El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) ESPERANZA
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ESPERANZA

Era una de esas noches extrañas en las que Verian Monrae sufría de insomnio.

Normalmente dormía con facilidad, pero cuando se le dificultaba buscaba a Livier. Como su hermano mayor casi no dormía, era común encontrarlo despierto en las madrugadas. Podían pasar horas y horas juntos. A veces charlaban, pero en ocasiones permanecían en silencio y se hacían compañía.

Eso había cambiado desde que Dara Rennai apareció en la academia. En su casa. En sus vidas.

El día que esa chica extraña apareció en el campus sucedió algo bastante inusual.

Leone y Ashe llegaron a la torre de la catedral, donde vivía la familia Monrae.

Era de noche y estaban empapados por la lluvia; Verian les dio una toalla para que se secaran y juntos se dirigieron a la habitación de Livier, donde acostumbraban a reunirse para pasar el rato.

Cuando entraron, Livier estaba dormido.

Los tres se quedaron pasmados en la puerta, observándolo con extrañeza y cierta fascinación. Era extremadamente raro ver a Livier durmiendo, pero lo que era todavía más raro verlo dormir así, en completa calma.

Livier, dormido, jamás estaba quieto. Se movía todo el tiempo. Se tensaba y sudaba y negaba con la cabeza. A veces gritaba. Sus pesadillas no lo dejaban tranquilo.

Esa noche no se encontraba en su cama, sino en el sillón cerca de sus libreros. Seguramente había caído rendido por el cansancio. Si Verian no recordaba mal, en ese momento Livier llevaba una racha de tres días sin dormir.

Ante la escena, ni siquiera Leone se atrevió a hablar.

Los tres se miraron y, sin necesidad de decir nada, decidieron salir de la habitación, pero la puerta rechinó y Livier despertó al instante. Se talló los ojos y los miró. Antes de que cualquiera pudiera disculparse por el ruido, les informó:

—No tuve pesadillas.

Era insólito.

—Estaba soñando —agregó.

Le preguntaron si quería que se fueran para que pudiera dormir más.

Livier respondió que no. Le preguntaron por su sueño.

Livier dijo que llegó al mundo onírico y lo vio como lo describía su madre: un cielo lavanda lleno de estrellas y posibilidades infinitas.

Aire cálido y puro y luminoso. Cristales que flotaban, ríos que cantaban, miles de caminos por explorar.

Le preguntaron si pensaba que el sueño había sido una anomalía. Le preguntaron si creía que las pesadillas desparecerían al fin. Le preguntaron si ese día había hecho algo distinto.

—La vi —dijo Livier.

—¿A quién? —preguntó Leone.

—A la chica que llegó hoy.

—¿Te refieres a Aidara Rennai? —preguntó Ashe.

—Sí, a ella.

—¿Y ella qué tiene que ver con esto? —soltó Verian.

—No lo sé —respondió Livier—. Pero sé que fue ella. Lo sentí en cuanto la vi.

Fue por eso por lo que Verian decidió hablarle a Dara Rennai.

Si su hermano no hubiera mostrado interés en ella, Verian ni siquiera la habría volteado a ver. Una parte de él sentía curiosidad. Pero sabía que, en realidad, lo que quería era ganársela a Livier.

Verian tenía una relación complicada con su hermano mayor. Lo amaba como a nadie, daría lo que fuera por él. Pero, al mismo tiempo, odiaba que todo fuera para él: la atención de la abuela, el título de heredero, el puesto de archimago, la admiración de los demás, la magia de rompealmas.

Todo siempre era para Livier.

Así que Verian se aseguraría de que Dara Rennai fuera para él. No de una forma romántica, por supuesto que no. Solo iba a hacer que lo prefiriera sobre Livier.

Jamás imaginó que empezaría a disfrutar de la compañía de Dara de forma genuina.

—Solo quiero dormir —farfulló para sí mismo con la almohada encima de la cabeza, como si eso fuera a desaparecer el recuerdo de aquella noche. No le gustaba rememorar, prefería vivir en el presente.

Tiró la almohada al suelo con frustración.

Se levantó de la cama, se colocó las gafas y se dispuso a ir a la habitación de Livier, que se encontraba en el ala opuesta de la torre de la catedral.

Era posible que estuviera dormido si ese día había visto a Rennai; si no, lo encontraría despierto y podría entretenerse un rato.

Al llegar, no tocó la puerta.

Para su buena fortuna, su hermano no se había ido a la cama. Estaba en el sillón leyendo un libro, que dejó a un lado cuando Verian se acercó.

—¿Noche en vela? —preguntó Verian mientras se dejaba caer en el sillón frente a él.

—Lo normal —respondió Livier.

Verian chasqueó la lengua.

—Ya no es tan común. No como antes.

Antes de ella.

—No la he visto en semanas —dijo Livier. Lucía cansado. Las ojeras en su piel eran notorias.

—De hecho… —Verian se llevó el dedo índice a la barbilla—. ¿Cuántas noches llevas sin dormir?

Livier se encogió de hombros.

—Pues mañana podrías saludarla o algo —agregó Verian—. Eso suele ser suficiente, ¿no?

—Preferiría no hacerlo.

Eso captó el interés de Verian. Alzó una ceja.

—¿Y eso?

Livier dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

—No quiero acostumbrarme a algo insostenible —respondió sin abrir los ojos—. Mi normalidad siempre han sido las pesadillas, y ya lo había aceptado. Pero luego llegó ella y se las llevó y empecé a sentir algo peligroso.

Verian se irguió.

—¿Qué cosa?

—Esperanza —dijo Livier y abrió los ojos.

Verian jamás había escuchado esa palabra salir de la boca de Livier. Esperanza. También era desconocida para él.

Algo oscuro y brusco surgió en su pecho. A veces intentaba convencerse de que, como Livier lo tenía todo, sus pesadillas remediaban la injusticia. Pero en realidad le dolía que su hermano sufriera todas las noches.

—Esperanza es una palabra que jamás pensé asociar con Rennai —decidió contestar para restar pesadez al ambiente—, pero si tú lo dices… ¿Y entonces qué? ¿Volverás a tus noches eternas?

—No lo sé. Estos días he intentado mantenerme alejado de ella.

Verian miró a su hermano con detenimiento. Livier hablaba de Dara con un fervor inusual. Hablaba de querer alejarse, pero en su rostro había algo similar a la añoranza.

—¿Y crees ser capaz de seguir así?

—No —respondió Livier de inmediato.

A Verian no le gustó esa respuesta.

—Vaya, hermano, qué poca fuerza de voluntad.

Livier se quedó callado por unos segundos. Miraba a la nada y su semblante melancólico usual había vuelto.

—La archimaga llega mañana —dijo Livier.

Verian hizo una mueca de disgusto.

—Qué horror. Pensé que se iba a quedar más tiempo en la ciudad.

—Hoy mamá recibió el aviso. Va a estar en la academia por tiempo indefinido.

—Creí que nos la íbamos a quitar de encima hasta que tuviera un avance sustancial con la investigación sobre los terremotos y eso —se lamentó Verian y negó con la cabeza—. No somos tan afortunados.

—Nunca lo hemos sido.

Livier se levantó del sillón y revolvió el pelo de Verian, como lo hacía desde que eran niños. Luego se dirigió a la puerta.

—¿A dónde vas? —preguntó Verian.

—A caminar. Tengo demasiado sueño y no me quiero quedar dormido —dijo Livier.

—Voy a usar tu cama hoy.

—Toda tuya —respondió Livier, y se detuvo en el marco de la puerta—. Verian, ¿me haces un favor?

—Depende, podría salirte caro —bromeó.

Livier tardó un poco en volver a hablar.

—Si tienes oportunidad, dile a Dara que deje de buscar lo que sea que esté buscando en las noches.

El hermano de Verian salió de la habitación y lo dejó un poco confundido. ¿Rennai estaba buscando algo? Era tan hermética que no le sorprendía que no le hubiera dicho nada. Pero, entonces, ¿cómo lo sabía Livier? ¿Se habían encontrado una noche? ¿Más de una?

Frunció el ceño y decidió ignorar esas preguntas para enfocarse en la sensación de curiosidad que le nació ante la petición de Livier.

¿Qué buscaba Rennai? Si es que le daba la gana, se lo preguntaría, aunque no esperaba obtener una respuesta.

Fuera lo que fuera, si lo encontraba en la Academia Valrose, no podía ser bueno.

Lo sabía por experiencia.

La familia Monrae tenía su residencia en los pisos superiores de la catedral.

Era el único hogar que Verian conocía y no se imaginaba viviendo en otro lugar.

Desde niño, la Academia Valrose había sido su casa.

Creció rodeado de magos, gente importante y aprendices.

Cuando era pequeño veía a los aprendices como invasores; su madre le decía que, al crecer, cambiaría su perspectiva, pero jamás ocurrió.

A sus veintiún años, seguía considerándolos unos intrusos.

Dejaba volar sus pensamientos porque el silencio en el comedor de la catedral era insoportable. La abuela llegó y con ella se llevó la tranquilidad que se respiraba en su ausencia.

Su madre, la abuela, Livier y él se encontraban desayunando, y nadie parecía estar de humor para hablar. Fue hasta que la archimaga, Elgaria Monrae, terminó de comer y tomó un largo trago de agua que rompió el silencio:

—Tienes un aspecto deplorable, Livier. Mira esas ojeras. ¿De nuevo pasaste la noche sin dormir? —Su tono era severo. Lo usual.

Livier terminó de masticar su comida sin prisa y luego respondió:

—Sí. Lo siento, abuela.

Lo siento. Lo siento. Lo siento, abuela.

¿Cuántas veces había escuchado a Livier disculparse con la abuela?

—Pero ha estado durmiendo más seguido —intervino Agatha, la madre de ambos. Trató de imprimir ligereza en su voz.

La archimaga apretó los labios y no dejó de mirar a Livier.

—Eso no es suficiente. He sido muy paciente contigo. Lo sabes, ¿verdad?

—Sí, lo sé —respondió Livier.

—Mi paciencia no es infinita, Livier —dijo la archimaga con ambas manos entrelazadas—. No quisiera volver a nuestra rutina de antes, pero si no me das resultados pronto, no me vas a dejar otra opción.

Verian pudo ver la ligera tensión en los hombros de su hermano. A ojos de cualquiera habría sido imperceptible, pero él lo conocía bien. Livier era su primer recuerdo y estaba en cada parte de su memoria.

—Seguiré buscando —aseguró Livier.

La archimaga tomó su bastón, se levantó de la silla y dijo:

—Bien. Espero tu reporte al final de la semana. —Con su habitual devoción ciega, agregó—: Puedo sentirlo, un mensaje de Enia se acerca. Ahora entiendo por qué nos hizo esperar tanto tiempo. Ella solo aparece cuando en verdad la necesitamos.