EL FIN DEL MUNDO #2
—Creo que ya no es necesario salir, ¿o sí? —cuestionó Catriona. Caminó hacia la puerta del dormitorio y asomó la cabeza por el pasillo. Dara supuso que se había topado con otros aprendices, a juzgar por sus preguntas—. Noelle, ¿van a bajar? ¿Y ustedes, Liam? No, nosotras tampoco.
Catriona cerró la puerta y se dejó caer en su cama.
—Nadie de nuestro piso va a bajar —informó Catriona y luego suspiró—. ¡Pero qué susto! Odio esto. Odio que no sepamos ni siquiera por qué tiembla.
Dara sí lo sabía. O por lo menos, sabía lo que Cedric le dijo. Pero no podía decir nada.
Si la gente se enteraba de que el Creador estaba muriendo, pero no tenían pruebas para convencer a la población de oponerse a la archimaga para conseguir el Diario de Valrose, se desataría un caos absoluto.
Catriona y Dara volvieron a acostarse con la intención de dormir, pero a Dara le fue imposible hacerlo.
Otra vez se había obsesionado con sus pensamientos sobre el Creador, los sueños, el bibliotecario, el fin del mundo y más, más, más.
Penélope tampoco se durmió y miraba a Dara.
Su único ojo lucía sabio y curioso a la vez.
Dara llevaba tal vez una hora intentando dormir cuando decidió que era un caso perdido y se quitó la manta de encima para salir de la habitación.
De pronto esas cuatro paredes se sentían sofocantes.
Miró a Catriona para cerciorarse de que estuviera dormida y, cuando lo confirmó, tomó de su armario la gabardina café que ella le había dado cuando recién se conocieron y se la puso.
En el armario también tenía guardada la gabardina de Livier.
La observó unos segundos y frunció el ceño.
Había pensado en devolvérsela, pero no lo había visto desde el campamento, hacía semanas.
Claro que lo había avistado en el campus, pero por instantes que desaparecían en cuestión de un parpadeo.
Y nunca hacían contacto visual. Incluso ya no lo veía tan seguido con los Cuatro Magos en la cafetería.
Si se hubiera creído lo suficientemente importante, habría pensado que Livier la evitaba.
Antes de salir del dormitorio, alzó el dedo índice a la altura de sus labios para que Penélope no maullara. Por suerte, hizo caso.
El aire nocturno en la Academia Valrose era helado y húmedo, pero Dara ya se estaba acostumbrando.
Cuando recién inició el año escolar solía pasar más frío, pero ahora llevaba meses ahí y se sentía bien.
Ahí arriba, en la Montaña de la Rosa, las estaciones no cambiaban, solo existía el frío perpetuo.
No tenía un objetivo en mente esa noche, pero sabía que no quería pensar en túneles ni en desapariciones ni en su misión.
Solo quería despejarse. El campus estaba vacío y solo se escuchaba el viento y el baile de las hojas de los árboles.
La luna en el cielo estaba redonda y vibrante.
A Dara le gustaban las noches de luna llena.
Eso le dio una idea para no caminar sin rumbo.
En el viejo observatorio de la academia había un telescopio. Probablemente servía; cuando estuvo allí vio a algunos aprendices jugar con él. Nunca había usado uno y se preguntaba si podría ver la luna de cerca.
Caminó hacia el lugar y no le sorprendió encontrar la puerta abierta.
Suponía que no había necesidad de cerrarlo bajo llave porque estaba abandonado y no había nada importante dentro.
Se dirigió hacia las escaleras para subir hasta la cúpula y el telescopio.
Cuando llegó, se detuvo en seco al percatarse de que había una persona allí.
Su estómago se hizo nudo al ver a Livier Monrae sentado cerca de la baranda que rodeaba la estructura. Estaba mirando hacia el cielo estrellado y sus pies colgaban en el aire, sin moverse. La luz de la luna hacía que su rostro se viera más pálido que de costumbre.
Antes de que Dara hubiera decidido qué hacer, Livier bajó la mirada y encontró la suya.
Sus ojos se toparon con los de ella y permanecieron allí. Esto tuvo un efecto extraño en Dara; hacía tiempo que no percibía esa mirada sobre ella. No sabía reconocer lo que sentía en el pecho al cargar con el peso de la atención de Livier.
No estaba tan cerca de él, pero desde allí podía ver que sus ojeras estaban más pronunciadas que nunca. Además, no llevaba el pelo negro recogido en su media coleta habitual. Estaba suelto y alborotado, como si se hubiera peleado con la almohada. ¿Habría tenido una pesadilla?
—Luces terrible —dijo Dara sin preámbulos.
Antes del campamento, tal vez no se habría atrevido a decirle algo así como saludo, pero aquella noche algo había cambiado entre ellos. No sabía qué y, a pesar de que llevaban semanas sin hablar, no sentía que debiera salir huyendo, como las primeras veces que lo vio.
—No sé cómo responder a eso —dijo Livier.
—No hay nada qué responder, es la verdad.
La mirada de Livier cambió, pero Dara no supo leer esa variación. Parecía estar pensando en algo serio mientras la observaba. Después de unos instantes, él suspiró con pesadez.
—¿Otra noche sin poder conciliar el sueño? —preguntó Livier.
—Sí, el terremoto me despertó y ya no pude dormir —contestó Dara.
Livier extendió la mano en la que tenía el anillo de la familia Monrae.
—¿Te quieres sentar?
A Dara le sorprendió un poco esa pregunta.
Aunque era cierto que, cuando coincidían, lo hacían de noche, jamás había recibido una invitación explícita para pasar el rato con él.
Lo suyo eran encuentros poco convenientes, con excepción de la última vez en el campamento.
Y tras esa ocasión lo había visto menos que nunca.
Aun así, caminó hacia donde estaba y se sentó a su lado.
Se quedaron callados durante un rato y, nuevamente, no fue incómodo.
Dara estaba estrangulando las ganas de preguntarle miles de cosas.
Estaba segura de que Livier sabía qué era el relámpago fugaz que se desprendió del cielo.
Quería saber si la archimaga le había explicado la verdadera causa de los desastres naturales. O si sabía cómo detenerlos.
O tal vez la archimaga no le contaba nada. Dara no tenía idea de la relación familiar entre Livier y Elgaria Monrae.
También quería saber sobre sus pesadillas.
Le frustraba tener tantas incógnitas sin respuesta. Y sabía que Livier no le revelaría nada si preguntaba. Era igual o más hermético que ella. Si él no sacaba el tema del relámpago, asumiría que no iba a hablar de eso.
—¿Vienes mucho aquí cuando no puedes dormir? —Dara decidió preguntar algo menos cargado, pero que también le generaba curiosidad.
—No mucho. Por lo general voy a otro lugar. O a veces merodeo por el campus.
—Es un gran lugar para merodear.
—Es un mal hábito hacerlo por las noches —dijo Livier.
Dara resopló.
—No predicas con el ejemplo, ¿eh?
Livier negó con la cabeza.
—Es diferente —respondió con seriedad—. Yo pertenezco aquí. Desde que tengo uso de razón he estado en Valrose. Crecí entre sus rosas y rincones. Solo en las noches tengo el campus para mí solo.
A Dara no le gustó escuchar que Livier pertenecía a Valrose, pero suponía que era cierto. No podía olvidar que era el heredero de la archimaga.
—¿Y qué sientes ahora que tienes que compartirlo conmigo en las noches? —Decidió seguir por la ruta ligera.
El labio inferior de Livier tembló, como si estuviera aguantándose una sonrisa.
—¿Así que esto continuará a largo plazo?
—Me temo que sí —respondió Dara.
Livier tardó un poco en responder. Luego dijo:
—Sé que siempre que nos encontramos te doy alguna advertencia críptica y no ofrezco explicación.
Tampoco espero que tú me des explicaciones sobre tus escapadas nocturnas.
—Ya no la miraba; sus ojos estaban clavados al frente, aunque no parecía estar observando algo en específico—.
Pero sea lo que sea que te mantiene despierta en las noches, no vale la pena el riesgo.
«No te metas en lo que no conoces».