exacto, no tiene oportunidad —agregó uno de sus amigos.

Dara iba a contestarles algo bastante grosero, pero Catriona fue más rápida.

—Me parece raro que digas eso, Jabel. Me enteré de que Dara te ganó en el primer duelo que tuvieron —respondió de forma educada y contundente—. Y siempre la veo en la lista de los mejores puntajes en las clases prácticas. Creo que tu nombre no lo he visto nunca.

Jabel se puso rojo de ira y miró a Dara.

—Es porque haces trampa, ¡pero la arena de la Demostración está diseñada para detectar cualquier tipo de artimaña sucia!

—¿Trampa? —respondió Dara y alzó una ceja. Luego se encogió de hombros—. Si eso te ayuda a dormir por las noches…

Jabel chasqueó la lengua.

—Espero que nos veamos en la arena, callejera. Esta vez te voy a hacer sufrir.

Su grupo de amigos se alejó con él para situarse al inicio de la fila.

Se metieron delante de otros estudiantes que habían llegado antes y nadie les dijo nada.

Dara suponía que no se atrevían a desafiar al hijo del presidente de Dimas.

De hecho, según los rumores, el presidente estaría presente en la Demostración para ver el desempeño de su hijo.

—Cada vez es más ridículo. Si me importara, hasta sentiría lástima por él —dijo Verian, que había aparecido de pronto detrás de Dara y Catriona.

—No le hagas caso, Dara. Como dice Verian, es un ridículo —aseguró Catriona.

—No te preocupes, jamás tomaría en serio nada que saliera de la boca de ese idiota.

—Me encanta cuando detestamos a las mismas personas —dijo Verian.

—Tú detestas a todos —contestó Dara.

La sonrisa de Verian se expandió.

—Exacto.

Dara decidió no corregirlo. En teoría no odiaba a todos, más bien le eran indiferentes y no le interesaban en lo más mínimo.

Cuando recién entró a la Academia Valrose, pensó que se mantendría así con el resto de los aprendices, pero ahora, meses después, había algunas excepciones.

¿Lo admitiría en voz alta? Probablemente no.

—Por favor, a la fila —dijo Ashe mientras caminaba hacia ellos—. Necesitamos empezar muy puntuales.

Verian le dio una palmada en la espalda.

—¡Pero mírate! Poniendo orden —dijo y luego miró a Dara y a Catriona—. Ashe no se los va a decir porque jamás alardea, pero el año pasado fue el ganador de la Demostración.

Las mejillas de Ashe se pusieron coloradas. Lucía adorable.

—¿En serio? —exclamó Catriona—. ¡Eso es increíble, Ashe! Tienes que contarnos todo.

—Verian, eso no era necesario —dijo Ashe mientras negaba con la cabeza—. Vayan a formarse y luego les platico mi experiencia, ¿sí?

Dara decidió arrastrar a Verian y a Catriona hacia la fila para darle paz a Ashe. Los tomó de las muñecas y se encaminó con ellos a donde los demás aprendices de primer año ya se encontraban formados.

—¡Mucha suerte, amigos! —les dijo Ashe antes de darse la vuelta para seguir con su labor de presidente del consejo.

Ya en la fila, Dara se dio el tiempo de observar el gimnasio de la academia, que apenas conservaba algo de su estado original.

Para la demostración lo habían transformado por completo.

Donde normalmente había espacio para entrenamientos y duelos mágicos, ahora se alzaba una arena ovalada justo al centro del recinto.

La arena se encontraba rodeada de gradas que ascendían en varios niveles, las cuales estaban repletas de personas.

Los murmullos de los aprendices llenaban el aire y hacían que el ambiente se sintiera festivo. Dara sabía que varios incluso estaban haciendo apuestas entre ellos.

El lado norte del gimnasio hacía contraste, ya que ahí se encontraba la tribuna de profesores.

Era una estructura elevada de piedra oscura y respaldos altos que, al igual que las gradas, también ascendía en niveles.

Al centro se encontraba una especie de cuenco que lucía ancestral.

Los profesores de todas las categorías llevaban papel y pluma para hacer anotaciones.

Algunos profesores lucían severos, otros emocionados y unos cuantos parecían aburridos de estar allí.

Dara jamás los había visto a todos juntos.

Al sur había un podio con sillas afelpadas para invitados importantes.

El presidente de Dimas se encontraba en primera fila.

También estaban allí algunas personalidades importantes en Liyia y miembros de la aristocracia.

Dara decidió no enfocar su atención en ellos, no le gustaba que eso pareciera más un espectáculo que un evento escolar.

Lo que para los presentes era entretenimiento, para los aprendices de primer año era la oportunidad de demostrar que eran dignos de continuar con sus estudios en la Academia Valrose.

Y, para un aspirante a mago, eso lo era todo. Si no se graduaban, no podrían usar su magia jamás. Era tan simple como eso. Tan injusto como eso.

El recuerdo del Creador muriendo azotó la mente de Dara y la hizo preguntarse si todo esto tenía sentido, pero al instante desechó el pensamiento. Durante estos tres días no pensaría en Cedric, ni en venganzas, ni en el fin del mundo.

—Traes las agujetas desabrochadas, Rennai —dijo Verian.

Dara miró hacia abajo y, efectivamente, debía volver a abrochar las agujetas de sus botas, que iban perfecto con el uniforme de combate de la academia. Todos debían portarlo para la Demostración.

El uniforme era sumamente práctico, sin embargo, su forma era elegante y a algunos aprendices los hacía lucir intimidantes.

La base consistía en una túnica corta y ajustada de cuello alto, confeccionada con una tela negra, gruesa y flexible.

El material tenía un acabado satinado, como si estuviera húmedo, y era bastante ligero a pesar de ser muy resistente.

Los pantalones eran un tanto abombados y eran de la misma tela.