EL FIN DEL MUNDO
La llegada del fin del mundo lucía como cualquier otra mañana.
Por lo menos para los ignorantes —es decir, la mayoría de la población de Liyia—. A Dara Rennai jamás le había gustado vivir en la ignorancia, pero desde la revelación de Cedric hacía dos semanas, sentía que, en ocasiones, lo mejor era no saber.
Día y noche pensaba en las palabras del bibliotecario.
«El fin del mundo se acerca. Si la humanidad no recupera la capacidad de soñar, todos moriremos».
No solo eran sus palabras, era el tono en el que las dijo. Sus ojos desorbitados. Su semblante aterrado. Su locura desbordada. Todavía podía sentir las manos de Cedric sobre sus hombros cuando la sacudieron con una vehemencia cargada de horror.
Habían sido las dos semanas más extrañas para Dara desde que llegó a Valrose.
Sus clases continuaron de forma habitual, los temas de conversación de los aprendices también.
Todo seguía su curso como si nada estuviera pasando, y en verdad lo parecía.
Incluso, durante esas dos semanas no se había registrado un solo temblor.
Sin embargo, Dara no podía dejar de pensar en la revelación.
El Creador estaba muriendo y necesitaba de los sueños de las personas para sobrevivir. Pero ¿cómo se recuperaba la capacidad de soñar?
Cedric tenía la teoría de que la respuesta podría estar en los fragmentos no autorizados del Diario de Valrose Monrae, guardado bajo el sigilo de seguridad más poderoso en Liyia. Ese no era el único problema: nadie sabía dónde se encontraba escondido, solo la archimaga.
El bibliotecario estaba reuniendo evidencia, al igual que Dara, para exponer todas las mentiras de la Academia Valrose con la esperanza de causar una especie de insurgencia en la que el pueblo le exigiera a la archimaga que entregara el Diario.
Cedric no estaba seguro si su plan funcionaría.
Aunque tuviera cientos de pruebas contundentes, la Academia Valrose contaba con la fe ciega de la gente. Y la fe era un arma muy poderosa.
Así que su predicamento y el de Dara eran el mismo. Ambos querían exponer a la academia, pero no sabían si eso haría alguna diferencia. El contraste más grande era que Cedric hablaba de causar una revolución. Dara se habría conformado con manchar el nombre de Valrose.
—Por ahora, debes hacer como si no hubiéramos tenido esta conversación —le dijo Cedric esa noche en los túneles—. Actuaremos con normalidad y en un mes nos reuniremos aquí abajo con avances si es que los tenemos. ¿Estás trabajando sola?
—¿Trabajando? —Dara preguntó, algo aturdida por la información—. Sí, nadie sabe lo que estoy haciendo. ¿Y usted?
—Aún no puedo revelarte todo. Ya me arriesgué mucho confiándote la situación y debo ser precavido. Tienes que demostrarme que puedo seguir confiando en ti.
Dara se cruzó de brazos, a la defensiva.
—Ah, ¿sí? Pues yo no confío en usted —le dijo.
La poca confianza que le tenía se esfumó cuando la obligó a hablar.
Esa noche regresó a su dormitorio cual sonámbula. Caminaba por inercia y ni siquiera se dio cuenta de cuándo llegó a su cama. No durmió.
Estas últimas semanas había tenido problemas para conciliar el sueño; eso afectaba su desempeño en las clases prácticas y, en general, en su funcionamiento como ser humano normal.
—¡Tierra a Dara! —dijo Catriona—. Otra vez traes esa mirada perdida, ¿segura que estás bien?
Dara sacudió la cabeza.
—Sí, sí, no te preocupes.
—Imposible no preocuparme. Llevas tiempo muy callada y dispersa. Si no quieres contarme lo que te pasa, no voy a presionar, pero si puedo ayudar de alguna forma, ¿me lo harás saber?
Dara miró bien a Catriona. Ese día llevaba el pelo color lila recogido en una coleta alta.
De sus orejas colgaban arracadas doradas enormes y su atuendo consistía en un suéter oscuro ajustado y una falda larga con un lazo al frente.
Sus botas de tacón alto retumbaban en el adoquín del campus.
Iban caminando hacia los dormitorios después de un largo día de clases.
Catriona tenía razón, Dara no se había sentido como ella misma desde aquella noche.
Y no sabía cómo avanzar. Cedric le había dicho que debían volver a reunirse con actualizaciones y ella estaba paralizada.
No se había atrevido a bajar a los túneles de nuevo porque de solo pensarlo regresaba a ella la espantosa sensación de no poder tragarse las palabras.
El bibliotecario había violado la voluntad de Dara y eso era algo que la seguía consumiendo por dentro.
Sus esfuerzos habían pasado a la sección de investigación de la biblioteca, donde tenían periódicos archivados desde la primera vez que se imprimió uno.
Su plan era buscar alguna noticia incriminatoria o que cuestionara a la Academia Valrose.
Pero ellos tenían el control de todo, hasta de los medios de comunicación, así que sabía que su labor era inútil.
Aun así, prefería dedicar su tiempo a algo que mantuviera su mente ocupada.
—Dara… —insistió Catriona cuando la vio perdida de nuevo.
—No necesito tu ayuda —espetó Dara sin pensarlo. Se arrepintió al instante.
Los pasos seguros de Catriona flaquearon por unos segundos, pero se recuperó rápido.
—Lo siento —se disculpó Dara al instante—. No fue mi intención hablarte así. Estoy cansada y tengo muchas cosas en la cabeza. Ya viene la Demostración de medio año y me preocupa no llamar la atención de algún profesor.
Esa explicación pareció convencer, por lo menos un poco, a Catriona. Le dedicó a Dara una sonrisa tentativa.
—¡Te irá bien! —aseguró—. Eres una gran danzamentes y estoy segura de que varios profesores ya te tienen en la mira. Te apuesto a que, a finales de año, estarás en la lista de candidatos de más de uno.
—Eso espero… —respondió Dara. Aunque pasar a segundo año carecía de importancia si lo comparaba con el inminente fin del mundo. Negó con la cabeza y decidió que su compañera de habitación no merecía solo migajas—. ¿Quieres que entrenemos juntas?
Fue como si Dara le hubiera ofrecido el cielo.
—¿En serio? ¡Eso me serviría muchísimo! —exclamó Catriona—. Se lo pedí a Alessa, pero su mentor la tiene ocupada todo el tiempo. Ser aprendiz de tercer año en Valrose no es para los débiles. —Hizo una pausa y puso la mano en su barbilla—. No me imagino a mí misma en tercer año.
—No digas eso. Yo sí te veo graduándote —dijo Dara. Y lo creía.
—Solo lo dices porque eres mi amiga. Mis probabilidades de graduarme son cercanas a cero.
Amiga.
El corazón de Dara reaccionó ante esa palabra.
¿Amigas? Ella jamás había tenido una. Pero suponía que Catriona lo era, ¿no?
Su amiga. La palabra sonaba desconocida, pero al mismo tiempo muy cálida.
Todo en su ser le pedía a Dara que la aceptara y la abrazara.
Que jamás la dejara ir porque una amiga era lo más valioso que podía tener en la vida.
Más si era una amiga como Catriona Marvella.
Se había metido en la vida de Dara con su pelo de colores como un pastel, sus ojos brillantes, sus sonrisas divinas, su bondad espontánea, su alegría grandísima y su tenacidad feroz. Porque Dara era una persona difícil y Catriona nunca se alejó, nunca se dio por vencida.
—Vas a tener que graduarte, no podría sobrevivir a este lugar sin ti —dijo Dara con intención—.
Y te he visto en las carreras mensuales; tal vez no seas la forzacuerpos más fuerte o rápida, pero eres ágil.
Podemos enfocarnos en potenciar eso para la Demostración.
De todos modos, estoy segura de que varios profesores se han fijado en ti.
—Ay, si me dices esas cosas me la voy a creer —respondió Catriona—. ¡Acepto el entrenamiento!
Dara se detuvo y le extendió la mano a Catriona para sellar el trato.
—Nos ayudaremos mutuamente —dijo Dara.
Y Catriona le tomó la mano, pero no para apretarla, sino para tirar de ella y acercar a Dara y rodearla con ambos brazos.
Dara se paralizó por un segundo. El abrazo de Catriona se sintió como si volviera a casa después de todos esos largos años de no tener un hogar.
Dara se percató de que sus brazos temblaban cuando los alzó para corresponder el abrazo y rodear a su amiga.
Tan pronto lo hizo, sus defensas cayeron y fue como si se derritiera en los brazos de Catriona.
Cuando se separaron, la sonrisa de su amiga era cegadora.
—¿Y sabes que es lo más emocionante de la Demostración? —preguntó Catriona, pero no esperó por una respuesta—. ¡Que después viene el Baile de las Quinientas Rosas!
Dara casi se había olvidado de eso.
El Baile de las Quinientas Rosas se realizaría para conmemorar los quinientos años de la fundación de la Academia Valrose.
El evento sería tan grande que no se efectuaría en el campus, sino en el Museo de Arte y Reliquias de Olsian.
Asistirían los presidentes de cada país, la aristocracia de Liyia y un ejército de medios de comunicación.
Por supuesto, allí estaría la archimaga.
Los afortunados aprendices que cursaban sus estudios durante la monumental fecha también estaban invitados.
O más bien, estaban obligados a asistir.
—Déjame llevarte de compras pronto, ¿sí? ¡Tenemos que encontrar los mejores vestidos! —dijo Catriona.
De nuevo, Dara se preguntó cómo era posible que el mundo siguiera su trayectoria normal cuando el fin se acercaba.
—Sí, está bien, compremos vestidos —decidió responder.
No quería volver a su estado disperso, era evidente que había preocupado mucho a Catriona.
Esa noche, la despertó un terremoto.
Dara abrió los ojos por los maullidos de Penélope y no tardó en sentir el temblor. Todo a su alrededor se tambaleaba y la nebelum comenzó a volar en círculos entre la cama de Dara y la de Catriona.
—¡Tenemos que salir! —dijo Catriona. Se levantó de la cama y tomó una bolsa de tela de su armario—. Pen, ¡entra aquí!
La nebelum no hizo caso.
—¡Penélope! —la regañó Dara. También se encontraba de pie y daba saltitos en el piso para ponerse sus viejos mocasines—. No estamos jugando.
En ese momento, los temblores pararon. El terremoto había durado un poco menos de un minuto y no había sido tan fuerte. Tanto Catriona como Dara se quedaron de pie como estatuas, en caso de que hubiera alguna réplica. Penélope aterrizó en la cama de Dara y empezó a lamer su pata, despreocupada.