EL FIN DEL MUNDO #3
—Tú no puedes decidir si vale la pena o no —respondió Dara, y luego agregó, con un poco de sarcasmo—: Además, la Academia Valrose es una institución intachable, ¿qué riesgo podría haber?
—Una institución intachable… —repitió Livier, como si le pareciera un concepto imposible.
Dara se encogió de hombros.
—Eso dicen todos.
Livier volvió a suspirar.
—No piensas hacerme caso, ¿verdad?
—Tal vez si fueras más claro, lo consideraría.
—Dara mintió. Aunque Livier le asegurara que si la descubrían la matarían o la marcarían como insurrecta, ella no desistiría—.
Pero sé que no me vas a dar explicaciones y aprecio que tampoco me las pidas.
Después de todo, somos prácticamente desconocidos.
Livier se giró para verla y sus miradas chocaron. Cerca, muy cerca.
—No lo somos —dijo él con seguridad—. No eres una desconocida para mí.
Dara abrió la boca y la cerró. No sabía qué responder a eso y tampoco sabía por qué su corazón latía con brusquedad ante esa declaración.
A decir verdad, ya no consideraba a Livier un desconocido, pero tampoco pensaba que fueran cercanos.
No sabía casi nada de él, pese a que una parte de ella quería indagar hasta saberlo todo.
Él la intrigaba; era una sensación que ninguna otra persona despertaba en ella.
Y la desconcertó darse cuenta de que le gustaba charlar con él, aunque se hablaran entre secretos.
—Bueno, tienes razón, no somos desconocidos —concedió—. Somos personas que se encuentran en las noches.
—Vaya, nunca había sido eso de alguien.
—Siempre hay una primera vez.
Una fuerte corriente de aire entró por la cúpula abierta y sacudió el cabello de ambos como si fuera la misión que le designó Ophyr, el emisario cazaelementos.
El pelo suelto de Dara revoloteó con rebeldía.
Cuando el viento cesó, se retiró las hebras que le tapaban los ojos.
Pudo ver que el pelo de Livier había sufrido el mismo destino y ahora se encontraba más alborotado que antes.
Iba a hacer un comentario al respecto, pero se quedó muda cuando Livier alzó la mano derecha y la acercó a su rostro.
Se detuvo a un lado de su mejilla, sin tocarla.
Los tatuajes en forma de espinas le llegaban hasta la punta de los dedos.
Dara podía sentir, como magnetismo, la mísera distancia entre la mano de Livier y su piel.
—¿Puedo? —preguntó Livier.
Ella asintió.
Livier no posó la mano en la mejilla de Dara, sino que la alzó un poco más y tomó un mechón de cabello insubordinado que se había quedado enroscado arriba y, con una delicadeza inusitada, deshizo el nudo y colocó el mechón detrás de la oreja de Dara.
El contacto hizo que un escalofrío recorriera toda su espalda.
Y tal vez fue la imaginación de Dara, pero sintió que Livier dejó la mano en su cabello por unos segundos más de lo necesario.
Cuando la retiró, el frío de la noche se hizo más evidente en esa zona que recién había tocado.
Era curioso, Dara hubiera imaginado que las manos de Livier serían frías, pero irradiaban calor.
Un deseo extraño de hacer lo mismo se apoderó de ella. Quería alzar la mano para aplacar el cabello de Livier, pero no se atrevía. Así que no lo hizo.
—Se está poniendo más frío —dijo Livier.
—No me importa —respondió Dara.
La comisura de la boca de Livier se alzó un poco. Ahora sí, el atisbo de una sonrisa.
—Otro punto a añadir en la lista de cosas que no te importan —dijo Livier.
—¿Las estás anotando?
—¿Y si te digo que sí?
Dara decidió no responder a eso. También decidió ignorarlo por completo. Su sistema nervioso no sabía cómo procesarlo.
—¿Estas semanas has estado ocupado? Casi no te he visto —optó por decir. Quería preguntarle si la había estado evitando, pero eso sería una tontería.
—Algo así. He estado… ausente —respondió Livier y lo pensó un poco—. Pero creo que ya no lo estaré.
—Eso es bueno. Leone luce muy triste y perdido sin ti.
Livier puso los ojos en blanco.
—Si con alguien no he estado ausente, es con él.
Dara podía imaginarlo. Leone jamás permitiría que Livier se distanciara de él. Lo conocía poco y ya estaba segura de ese hecho.
—Bueno, pero tu amigo es muy dramático —respondió Dara. Ese también era un hecho innegable.
Livier se quedó callado. Alzó la vista al cielo y se quedó mirando hacia arriba.
Hacia la luna, hacia las estrellas. Dara lo imitó y se sorprendió con lo diferente que se veía la noche desde el observatorio.
Había ido al lugar con toda la intención de contemplar la luna y, tan pronto vio a Livier, olvidó su propósito.
—No esperaba que notaras mi ausencia —dijo Livier de pronto.
Dara se quedó quieta y no lo miró.
—Es que tengo que devolverte tu abrigo y no te había visto.
—Ah. No tienes que devolvérmelo.
Pensó que Livier diría algo más, pero no fue así.
Ella tampoco dijo nada más. Los dos se quedaron contemplando la noche repleta de estrellas y, para cuando Dara se dio cuenta, estaba completamente relajada.
Hacía semanas que no se sentía así y no quería moverse para no acabar con la sensación de paz.
Se preguntaba si la sensación provenía del lugar o de la persona a su lado.
No quería averiguarlo.