ESPERANZA #2
—¿Y por qué la necesitamos? ¿No se supone que todo está bajo control? —preguntó Verian sin poder contenerse. Tenía la barbilla recargada en la mano y, aunque se hubiera esforzado, no habría sido capaz de ocultar por completo el sarcasmo en su tono.
No es que no fuera devoto, lo era a su manera, pero vivir con la presencia aplastante de la archimaga lo había hecho poner sus límites.
Elgaria Monrae miró a Verian como si fuera un bicho rastrero. Lo usual.
—¿Acaso te dije que podías hablar? —exclamó la archimaga—. Cada día te vuelves más impertinente.
—Mamá, Verian solo está nervioso por todo lo que está ocurriendo en Liyia —dijo Agatha. Como siempre, trataba de defender a sus hijos—. Jamás cuestionaría la grandeza de Enia y lo bendecidos que seríamos de recibir un mensaje suyo.
La archimaga ni siquiera miró a su hija. Sus ojos estaban clavados en Verian.
—Eres una vergüenza para la familia Monrae —dijo como si fuera el hecho mejor probado en la historia de Liyia—. De haber sabido que ni siquiera serías un rompealmas…
—Se nos hace tarde —la interrumpió Livier.
Livier no interrumpía a la archimaga jamás, con excepción de cuando se trataba de Verian. Siempre que se trataba de Verian.
Verian tardó unos segundos en recuperarse de las palabras de su abuela.
No era la primera vez que las escuchaba, pero nunca dejaban de doler.
Cuando era niño, se esforzaba constantemente para tratar de ganar su amor.
Muy pronto descubrió que eso no sería posible, así que sus esfuerzos se reenfocaron a intentar obtener su validación.
Eso también era improbable, pero tal vez no imposible.
Y lo odiaba. Odiaba que siguiera anhelando la validación de la archimaga.
Y la odiaba. Odiaba a Elgaria Monrae por todo lo que les había hecho a su madre, a Livier y a él.
—Vámonos a clases, Verian —dijo Livier. Ya se encontraba de pie.
Verian asintió y se levantó de la silla. Ambos hermanos caminaron hacia la salida de la sala sin decir una palabra más, pero podían sentir la mirada penetrante de Elgaria Monrae sobre ellos.
—Livier —dijo la archimaga—. Quiero verte en mi estudio esta noche.
Ese fue un día más aburrido de lo habitual.
Últimamente, Rennai lucía ausente y cansada, como si no hubiera dormido nada, era una imagen que Verian conocía bien.
Trató de provocarla o de sacarle cualquier reacción, pero ella permaneció replegada en sus pensamientos, lo cual hizo que la jornada se sintiera como un suplicio.
Ya se había acostumbrado a las constantes riñas entre ambos y siempre contaba con ellas para hacer menos soporíferas las clases.
Terminó un entrenamiento de magia de voluntad antes que el resto de los aprendices y decidió aprovechar para ir a la cafetería. En la mañana había perdido el apetito y casi no comió nada, así que moría de hambre.
A esa hora la cafetería solía estar vacía y, considerando su fiasco de día, no quería lidiar con multitudes de intrusos.
Estaba tan acostumbrado a llevar su sonrisa practicada en el rostro, que por lo general no requería esfuerzo alguno el plasmarla como un escudo, pero en ese momento lo que más deseaba era encerrarse en su habitación y dejar la farsa.
Tal como lo predijo, la cafetería se encontraba desierta salvo por unos cinco aprendices que comían en silencio.
Notó que, al fondo, en su mesa usual estaba Leone.
Tan pronto hicieron contacto visual, Leone alzó la mano para saludarlo con una sonrisa.
Verian le devolvió el gesto y se dirigió hacia él.
Al llegar a la mesa, Verian se sentó al lado de Leone y tomó un pedazo de pan de su plato.
—¿Mal día? —preguntó Leone. Iba vestido como de costumbre, con la camisa desabotonada hasta el pecho y arremangada por encima de los codos. Las perforaciones en sus orejas eran plateadas, y llevaba varios anillos en las manos.
Verian suspiró.
—¿Tanto se me nota?
—Muchísimo —aseguró Leone.
—Qué raro, pensé que la sonrisa en mi cara era convincente.
Leone chasqueó la lengua.
—Es que no es tu sonrisa de siempre. Conozco todas tus sonrisas.
Verian alzó una ceja.
—No seas ridículo, solo tengo una.
—Eso no es cierto —dijo Leone con seguridad y procedió a explicarse—.
Tu sonrisa habitual es un poco más suelta, ¿sabes?
Es calculada, pero eso la hace muy tuya.
La de hoy se ve forzada, como si fuera complicado mantenerla.
Y luego está la que casi nunca muestras: cuando bajas la guardia y la sonrisa te llega a los ojos, todo tu rostro se transforma. Esa es mi favorita.
Verian se quedó con el pan a medio camino.
Su estúpido corazón era débil y ahora latía tan desbocado que le preocupaba que se le fuera a salir del pecho.
Todos los días tenía que repetirse una y otra vez que Leone Eryndor era su amigo y solamente eso. Leone era el sol en un mundo gris y él mismo lo sabía. Claro que lo sabía. Era una certeza tranquila de quien ha aceptado su propia naturaleza.
Las personas que lo conocían también lo sabían y terminaban añorando su luz.
¿Y Leone? Él se iluminaba más cuando compartía su resplandor.
Lo repartía sin medida, sin condición, sin cansarse jamás de brillar.
Tenía destellos para todo el que los quisiera.
Esa era, por supuesto, una forma poética de decir que Leone Eryndor era un rompecorazones incorregible.
A Verian le hubiera gustado decir que él era diferente, que a él no le afectaba la presencia del sol.
Pero eso habría sido una mentira.
¿Y qué más daba vivir con otra mentira? Prefería eso a entregar su corazón. Estaba seguro de que dejaría de latir por completo si Leone lo rompía.
—Vaya, me pones demasiada atención —contestó Verian al fin. Mordió un trozo de pan.
Leone le guiñó el ojo y dijo:
—Siempre.
Débil, débil, débil corazón.
—¿Quieres hablar de tu día? —preguntó Leone.
—No hay mucho que decir. La archimaga volvió.
Leone hizo una mueca de disgusto.
—Tan bien que la estábamos pasando sin ella —se lamentó y negó con la cabeza—. Espero que esté tan ocupada que no tenga tiempo para ustedes.
—Para mí nunca tiene tiempo —dijo Verian y volvió a morder su pan—. Pero Livier no tiene tanta suerte. Esta noche lo citó en su estudio.
El disgusto de Leone se transformó en furia contenida. Sus ojos claros parecían los de un animal a punto de atacar. Así lucían cuando se transformaba en tigryo.
—Ha estado durmiendo más, no tiene por qué castigarlo —dijo Leone, más para convencerse a sí mismo que porque en verdad creyera en lo que acababa de decir.
Verian se encogió de hombros.
—No lo sé. Cada vez la noto más desesperada por obtener un mensaje de Enia.
—¡Pues que lo obtenga ella! —exclamó Leone en un susurro áspero. Estaba intentando no alzar la voz—. La archimaga y tu madre también tienen la capacidad de soñar, ¡y sin pesadillas! ¿No saben el daño que le han hecho a Livier desde niño?
—No creo que les importe. Para ellas, Enia va antes que cualquiera —dijo Verian; por su parte, trataba de sonar desinteresado, como si no le afectara el tema de la conversación—. Además, ya sabes que la abuela está segura de que Livier es el elegido para recibir el mensaje.
Leone apretó los puños sobre la mesa.
—¿Y qué tal si no hay otro mensaje? —cuestionó Leone—. ¿Qué tal si Enia se comunicó con la humanidad por primera y última vez por medio de Valrose?
El rostro de Verian se ensombreció.
—La archimaga no va a permitirlo. Si tiene que empujar a Livier a su límite, sea como sea, lo hará.
—No. Vamos a impedir que llegue a eso —dijo Leone con decisión.
Verian soltó una risotada sardónica.
—¿Vamos a impedirlo? Dime, ¿quién va a detener a la rompealmas más poderosa sobre la faz de Liyia? ¿Tú? —exclamó con crueldad—. No me hagas reír.
—No me provoques, Verian —contestó Leone sin inmutarse ante la burla—. Livier y tú son las personas que más quiero en el mundo, y no tienes ni idea de lo que soy capaz de hacer por ustedes.
Verian se puso de pie.
No estaba de humor para ese tipo de declaraciones.
—No seas ridículo —repitió las palabras que había usado unos minutos antes y le dio la espalda a Leone para salir de la cafetería.
—¿No ibas a comer? —preguntó Leone sin moverse de donde estaba.
—Ya no tengo hambre.
Por lo menos el lugar seguía vacío y no había nadie cerca de ellos.
Si alguien los hubiera escuchado, habría sido un problema.
Se dirigió a paso rápido hacia la salida y en ningún momento dejó que la sonrisa se le cayera de la cara.
En el camino hacia la catedral, la gente que lo veía pasar lo saludaba con emoción y algunos incluso hacían una pequeña reverencia. Verian tenía la expresión congelada.
A lo lejos pudo ver a Dara caminando con Catriona. En circunstancias normales, habría ido hacia ellas para molestar y pasar el rato, pero en ese momento no tenía ganas. Sin embargo, sus ojos se quedaron clavados un par de segundos en Dara y una palabra nociva apareció en su mente.
Esperanza.
Livier decía que Dara le daba esperanza.
Verian ni siquiera podía imaginar cómo se sentía la esperanza.