El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) PESADILLAS #4
39%

PESADILLAS #4

—De todos modos, quería agradecerte. Estoy segura de que la cocinera de la cafetería ya sospecha algo, y esa caja nos va a durar el tiempo suficiente para que baje la guardia.

—Aunque sospeche, no puede hacer nada —dijo Livier—. No vas a causar un desabasto de pescado por alimentar a tu gata.

Dara no se molestó en corregirlo; ya sabía que él llamaba así a Pen a propósito. Tampoco le pasó desapercibido que Livier sabía que le llevaba pescado a la nebelum.

—Lo que me preocupa es que descubran que tengo una criatura mágica dentro de la academia.

No quería perderla. En poco tiempo, Penélope se había ganado el cariño de Dara. Le era mucho más fácil entregar su cariño a las criaturas mágicas que a las personas. Una nebelum jamás la traicionaría. Jamás le rompería el corazón.

—Cuando se acabe esa caja, házmelo saber. Conseguiré más —dijo Livier.

—Lo haré.

Su respuesta no era lo que realmente quería decir. Se moría por hacer una pregunta: ¿Por qué, Livier?

Guardaron silencio y, para sorpresa de Dara, no era incómodo. Se sentía natural. Estaba relajada. ¿Sería el efecto de la altura? Era la primera vez que estaba sola con Livier y no quería salir corriendo.

—Ya es tarde —dijo Livier después de un rato.

—Lo sé. Salí de la cabaña porque no podía dormir —contestó Dara.

Livier la miró. Dara no volteó, pero podía sentir el peso de sus ojos sobre ella.

—¿Te cuesta dormir en las noches?

—A veces —respondió Dara; no pudo evitar hacer la siguiente pregunta—: ¿Y a ti?

Estaba haciendo trampa. Leone ya le había dicho que Livier no dormía debido a sus pesadillas, pero ese concepto era tan desconocido para ella que no podía evitar sentir curiosidad.

Los sueños no le generaban esa misma sensación.

Su papá los había añorado y luego los había despreciado. Y hablar de sueños le recordaba a él.

No le gustaba pensar en su papá, pero las pesadillas le generaban una inquietud arrolladora.

—A veces —contestó Livier, usando exactamente las mismas palabras de Dara.

—No has ido a dormir a la cabaña ni una sola noche —señaló Dara.

Livier tardó un poco en responder.

—Por lo general, no me gusta dormir. Pero en este lugar no fue por eso, sino porque no concibo la idea de dormir en un espacio lleno de desconocidos. —Hizo una pausa leve antes de continuar—. Si las circunstancias fueran distintas, en este instante estaría dormido.

Dara suponía que Livier no le hablaría sobre sus pesadillas y lo entendía. A ella tampoco le habría gustado exponer una vulnerabilidad de ese calibre. No iba a insistir, no iba a delatar a Leone. Pero quería saber más sobre los rompealmas.

O tal vez quería saber más sobre Livier.

—¿Te puedo hacer una pregunta que tal vez sea un poco personal? —cuestionó Dara.

—Puedes hacerla, pero no garantizo una respuesta.

—Válido.

Dara lo meditó un poco. En realidad, no sabía si su pregunta podía considerarse personal. No había muchas personas a quienes pudiera hacérsela.

—¿A qué edad tuviste tu primer sueño?

Livier respiró hondo. No respondió al instante, y Dara pensó que tal vez no lo haría.

—A los nueve años.

—Vaya, desde muy pequeño sabías que serías un rompealmas… —dijo Dara sin poder evitar el asombro plasmado en su voz.

Él asintió.

Aquello era de conocimiento público en Liyia. Si bien las personas con adnae activo lo manifestaban al entrar en la adultez, un rompealmas empezaba a soñar desde antes. Para ellos, los sueños llegaban antes que la magia de alma.

Eso significaba que Livier había sufrido pesadillas desde que era tan solo un niño.

—Bueno, al menos ya entiendo por qué siempre nos encontramos en la noche —dijo Dara en un tono bromista—. Yo disfruto de los paseos nocturnos y a ti no te gusta dormir. Era el destino.

Una brisa gélida sopló con vigor. Dara se giró para que no la golpeara directo en la cara y, por fin, miró a Livier.

Él la observaba fijamente.

—¿Crees en el destino, Dara?

Era la primera vez que escuchaba su nombre en los labios de Livier, y eso la dejó momentáneamente muda. Algo que no supo reconocer se arremolinó en su pecho y tuvo que sacudir la cabeza para recuperarse.

Antes de que pudiera responder, el viento volvió a soplar, pero esta vez era más helado e inclemente. Dara abrazó sus piernas con más fuerza y, en ese instante, vio algo que jamás había presenciado.

Una especie de relámpago blanco y silencioso se desprendió del cielo. Salió de las nubes y cayó como una estrella fugaz violenta.

—Maldición —exclamó Livier y se puso de pie.

Dara lo imitó.

—¿Qué fue eso?

—Debes regresar a la cabaña.

Livier se quitó la gabardina negra que llevaba puesta y la puso sobre los hombros de Dara. Ese gesto la llevó a percatarse de que temblaba del frío.

—¡Espera! —exclamó Dara.

—No te metas en lo que no conoces.

Livier le dio la espalda y se alejó a paso veloz y decidido. Dara sostuvo la gabardina para que no se cayera y corrió tras él. Sin embargo, cuando un rompealmas no quería ser alcanzado, no había persona sobre la faz de la tierra que pudiera acercársele.

Aun así, Dara lo intentó.

Esa noche, no volvió a verlo.