El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LA ROSA Y VALROSE #3
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LA ROSA Y VALROSE #3

Era un pasaje en el que el protagonista se reuniría con su amada a escondidas y la citaba en los túneles secretos de su mansión. Pero estaba segura de que Cedric no había subrayado eso porque le pareciera un momento importante en la novela.

Era un mensaje para Dara.

Cerró el libro y exhaló. Cedric ya le había revelado que sabía de sus escapadas nocturnas a la biblioteca. Pero esto ya era otro nivel… también sabía que Dara conocía los túneles. ¿Qué más sabía? ¿Por qué la estaba citando allá abajo?

Dara solo le había pedido que le mostrara su habilidad especial, no entendía por qué eso requería que bajara a los túneles.

¿Sería que el bibliotecario quería comprobar si Dara había estado husmeando en zonas restringidas? ¿Pensaba exponerla? ¿Obligarla a confesar? ¿Le pediría que abandonara su misión? O tal vez era algo más.

Y no lo descubriría si no bajaba a los túneles.

No confiaba en Cedric, no por completo, pero tampoco le inspiraba desconfianza. Y eso le parecía suficiente. Dara iría a los túneles, pero no revelaría nada.

Salió de la oficina y se encaminó al escenario del teatro, cruzó las cortinas de terciopelo y llegó al dosel que ocultaba la puerta que daba a los túneles.

El candado estaba abierto. Bajó las escaleras.

Mientras más descendía, más frío hacía. Quinientos veintitrés escalones después, llegó al corredor que ya conocía bien.

Al instante, notó que la primera puerta a la derecha estaba abierta.

Sin pensarlo mucho, se dirigió al cuarto y entró.

Este no era un calabozo, más bien parecía un almacén de cosas viejas y olvidadas.

Había montones de cajas, lienzos desgastados, objetos que no parecían ser de este mundo y…

armas que definitivamente habían sido extraídas de los sueños.

Pero lucían apagadas y sin vida. Tal vez ya no funcionaban.

—Ah, mi querida discípula, que bueno que llegaste.

Dara se giró con rapidez al escuchar la voz de Cedric. Acababa de entrar al cuarto. Él cerró la puerta con magia de voluntad.

—Llega un poco tarde, ¿no? —preguntó Dara; tratando de no ponerse nerviosa.

Cedric ladeó la cabeza.

—¿Qué haces en los túneles, Dara?

—Usted me dijo que bajara.

—No, esa no es la respuesta que busco. —Cedric la miró fijamente y su voz se hizo más grave—. ¿Qué vienes a hacer en los túneles en las noches?

De forma inevitable y catastrófica, la respuesta salió de los labios de Dara como si quemara:

—Vengo a buscar pruebas de que la Academia Valrose asesinó a mi madre.

Se tapó la boca tan pronto lo dijo y sintió que le ardían los ojos. ¿Qué acababa de hacer? ¿Por qué había revelado su verdad? Empezó a temblar y miró con horror al bibliotecario.

—Te dije que te mostraría mi habilidad superior —dijo Cedric; seguía tranquilo, como si la revelación de Dara hubiera sido insignificante—. Puedo hacer que las personas me digan la verdad. No la uso mucho, pero a veces resulta útil, ¿no lo crees?

Dara negaba con la cabeza como si eso fuera a borrar lo que acababa de confesar. Quería llorar. Quería gritar. Quería poner las manos en el cuello de Cedric hasta que le jurara que no iba a decir nada.

—No te asustes, solo te haré una pregunta más —dijo el bibliotecario y su voz nuevamente adquirió ese tono profundo—. ¿Qué piensas hacer con esas pruebas?

Dara seguía con las manos sobre la boca, pero una fuerza invisible e inclemente se las arrancó de ahí. Se mordió la lengua para no hablar y su cuerpo le respondió dando arcadas incontrolables. Mordió con más fuerza y saboreó la sangre antes de sentir el dolor.

—No te resistas, esto no va a parar hasta que digas la verdad —dijo Cedric.

Lucía afligido por ver a Dara así, pero ella no le creía nada.

—¡Voy a exponer a la academia como la institución homicida que es! —gritó Dara sin poder contenerse más. La sangre de su lengua bajó por su barbilla—. Voy a exhibir sus mentiras para hacerlos caer.

Una lágrima rodó por su mejilla. Dara se desplomó de rodillas. Se sentía más drenada que nunca. La habilidad superior de Cedric sobre ella era una de las peores sensaciones que había experimentado en la vida.

—Interesante —dijo Cedric y caminó hacia ella, mas no se agachó—. Aunque no sé si las acusaciones de una joven cualquiera sean muy efectivas contra una institución del tamaño de Valrose.

Dara apretó los puños y usó la manga de su cárdigan para limpiarse la sangre de la barbilla. No dijo nada.

—Las pruebas tendrían que ser muy contundentes para causar algún efecto en la gente —continuó Cedric—. Además, tendrías que ir públicamente en contra de la archimaga, y eso podría terminar muy mal para ti. ¿Estarías dispuesta a hacerlo?

Al hacer la pregunta, Cedric ya no empleó su habilidad superior. Dara podía decidir si quería responder o no. Podía decidir si respondería con la verdad o con mentiras.

Alzó el rostro y lo miró.

—Sí —contestó con firmeza y rabia contenida—. Si logro que la Academia Valrose quede manchada, no me importa terminar muerta.

Cedric se agachó para quedar a su nivel y le ofreció la mano.

Dara lo miró como si no lo conociera. La verdad era que, en el fondo, no lo conocía.

Era un viejo excéntrico al que veía tres veces por semana en su trabajo en la biblioteca, pero no sabía nada de él.

Y ahora más que nunca le parecía evidente.

—Sé que en este instante no confías en mí, pero yo estoy por depositar toda mi confianza en ti —dijo Cedric. Era raro verlo tan lúcido y serio.

Dara no se movió.

—Quiero mostrarte algo —insistió el bibliotecario.

Extendió un poco más la mano que le ofrecía y, después de dudarlo por un par de respiraciones, Dara la tomó. El anciano se puso de pie sin dificultad y la ayudó a hacer lo mismo.

Sin decir nada más, Cedric la soltó y caminó hacia una pila de cajas, la hizo a un lado con magia de voluntad y reveló una puerta de madera de apariencia antigua que no estaba en la pared, sino en un punto aleatorio del cuarto. No parecía llevar a ningún lado, ya que tras ella no había un muro.

La puerta estaba entreabierta y Cedric la empujó.

Dara soltó un suspiro de sorpresa al ver que detrás había escaleras. ¿Cómo era posible? No tenía conocimiento de que puertas así existieran, por lo menos no en el mundo terrenal.

Cedric comenzó a ascender y Dara lo siguió con prisa. Contó doscientos doce escalones y llegó a una especie de cuarto que le resultó familiar. Al centro había una gran mesa de madera con papeles esparcidos.

—Este cuarto… —dijo Dara en voz baja.

Era la habitación donde había encontrado los informes de las personas desaparecidas.