El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) PESADILLAS #3
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PESADILLAS #3

Dara no lo comprendía. ¿Por qué la había ayudado?

Otra vez.

Pensar que estaba en deuda con él la tensó.

Su angustia silenciosa fue interrumpida cuando una aprendiz, completamente empapada, se acercó a ellos y corrió hacia Leone. Lo abrazó por el cuello con efusividad y le plantó un beso en la mejilla. Leone la miró con una sonrisa y posó la mano libre sobre su antebrazo.

—Harime, ¿no dijiste que ibas a nadar toda la noche? —preguntó.

—Es muy aburrido sin ti —dijo Harime, y luego se acercó al oído de Leone, aunque no bajó la voz—. Acompáñame y te prometo que te haré pasar un rato muy agradable…

Leone chasqueó la lengua.

—Bueno, ¿cómo voy a negarme a eso? —dijo y se levantó del tronco.

Harime se carcajeó cuando Leone la alzó sin dificultad.

Sin decir más, Leone les guiñó el ojo y se fue al lago con ella.

—Por la Rosa, Leo es incorregible —dijo Ashe mientras negaba con la cabeza—. Un día va a lastimar a alguien.

—Quien salga lastimado por él es un idiota —dijo Verian, y le dio un trago largo a su cerveza—. A estas alturas, tienen que saber con quién se están metiendo.

Verian ya no sonreía, más bien lucía desinteresado, pero sus palabras sonaron muy bruscas. Dara recordó las suposiciones de Catriona y la miró. Su compañera ya la observaba a ella, y cuando los ojos de ambas se encontraron, Catriona alzó las cejas. Las dos entendieron que estaban pensando lo mismo.

Dara no sabía si Verian sentía algo por Leone, pero si era así, esperaba que fuera pasajero.

Leone Eryndor hacía honor a su reputación de conquistador.

Un día antes, Dara lo había visto atrás de la cabaña, muy romántico con un aprendiz.

En la academia era normal encontrarlo con hombres y mujeres, por igual.

Ella no iba a juzgarlo, él era libre de hacer lo que quisiera.

Y se notaba que tanto Leone como sus conquistas la pasaban bastante bien.

—¿Y si vamos a nadar? —preguntó Alessa después de un silencio prolongado.

No esperó respuesta. Se levantó del tronco y ofreció la mano a su novia. Ella la tomó y le regaló una de sus sonrisas resplandecientes.

—¡Vamos! —exclamó Catriona.

—Yo creo que mejor me retiro a dormir —dijo Ashe. También se levantó del tronco y se alisó la tela del pantalón con ambas manos—. No se desvelen mucho, mañana partimos muy temprano de regreso a la academia.

Alessa saludó a Ashe con una mano en la frente, como para indicarle que acataría sus órdenes. Luego miró a Verian y a Dara, y dijo:

—¿Ustedes vienen?

—No, gracias —respondió Verian—. No me gusta el agua.

—Yo paso —contestó Dara, sin ofrecer una explicación.

Estaba pasándola bien con todos, pero su cerebro seguía atorado en Livier Monrae. Quería estar sola para dar rienda suelta a sus pensamientos y así descifrar por qué la ayudaba siempre.

El grupo se despidió y tomaron distintas direcciones. Alessa y Catriona se dirigieron al lago. Ashe, a su cabaña. Verian y Dara tenían que caminar un poco más para llegar a las suyas, así que se fueron juntos. La fogata quedó encendida, ya que todavía quedaban algunos aprendices a su alrededor.

—Confiesa, ¿no quisiste ir al lago porque no te gusta el agua o la gente? —preguntó Dara, solo para volver a usar su nueva habilidad mental.

Verian rio.

—¿Cómo sabes que no me gusta la gente?

—Es obvio.

—No lo es. Trato bien a todo el mundo.

—Eso no significa que te guste la gente.

El aire nocturno era fresco y agradable, así que ambos caminaban a paso lento.

—Tampoco me gusta el agua —aclaró Verian en voz alta, y luego agregó—: ni siquiera sé nadar.

Oh, entonces no había sido una excusa.

Dara no esperaba esa revelación. No era extraño que alguien no supiera nadar, pero los niños ricos por lo general recibían lecciones de todo tipo en su infancia, y una de las más comunes eran las clases de nado.

Se preguntaba si la archimaga había privado a los hermanos Monrae de experiencias normales para los niños de su edad.

Iba a responder algo cuando Verian se detuvo frente a la cabaña Hojas.

—Esta es mi cabaña —dijo Verian—. Descansa, Rennai.

—Igual tú.

Dara no podía dormir. Aunque estaba exhausta por todo el esfuerzo físico, mental y espiritual que había hecho durante el fin de semana del campamento, su mente optó por repasar todas sus interacciones con Livier Monrae en la comodidad de su cama.

Llevaba tal vez dos horas dándoles vueltas sin llegar a una conclusión y no era capaz de conciliar el sueño.

La mayoría de los aprendices de la cabaña Espinas ya habían vuelto desde hacía algún rato, y, a juzgar por los ronquidos, todos estaban dormidos. Los únicos ausentes eran Leone y Livier. Aunque este último no había pasado allí ninguna noche.

«Livier no duerme, tiene pesadillas».

Tal vez siempre estaba callado por el cansancio acumulado de vivir sin dormir. Eso tenía que acabar con cualquiera poco a poco.

Dara resopló y se levantó de la cama. Iría a pasear un rato para despejarse; tal vez después de eso sería capaz de dormir. Caminó de puntas a la puerta de la cabaña y se puso un cárdigan gris antes de salir.

Cuando la brisa nocturna acarició su rostro, suspiró.

El aire era sumamente limpio, distinto al de la ciudad.

Era pacífico y cargaba los sonidos de las criaturas que habitaban el lugar.

Dara cruzó los brazos sobre su pecho y caminó sin rumbo.

No pensaba acercarse al bosque, pero quería disfrutar de los árboles y de la naturaleza.

Le había hecho bien salir de los confines de la Academia Valrose. Ya se estaba acostumbrando a las comodidades, la rutina y las personas que la rodeaban, y eso la hacía sentir desapegada de quien era. O de quien solía ser. ¿Le gustaba la persona que era dentro de la academia?

La Dara Rennai antes de Valrose era miserable.

Siempre estaba sola, huyendo, y a veces pasaba días enteros sin hablar con alguien.

Días enteros sin comer, sin asearse, sin techo.

Su única época medianamente feliz fue la que pasó con Mirsa en Irella, pero cuando llegó a su fin, no volvió a formar ningún vínculo con nadie.

¿Y la Dara Rennai en Valrose? No se atrevía a describirla.

Caminó hasta una colina algo retirada de las cabañas y subió. Quería ver las estrellas para sentirse cerca de su mamá. Al llegar a la cima, se percató de que ya había alguien más allí.

Dándole la espalda, Livier Monrae miraba el cielo.

El primer instinto de Dara fue darse la vuelta y huir, pero sus pies permanecieron clavados en la tierra.

Toda la noche había estado pensando en él y ahora lo tenía allí.

¿Eso la ayudaría a encontrar una respuesta a sus preguntas?

No se imaginaba un escenario en el que lo cuestionara y él le respondiera como si nada.

Pero había algo más que la tenía intranquila. Sabía que, tras la noche de los terremotos, estaba obligada a decirle gracias de alguna forma, pero no lo había hecho por orgullo. La caja de pienso para Penélope se sintió diferente. Esta vez, se le desbordaban las ganas de agradecerle.

Caminó hacia él y Livier no se inmutó. Era obvio que escuchaba sus pisadas, pero no la volteó a ver ni cuando se sentó a su lado.

Las estrellas lucían grandes y más brillantes que nunca.

—Gracias por el pienso para Penélope —dijo Dara después de un par de respiraciones.

Livier negó con la cabeza.

—Parece que Leone no es capaz de cerrar la boca.

—¿Y eso es nuevo para ti? Yo llevo poco tiempo de conocerlo y jamás lo he visto callado —dijo Dara.

Él suspiró.

—No era necesario que supieras lo del pienso. No quiero que sientas que me debes algo.

Vaya, había dado justo en el clavo. Dara se abrazó las piernas y recargó la barbilla sobre las rodillas. Seguía observando las estrellas porque no se atrevía a mirar a Livier. Sin sus ojos clavados en ella, no se sentía tan a la defensiva.