El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LA ROSA Y VALROSE #2
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LA ROSA Y VALROSE #2

La sonrisa de Jabel desapareció. Algunos aprendices se cubrieron la boca para ocultar las ganas de reírse. Nadie se atrevía a burlarse del hijo del presidente de Dimas, de modo que el resoplido burlón de Dara se escuchó en toda el aula.

Hubo unos segundos de silencio incómodo. El profesor Soren se aclaró la garganta y continuó hablando de los primeros años de la Academia Valrose.

Dara sintió sus orejas arder; odiaba atraer la atención de tantas personas, así que bajó la cabeza y apuntó en su cuaderno todo lo que el profesor decía. Poco a poco la tensión fue abandonando sus hombros, pero no era ingenua, sabía que Jabel no dejaría pasar la ofensa.

—Cuando menos te lo esperes, te haré trizas, callejera —dijo Jabel en su mente, amenazante.

Y Dara sintió placer al responderle.

—Inténtalo. No te tengo miedo.

Los días siguientes fueron pesados. Dara no dejaba de pensar en su cita con Cedric, mientras trataba de concentrarse en sus clases prácticas.

Cada vez se sentía más cerca la Demostración de medio año y quería sobresalir para que un profesor la eligiera como candidata.

Considerando su ineptitud para obtener información o pruebas, lo que más necesitaba era tiempo. Tiempo dentro de la Academia Valrose.

Si todo llegaba a su fin antes de que encontrara algo definitivo que probara el asesinato de su madre, no se lo perdonaría.

Otro hecho que asaltaba su mente mientras hacía planas de sigilos era el relámpago fugaz que había caído del cielo aquella noche en la montaña.

Livier le dijo que no se metiera en lo que desconocía, y desde ese acontecimiento no había vuelto a cruzar palabra con él.

A veces lo veía en la mesa de los Cuatro Magos en la cafetería, pero jamás hacía contacto visual con ella.

Era como si supiera que, si se topaban frente a frente, Dara lo cuestionaría.

No era que Livier tuviera que responderle, pero Dara suponía que prefería ahorrarse las preguntas insistentes.

Una noche en la que no podía dormir, le preguntó a Catriona si había visto el relámpago en el campamento.

—¿Un relámpago que se desprendió del cielo? —cuestionó su compañera de habitación. Se escuchaba adormilada.

—Sí, con mucha fuerza —dijo Dara mientras acariciaba la cabecita de Penélope—. En ese momento lo comparé con una estrella fugaz, pero tal vez se trató de un meteorito.

—No, no vi nada así. ¿Dices que fue en la madrugada? Tal vez ya estaba dormida.

Podría ser, pero a Dara le parecía extraño que nadie estuviera hablando de eso.

El día de su cita nocturna con Cedric llegó y solo debía esperar a que diera la medianoche.

En la mañana fue a la biblioteca para hacer su trabajo, después tomó sus clases como de costumbre y en la tarde se distrajo con Catriona y Alessa en el observatorio de la academia.

La cúpula se encontraba abierta y, aparentemente, ver el atardecer desde ahí era una actividad romántica.

—Me hubieran dicho que esta era una cita, para no venir —dijo Dara.

—No es una cita, por eso te invité —respondió Catriona.

Dara miró a su alrededor. En la baranda que rodeaba la estructura solo había parejas abrazadas que miraban el cielo y se secreteaban cosas al oído.

—No estoy muy convencida —insistió Dara.

Por lo menos, la vista era preciosa. No solo por los colores del cielo, que ofrecían un espectáculo indescriptible de tonos rosados y anaranjados, sino también porque el antiguo observatorio de la Academia Valrose era majestuoso.

Sus paredes estaban cubiertas de estrellas y mapas celestes que no pertenecían al cielo de Liyia, sino al de un mundo que ya no era posible visitar.

La pintura se había desgastado con el paso de los años, pero eso le daba un toque más místico.

En la actualidad fungía como mirador, ya que, después de la guerra, quedó obsoleto.

En Liyia había observatorios meteorológicos liderados por cazaelementos.

También había observatorios geofísicos que, dadas las circunstancias, se encargaban de investigar los desastres naturales.

Incluso existían los observatorios astronómicos, donde los científicos estudiaban el universo observable más allá de la Tierra.

El que estaba dentro de la academia era el único observatorio de los sueños.

Antes de la guerra, cuando la humanidad podía soñar, había magos que se dedicaban a descifrar el mundo onírico y cómo se conectaba con el mundo terrenal. En aquel observatorio se descubrió que los sueños podían ser saqueados.

No fue una coincidencia que Valrose Monrae decidiera fundar la academia allí. El observatorio de los sueños fue clausurado cuando los Emisarios revocaron la capacidad de soñar y permaneció allí, en el corazón del campus, como recordatorio de que la guerra había comenzado por los saqueos.

Dara dejó de mirar el cielo y fijó sus ojos en la esfera armilar que se encontraba en medio del observatorio.

Era una estructura hecha de anillos de bronce que representaba un modelo reducido de lo que se suponía que era el mundo onírico.

Todos los libros con los descubrimientos realizados en el observatorio de los sueños fueron quemados o se resguardaban en la zona restringida de la biblioteca. La gente común no tenía acceso a ellos.

¿Para qué? No era necesario.

—Siempre voy a preferir Finvelle, pero debo admitir que Olsian tiene los atardeceres más bonitos —dijo Catriona.

El sol estaba por ocultarse por completo, la noche no tardaba en caer. Dara decidió que pasaría por la cafetería y luego haría algunos deberes de otros aprendices que tenía pendientes, hasta que diera la medianoche.

Se despidió de Catriona y Alessa y bajó las escaleras de caracol del observatorio. Se preguntaba por qué no visitaba más seguido el lugar. El ambiente era tranquilo y la atmósfera, bastante mágica. Le gustaba el hecho de que era más antiguo que la propia Academia Valrose.

Cuando llegó al primer nivel, se dispuso a salir por la puerta principal, pero una voz alterada la detuvo en su sitio. Eran los gritos de una mujer; sonaba como una reprimenda. Dara se acercó a la puerta donde se escuchaba y, presa de su curiosidad, afiló el oído.

—¡Eres una decepción! ¿Crees que vas a ser tomado en cuenta si no subes tu nivel? —gritó la mujer al otro lado de la puerta.

—Te prometo que me voy a esforzar más…

—Siempre es lo mismo contigo —insistió la mujer—. En primer año solamente fuiste candidato de tres profesores, ¡una vergüenza para la familia! ¿Sabes cuántos profesores pelearon por tu papá?

—Ocho, lo sé.

La mujer seguía bastante agitada, lo que contrastaba con la pasividad de la otra persona. Sonaba como un hombre joven; se escuchaba diminuto y apagado. Su voz le parecía conocida a Dara, pero hablaba tan bajito que no podía estar segura.

—La archimaga ni siquiera recuerda tu nombre, no le interesa —dijo la mujer—. Eso debe quedar remediado este año, ¿o quieres que seamos la burla de todos?

—No, mamá, no quiero eso —respondió el joven—. Voy a hacer que recuerde mi nombre.

—Más te vale.

Unos segundos después, la perilla de la puerta giró, y Dara alcanzó a brincar hacia atrás antes de que la mujer saliera de la sala.

Dara se agachó y fingió que estaba anudándose las agujetas.

Para su suerte, la mujer ni siquiera la miró.

Siguió de largo a paso firme y veloz, como si ya no soportara estar allí.

Solo pudo verle la espalda. Era una señora esbelta, de traje negro de sastre y el pelo, color arena, recogido en una coleta.

Cuando la mujer salió del observatorio, Dara se puso de pie y se giró en dirección a la sala.

Al ver quien estaba allí dentro, una punzada le atravesó el corazón.

En medio del cuarto lleno de cajas se encontraba Ashe von Max. Y lloraba.

No era un llanto escandaloso, sino uno pesado y silencioso. Sus hombros caían como los de un hombre derrotado y se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano derecha. Se notaba que intentaba reprimir los sollozos, pero era una batalla perdida.

Ashe no la había visto. Dara pensó en correr para ahorrarle la incomodidad, pero en ese momento él alzó la cara y sus ojos cristalinos se toparon con los de ella.

—Dara —dijo Ashe, con voz rasposa—. ¿Llevas mucho tiempo aquí?

—No, yo… estaba arriba con Catriona y Alessa. Ya iba de salida —respondió. Decidió omitir lo que escuchó. No era de su incumbencia.

—Ah, supongo que subieron a ver el atardecer —dijo Ashe y trató de regalarle una sonrisa, pero salió torcida.

Dara odiaba verlo así.

Ashe era la persona más amable que conocía. Siempre ayudaba a los demás y lo hacía con una sonrisa preciosa que le llegaba hasta los ojos. Los problemas con sus padres no eran asunto de Dara, pero el hacer que la sonrisa genuina de Ashe volviera se convirtió en su asunto más personal.

No era buena haciendo reír a los demás, pero sabía de alguien que jamás fallaba en sacarle una sonrisa a las personas.

—Tengo que revisar a Penélope, ¿me acompañas?

Eran las doce de la noche y Dara se encontraba dentro de la biblioteca.

Todo estaba oscuro, como era usual a esa hora, así que había encendido su linterna.

No veía a Cedric, por lo menos no a simple vista, y decidió esperarlo en su oficina.

El silencio era ensordecedor; Dara trataba de aplastarlo zapateando contra el suelo de forma rítmica.

Miró el reloj. Eran las doce con diez minutos y Cedric no aparecía. ¿Dara se había equivocado de fecha?

No. Imposible, toda la semana estuvo contando los días.

Un libro de la estantería personal del bibliotecario salió volando y cayó al suelo con brusquedad. Dara se exaltó y miró hacia todos lados en busca de Cedric, que seguro lo había lanzado con magia de voluntad.

—¿Maestro? ¿Está jugando conmigo? —preguntó Dara.

Se agachó a recoger el libro y se dio cuenta de que se trataba de una novela de romance bastante popular sobre el amor prohibido entre un poderoso cazaelementos y una humana sin magia.

Dara ya la había leído, por supuesto, pero no esperaba que también estuviera entre las lecturas del viejo bibliotecario.

Antes de cerrarlo, se percató de que había una frase subrayada en el libro.

Nos vemos en los túneles.

Dara se quedó quieta. Incluso dejó de respirar.