El Legado de la Rosa (Academia Valrose 1) PESADILLAS
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PESADILLAS

El área de la montaña destinada al campamento tenía casi todas las comodidades que la Academia Valrose ofrecía en el campus.

El terreno era plano y estaba rodeado de árboles y vegetación.

Enormes cabañas de madera envolvían el perímetro y cada una estaba equipada con cinco camas literas y un cuarto de baño.

En la puerta de las cabañas estaban talladas distintas figuras que servían para asignar lugar a los aprendices. Al salir del bosque, debían sacar una ficha al azar y encontrar la puerta con la figura de su ficha.

—Espinas —dijo el profesor Soren—. Tu cabaña está al fondo.

Dara asintió.

El profesor Soren la había recibido al salir del Bosque de las Ánimas.

No hubo comentarios, ni felicitaciones, ni palabras de decepción o algún indicio de que Dara lo hubiera hecho bien o mal.

Un reloj colgaba de un poste de madera en la entrada del campamento, faltaba una hora para la medianoche.

Había pasado la prueba, y esperaba que eso fuera suficiente.

Recogió su bolso de tela de la mesa donde estaban los demás y notó que todavía quedaban numerosas maletas y mochilas, lo que indicaba que aún había estudiantes tratando de cruzar el bosque. Dara sintió escalofríos de solo pensarlo. Esperaba que Catriona ya estuviera en el campamento.

Se encaminó a su cabaña asignada arrastrando los pies. Estaba más cansada de lo que pensó y le urgía darse una ducha para quitarse la tierra y la sangre seca. No le agradaba ni un poco la idea de tener que compartir dormitorio con extraños, pero no tenía opción.

—¡Dara! —la voz de Catriona, melodiosa, la hizo girar la cabeza.

Su compañera venía corriendo hacia ella con una enorme sonrisa y sin un solo rasguño. Esa noche, llevaba el pelo recogido en dos moños rosa claro.

—¿Estás bien? —preguntó Catriona al verla. Luego alzó la mano y retiró una ramita del pelo de Dara—. Pareciera que luchaste contra un árbol.

—Es porque luché contra un árbol —contestó Dara.

—¿¡Eso es sangre?! —exclamó Catriona, horrorizada.

—No es nada —dijo Dara, restándole importancia—. ¿Y tú estás bien? Te escuché gritar en el bosque.

Catriona ladeó la cabeza.

—No era yo —aseguró y se acercó a la oreja de Dara para decirle, en secreto—: Alessa me dijo qué camino tomar para salir rápido. Además, me advirtió que debía permanecer tranquila y no hacer caso a ninguna voz. Salí del bosque en tiempo récord, ¡fui de las primeras en llegar al campamento!

Dara suspiró con alivio al escuchar que Catriona no habría atravesado ninguna dificultad en ese horrible lugar.

—Eso es bueno, seguro los profesores lo tomarán en cuenta cuando llegue el momento de elegir candidatos.

—Eso espero —respondió Catriona—. Aunque me siento un poco mal por haber hecho trampa.

Dara se encogió de hombros.

—No pasa nada.

Si la academia quería honestidad de parte de sus aprendices, debía poner el ejemplo.

—¿Qué cabaña te tocó? A mí, Pétalos —dijo Catriona y apuntó hacia la izquierda.

—Espinas.

—¡Que tristeza, no estaremos juntas! —se quejó su compañera—. Y Alessa está en Tallo. Yo tenía razón, este campamento será lo peor.

—Tal vez mañana mejore. —Dara trató de animarla, aunque no era muy buena en ello.

—Por lo que escuché, mañana tendremos que escalar. ¡Escalar! —exclamó Catriona, enfatizando cada palabra con movimientos de mano exagerados—. Además, no voy a poder dormir de la preocupación. Por favor, dime que lograste convencer a un cazaelementos de congelar pescado para Pen.

Dara alzó una ceja.

—¿Para qué? La comida que le compraste es suficiente.

Catriona frunció el ceño y permaneció quieta por unos segundos.

—¿De qué comida hablas? —preguntó, confundida—. No pude ir al mercado. Alessa iba a ayudarme, pero su mentor la mantuvo ocupada toda la mañana.

Dara se quedó callada. Las palabras de Catriona adquirían sentido lentamente.

—¿No dejaste una caja llena de pienso afuera del dormitorio?

—No —respondió Catriona.

Entonces… ¿quién?

Ninguna de las dos tenía la respuesta, y se despidieron algo intranquilas.

Dara no dejaba de pensar en mil y una posibilidades.

¿Y si el pienso estaba envenenado? No lo creía, ya que no olía raro y Penélope lucía perfecta después de haber devorado su primera porción.

Pero ¿y si era una trampa de alguien que sospechaba que Catriona y Dara tenían una criatura mágica en el campus? Esperaba que no.

Al entrar en su cabaña, una voz que le era familiar le dio la bienvenida.

—¡Miren a quién tenemos aquí! —exclamó Leone Eryndor, sentado en una de las camas. Desentonaba completamente con el lugar—. Es mi nueva amiga Dara.

Esta gente soltaba la palabra «amigo» como si nada.

Los dos aprendices que ya estaban ahí no dijeron nada, solo la miraban como si apestara. Dara pensó que lo mejor sería acercarse a Leone y reclamar la cama de arriba.

—Apenas nos conocemos —dijo Dara.

—¿Qué dices? Pasamos horas y horas charlando en el autobús.

Dara no supo qué responder.

—¿Está ocupada esta cama? —preguntó mientras señalaba el lugar de arriba.

—Nah —soltó Leone—. Livier también está en esta cabaña, pero no va a necesitar una cama.

Dara puso los ojos en blanco.

—¿Por qué? ¿Dormir en una cabaña es muy bajo para el gran heredero de la archimaga? —preguntó.

Leone se le quedó viendo por unos segundos, como si la analizara. Su semblante alegre no había desaparecido, pero también había algo más: solemnidad. Hasta ese momento, Dara no había visto en él aquella expresión. Parecía estar decidiendo si ella merecía una respuesta.

—Oigan, ustedes —dijo Leone, dirigiéndose a los otros dos aprendices—. ¿Podrían hacerme un favor? Olvidé mi maleta en la entrada del campamento y…

—¡En seguida te la traemos, Leone! —lo interrumpió uno de ellos.

—¡No tardamos! —agregó el otro, emocionado, como si Leone les estuviera dando la oportunidad de sus vidas.

Ambos salieron de la cabaña a paso veloz; Dara quedó boquiabierta. Esa era una muestra clara de que los Cuatro Magos eran la realeza de la Academia Valrose. A ella le serviría no olvidarlo.

Ahora estaban solos.

Dara no sabía por qué, pero no se sentía incómoda. Ambos permanecieron en silencio por unos segundos. Cuando parecía que así se quedarían, Leone habló:

—Livier no duerme, tiene pesadillas.

Pesadillas.

No era común escuchar esa palabra. Era un concepto muy poco familiar en Liyia.

Se hablaba de las pesadillas como se hablaba de una leyenda o de algo que alguna vez existió.

De las pesadillas salieron los antinae, los horrores que más afectaron a la tierra durante la guerra. Eran sueños transformados en oscuridad.

—¿No duerme… nunca? —preguntó Dara.

Suponía que, si Leone había hecho que se quedaran solos, era porque estaba dispuesto a tratar ese tema con ella. ¿Por qué? No lo sabía.

—No si puede evitarlo. Es decir, tiene que dormir como cualquiera de nosotros, pero sus pesadillas son bastante…

violentas —contestó Leone—. Tuvo una época en la que bebía hasta quedar inconsciente.

El alcohol no solo entumía su magia, sino también su capacidad de soñar.

Pero, como imaginarás, alcoholizarse a diario es insostenible.

Eso explicaba las ojeras de Livier, que contrastaban tanto con su piel.

—Oh —fue lo único que Dara atinó a decir.

—Irónico, ¿no? Es una de las tres personas en todo el mundo con la capacidad de soñar… y solo tiene pesadillas —dijo Leone.

Su alegría usual fue reemplazada por aflicción. Por unos instantes, su mirada se perdió en el vacío y sus ojos se nublaron. A Leone realmente le dolía la situación de su amigo. Dara no sabía mucho de amor, pero suponía que se veía así.

—¿Por qué me cuentas esto? —preguntó. Estaba segura de que no era algo que Livier quisiera que se supiera.

Leone le mostró una sonrisa amarga.

—Tengo mis razones.

La puerta se abrió y los aprendices llegaron con una enorme maleta de cuero que lucía bastante pesada.

Tenía grabado un tigre alado rodeado de hojas largas y estilizadas: el escudo de la familia Eryndor.

Leone les agradeció con una sonrisa y los dos chicos se quedaron charlando un rato con él, muy animados.

Dara se metió al cuarto de baño y se dispuso a ducharse. Después, subió a la cama y cayó rendida al instante.

El resto del campamento transcurrió en un abrir y cerrar de ojos. Los aprendices terminaban exhaustos después de las pruebas a los que los profesores los sometían, pero eso no les impedía disfrutar las noches junto a la fogata o en el lago.

El primer día tuvieron que escalar un peñasco mientras los profesores trataban de derribarlos.

No era una actividad mortal; caían en el lago, donde los esperaban botes salvavidas en caso de cualquier emergencia.

Los profesores no tuvieron piedad. Soren usaba empujones de magia de voluntad para desequilibrarlos, Lovera aprovechó su vinculación al aire para crear vientos inclementes y Zuno los obligó a usar sus escudos mientras lanzaba enormes rocas desde la cima del peñasco.

Después de aquella prueba, no tuvieron descanso.

Hubo práctica de tiro al blanco con adnae vigorizado y, en la noche, una sesión de resistencia de escudo mágico.

Jabel Zastal y varios de sus amigos se habían dedicado a arrojar de todo al escudo de Dara.

Ella resistió y trató de ignorarlos, hasta que terminaron aburriéndose.

El segundo día fue igual de brutal. Empezaron con una carrera de obstáculos en un terreno desnivelado que debían superar usando su categoría específica de magia.

La carrera era de diez vueltas, en la que tuvieron que racionar no solo su adnae, sino también su energía física.

Al final, algunos aprendices vomitaron del esfuerzo.

Un aprendiz se desvaneció y pasó el resto del día en la enfermería.

—Qué suerte —había dicho Catriona.

Dara casi le dio la razón.

Esa tarde siguieron con otra sesión de resistencia de escudo mágico.

Esta fue especialmente terrorífica; el profesor Zuno lanzaba enormes piedras y troncos hacia ellos.

Si el escudo se rompía ante los ataques, el profesor Soren detenía el objeto antes del impacto, pero la cara de decepción de Zuno tenía un efecto más fuerte que un golpe.