El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) LA ROSA Y VALROSE
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LA ROSA Y VALROSE

—Hicimos un trato —dijo Dara con magia de transmisión.

Estaba con Cedric en la biblioteca. Había llegado a tiempo a sus lecciones para mostrarle, sin rodeos, que ya dominaba lo que tanto trabajo le había costado. El bibliotecario sonrió de oreja a oreja y aplaudió como si Dara acabara de ganar un reconocimiento importantísimo.

—¡Enhorabuena! —contestó Cedric en su mente—. Sabía que mi discípula dominaría la transmisión sin problema. Estoy orgulloso de ti.

Dara desvió la mirada. Hacía años que nadie le decía esas palabras. Le avergonzaba admitir lo mucho que eso le afectaba, así que decidió dejarlas pasar y enfocarse en algo que no la sacara de su zona de confort.

—El trato —insistió Dara, ahora en voz alta.

—¿Qué trato? —contestó Cedric, divertido, y se puso a revisar unos apuntes en su escritorio.

Dara se cruzó de brazos.

—Usted dijo que me revelaría su habilidad superior cuando dominara mi magia de transmisión.

Cedric no levantó la cabeza de sus apuntes.

—¿En serio? No lo recuerdo. Debe ser que este cerebro decrépito ya no retiene las cosas como antes.

—Lo bueno es que me tiene a mí para recordárselas.

—¡Eso es cierto! ¿Qué haría yo sin ti, mi leal discípula? —exclamó Cedric.

Dara quería responderle: «Ha vivido unos ochenta años sin mí y parece habérselas arreglado bien hasta ahora», pero no sería lo más brillante de su parte, así que se aguantó las ganas.

—Oh, sin mí, su vida sería un desastre. —Decidió seguirle el juego.

Cedric soltó una risotada sonora. Después alzó la cabeza y la miró. En sus ojos había algo más afilado que de costumbre.

—Un trato es un trato, ¿no? —dijo Cedric en la mente de Dara—. Te mostraré mi habilidad superior. Pero no me gusta hacer las cosas a medias, así que necesito que vengas a la biblioteca a la medianoche dentro de cinco días.

—Es… una petición inusual —respondió Dara, algo extrañada.

Cedric chasqueó la lengua y habló en voz alta:

—No pensé que lo fuera, considerando que te gusta estar aquí incluso después de la medianoche.

Un escalofrío recorrió la espalda de Dara.

De pronto se sentía atrapada y descubierta y vista.

Eso no le gustó. ¿Qué tanto sabía Cedric de sus visitas nocturnas a la biblioteca?

Tal vez solo la había visto entrar. Que supiera que iba a la biblioteca en la noche no significaba que la había visto bajar a los túneles.

—Me gusta leer cuando ya no hay nadie —dijo Dara, intentando sonar despreocupada.

Cedric asintió.

—Lo entiendo, yo también soy un lector voraz —respondió y volvió a sus apuntes—. Nuestras lecciones matutinas han llegado a su fin; a partir de ahora puedes llegar a la misma hora que los demás voluntarios.

La respuesta de Cedric no la tranquilizó, pero si él mismo le ofrecía una salida fácil, iba a tomarla.

Dara le agradeció por enseñarle la magia de transmisión y se retiró para comenzar a trabajar desde temprano.

Los otros voluntarios fueron llegando poco a poco.

Aunque se mantuvo ocupada, Dara no pudo dejar de pensar en el enigmático bibliotecario.

Esa mañana, Dara estuvo inquieta. Antes de la clase de sigilos, entregó las tareas que cinco aprendices le habían encargado y luego no fue capaz de prestar atención a la lección.

Para su suerte, el profesor no pareció darse cuenta.

Se regañó a sí misma y en la clase de Historia trató de permanecer enfocada.

Ese día, el profesor Soren llevó un proyector de última tecnología para mostrar algunos textos sobre la fundación de la Academia Valrose. El proyector había captado el interés de los aprendices, ya que era un invento reciente.

Después de un rato, el profesor Soren proyectó un libro que narraba la historia de Liyia a través de las obras de pintores célebres.

—¿Alguien me puede decir qué retrata esta pintura? —preguntó el profesor.

Una aprendiz alzó la mano y Soren le dio la palabra.

—Es la interpretación más fiel que tenemos de los Cuatro Emisarios del Creador. Tienen luz en sus manos porque la pintura busca retratar el momento en el que decidieron bendecir a la humanidad con su magia. La diosa Enia está alejada de los demás porque ella solo le dio su bendición a una persona.

Dara observaba la pintura mientras escuchaba esa parte célebre de la historia de la magia en Liyia.

El adnae siempre había estado en la tierra, pero los humanos no eran capaces de hacer nada con él.

Fue hasta que los Cuatro Emisarios decidieron compartir sus dones que empezó a haber magos.

Ophyr, Alaric y Nielen fueron generosos, y por ellos despertaron cientos de cazaelementos, forzacuerpos y danzamentes.

Enia solo bendijo a una persona tras haber comprendido que su poder era absoluto.

Su elegida fue Valrose Monrae, cuando solo tenía diecinueve años.

—Muy bien. ¿Qué me dicen de esta pintura? —dijo el profesor y pasó a otra imagen en el proyector.

—Esa se llama Todos los sueños de las almas —respondió otra aprendiz cuando le dio la palabra—. Muestra el día en el que los magos descubrieron que podían saquear los sueños y empezaron a robar cosas del mundo onírico para traerlas a Liyia.

Esa era una de las obras de arte más famosas en todo el mundo.

La original se encontraba en el Museo de Arte y Reliquias de Olsian y era visitada por miles de personas a diario.

A Dara no le gustaba. La pintura era caos en su estado más puro.

Una montaña de antinaes alzaba sus garras y, encima de ellos, tres magos sostenían las réplicas de las reliquias de los Emisarios.

En el cielo había una ruptura de la que escurría sangre.

La avaricia de los magos fue la perdición de Liyia.

Toda la humanidad tenía la capacidad de soñar, pero solo los magos podían saquear los sueños.

Los antinae —lo más perturbador de la obra— eran representados como monstruos gigantescos con extremidades largas y torcidas, garras irregulares y rostros hundidos.

Su piel parecía cosida de trozos de otras criaturas, y en algunas partes se abría como si algo quisiera salir de sus entrañas.

—Muy acertada, Biana —dijo el profesor Soren y luego proyectó otra pintura—. Eso nos conecta con esta obra de arte, ¿quién puede explicarla?

—Es la Guerra de los Magos —respondió un aprendiz con anteojos—. Se puede ver a Galor Sinclair ordenando al ataque a su ejército de cazaelementos y antinae. A su izquierda están los danzamentes, liderados por Siria Amaris, y a su derecha están los forzacuerpos, encabezados por Harriot Zele.

La Guerra de los Magos fue iniciada por Galor Sinclair, un cazaelementos poderoso y con recursos que intentó proclamarse emperador de Liyia.

Al encontrar resistencia, reclutó a un ejército de cazaelementos y antinae para amedrentar y someter a la humanidad.

Los forzacuerpos y los danzamentes decidieron oponerse y crearon sus propios ejércitos.

Pronto se volvió una lucha de poder cuyo vencedor reinaría Liyia de forma definitiva.

Entre magos se mataban y los antinae consumían el adnae de Liyia para existir. Todo lo que sacaban de los sueños se alimentaba del adnae del mundo. Los magos se abastecieron de armas, artefactos y objetos para auxiliarse en la guerra. Eso fue acabando con el adnae de la tierra con rapidez.

Liyia agonizaba. Se marchitaba sin remedio.

La siguiente obra que el profesor mostró era la más replicada en Liyia; la original también se encontraba en el Museo de Arte y Reliquias de Olsian, pero era muy común encontrar copias en iglesias o altares.

Se llamaba La Rosa y Valrose y en esta se retrataba a Valrose Monrae dormida, cargada por Enia.

Ambas brillaban con pintura dorada y el fondo del lienzo estaba cubierto de rosas.

Valrose, al ser la única rompealmas, no tenía ejército. Pero no lo quería. Ella solo deseaba detener la guerra y por ello comenzó a buscar al Creador en el mundo onírico. Nunca lo encontró. En su lugar, Enia apareció ante ella y le reveló el verdadero potencial de su magia.

La paz no fue inmediata. Valrose tuvo que aprender a dominar la magia de alma, y para ello, visitó a Enia en sueños noche tras noche. Cuando al fin alcanzó el completo dominio del adnae, inhibió la magia de los líderes de la guerra. Bloqueó su adnae y los dejó indefensos.

—¿Quién se ofrece para hablarnos de esta obra? —El profesor mostró otra pintura.

—Se llama La rosa entre espinas —contestó Catriona—.

Retrata el día en el que los líderes se rindieron y juraron lealtad a Valrose Monrae.

Intentaron nombrarla emperatriz de Liyia, pero ella lo rechazó y firmó un tratado de paz.

Debería ser una obra esperanzadora, pero no lo es, ya que refleja el estado de Liyia tras la guerra.

Después del conflicto, vinieron los desastres naturales. Liyia estaba muerto, el adnae era escaso y el Creador estaba furioso.

—Es clase de historia, así que no nos adentraremos en teología —dijo el profesor Soren—.

No vamos a especular sobre el castigo del Creador y a alabar la benevolencia de Enia, pero sí quiero que me digan cómo se relaciona todo lo que sucedió con la fundación de la Academia Valrose.

—Varios alumnos levantaron la mano—. Veamos… ¿Jabel?

—Para restablecer el adnae se necesitaban regulaciones —explicó Jabel con jactancia, como si nadie más supiera esa información—.

El primer mandato llegó directamente de los Cuatro Emisarios.

Se prohibieron los sueños, pero eso no bastó.

Los magos tenían que aprender a usar su adnae de forma responsable. La Academia Valrose se fundó para eso.

El profesor Soren asintió.

—Y desde su fundación, el adnae se mantiene estable —continuó Jabel—. La Academia Valrose no solo funciona como un plantel educativo para magos, es la institución que mantiene la paz en Liyia.

—Vaya, veo que citaste El Fundamento de memoria —dijo el profesor Soren.

Jabel sonrió como si le hubieran dado el mayor de los cumplidos.

—Muy bien. Pero recuerden que prefiero escuchar sus propias palabras —dijo Soren, dirigiéndose a todos los aprendices. Luego apagó el proyector—. No me sirve de nada que se aprendan los textos, necesito que expongan los hechos con sus ideas e interpretaciones.